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Un ranchero pagó 500 pesos por una tierra sin valor—hasta que un caballo exhausto cambió su destino.

II. El caballo que cayó del cielo

Pasaron tres semanas. Tres semanas de partirnos la espalda tratando de levantar una cerca de alambre de púas para que, por lo menos, la gente supiera dónde terminaba nuestra miseria y empezaba la de los demás. La comida escaseaba. Vivíamos a base de frijoles de la olla y tortillas duras. Yo ya estaba buscando trabajo en las minas del norte, pensando en dejar al viejo solo con su locura, porque la realidad te golpea duro cuando el estómago ruge.

Entonces ocurrió lo del caballo.

Era una tarde donde el aire quemaba los pulmones. El cielo estaba de un azul tan limpio que resultaba violento. De repente, desde el norte, desde la zona alta que colindaba con los terrenos de los Alarcón, escuchamos un galope irregular. No era el paso firme de un caballo de trabajo, era el tambaleo de un animal que huye de la muerte.

Subimos a la loma y lo vimos aparecer. El caballo era un monstruo negro, una bestia que en sus buenos tiempos debió haber sido el orgullo de cualquier hacendado. Pero ahora estaba en los huesos. Su pelaje estaba cubierto de sudor seco, sangre y lodo. Tenía los ojos desorbitados, blancos por el pánico o el dolor.

Lo más extraño era lo que llevaba encima. La montura estaba rota, de lado, casi colgando de la panza del animal. Y atada a los tientos traseros de la silla, había una alforja de cuero grueso, vieja, reforzada con remaches de bronce. De una de las esquinas rotas de la alforja caía un chorro fino de arena brillante, que con la luz de la tarde parecía fuego líquido.

—¡Viene herido! —gritó mi padre, corriendo hacia el animal sin importarle el peligro de recibir una patada de una bestia enloquecida.

El caballo llegó a nuestra línea, a la tierra de quinientos pesos, y como si hubiera alcanzado una meta invisible, sus piernas cedieron. Cayó de rodillas, levantando una nube de polvo blanco. Su respiración era un fuelle roto, un silbido espantoso que salía de sus pulmones destrozados.

Me acerqué con cautela. En el norte uno aprende temprano que un animal herido es más peligroso que una víbora de cascabel. Pero mi padre ya estaba de rodillas junto a la cabeza del caballo, hablándole al oído, pasándole la mano por el cuello empapado de sudor.

—Ya está, muchacho, ya estás en casa —le decía, con una ternura que no le había escuchado desde que mi madre murió.

El caballo lo miró. Juro por la memoria de mis antepasados que ese animal tenía una mirada humana. Una mezcla de alivio y una tristeza profunda, infinita. Dejó caer la cabeza sobre el polvo y exhaló un último suspiro largo, que levantó una pequeña tormenta de arena a nuestro alrededor.

Mientras mi padre le cerraba los ojos al animal, yo me acerqué a la alforja que colgaba de la montura. El cuero estaba manchado de una sangre oscura que no parecía del caballo. Metí la mano con cuidado, esperando encontrar piedras o papeles viejos de algún cuatrero. Mis dedos tocaron algo frío, pesado, áspero.

Saqué un trozo de roca del tamaño de un puño. No era una piedra común. Era un pedazo de cuarzo blanco, atravesado de lado a lado por venas gruesas, brillantes y pesadas de oro puro. Oro nativo, del que no necesita refinarse para saber lo que vale.

Me quedé mudo. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que sentí un dolor en el pecho. Miré a mi padre. Él miraba la piedra en mi mano y luego miró el cuerpo del caballo.

—Este animal no es de por aquí —dijo mi viejo con voz sombría—. Viene de la Sierra Alta. De las tierras que los Alarcón dicen que son suyas pero que nunca han podido domar.

—Papá… —mi voz temblaba como una hoja—. Esto vale una fortuna. Esto paga el rancho viejo, paga diez ranchos como el que perdimos.

—Cállate, Jacinto —me cortó secamente, mirando hacia los lados, hacia la inmensidad del desierto—. El oro que viene con sangre siempre cobra su precio. Mira el caballo. Lo venían siguiendo. Y los que venían detrás no tardarán en llegar.

Tenía razón. Si algo he aprendido en esta vida es que el dinero fácil no existe; siempre viene amarrado a la desgracia de alguien más. Nos quedamos ahí, parados junto al cadáver de la bestia negra, con el oro brillando entre mis manos y el miedo metiéndose bajo las uñas.

III. Lo que la tierra escondía

No podíamos dejar el caballo ahí para que los zopilotes avisaran a toda la comarca que algo había muerto en nuestra propiedad. En el desierto, las aves de rapiña son el mejor telégrafo; si ven algo tirado, bajan en círculos, y los vecinos curiosos van a ver qué se está pudriendo.

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