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El Secreto Subterráneo de la Monumental: Cómo una Plaza de Toros Abandonada se Convirtió en la Fortaleza del Crimen en Zacatecas

El Ocaso de un Gigante de Concreto

El último toro que pisó la arena de la Plaza de Toros Monumental de Zacatecas lo hizo un domingo de octubre de 2016. Era un majestuoso animal de media tonelada que cayó ante el aplauso de un público eufórico. Aquella tarde, cuando las mulillas arrastraron el cuerpo del astado y la gente vació los tendidos, nadie imaginó que esa sería la última vez que el recinto funcionaría para su propósito original. Poco después, las fallas estructurales, la falta de mantenimiento y las negligencias internas de las autoridades deportivas y municipales llevaron a la clausura definitiva del inmueble. El costo de reparación, estimado en 45 millones de pesos, pareció demasiado alto para las organizaciones encargadas. Así, un majestuoso espacio deportivo y cultural quedó abandonado a su suerte, convirtiéndose lentamente en una sombra de concreto pudriéndose bajo el sol del altiplano.

Pero en México, los edificios abandonados rara vez permanecen vacíos. Las ruinas de la infraestructura deportiva y de entretenimiento, aquellas que un día albergaron pasión y multitudes, se convirtieron en la oportunidad perfecta para la oscuridad. Ocho años después de su cierre, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) encontró en la Monumental lo que ningún otro edificio de Zacatecas podía ofrecerle: una fortaleza militar prediseñada, con muros de seis metros, un perímetro inexpugnable y, sobre todo, una compleja red de túneles subterráneos.

La Metamorfosis del Recinto

La adaptación de la plaza revela una escalofriante mentalidad táctica. Los espacios que antes evocaban tradición y valentía fueron transformados con precisión cuasi militar. Los corrales, diseñados originalmente para contener bestias furiosas que embisten todo a su paso, se convirtieron en oscuros dormitorios. Donde antes cabía un toro, ahora dormían hasta cuatro sicarios sobre colchonetas conectadas a generadores eléctricos. Ochenta y nueve hombres hicieron de la plaza su hogar.

Los chiqueros, esos diminutos compartimentos donde el toro esperaba aislado antes de salir a morir, encontraron un nuevo y sádico uso: celdas de castigo. Los mandos encerraban allí, de 24 a 72 horas, a aquellos combatientes que desobedecían órdenes o intentaban desertar. Un confinamiento solitario en absoluta oscuridad, donde el único consuelo era el olor a humedad y el sonido de las ratas sobre el concreto.

Quizá lo más impactante fue la reconversión de la enfermería. El espacio que contaba con mesas de operaciones y lámparas quirúrgicas para salvar la vida de los toreros corneados, mutó en el centro neurálgico de comunicaciones del cártel. Los bisturís fueron reemplazados por radios de largo alcance y monitores de vigilancia, mientras que detrás de un panel falso en la pared, el grupo criminal ocultó la exorbitante suma de 28 millones de pesos en efectivo.

Curiosamente, el único lugar que permaneció intacto fue la capilla. La Virgen de la Macarena siguió en su altar, mirando hacia abajo con misericordia. Durante meses, tanto sicarios como antiguos toreros parecieron compartir un mismo temor a la muerte, dejando aquel espacio de tres por cuatro metros como el único rincón sagrado en un recinto profanado.

Los Túneles: Las Cuatro Rutas Hacia la Libertad

Si el CJNG eligió la Monumental fue por una razón estratégica fundamental que subyace a la arquitectura de las grandes plazas: los túneles. Construidos originalmente para el arrastre rápido de los toros muertos, la evacuación médica de toreros heridos o escapes de emergencia ante estampidas, estos pasadizos ofrecían una red de movilidad invisible a los ojos de la ciudad.

Eran cuatro túneles en total, el más largo de 150 metros, que cruzaba por debajo de la explanada peatonal y salía directamente a una boca de alcantarilla en una calle aledaña. Estos laberintos permitían introducir armamento pesado, drogas y personal sin alertar al exterior. El cártel los limpió, les instaló iluminación LED, marcos de acero y puertas controladas a control remoto. Con solo presionar un botón, los líderes podían desvanecerse bajo la tierra en un par de minutos, un lujo táctico que hacía de la plaza una base inexpugnable.

El Silencio de los Inocentes y la Mirada de un Valiente

La vida de los 89 combatientes dentro de la plaza tenía tintes verdaderamente surrealistas. Desayunaban chilaquiles bajo las gradas a las siete de la mañana, un aroma que flotaba hacia las calles aledañas pero que los vecinos preferían ignorar. Durante el día, usaban la arena abandonada —donde alguna vez el público rugió— como campo de entrenamiento físico y de tiro. Las armas de alto calibre resonaban secamente contra el concreto.

En la escuela primaria vecina, los niños de tercer grado escuchaban los impactos. Las maestras, tratando de proteger su inocencia, les decían que eran fuegos artificiales. Pero en Zacatecas la inocencia dura muy poco; los propios niños de 12 años ya sabían la diferencia entre un cohete y un balazo, y tenían protocolos familiares para arrojarse al suelo. Cuatro mil vecinos rodearon la plaza. Cuatro mil personas escucharon los motores a la madrugada, el ladrido incesante de los perros y los disparos. Y cuatro mil personas callaron, porque en Zacatecas, hablar es firmar una sentencia de muerte.

Todo ese blindaje de terror se desmoronó por la aguda observación de un solo hombre: don Serafín. Un vendedor de elotes de 67 años que había pasado 22 años trabajando en la explanada del recinto. Con el sueño ligero de los mayores y una ventana que daba casualmente a una discreta boca de alcantarilla, don Serafín notó un patrón anómalo. Tres veces por semana, a las 3:00 de la mañana, una camioneta oscura con el motor encendido esperaba frente a la coladera. Cuando vio a hombres salir de las entrañas de la tierra cargando bultos con inconfundible forma de armas, supo que tenía que actuar. Su denuncia, que viajó discretamente de un vecino a un soldado raso y finalmente al alto mando, desató la tormenta.

La Noche que Cayó la Fortaleza

El ejército, habiendo aprendido de errores pasados y refinado sus protocolos operativos, vigiló la plaza durante semanas con drones térmicos. Cuando decidieron entrar, lo hicieron con una sincronización magistral a las tres de la mañana con 200 soldados de élite.

La táctica fue brillante por su simpleza: antes de irrumpir por las puertas principales y escalar los muros de seis metros, el primer equipo selló simultáneamente las cuatro salidas de los túneles subterráneos. Fue una maniobra de apenas unos minutos que resultó fatídica para la organización criminal.

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