Y la mujer era mucho más interesante que la artista, aunque eso tampoco es poco decir, porque la artista era Rocío Durcal. Empecé a trabajar con ella a finales de los 80. Llegué por un contacto del mundo de la música, esa cadena de conocidos que en Madrid lo conecta todo si una lleva suficiente tiempo moviéndose en los círculos correctos.
Me llamaron un martes, me reuní con ella un jueves y el lunes siguiente ya estaba trabajando. Así era ella. Cuando algo le parecía bien, no esperaba. La primera impresión que me dio fue de alguien mucho más tranquila de lo que yo esperaba. Había visto sus actuaciones, conocía esa presencia que tenía en el escenario, esa manera de llenar cualquier espacio con la voz y con el cuerpo, con algo que no tiene nombre, pero que se siente cuando está.

Y me esperaba encontrar a alguien con esa energía también en lo personal, pero la Rocío de dentro de casa era otra cosa, era serena. Hablaba despacio. Escuchaba de verdad que eso es más raro de lo que parece. Cuando le contabas algo, te miraba a los ojos y se notaba que estaba ahí. No pensando en la siguiente cosa que tenía que decir, sino recibiendo lo que tú le estabas diciendo.
Eso me ganó desde el principio y me mantuvo a su lado 14 años. Los primeros años fueron intensos en el buen sentido. Ella estaba en un momento de su carrera en que todo funcionaba, las giras, los discos, los reconocimientos. México la adoraba de una manera que desde España cuesta entender del todo. Para el público mexicano, Rocío Durcal, no era solo una cantante española.
Era algo más parecido a un pedazo de su propia historia, de su propia manera de sentir las cosas. Canciones que habían acompañado bodas, duelos, amores, despedidas. Eso pesa. Pesa de una manera bonita, pero pesa. Y ella lo sentía. Lo sentía cada vez que subía a un escenario allá y veía las caras de la gente.
Me lo dijo una vez de vuelta de una gira larga. Pilar, hay noches que subo ahí arriba y siento que no canto para ellos. Que canto con ellos. Esa frase se me quedó. Con ell, no para ellos. Esa diferencia era Rocío Durentera. La vida en gira tenía su propia lógica, que una aprende o no aprende. Hoteles, aviones, camerinos, soundchecks a horas imposible, cenas tarde, noches cortas.
Un ritmo que devora a quien no está hecho para él y que a ella le salía de manera natural porque llevaba en eso desde los 14 años, desde que era la chiquilla de Chamartín, que el cine se llevó antes de que terminara de crecer. Pero con los años el cuerpo habla y el cuerpo de Rocío empezó a hablar antes de que nadie quisiera escucharlo.
Lo noté yo antes de que ella lo reconociera en voz alta. Son cosas que ve quien está cerca de alguien todos los días. Un cansancio que no desaparece después de dormir. Un esfuerzo que antes no hacía falta y que ahora sí. Pequeñas señales que una aprende a leer cuando lleva suficiente tiempo mirando. Le dije algo una mañana.
con cuidado, contacto, pero se lo dije. Me miró un momento y me dijo, “Ya lo sé, Pilar, pero mientras puedas sigo.” Esa frase también se me quedó. Mientras pueda sigo. Era su manera de estar en la vida entera. Seguir con el cansancio encima, con los años encima, con lo que fuera encima. Seguir, porque parar significaba algo que no quería nombrar todavía.
Los años siguientes fueron complicados de maneras distintas. Hubo momentos buenos, muchos. Hubo momentos difíciles que no hacen falta detallar porque son de ella y de su familia y hay cosas que pertenecen a las personas aunque esas personas ya no estén. Pero hay una cosa que sí voy aar una cosa que vi y que tiene que ver con lo que me dijo al final.
Hubo una época, ya entrados los 2000, en que Rocío estaba lidiando con algo que el mundo de fuera no veía del todo, una presión que venía de varios sitios a la vez y que a mí, que la veía todos los días, me parecía demasiado para una sola persona. Presión de la industria, que siempre quiere más y más rápido y más grande. Presión de los compromisos que se habían firmado en momentos en que el cuerpo daba más de lo que daba ahora.
presión de mantener una imagen pública que no dejaba margen para el bajón, ni para el error, ni para simplemente tener un día malo y que se notara. Y en medio de todo eso, la familia Antonio, que la conocía de verdad y que la quería de una manera que yo he visto pocas veces entre dos personas.
Y los hijos que crecían y tenían sus propias vidas y sus propias complicaciones, como tienen todos los hijos en algún momento, era mucho, demasiado para cargarlo sola. y Rocío tenía la tendencia de cargarlo sol. Una tarde, después de una reunión larga con el equipo donde se habían tomado decisiones que a mí no me habían parecido las mejores, pero que no era mi lugar discutir, me la encontré en el pasillo de su casa con una expresión que no le había visto antes, cansada, pero con algo más debajo del cansancio.
Le pregunté si estaba bien. Me dijo, “Pilar, ¿alguna vez has tenido la sensación de que todo el mundo quiere un pedazo de ti? y que al final del día no queda nada para una misma. Le dije que sí, que creo que todo el mundo lo siente en algún momento. Me dijo. El problema es cuando ese momento dura años.
lo dijo y siguió caminando. Y yo me quedé ahí parada pensando que acababa de escuchar algo que no era solo una queja de un mal día, era algo más profundo, el agotamiento de alguien que lleva demasiado tiempo dando y que ha ido olvidando poco a poco cómo recibir. Eso me preocupó más de lo que dejé ver, porque hay personas que cuando llegan a ese punto buscan ayuda, hablan, piden, se apoyan y hay personas que se van volviendo más silenciosas, que siguen funcionando, que siguen sonriendo, que siguen subiendo al escenario y
llenándolo todo, pero que por dentro van en una dirección que nadie ve porque nadie está mirando en el sitio correcto. Rocío fue de las segundas y yo, que debería haber mirado más, miraba menos de lo que tendría que haber mirado. Me lo reprocho todavía. Hubo una noche en una ciudad que no voy a nombrar porque la situación fue demasiado íntima para ponerle geografía, que la encontré después de un concierto sentada en el camerino con todos los demás ya fuera y la puerta casi cerrada.
El maquillaje todavía puesto, las luces de ese espejo de camerino que son tan duras y que no perdonan nada. Entré a preguntarle si necesitaba algo. Levantó la vista y me miró por el espejo y me dijo algo que me paró el corazón. Me dijo, “Pilar, ¿tú crees que he hecho bien las cosas?” Le pregunté a qué se refería.

Me dijo a todo, a las decisiones que he tomado, a las que no he tomado, a lo que he dicho y a lo que no he dicho cuando debía decirlo. Me quedé callada un momento. Luego le dije que desde donde yo la había visto había hecho las cosas con honestidad, que eso no siempre significa hacerlas perfectas, pero que la honestidad vale más que la perfección.