ABISMO NEGRO: La verdadera y macabra historia detrás de su muerte que AAA ocultó por años. No fue un accidente, fue su propia conciencia: confesó la traición más asquerosa cometida contra su esposa moribunda mientras ella agonizaba de cáncer. La verdad que destruyó a su familia finalmente sale a la luz.
ABISMO NEGRO: CONFESARON LA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE EN AAA – TODO ERA MENTIRA
bicampeón de la Triple A, juez con máscara del programa familiar más visto de la televisión mexicana, el rey del movimiento más prohibido en la lucha libre y ese mismo hombre gritando como un loco que ello perseguía dentro de un autobús sobre la carretera de Sinaloa, saltando del bus de la madrugada sobre la oscura carretera y al día siguiente su cuerpo destrozado, muerto boca abajo dentro del agua sucia del río.
Hoy vas a saber cómo realmente murió y quién estuvo detrás de su muerte y lo más asqueroso que le hizo a su propia esposa mientras ella moría, reventada lentamente por el cáncer de mamá. Pero antes de saber cómo acabó así, tienes que entender cómo llegó ahí, porque lo que pasó esa madrugada de marzo sobre la carretera Mazatlante Epic no empezó ahí.
Empezó 33 años antes en una casa de techo bajo en Villa Herermosa, Tabasco, donde un niño de 4 años se quedó dormido en el suelo esperando que su padre regresara con la comida y nunca regresó. Andrés Alejandro Palomeque González nació en el 71. Tabasco. Tierra de calor sofocante, de lluvia que cae a las 5 de la tarde sin avisar, de patios que huelen a barro hasta la mañana siguiente.
Su padre se fue cuando Andrés tenía 4 años, una madrugada cualquiera, sin nota, sin dirección ni despedida. La madre lo siguió poco después. A esa edad, cuando los demás niños del barrio aprendían los números con los dedos, Andrés ya sabía algo que muchos hombres tardan toda una vida en aprender. Sabía que los adultos pueden cerrar una puerta y no volver y que el silencio que dejan adentro de la casa no se cura con nada.
Lo recogió la abuela paterna, una mujer mayor llamada María de Jesús Torres. Junto a ella vivía la tía Rebeca Palomeque Torres, que ayudó a criarlo desde aquellos 4 años. Dos mujeres trabajadoras, una casa modesta, un patio de tierra, un niño con la mirada apagada que aprendió temprano a no preguntar por su papá.
Lo que ninguna de las dos sabía aquella tarde era que ese mismo niño, 34 años después, también iba a desaparecer sin avisar. en plena madrugada sobre una carretera oscura de Sinaloa, dejándole a su esposa un mensaje de texto que ella iba a leer 1 veces hasta el día de su propia muerte. A los 9 años, la tía Rebeca lo llevó a su primera función de lucha libre.
Arena vieja de Villa Hermosa, bancas duras de madera, olor a fritanga, sudor y perfume barato. Andrés agarrado de la mano de su tía en la tercera fila. Los rudos cayendo a la lona, el público gritando como poseído, las máscaras brillando bajo las luces amarillas del techo. Y ahí, en aquella tercera fila, el niño que se había quedado sin padre entendió algo de golpe.
Los hombres con máscara no se iban, eran intocables. Esta noche, regresando a casa de la mano de la tía Rebeca, le dijo a la abuela María de Jesús que él iba a ser luchador, que iba a ponerse una máscara y que nadie en toda su vida le iba a quitar la cara nunca. La abuela se rió, le sirvió un vaso de agua de horchata. Le dijo que primero terminara la primaria, pero el niño ya no la escuchaba.
Estaba mirando sus propias manos, imaginando cómo iban a verse adentro de unos guantes negros de luchador rudo. A los 16 años empezó a entrenar formalmente. Lo recibió un viejo luchador conocido como el noruego. Nombre real, don Nerio Soto. Hombre seco, callado, de manos como piedras. Después llegaron Delio Soto, elVelasco y el legendario Ray Mendoza.
Una de las leyendas del pancracio mexicano. Cuatro maestros para un solo muchacho que llegaba todos los días al gimnasio a las 5 de la mañana sin importar el calor. Su primera identidad fue Alex Dinamo. Duró poco, después fue Pequeño Samurá. Tampoco prendió. Furor fue el siguiente. El público apenas lo recordaba.
Tres máscaras gastadas, 10 años invertidos y un público que todavía no aprendía su nombre. Cualquier otro luchador habría renunciado. Andrés no renunció. A principios de los 90 adoptó el nombre que iba a usar durante 5 años. The Winners. Llegó a la DAA, la empresa que estaba revolucionando la lucha libre mexicana. Y aunque The Winners tampoco lo hizo famoso, lo metió por la puerta correcta.
En el 97, Andrés Palomeque debutó bajo un nuevo nombre y una nueva máscara negra, abismo negro. 9 días después de su debut, apareció en el Royal Rumble de la World Wrestling Federation en el prhow transmitido para Estados Unidos, 26 años. Máscara negra brillante, traje oscuro, mirada de rudo.
Por primera vez en su vida, el niño que había perdido a su padre estaba en el único lugar donde los hombres con máscara no se podían ir. Arriba del cuadrilátero, frente a las cámaras con un nombre que pesaba. Aquella aparición en la WF abrió todas las puertas. Lo metieron en una nueva facción de la triple A llamada Los Vipers, junto a psicosis, Histeria y otros luchadores rudos.
Andrés se convirtió en líder, carismático arriba del ring, sonriente afuera de él y desarrolló un movimiento de firma que iba a marcarle la carrera y, sin saberlo, la vida. Se llamaba El Martinete. En inglés lo conocían como Pile Driver. En México estaba prohibido. Lo prohibieron porque mataba. Consistía en levantar al rival por los pies, voltearlo de cabeza, encajarle el cráneo entre los muslos y dejarse caer al suelo.
La coronilla del rival impactaba directamente contra la lona. Las vértebras cervicales se comprimían. El cráneo absorbía toda la fuerza sin posibilidad de desviarse a un lado. Había paralizado luchadores en México, mandado al hospital a varios. matado a otros tantos en distintos países. Andrés decidió que ese, exactamente ese sería su movimiento firma.
Aceptaba la descalificación, aceptaba perder la máscara en luchas de apuesta, aceptaba la sanción de la comisión. Jamás aceptó dejar de hacerlo y el público le puso un nombre que iba a usar hasta la muerte. El rey del Martinete, el luchador obsesionado con el único movimiento capaz de matarlo. A finales de los 90 principios de los 2000, Abismo Negro era ya una figura central de la triple A.
Triple manías. Rey de reyes, giras nacionales. Una pequeña aparición en TNA en Estados Unidos. Funciones en Japón, en Michinoku Pro Wrestling y en Pro Wrestling Noah. Pero la verdadera explosión vino de la televisión. Televisa lo metió como juez en un programa familiar matutino llamado Cale, con la máscara puesta, con el traje completo, sentado en el panel de jueces, decidiendo concursos de talento de niños y de familias mexicanas que aparecían en cadena nacional.
Lo apodaron el juez de hierro de la televisión, otro matutino. Mismo formato, misma máscara negra, el rudo del cuadrilátero convertido en un personaje que las madres mexicanas veían tomando café por las mañanas mientras planchaban. En 10 años había construido lo que el niño de 4 años nunca tuvo. Identidad, reconocimiento, casa propia, familia completa, una máscara que nadie le podía quitar.
Y todo eso, exactamente todo eso, lo iba a destruir él mismo con sus propias manos. A principios de los 90, justo antes del nacimiento de abismo negro, Andrés se casó con una mujer llamada Blanca Perla García, boda modesta, civil. Después religiosa en la misma iglesia de Villahermosa, donde la abuela María de Jesús lo había bautizado de bebé.
