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Cuando una monja subió al campanario, encontró al confesor acariciando a un joven monaguillo

 El alivio en el rostro del padre fue momentáneo, pero evidente. Ah, sí. Un pequeño desajuste en el badajo de la campana mayor. Nada grave, respondió con naturalidad estudiada. La madre Augusta miró a Dolores con ligera confusión. ¿Era eso lo que te preocupaba tanto? Y también quería preguntar por Miguel, añadió Dolores encontrando un resquicio de valor. No estuvo en la misa esta mañana.

La sonrisa del padre Sebastián se tensó imperceptiblemente. Su abuela me informó que está enfermo. Nada grave. Una fiebre pasajera. Mentira. Dolores lo sabía con certeza, como sabía los nombres de todos los santos del calendario litúrgico. “Qué extraño”, dijo sosteniendo la mirada del sacerdote.

 “Porque vi a doña Guadalupe, la abuela de Miguel, en el mercado esta mañana. Me dijo que Miguel había salido temprano para la iglesia como siempre. El silencio que siguió fue denso, cargado de significados ocultos que la madre Augusta no podía descifrar. Debe haber un malentendido”, respondió el padre, su voz controlada, pero con un filo peligroso.

 “Quizás la abuela no está al tanto de que el chico ha decidido faltar hoy.” “O quizás alguien miente”, replicó Dolores, las palabras escapando antes de poder contenerlas. “Hermana”, la reprendió la madre augusta escandalizada, “¿Cómo se atreve a insinuar algo así frente al padre?” Sebastián colocó una mano sobre el hombro de la superiora, un gesto calculado de humildad.

 No se preocupe, madre. La hermana Dolores está preocupada por el chico. Es comprensible. Iré personalmente a visitar a Miguel esta tarde para asegurarme de su bienestar. La amenaza implícita en esas palabras hizo que Sor Dolores se estremeciera. Cuando el sacerdote se retiró, la madre augusta la miró con severidad.

 No sé qué te ocurre hoy, Dolores, pero tu comportamiento ha sido inaceptable. El padre Sebastián merece nuestro respeto, no nuestras sospechas infundadas. Sor Dolores asintió mecánicamente, pero su mente ya estaba en otro lugar. Tenía que encontrar a Miguel antes que el padre Sebastián. El chico estaba en peligro y quizás ella también.

 Al salir de la oficina tuvo la clara sensación de que alguien la observaba desde las sombras del claustro. La paranoia, pensó. Era el primer síntoma del miedo. Y el miedo, como bien sabía, era a menudo el único instinto que separaba a los vivos de los muertos. La casa de doña Guadalupe se encontraba en un callejón estrecho a 20 minutos del convento.

 Una construcción humilde de adobe pintado de azul deslavado con macetas de geranios rojos en la entrada. Sordolores tocó la puerta con nudillos temblorosos, rogando encontrar a Miguel sano y salvo. Doña Guadalupe abrió su rostro arrugado como un pergamino antiguo, mostrando sorpresa al ver a la monja. Sor Dolores. ¿Qué la trae por aquí? Vengo a ver a Miguel.

 ¿Está en casa? La confusión cruzó el rostro de la anciana. No, hermana. Salió temprano para el convento como todos los días. ¿No está allí? El temor se solidificó en el estómago de Dolores. No asistió a la misa de hoy. El padre Sebastián dijo que usted había informado que estaba enfermo. Doña Guadalupe frunció el ceño. Yo no he hablado con el padre en varios días.

 Miguel salió como siempre a las 5:30. Sordolores cerró los ojos brevemente. Sus peores temores se confirmaban. Ha pasado algo, hermana. Me está asustando. Puedo pasar, doña Guadalupe. Necesitamos hablar. Dentro la casa olía a café recién hecho y a las velas de copal que la anciana encendía diariamente para honrar a los difuntos.

 Se sentaron en la pequeña mesa de la cocina y Sor Dolores eligió cuidadosamente sus palabras. Ha notado cambios en Miguel últimamente, comportamientos inusuales, tristeza, miedo. La anciana pareció envejecer aún más ante la pregunta. Sí, admitió finalmente, desde hace unos meses. Ya no habla como antes, apenas come. A veces lo escucho llorar por las noches, pero cuando pregunto dice que son cosas de la escuela y sus confesiones con el padre Sebastián.

 ¿Le ha comentado algo sobre ellas? Doña Guadalupe la miró con súbita alarma. Confesiones. Miguel nunca ha mencionado confesarse con el padre. De hecho, una vez dijo algo extraño, que preferiría confesarse con las piedras del río que con él. Sordolores sintió un escalofrío. Recuerda cuando empezó a comportarse diferente. La anciana reflexionó, las arrugas de su frente profundizándose.

 Creo que fue después del retiro de monaguillos en Cuernavaca, hace unos 6 meses. El padre Sebastián los llevó durante un fin de semana. Cada pieza encajaba en un rompecabezas macabro que Sord Dolores no quería completar, pero debía hacerlo. Doña Guadalupe, lo que voy a decirle es muy delicado comenzó su voz apenas un susurro.

 Ayer encontré al padre Sebastián con Miguel en el campanario en una situación comprometedora. Los ojos de la anciana se agrandaron. Primero con incredulidad, luego con un horror que dio paso a una furia primitiva. Está diciendo que ese hombre a mi nieto su voz se quebró. Temo que sí y creo que no es la primera vez. Doña Guadalupe se levantó de golpe su pequeño cuerpo temblando de rabia. Lo mataré.

Juro por la memoria de mi hija que lo mataré con mis propias manos. No, doña Guadalupe, la detuvo Sor Dolores. Debemos encontrar a Miguel primero. Tengo miedo de lo que pueda hacer el padre si llega a él antes que nosotras. ¿Dónde podría estar si no está en el convento ni aquí? Una idea cruzó la mente de Sor Dolores. El río.

 Usted mencionó que él habló de confesarse a las piedras del río. El río consulado, contaminado y maloliente, corría a las afueras de la ciudad. Era un lugar sombrío, evitado por la mayoría, pero los niños del barrio a veces iban allí a pescar con latas o simplemente a escapar del asinamiento de sus hogares.

 “Vamos”, dijo doña Guadalupe tomando un reboso negro. “Conozco el lugar exacto donde le gusta sentarse.” Mientras salían, Sordolores vislumbró una figura masculina doblando la esquina del callejón. Por un instante aterrador, creyó reconocer la silueta del padre Sebastián, pero cuando parpadeó, la figura había desaparecido.

 “Debemos darnos prisa”, murmuró la urgencia acelerando sus pasos. “No estamos solas.” El cielo comenzó a oscurecerse prematuramente. Nubes plomizas se amontonaban sobre la ciudad, presagiando una tormenta. En la distancia, un relámpago iluminó por un segundo las torres del convento de Santa María de los Ángeles, haciendo que las campanas del infame campanario brillaran como ojos vigilantes sobre el barrio.

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