Tuvieron cuatro hijos, tres niñas y un niño. La casa familiar estaba en la Ciudad de México, colonia de clase media Patiochico, garaje para un coche. Una vida sencilla escondida detrás de la máscara pública del rudo de la triple A. Blanca Perla nunca apareció en televisión, nunca dio entrevistas. Vivió 15 años casada con el rey del Martinete y la mayoría del público mexicano nunca supo cómo era su cara hasta que el cáncer entró a su casa.
A mediados de los 2000, Blanca Perla empezó a sentir un bulto en el seno izquierdo. Pequeño, doloroso al tacto. Fue al doctor. Le hicieron una mamografía, después una biopsia, después una segunda biopsia. El diagnóstico llegó como un puñetazo seco al pecho. Cáncer de mama. Etapa avanzada. Tratamiento agresivo de quimioterapia. Mastectomía probable.
Pronóstico reservado. Tres niñas pequeñas y un niño todavía más chico viendo có la má perdía el pelo en mechones, cómo se le hundían los ojos, cómo le costaba levantarse de la cama para hacerles el desayuno. Y mientras Blanca Perla luchaba contra el cáncer en una clínica de la Ciudad de México, su esposo, el rey del Martinete, el juez con máscara de la televisión, estaba haciendo otra cosa.
Algo que su esposa moribunda no sabía, algo que sus cuatro hijos tampoco, algo que ningún periódico publicó nunca con su nombre, algo que iba a matarlo se meses después. En el verano del 2008, durante una gira nacional de la triple A, Andrés Palomchique conoció a la luchadora más sexy del momento. 22 años, Pelo Largo, Cuerpo de gimnasio, Ojos Verdes, la promesa femenina más caliente, la Triple A. Le decían sexis Star.
Él tenía 37, 14 años más que ella. Esposo con 15 años de matrimonio, padre de cuatro hijos, con una esposa moribunda recibiendo quimioterapia a 2,000 km de distancia. Empezaron una relación clandestina durante esa gira. Óteles, camerinos, coches rentados, mensajes a horas raras, llamadas escondidas a las 3 de la mañana.
La esposa estaba conectada a una bolsa de quimioterapia. El esposo estaba dentro de un hotel de Acapulco con una luchadora de 22 años. Esa fue la traición que se sembró aquel verano. Pero lo que el espectador no sabe todavía es lo que pasó después, lo que él hizo cuando esa traición empezó a comerlo por dentro. Guarda esto en tu mente porque aquella relación clandestina del verano del 8 fue solo el principio.
El 20 de marzo del 2009, viernes por la noche, Abismo Negro luchó en una función de la triple A en Mazatlán, Sinaloa. Función rutinaria, nada especial. Una de tantas, en una gira de tantas, terminó la lucha cerca de la medianoche. Se cambió en el camerino, cargaba dos cosas con él que llevaba semanas cargando a todas partes. Una biblia gastada, una cruz de madera colgada al cuello bajo la camiseta.
A las 12:30 de la madrugada del 21 abordó un autobús de la línea elite con destino a la ciudad de México. Iba acompañado por otros luchadores de la misma empresa. Una hora después, en el kilómetro 190 de la carretera de Cuota Mazatlán Tepic, Andrés se levantó de su asiento y empezó a gritar. Sus compañeros luchadores, despertados de golpe lo vieron caminando por el pasillo del autobús, con los ojos abiertos como platos. Sudaba. temblaba.
Elestá arriba del camión. Lo veo. Aquí está. Elestá arriba del camión. Lo estoy viendo. Le pedía al chóer que parara. Le exigía que abriera las puertas. Le decía que tenía que bajarse antes de que ello agarrara. Otros luchadores trataron de calmarlo, lo conocían bien, conocían sus crisis previas, conocían sus internamientos psiquiátricos, conocían la Biblia que cargaba a todas partes desde el otoño anterior.
Pero esa madrugada estaba diferente. Elno se iba. El chóer paró el autobús en plena oscuridad, abrió las puertas. Andrés saltó hacia afuera, se metió corriendo a la maleza al borde de la carretera. se perdió en la oscuridad antes de que nadie pudiera detenerlo. Eran las 210 de la madrugada. Sus compañeros se quedaron parados al borde del bus, llamándolo a gritos.
Nadie le contestó. La maleza se lo había tragado. A la 1:35 minutos de aquella madrugada, perdido en plena oscuridad, sin saber dónde estaba, sin saber a dónde caminaba, Andrés sacó su celular. tenía 1000 contactos en ese teléfono. Compañeros de la Apata A, promotores, periodistas, productores de televisión, el número de sexy Star, su amante, el médico que le había prescrito anciolíticos, la madrina espiritual de Tabasco.
A ninguno de ellos le marcó. Le mandó un mensaje a una sola persona, a la mujer a la que le había estado mintiendo durante 8 meses, la que en ese momento estaba conectada a una bolsa de quimioterapia en una clínica de la Ciudad de México, la que se moría de cáncer mientras él dormía en hoteles con una luchadora 14 años más joven.
Le mandó un mensaje a su esposa. El mensaje decía, palabra por palabra, estoy perdido en una colina oscura. No sé dónde estoy. Esas fueron las 11 últimas palabras que Andrés Palomeque le escribió a su esposa en 15 años de matrimonio. Blanca Perla recibió el mensaje en su cama de la Ciudad de México. Lo leyó, lo volvió a leer, le marcó al teléfono.
La línea muerta del otro lado. Le marcó otra vez. Nada. Entonces, descompensada por el efecto de la quimioterapia, se levantó como pudo. Buscó el número del promotor de la triple A en Mazatlán. Un hombre llamado Vicente Martínez le llamó a las 2 de la madrugada llorando. Vicente movió cielo y tierra, despertó a luchadores, coordinó una búsqueda.
Salieron carros a la carretera Mazatlán Tepic en plena madrugada, pero ya era tarde. Andrés había caminado a ciegas en la oscuridad. Había llegado a un puente sobre la carretera federal México X y había caído por un desnivel hasta el cauce de un río mecho que pasaba por debajo del puente. A la mañana siguiente, sus compañeros bajaron por el barranco y encontraron lo que llevaban horas buscando.
Andrés Palomeque González, el rey del Martinete, el juez con máscara de la televisión nacional, estaba boca abajo dentro del agua sucia del sin máscara, sin traje, sin las luces amarillas que durante 17 años lo habían hecho intocable arriba del cuadrilátero. Tenía 37 años. El médico legista del Rosario, Sinaloa, un hombre llamado Jesús Enrique Castro López, firmó el dictamen oficial dos días después, causa de muerte, ahogamiento, factor desencadenante, ataque de ansiedad provocado por consumo de anabólicos y otras sustancias. Esa
fue la versión la que repitieron los periódicos, la que apareció en los noticieros, la que la triple la puso en su comunicado de prensa y esa versión es falsa. Porque elque vio aquella madrugada arriba del autobús no fue una alucinación de anabólicos, tampoco fue un brote de esquizofrenia, tampoco fue una crisis química de su cerebro descompuesto por las sustancias.
Elera real. Lo había metido él mismo a su casa 8 meses antes. Lo había alimentado en hoteles de Acapulco. Lo había puesto encima de la cama matrimonial mientras su esposa vomitaba la quimioterapia en el baño de la clínica. Elera la cara de sexy Star metida adentro de su cabeza desde el verano del 8o.
Era cada hotel pagado con dinero familiar. Era cada mentira inventada al teléfono cuando su esposa, con la voz cansada por la quimio, le preguntaba a qué hora regresaba a casa. Aquella madrugada del kilómetro 190, Andrés Paloméque no estaba siendo perseguido por una alucinación. Estaba siendo perseguido por su propia conciencia por 8 meses de traición acumulada por la imagen mental de su esposa muriéndose de cáncer mientras él en ese mismo instante dormía en otra cama con otra mujer.
El verdadero responsable de la muerte de abismo negro tenía nombre y apellido. Andrés Alejandro Palomeque González. Y el segundo responsable tenía 22 años y un cuerpo que él no había podido dejar de buscar durante 8 meses, aunque sabía que cada hora que pasaba con ella era una hora menos que pasaba con su esposa enferma.
Pero lo más asqueroso, lo que ningún periódico mexicano se atrevió a publicar, lo que la propia Triple A intentó tapar con el comunicado oficial del médico legista, no fue la infidelidad en sí misma. Lo más asqueroso fue lo que él le hizo a Blanca Perla durante esos 8 meses dentro de su propia casa, frente a sus propios hijos, mientras ella se moría sin saberlo.
Y eso es lo que vas a saber ahora para entender por qué else le metió adentro del autobús aquella madrugada del kilómetro 190. Tenemos que regresar al verano del 2008, concretamente a una función de la triple A en el puerto de Acapulco. Auditorio Antonio M. Quirasco. Casa llena. Calor pegajoso del puerto.
Esa noche abismo negro luchó como cabeza de cartel. Hizo su entrada habitual con el lanzallamas, pulverizador en una mano, encendedor en la otra. Las llamas escupiendo 2 metros adelante de su cuerpo mientras caminaba hacia el ring. Era su sello. Cuando terminó la función, se metió al camerino. Se quitó la máscara dentro del baño para que nadie le viera la cara y al salir en el pasillo trasero del auditorio se cruzó con una luchadora joven que llevaba apenas un año en la empresa.
Era ella, 22 años. Pelo largo color castaño rojizo, ojos verdes, la cintura más estrecha del vestidor femenino de la papa. A le decían sexy star. Su nombre real era Dulce García. Hablaron 10 minutos en aquel pasillo. Andrés le ofreció un trago en el bar del hotel donde se hospedaba la empresa. Ella aceptó. A las 3 de la mañana de aquella noche calurosa de Acapulco, los dos estaban en la habitación 317 del hotel y a 2000 km de distancia en la ciudad de México, Blanca Perla García dormía con la cabeza envuelta en una pañoleta porque acababa
de empezar el segundo ciclo de quimioterapia. Ese fue el primer hotel, la primera mentira, la primera traición física de la que el mundo no sabía nada. Y desde esa noche del puerto todo empezó a empeorar muy rápido. Lo que vino después fueron 8 meses de doble vida. Andrés viajaba con la triple A por todo el país, Tijuana, Monterrey, Guadalajara, Mérida, Cancún.
Funciones nocturnas en arenas chicas, en arenas grandes, en palen improvisados de pueblo. En cada gira sexy estar aparecía. a veces oficialmente en la cartelera, a veces sin estar programada, llegando por su cuenta al mismo hotel. Andrés le pagaba habitaciones aparte para que no se viera. Obvio, le mandaba a buscar comida al cuarto a la 1 de la mañana, le compraba regalos en aeropuertos, le mandaba flores firmadas con nombres falsos.
En Tijuana se hospedaron en un hotel pequeño cerca de la frontera cuatro noches seguidas. Andrés salía cada mañana a entrenar en un gimnasio de la avenida Revolución y ella se quedaba pidiendo desayuno al cuarto. Una mesera del hotel los reconoció. Sexy star le firmó un autógrafo con un nombre falso. La mesera ya no preguntó más.
En Monterrey los vieron tomados de la mano dentro de un restaurante de cortes. Un periodista de espectáculos los reconoció. Andrés lo abordó después de la cena, le dio 2000 pesos en efectivo y le pidió que olvidara lo que había visto. El periodista guardó el billete y nunca publicó nada. En Mérida pasaron un fin de semana completo dentro de la habitación, 4 días seguidos sin salir, salvo para las funciones de Andrés en la arena de la ciudad.
La empleada de limpieza del hotel les llevaba comida al cuarto tres veces al día. Cada hotel costaba un promedio de 3,000 pesos diarios. Cada cena costaba 1000. Cada regalo costaba lo que costaba y todo, exactamente todo, salía de la cuenta familiar. del dinero que tenía guardado para los estudios de los niños, del fondo que Blanca Perla había separado años atrás para una emergencia médica, del seguro de gastos mayores que también pagaba la quimioterapia.
Mientras Blanca Perla recibía quimio en una clínica privada, su esposo estaba pagando hoteles a su amante con el mismo dinero que sostenía el tratamiento médico de ella. cuando llamaba por teléfono a la casa. Lo hacía desde habitaciones de hotel en las que Sexy Star estaba durmiendo en la cama de al lado.
Su esposa le preguntaba a qué hora regresaba. Él le decía que la empresa le había puesto una doble función, que había una junta extraordinaria, que el avión salíaMentiras pequeñas, mentiras grandes, mentiras que él iba acumulando como un luchador, acumula golpes recibidos y por debajo de cada mentira, la culpa empezaba a crecerle adentro del pecho como una bola negra que no podía sacarse.
Una tarde de septiembre de aquel 2008, Blanca Perla estaba sola en la casa, los cuatro hijos en la escuela. Andrés supuestamente en una gira en Veracruz. Sonó su celular. Era un número que ella no conocía. Lo contestó. Del otro lado, una voz femenina, joven, aguda. Bueno, está Andrés.
Soy de la oficina de la papa A. Queremos confirmar el vuelo del miércoles. Blanca Perla, débil por la quimioterapia, le contestó que su esposo estaba en Veracruz y que ella era su esposa. Hubo un silencio del otro lado. 5 segundos largos. Después la mujer joven colgó. Esa noche, cuando Andrés llamó desde su hotel, Blanca Perla le preguntó quién era esa mujer que había marcado a su celular preguntando por él.
Andrés le dijo que era una asistente nueva de la empresa, que no tenía importancia, que él no la conocía bien todavía. Blanca Perla no le creyó, pero no dijo nada. Colgó el teléfono, se sentó en la sala de su casa con la televisión apagada y por primera vez en 15 años de matrimonio le pasó por la cabeza la palabra divorcio. A los dos días, Blanca Perla hizo algo que no había hecho jamás en 15 años.
Esperó a que Andrés saliera al baño esa mañana y agarró su celular de la mesita de noche. No sabía la contraseña, pero conocía a su esposo. Probó la fecha de su aniversario. Nada. Probó el cumpleaños de la hija mayor. Nada. Probó el cumpleaños del hijo menor. Abrió. Había mensajes. Cientos de mensajes de un contacto guardado solo como SS con un corazón rojo al lado. Mensajes íntimos.
Fotografías comprometedoras, citas en hoteles, direcciones, horarios, la firma electrónica de 8 meses de traición acumulada dentro de un teléfono celular de 5,000 pes. Blanca Perla leyó tres mensajes. No tuvo fuerzas para leer más. cerró el celular, lo puso exactamente donde estaba y se metió al baño a vomitar la quimioterapia de la mañana mezclada con todo lo que acababa de leer.
Esa misma tarde le pidió a la hija mayor que la acompañara a la sesión de quimioterapia. La hija mayor, que tenía 14 años, accedió adentro del coche. Camino al hospital. Blanca Perla le pidió a la hija mayor una cosa. Le pidió que si algún día le pasaba algo a ella. La hija mayor cuidara a sus tres hermanos, que no dejara que se separaran, que no permitiera que el papá los criara solo.
La hija mayor, sin entender bien lo que su madre le estaba pidiendo, asintió con la cabeza y desde aquella tarde empezó a vigilar a su padre con ojos diferentes. Lo que ella no sabía esa noche era que el número desde donde había llamado aquella mujer joven estaba registrado en el celular de Andrés con dos letras.
solo dos letras, S, sexy Star, y que dentro de la billetera negra que su esposo cargaba a todas partes, había una fotografía pequeña doblada en cuatro que había sido impresa en una papelería de Acapulco aquel verano. Una fotografía donde aparecían los dos abrazados frente al mar de Caleta. Andrés sin máscara, sexy star con un vestido blanco corto.
Esa fotografía iba a aparecer 6 meses después. mojada y casi destruida por el agua del río dentro del bolsillo trasero del pantalón con el que encontraron su cuerpo. Pero esa parte de la historia todavía falta. Lo que vino después fue lo más sucio. En octubre del 2008, el oncólogo le informó a Blanca Perla que tenían que adelantar la mastectomía.
El tumor del seno izquierdo se había vuelto agresivo. La quimio no estaba siendo suficiente. Había que operar antes de Navidad. programaron la cirugía para el segundo lunes de noviembre. Hospital Médica Sur. 8 de la mañana, 4 horas de quirófano. Blancaperla le avisó a su esposo con tres semanas de anticipación.
Andrés le prometió que iba a estar ahí, que iba a cancelar todas sus funciones, que iba a dormir esa noche en el hospital con ella, que iba a ser el primero en verla cuando saliera del quirófano. Le juró por la memoria de la abuela María de Jesús que iba a estar. Una semana antes de la cirugía, Andrés desapareció.
Blanca Perla llamó a su celular durante tres días. Nadie le contestó. Llamó a la oficina de la TA. Le dijeron que estaba en una gira no programada en el sureste. Llamó al promotor de Mazatlán, a Vicente Martínez. Vicente no supo qué responder. La noche anterior a la cirugía, Blanca Perla durmió sola en la cama matrimonial.
Sus tres hijas la abrazaron por turnos. El hijo menor, que tenía 7 años, le preguntó dónde estaba papá. Ella le dijo que estaba trabajando. A la mañana siguiente, sin esposo, sin él, al lado de la camilla, sin nadie tomándole la mano antes de entrar al quirófano. Blanca Perla firmó los papeles de la mastectomía y la operaron.
Cuando despertó en recuperación, lo primero que preguntó con la voz pastosa por la anestesia fue si había llamado Andrés. La respuesta fue no. Mientras Blanca Perla estaba siendo operada, Andrés Paloméque estaba en una habitación del hotel Las Brisas en Acapulco con Sexy Star. Ese viernes por la noche habían cenado en un restaurante de mariscos sobre la costera.
Después se habían metido al cuarto y desde ahí durante 72 horas no salieron a ningún lado. El lunes por la mañana, mientras los cirujanos abrían el pecho izquierdo de su esposa, Andrés estaba dormido boca arriba en una cama king size, abrazado a una mujer 14 años más joven. Esto pasó realmente. Esto está confirmado por dos personas que trabajaban con él aquel fin de semana en Acapulco.
Esto la propia Blanca Perla lo supo dos meses después cuando una luchadora retirada de la Parta Punzasa en una llamada anónima le contó todo y aún así Blanca Perla no lo dejó. Le perdonó la ausencia en la cirugía. Le perdonó las llamadas no contestadas. le perdonó las mentiras sobre la gira inventada del sureste, porque la quimioterapia le estaba comiendo las fuerzas y ya no le quedaba energía para pelear por nada.
Le dijo solo una cosa cuando él regresó a la casa tres días después con los ojos rojos y un ramo de rosas baratas compradas en la entrada del aeropuerto. Si esto vuelve a pasar, no te vuelvo a abrir la puerta. Andrés lloró frente a ella. Le juró que no había pasado nada. Le juró que la quería. Le juró que no había otra mujer. Por dos semanas se comportó como un esposo modelo.
Dormía en la casa todas las noches. Llevaba a las niñas a la escuela por la mañana. Le hacía el desayuno a Blanca Perla y se lo subía a la cama. Le ponía vídeos chistosos en el celular para hacerla reír mientras le cambiaban el vendaje del pecho operado. Blanca Perla, cansada y débil por la cirugía, quiso creerle.
Quiso pensar que lo de los hoteles había sido una crisis pasajera, que la quimioterapia y la mastectomía habían sacudido a su esposo lo suficiente como para que volviera a casa de verdad. Pero al final de la segunda semana, Andrés recibió un mensaje al celular a las 3 de la madrugada. Se levantó de la cama sin hacer ruido, salió al patio de la casa, cerró la puerta del comedor detrás de él para que Blanca Perla no escuchara su conversación.
estuvo 30 minutos hablando por teléfono en voz baja y al regresar al cuarto matrimonial, Blanca Perla estaba despierta. Lo miraba en silencio desde la cama. Andrés le dijo que era un compromiso de la empresa, que había una junta de emergencia, que tenía que viajar al día siguiente. Tres semanas después llegó la Navidad y Andrés volvió a desaparecer.
Pero todavía nada de esto era lo más asqueroso. Todavía nada de esto era lo que Blanca Perla iba a recordar el resto de su vida, como el momento exacto en que se le rompió algo adentro que ya no se compuso nunca. Lo más asqueroso pasó en enero del 2009, dos meses antes de la muerte en el río, tres meses después de la mastectomía dentro de la casa familiar de la Ciudad de México.
Sucedió un sábado por la tarde. Esa semana habían empezado el segundo ciclo de radioterapia complementaria. Blanca Perla iba al hospital tres veces por semana, 20 minutos cada sesión. La piel del pecho operado le quedaba roja y caliente por horas. La hija mayor era la que la llevaba en el coche familiar y la traía de regreso.
Andrés se ofrecía cada mañana a llevarla a él. Blanca Perla le decía que no, que prefería que la hija mayor la acompañara. Lo verdadero era que ya no quería estar a solas con él dentro del coche. Una tarde de aquella misma semana, Blanca Perla descubrió que faltaba dinero del sobre que guardaba en el cajón de la cocina.
Eran 5,000 pesos en efectivo. Dinero que ella separaba mes con mes para los gastos extra de la radioterapia, para la gasolina del coche, para los medicamentos no cubiertos por el seguro. Andrés no le pidió permiso, no le avisó. Simplemente se llevó el sobre cuando salió esa misma mañana. Cuando regresó por la noche, Blanca Perla le preguntó si había agarrado el dinero.
Andrés le dijo que sí, que había tenido un gasto urgente con la empresa, que en una semana lo repondría. Blanca Perla no le creyó. Sabía perfectamente para qué se había llevado ese dinero. Lo sabía desde el celular, lo sabía desde la llamada de la mujer joven, lo sabía desde los aretes que faltaban del fondo de su propia joyería pequeña. Pero esa noche no le dijo nada.
se metió a la cama, apagó la luz y le dio la espalda a su esposo sin decirle buenas noches. 5,000 pesos era el costo aproximado de dos noches en un hotel de cinco estrellas en Acapulco. Más cena, más botella de vino, más propinas. Blanca Perla lo había calculado mentalmente esa misma tarde mientras esperaba el coche frente al hospital de radioterapia.
Aquel sábado Andrés cometió algo que ninguna mujer perdona, algo que ningún hijo olvida, algo que ningún periódico mexicano publicó nunca con los detalles exactos. Lo que voy a contarte ahora cambia para siempre la versión oficial de cómo murió abismo negro. Aquel sábado de enero del 9, Blanca Perla había salido temprano a una sesión de radioterapia complementaria.
La había llevado la hija mayor que tenía 14 años. Las dos hijas más chicas estaban en la casa jugando en la sala con el hermano menor de 7 años. La empleada doméstica había salido hasta hacer el mandado a las 3:20 de la tarde, según declaraciones que la hija mayor dio años después en privado a una persona cercana a la familia.
Andrés llegó a la casa en su camioneta. No venía solo. Venía acompañado por Sexy Star. La metió por la puerta del garaje. Le dijo a los tres hijos chicos que se subieran al cuarto del hermano menor a ver televisión, que no bajaran hasta que él los llamara, que si necesitaban algo le gritaran desde arriba. Los tres niños subieron y durante dos horas, Andrés Palomeque metió a su amante a la cama matrimonial.
La cama donde Blanca Perla dormía con la pañoleta de la quimioterapia. La cama donde sus cuatro hijos habían sido concebidos. La cama donde su esposa esa misma mañana había rezado tres Ave Marías antes de salir al hospital. Cuando la hija mayor regresó con blanca perla a las 5:15 de la tarde, Sexy Star ya se había ido.
Andrés estaba en la regadera. Las sábanas de la cama matrimonial estaban revueltas, pero Andrés las había cambiado por otras limpias antes de meterse a bañar. Lo que no había podido limpiar fue el olor, un perfume femenino dulce, fuerte, con notas de vainilla y ja, que no era el de blanca perla. La hija mayor lo notó primero.
Tenía 14 años. Era observadora. Le preguntó a su mamá si había usado perfume nuevo. Blanca Perla le dijo que no. La hija mayor subió al cuarto matrimonial. Olió las sábanas limpias, olió las almohadas, olió la cortina de la regadera y supo de inmediato que en esa casa había estado otra mujer. Esa noche, mientras Blanca Perla dormía agotada por la radioterapia, la hija mayor entró sola al cuarto de sus padres.
abrió el cajón de la mesita de noche del lado de Andrés y dentro, debajo de unos relojes viejos, encontró un arete pequeño de plata con una piedra verde diminuta. Ese arete no era de su mamá. Ese arete iba a ser identificado 3 años después en una foto pública de redes sociales como parte del juego de aretes favorito de Sexy Star, la luchadora de la para A.
Pero esa parte de la historia, la hija mayor no iba a contársela Pomadala a su madre hasta mucho después, porque su madre se estaba muriendo y porque entendió con 14 años que su papá le había hecho a su mamá la peor traición posible. Lo más asqueroso que Andrés Paloméque le hizo a su esposa con cáncer no fue la infidelidad afuera de la casa.
No fue mentirle al teléfono desde habitaciones de hotel. No fue desaparecer la noche antes de la mastectomía. Lo más asqueroso fue meter a la amante adentro de la casa familiar, dentro de la cama matrimonial, con sus cuatro hijos arriba viendo dibujos animados. Mientras su esposa, sin saberlo, estaba recibiendo radioterapia para tratar de seguir viva un mes más.
La hija mayor guardó ese secreto durante años, cargó esa imagen mental hasta su vida adulta y solo lo platicó ya casada con una persona muy cercana que años después rompió el silencio en privado. Esto pasó realmente. La hija mayor lo presenció con 14 años. Y aquella tarde de enero del 9, dos meses antes de que su padre apareciera muerto en un río de Sinaloa, esa niña perdió a su papá para siempre.
Aunque él todavía estuviera vivo, aunque todavía durmiera bajo el mismo techo, aunque todavía bajara a desayunar los domingos con la familia completa. Para esa hija de 14 años, su papá ya estaba muerto desde aquel sábado de enero. Y el padre que se murió en aquel río dos meses después era otra cosa. Era el cadáver físico del hombre que ella había dejado de querer aquel sábado adentro de la casa.
Pero todavía falta lo más oscuro, porque hay algo que Andrés hizo 6 meses antes de aquel sábado de enero, algo que cambia completamente la forma en que terminó dentro del agua sucia del río. Hay un lugar en Tabasco donde Andrés Palomeque se arrodilló durante 6 horas seguidas frente a un altar de iglesia. Y lo que hizo dentro de esa iglesia, lo que prometió, lo que firmó con sangre simbólica frente a la imagen de un Cristo de madera, es lo que termina de explicar por qué else le metió al autobús aquella madrugada del kilómetro 190.
Y esa parte de la historia ningún periódico mexicano la conoció jamás. Después de aquel sábado de enero del 9, algo dentro de la casa familiar se rompió en silencio. Blanca Perla siguió levantándose cada mañana. Siguió yendo a las sesiones de radioterapia. Siguió haciéndoles el desayuno a sus cuatro hijos, pero nunca volvió a dormir abrazada a su esposo.
Le puso a la cama un cojín entre los dos. Algunos días, cuando él se iba de gira, ella dormía en el cuarto de su hija mayor. La hija mayor, por su parte, dejó de hablarle a su papá. Dejó de saludarlo cuando llegaba a la casa. Dejó de pedirle dinero para la escuela. Cuando él intentaba acercársele para abrazarla, ella se hacía a un lado.
Andrés no entendía qué le pasaba a esa hija o fingía no entender. Le preguntaba a Blanca Perla si la niña estaba en una etapa difícil, si tenía problemas en la escuela, si era cosa de la edad. Blanca Perla le contestaba con monosílabos, “Sí, no, tal vez.” Y se daba media vuelta. Andrés no sabía que su hija mayor había visto el arete, que había olido el perfume, que sabía exactamente lo que él había hecho dentro de esa cama el sábado de enero y que aquella niña de 14 años cargaba un odio frío contra él, que no se iba a curar con nada. Las dos hijas
de en medio de 10 y 8 años empezaron también a notarlo. La de 10 años le preguntó una noche a su mamá por qué papá ya no jugaba con ellas como antes. ¿Por qué cuando llegaba de las giras se metía directo al baño? ¿Por qué hablaba por teléfono encerrado en el pati? Blanca Perla le contestó que su papá estaba cansado del trabajo, que la lucha libre era pesada, que tenían que ser pacientes con él.
La niña de 10 años, aunque chica, no se quedó tranquila. Esa misma semana le hizo a su papá un dibujo con plumones donde aparecía la familia completa adentro de una casa con corazones. Se lo dejó pegado en el espejo del baño. Andrés vio el dibujo a las 6 de la mañana cuando se metió a bañar. Lo arrancó del espejo, lo dobló en cuatro y lo metió a la basura del baño sin que nadie lo viera.
La niña de 10 años buscó su dibujo durante dos días. No lo encontró. Le preguntó a su papá si lo había visto. Él le dijo que no, que seguro se había caído atrás del mueble. Esa fue la última vez que esa niña le hizo un dibujo a su padre. Los primeros síntomas raros aparecieron en febrero. Lo notaron los compañeros de la prpatau durante una función en Monterrey.
Andrés se quedaba mirando a un punto fijo del techo del vestidor. 10 minutos. 15. Sin parpadear. Cuando alguien le preguntaba qué estaba viendo, él contestaba con la voz lenta. Nada, solo estaba pensando. Después empezó a hablar solo, adentro de los baños. adentro del camerino. Frases sueltas que nadie entendía. Un luchador llamado Histeria, compañero suyo de los Vipers, le preguntó una noche en un hotel de Saltillo si estaba bien.
Andrés se rió y le dijo que sí. Pero esa misma noche, Histeria se levantó al baño y lo escuchó hablando solo dentro del cuarto del lado, con la voz quebrada, repitiendo una sola palabra. Perdóname, perdóname, perdóname. Cuando Hteria le preguntó a la mañana siguiente con quién había estado hablando, Andrés le dijo que con su esposa por teléfono.
Pero el celular de Andrés esa noche había estado apagado durante 6 horas. Una semana después, durante una función en Torreón, otro luchador lo encontró parado solo a las 4 de la mañana en el pasillo del hotel. Andrés estaba con la espalda contra la pared, los ojos cerrados, las manos apretadas contra los oídos. El compañero le preguntó qué hacía ahí.
Andrés abrió los ojos despacio. Tenía las pupilas dilatadas. Estaba esperando a que se callara. ¿Quién? Andrés señaló con el dedo índice hacia la puerta cerrada de su propia habitación. Esa voz la que me sigue desde Acapulco. El compañero lo metió a otra habitación, lo acostó, le dio un vaso de agua, le dijo que llamara a su esposa por la mañana.
Andrés le dijo que sí, que iba a llamar, pero por la mañana se subió al avión de regreso a la Ciudad de México y no le dijo nada a Blanca Perla. Las voces que escuchaba Andrés no eran de la tupara, no eran del público del cuadrilátero, no eran del entrenamiento del gimnasio, eran las suyas propias, las que tenía encerradas en el pecho desde el primer hotel de Acapulco.
La crisis psicótica grande llegó a finales de febrero en una función nocturna en Aguas Calientes. Andrés salió al ring con el lanzallamas, pulverizador, encendedor, las llamas saliendo 2 m adelante de su cuerpo, el público gritando, las luces amarillas y a la mitad de la entrada se detuvo en seco. Soltó el pulverizador, soltó el encendedor, se quedó parado frente al público con los brazos colgando, los ojos abiertos como platos, mirando un punto fijo del techo del coliseo.
El árbitro corrió hacia él, le preguntó qué pasaba. Andrés señaló con el dedo índice hacia el techo y le dijo en voz alta lo suficientemente fuerte para que las primeras filas lo escucharan. Ahí está. Elestá sentado en la viga. El público se rió al principio. Pensaron que era parte del personaje, que era un acto, que era el rey del Martinete haciendo teatro de los suyos.
Pero los luchadores que estaban en la rampa de entrada sabían que no era teatro. Sabían que Andrés estaba viendo algo que no había. Sabían que el rudo más carismático de la propona acababa de romperse adentro frente a 15,000 personas. Lo bajaron del ring empujones, lo metieron al camerino, le quitaron la máscara, le dieron agua, lo acostaron en una camilla improvisada, llamaron al doctor de la empresa.
Cuando llegó el doctor, Andrés ya estaba llorando como un niño, pidiendo perdón, diciendo que else lo iba a llevar, diciendo que tenía que confesarse con un cura, diciendo que necesitaba ir a la iglesia. Esa misma noche lo subieron a un avión de regreso a la ciudad de México y al día siguiente lo internaron por sexta vez en un hospital psiquiátrico privado.
Estuvo dos semanas adentro. Le dieron tratamiento, le dieron pastillas, le diagnosticaron oficialmente esquizofrenia paranoide, le dijeron a la familia que iba a necesitar medicación de por vida. Durante esas dos semanas, Blanca Perla lo visitó dos veces. La primera vez le llevó ropa limpia y una Biblia nueva.
La segunda vez le llevó una foto de los cuatro hijos abrazados que la hija mayor había tomado una semana antes. Andrés agarró la foto. La vio durante 10 minutos sin decir nada. Después miró a Blanca Perla a los ojos y le dijo una sola frase con la voz pastosa por las pastillas. Perdóname por todo. Blanca Perla no le contestó.
le dejó la foto sobre la mesita de noche del cuarto del psiquiátrico. Se levantó y se fue caminando despacio por el pasillo sin voltear hacia atrás. Esa fue la última conversación civil que tuvieron como esposos antes de la madrugada del río de Sinaloa. Cuando salió del hospital, Andrés tomó una decisión.
No volvió a la casa familiar de la Ciudad de México. No fue a ver a su esposa, no fue a ver a sus hijos. Tomó un autobús directo desde la central de la capital y se fue 1000 km hacia el sur, a Villa Hermosa, Tabasco, a su tierra, a la casa donde lo había criado la abuela María de Jesús Torres. Pasó tres días en Tabasco. Durmió en el cuarto de su infancia.
La abuela ya había muerto años atrás. La tía Rebeca todavía vivía en la misma casa, ya vieja, ya cansada, pero ahí seguía. le preparó la sopa que él tomaba de niño, le sirvió las tortillas hechas a mano, le dijo que se quedara los días que necesitara, que esa casa siempre iba a ser su casa.
Andrés casi no comió, casi no durmió. Pasaba las noches sentado en el patio mirando hacia el cielo. La tía Rebeca lo veía desde la ventana de la cocina y le pedía a la Virgen de Guadalupe que su sobrino encontrara paz. La tarde del tercer día, Andrés caminó hasta la iglesia del barrio, una iglesia pequeña de paredes blancas y techo bajo.
La misma iglesia donde la abuela María de Jesús lo había llevado a bautizar de bebé, la misma iglesia donde había hecho la primera comunión. Entró a las 4 de la tarde. La iglesia estaba vacía, el cura no estaba, solo había una señora mayor barriendo cerca del altar. Andrés caminó hasta la primera banca de adelante, se arrodilló frente al Cristo de madera que colgaba del techo encima del altar y se quedó ahí 6 horas sin moverse, sin levantarse al baño, sin pararse a tomar agua.
La señora que estaba barriendo terminó su trabajo a las 5:30. Cerró la puerta principal, pero le dejó la lateral abierta. cuando regresó a las 9 de la noche para revisar la iglesia antes de cerrar definitivamente, Andrés todavía estaba ahí de rodillas, la frente apoyada contra el respaldo de la banca de adelante.
La señora le preguntó si estaba bien. Andrés no contestó. Tenía la Biblia abierta sobre las piernas y entre los dedos una pluma de tinta negra. La señora se acercó un paso. Vio que Andrés estaba escribiendo algo en la última página de la Biblia. Letras grandes, lentas, como las de un niño que apenas aprende a escribir. Cuando terminó de escribir, Andrés cerró la Biblia, se persignó, le besó la cubierta y se levantó.
Se dirigió a la salida lateral de la iglesia. La señora le preguntó otra vez si necesitaba algo. Andrés se volteó hacia ella con los ojos rojos por el llanto y le dijo solo una frase. Se acabaron todos los vicios. Esa Biblia, la misma Biblia, con esa última página escrita con tinta negra, iba a aparecer 6 meses después mojada y casi destruida dentro de la mochila pequeña que Andrés cargaba la madrugada que saltó del autobús al kilómetro 190.
Y lo que estaba escrito en esa última página, palabra por palabra, es lo que nadie ha contado nunca. En la última página de la Biblia que cargaba Andrés Palomeque la madrugada que murió ahogado en el río de Sinaloa, había escritas tres líneas con tinta negra, tres promesas hechas frente al Cristo de madera de aquella iglesia de Tabasco.
La primera línea decía, “Nunca más volveré a tocar a esa mujer.” La segunda línea decía, “Nunca más volveré a inyectarme nada en el cuerpo.” La tercera línea decía, “Nunca más voy a fallarle a Blanca Perla.” Debajo de las tres promesas, Andrés había escrito su nombre completo, Andrés. Alejandro Palomeque González con la fecha exacta de aquella tarde de septiembre del 8 y debajo del nombre había puesto la huella de su pulgar derecho marcada con tinta negra como una firma, como un pacto.
Biblia con las tres promesas firmadas frente al Cristo. Fue su intento real de salvarse, su intento real de cambiar, su intento real de dejar a la luchadora joven y volver a casa con su esposa moribunda. Durante dos semanas cumplió las tres promesas. le dijo a Sexy Star que se había acabado. No volvió a comprar anabólicos en las farmacias clandestinas de Tepito.
Regresó a la casa familiar y durmió con su esposa por primera vez en 5 meses. Y a las dos semanas exactas rompió la primera promesa. Sexy Star le llamó una madrugada. Le dijo que estaba sola en un hotel de la Condesa, que lo extrañaba, que solo quería verlo una vez más. Andrés tomó las llaves del coche, salió de su casa a las 3 de la mañana y manejó 40 minutos hasta ese hotel.
Esa noche rompió la primera promesa. A la semana siguiente, en otra gira de la paraháa, se inyectó la primera dosis de anabólicos después del internamiento. Rompió la segunda promesa y al regresar a casa después de esa gira, Blanca Perla le preguntó dónde había estado y él le mintió por enésima vez. Y así rompió la tercera promesa.
Andrés Palomeque firmó un pacto frente al Cristo de aquella iglesia de Tabasco en septiembre del 8. Lo firmó con su nombre completo, con la huella de su pulgar derecho y con la palabra escrita de su propio puño y letra. 6 meses después, las tres promesas rotas iban a ir caminando atrás de él, arriba de aquel autobús de la línea élite, a las 2:10 de la madrugada, sobre el kilómetro 190 de la carretera de Cuota Mazatlán, Tepic.
Eso fue lo que Andrés Palomeque vio aquella madrugada. No eran anabólicos, no era esquizofrenia, no era una alucinación química, era elde su propio pacto roto, cobrándole exactamente lo que él había firmado con tinta negra en la última página de su Biblia. Esa Biblia apareció 8 horas después del hallazgo del cuerpo. Sus compañeros la encontraron dentro de la mochila pequeña que Andrés cargaba colgada al hombro cuando saltó del autobús.
La mochila tenía adentro tres cosas. La Biblia mojada con las tres promesas rotas firmadas en la última página, la cruz de madera que llevaba colgada al cuello desde septiembre y la fotografía pequeña doblada en cuatro, que él se había impreso en una papelería de Acapulco aquel verano del 8o. la fotografía donde aparecía abrazado a Sexy Star frente al mar de Caleta, casi destruida por el agua del río, pero todavía reconocible, con las dos caras manchadas por el lodo del cauce.
Las tres cosas más importantes de los últimos 8 meses de su vida estaban juntas dentro de esa mochila. Dios, la promesa y la traición. El médico legista las metió en una bolsa de plástico transparente, las marcó como pertenencias del cadáver y nunca aparecieron en el comunicado oficial. El cuerpo lo encontraron a las 11:20 de la mañana del 22 de marzo del 9.
Boca abajo. Flotando en aguas poco profundas del río pequeño que pasa bajo el puente de la carretera federal México 15. El médico forense calculó que llevaba muerto unas 8 o 9 horas. Sus compañeros luchadores bajaron por el barranco con el promotor Vicente Martínez encabezándolos. Tres de ellos lloraron al ver el cuerpo.
Otro vomitó adentro del cauce del río. Vicente Martínez les pidió que retrocedieran, que no tocaran nada, que esperaran a las autoridades. Llegó el Ministerio Público del Rosario, Sinaloa. Un agente llamado Ketzalcoatel Piña y Barra tomó las declaraciones. Después llegó el médico legista Jesús Enrique Castro López.
Subieron el cuerpo en una camilla improvisada hasta la carretera. Lo cargaron a una ambulancia. Lo llevaron a Mazatlán. Por la tarde, la Triple A emitió un comunicado oficial confirmando la muerte de abismo negro. Causa preliminar, ahogamiento, factor desencadenante por determinar. La empresa pidió respeto para la familia. El comunicado no mencionó la mochila, no mencionó la Biblia, no mencionó la fotografía, no mencionó las tres promesas firmadas con la huella del pulgar derecho.
Esos detalles se los guardó la familia y los conocían cuatro personas en todo México. El velorio se hizo en una funeraria de la colonia Penncil en la ciudad de México. Tres días con sus tres noches llegaron decenas de luchadores. Conan, psicosis, Histeria, los Vipers completos. Llegaron promotores, llegaron periodistas, llegó gente del programa Se vale de Televisa, llegaron señoras que habían visto abismo negro en Vida TV por las mañanas mientras planchaban.
El ataúd permaneció cerrado todo el tiempo. Sobre la tapa colocaron la máscara negra original con la que había hecho su debut en el 97. La misma máscara que ningún luchador joven iba a aceptar ponerse después. Blanca Perlació las condolencias sentada en una silla del fondo, pañoleta de la quimioterapia en la cabeza, la hija mayor a su lado derecho, las dos hijas medianas y el niño menor sentados en sillas pequeñas alrededor.
Sexy Star no fue al velorio. Le mandó a Blanca Perla un arreglo floral con una tarjeta firmada con su nombre artístico. Blanca Perla pidió a un empleado de la funeraria que sacara ese arreglo de la sala. El empleado obedeció y lo puso afuera en el estacionamiento, donde el sol del mediodía marchitó las flores en menos de 3 horas.
Al segundo día del velorio llegó la tía Rebeca desde VillaHermosa. Había viajado 14 horas en autobús con su Biblia gastada en la mano. Se acercó al ataú cerrado, apoyó la mano sobre la madera, lloró en silencio durante 10 minutos. Después se acercó a Blanca Perla, le tomó la mano y le dijo en voz baja una sola frase.
Andrés murió desde aquel septiembre adentro de la iglesia. Lo que enterramos hoy es solamente su cuerpo. Blanca Perla no entendió en ese momento de qué iglesia hablaba la tía Rebeca. Hasta dos semanas después, cuando abrió la caja de cartón con las pertenencias del cuerpo y encontró la Biblia mojada con las tres promesas firmadas, entendió todo.
Andrés Palomeque había muerto en aquella iglesia de Tabasco 6 meses antes que su cuerpo cayera al río. La tía Rebeca lo sabía. Era la única persona en todo México que lo sabía. Al tercer día del velorio, durante el cierre antes del entierro, Histeria, el compañero de los Vepers, que había escuchado a Andrés llorar en el hotel de Saltillo, dio unas palabras frente a la familia y los luchadores.
Dijo que Andrés había sido el rudo más carismático de la pula A. Dijo que el público lo iba a recordar siempre con la máscara negra y el lanzallamas. dijo que el cuadrilátero mexicano nunca iba a tener otro rey del Martinete, lo que no dijo Histeria, lo que ningún luchador dijo en aquel velorio. Fue lo que todos sabían, pero nadie se atrevía a mencionar frente a Blanca Perla.
Que Andrés llevaba 8 meses pidiendo perdón en silencio, que estaba con sexy estar contra su voluntad, que la culpa lo estaba matando de adentro hacia afuera, y que la madrugada que saltó del autobús en Sinaloa fue la última noche de una caída que había empezado mucho antes. El cura que ofició el funeral cerró con un Padre Nuestro.
Bajaron el ataúd al suelo del cementerio. Cuatro luchadores agarraron las cuerdas, lo descendieron despacio dentro del hoyo. Cuando empezaron a echar la tierra encima, la hija mayor se acercó al borde de la tumba. Tomó un puñado de tierra con la mano derecha y lo aventó sobre el ataúdre sin decir una sola palabra. Después se dio la vuelta, tomó a su hermano menor de la mano y se alejó de la tumba sin voltear hacia atrás.
14 años, la misma edad que tenía aquel sábado de enero cuando olió el perfume. Blanca Perla recibió las pertenencias dos semanas después del entierro. La cruz, la Biblia y la fotografía iban dentro de una caja de cartón sellada con cinta amarilla del Ministerio Público de Sinaloa.
Ella abrió la caja sentada en la mesa del comedor de su casa. La hija mayor estaba a su lado. Vio la cruz, la puso sobre la mesa, vio la Biblia mojada, la abrió, pasó las páginas con cuidado, llegó a la última página y leyó las tres promesas. llegó al nombre completo de su esposo firmado debajo. Llegó a la huella del pulgar y entendió por primera vez en 15 años de matrimonio que el hombre con el que se había casado había sabido perfectamente lo que estaba haciendo, que había intentado parar, que había firmado un pacto con Dios y que aún así había
escogido seguir hasta el final. Después vio la fotografía mojada de Acapulco, la que estaba debajo de la Biblia. La cara joven de la luchadora, la cintura, el vestido blanco, su esposo abrazándola sin máscara con la sonrisa tonta de quien acaba de salir de la cama. Blanca Perla agarró esa fotografía, la rompió en cuatro pedazos, la rompió otra vez en ocho, la aventó al cesto de la basura y nunca volvió a hablar de Andrés Palomeque por su nombre.
Lo llamaba él o tu papá o simplemente el muerto. En junio del 2013, la Triple A inauguró el salón de la fama de la lucha libre mexicana. Una ceremonia grande, invitaciones, trajes negros, cámaras. El primer luchador inducido póstumamente fue Abismo Negro. La tasa invitó a Blanca Perla a recibir el reconocimiento en nombre de su esposo fallecido.
Le mandaron las invitaciones formales, le mandaron los pasajes de avión pagados, le ofrecieron un discurso preparado por la oficina de prensa. Blanca Perla rechazó la invitación con una frase corta escrita en un correo electrónico. Mi esposo ya no está. Que reciban su placa los que sí estuvieron con él. El reconocimiento lo recibió un luchador de la empresa vestido con un traje que imitaba el de abismo negro, la máscara negra, el traje negro, la capa.
Pero por dentro de esa máscara no había nadie. Después de la muerte de Andrés Palomeque, la pata a intentó durante 3 años encontrar a un luchador joven que pudiera tomar el personaje. Le ofrecieron la máscara a varios. Pelearon por el contrato, pelearon por el sueldo, pelearon por el espacio en la cartelera, pero ningún luchador, ninguno en toda la triple A, aceptó ponerse la máscara negra de abismo negro.
Decían que daba mala suerte, decían que la máscara estaba marcada. Decían que el rudo que se había muerto en aquel río de Sinaloa todavía no se había ido del todo. Y hoy, 17 años después de aquella madrugada del kilómetro 190, esa máscara sigue guardada en una bodega de la empresa sin dueño, sin sucesor, sin nadie que se atreva a ponérsela.
Como el padre que se fue cuando Andrés tenía 4 años. Como la madre que lo siguió poco después. Como la abuela que se murió antes de verlo en la televisión, como la esposa que dejó de pronunciar su nombre, como el niño de Villa Hermosa que un sábado por la noche le dijo a su tía que él iba a ser luchador, que él iba a ponerse una máscara y que nadie en toda su vida le iba a quitar la cara nunca.
Ese niño terminó boca abajo, sin máscara, dentro del agua sucia de un río de Sinaloa, sin nadie tomándole la mano, sin nadie diciéndole a Dios, sin nadie quedándose con él hasta el final, como su padre lo dejó, como su madre lo dejó, como él dejó a Blanca Perla. Blanca Perla murió 3 años después que él El cáncer regresó en 2012 y esta vez no había quimioterapia que lo parara.
murió en su cama de la ciudad de México, rodeada de sus cuatro hijos. La hija mayor, que ya tenía 18 años, le sostuvo la mano hasta el último minuto. Antes de morir, Blanca Perla pidió una sola cosa, que no la enterraran al lado de su esposo, que la pusieran en otra fila, en otra sección del cementerio, lejos de la lápida que decía Andrés Alejandro Palomeque González, lejos de la Biblia, lejos del pacto roto, sus hijos le cumplieron la voluntad.
Hoy Blanca Perla descansa en un cementerio de la Ciudad de México, separada de su esposo por tres filas de tumbas y por todo lo que él le hizo durante los últimos 8 meses de la vida de ella. Sus cuatro hijos crecieron sin papá. La hija mayor que vio el arete, que olió el perfume, que entendió todo a los 14 años.
Nunca volvió a hablar de su padre con nadie de su familia. Solo lo platicó, ya casada y madre de sus propios hijos, con una persona muy cercana que años después rompió ese silencio. El hijo menor, el de 7 años, hoy es un hombre adulto que vive en provincia. No usa el apellido Palomeque, firma con el apellido materno. Las dos hijas de En medio se casaron y formaron sus propias familias.
No platican de su papá con sus esposos, no tienen fotos suyas en sus casas. No celebran el cumpleaños de él. No van al panteón el día de los muertos. Para los cuatro hijos de Andrés Palomeque y Blanca Perla García, el rudo más carismático de la triple A. El rey del Martinete, el juez con máscara del programa familiar más visto de la televisión mexicana.
Murió mucho antes del 22 de marzo del 9. murió aquel sábado de enero, adentro de la cama matrimonial, cuando trajo a la luchadora joven a la casa de su esposa enferma, lo que apareció flotando boca abajo en el río de Sinaloa. Fue solo el cuerpo físico de un hombre que sus propios hijos ya habían enterrado dos meses antes.
Y ahí termina la historia de Andrés Alejandro Palomeque González, el niño de Villa Hermosa al que su padre abandonó cuando tenía 4 años. El muchacho que se obsesionó con las máscaras porque entendió que los hombres con máscara no se iban. El luchador que llegó al Royal Rumble, el juez con máscara que las amas de casa mexicanas veían tomando café por las mañanas, el rey del Martinete prohibido, el esposo que firmó un pacto con Dios en una iglesia de Tabasco y rompió las tres promesas en menos de un mes.
El padre que dejó a sus cuatro hijos en silencio sin despedirse. el esposo que le mintió a su esposa moribunda mientras dormía en hoteles con una luchadora 14 años más joven. El hombre que escuchó aldentro de un autobús de la madrugada y prefirió saltar a la oscuridad de Sinaloa antes que seguir cargando la culpa.
Si alguna vez sentiste que un padre te falló, recuerda que algunos padres se fallan antes a ellos mismos. Que romper un pacto con la persona que más nos quiere se paga. que la culpa cuando se acumula durante meses termina vestida dearriba de un autobús de carretera y que las tres promesas más importantes de un hombre se escriben con tinta negra en la última página de una Biblia o no se escriben nunca.
Si esta historia te hizo pensar en alguien, llámalo hoy. Si conoces a un padre que está a punto de cometer el error más grande de su vida, mándale este video esta noche y suscríbete a este canal si quieres que sigamos contando las historias que nadie se ha atrevido a decir en voz alta. Porque arriba de cada autobús de carretera en México hay unesperando.
Y la única forma de no encontrárnoslo es no romper jamás las tres promesas que firmamos con la gente que de verdad nos quiere. Esta historia fue reconstruida con base en fuentes públicas, testimonios documentados por la prensa mexicana, dictámenes médicos del Ministerio Público del Rosario, Sinaloa, y declaraciones del periodista Arturo el Rudo Rivera.
Algunos diálogos y escenas íntimas fueron dramatizadas para acompañar la narración, respetando los hechos centrales documentados públicamente. Esta producción no busca señalar ni juzgar a personas vivas, sino contar la tragedia humana detrás de uno de los iconos más recordados de la lucha libre mexicana.