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LANA TURNER: Su hija de 14 años hizo lo que ella no se atrevió

Mayer dirigía el estudio más poderoso de Hollywood con la autoridad de alguien que no ha tenido que pedir permiso para nada en décadas. Tomaba decisiones sobre la vida de las personas que trabajaban para él con la misma naturalidad con que decide un propietario sobre los muebles de su casa.

miró a Julia Jean Turner, tomó una decisión, no la consultó con ella. Julia Jean tenía 16 años. En 1937 en Hollywood, la opinión de una chica de 16 años sobre lo que iba a hacer su vida no era el factor determinante de la ecuación. El factor determinante era lo que Mayer veía cuando la miraba y lo que Mayer veía era un producto. El proceso de conversión fue rápido.

El nombre primero, Julia Jean Mildret Francis Turner era demasiado largo, demasiado común, demasiado real. Lana Turner era corto, sonoro, memorable. Lo eligió Mayer o alguien del departamento de marketing. La historia no ha conservado exactamente quién. Lo que sí conserva es que a Julia Jin no le preguntaron el pelo después.

El oscuro natural que tenía desde niña desapareció bajo el rubio platino que el laboratorio del estudio determinó que funcionaba mejor en las fotografías de prensa. Y luego la imagen, un suéter ajustado, una iluminación que hacía exactamente lo que el director de fotografía quería que hiciera, una pose estudiada y el apodo que ningún equipo de marketing habría podido comprar con dinero porque lo generó el público de manera espontánea.

The Sweater Girl. Julia Jan Mildred Francis Turner tenía 16 años cuando se convirtió en The Sweater Girl. No había pedido serlo, no había tenido la oportunidad de pedirlo o de negarse. Simplemente ocurrió con la velocidad y la inevitabilidad de las cosas que el sistema decide cuando tú eres la parte de la ecuación que no tiene voto.

Si alguna vez alguien decidió quién eras antes de que pudieras decidirlo tú, si alguna vez aceptaste una definición de ti misma que otros habían escrito. si alguna vez el precio de negarte era demasiado alto para pagarlo con lo que tenías. No fue debilidad, fue lo único disponible. Lana Turner rodó su primera película para MGM en 1938.

Se llamaba Love Finds Andy Hardy. Un papel pequeño suficiente para que el estudio evaluara cómo respondía la cámara. La respuesta fue la que Mayer esperaba. La cámara la amaba. Y cuando la cámara ama a alguien, el sistema cierra. Los papeles empezaron a llegar, uno detrás de otro con el ritmo que MGM imponía a sus activos cuando determinaba que el activo era rentable.

16 películas en 4 años. 16 películas en las que Lana Turner hacía lo que le pedían. Llegaba a tiempo, aprendía los diálogos, miraba a la cámara de la manera correcta, sonreía cuando tocaba. y guardaba a Julia Jin en algún lugar donde el sistema no pudiera encontrarla, porque el sistema no necesitaba a Julia Jean, el sistema necesitaba a Lana Turner.

Y Lana Turner era exactamente lo que Meer había decidido, que era en el momento en que la miró en aquella sala y tomó su decisión. Eso no era amor, era entrenamiento. Ilana Tarner era una alumna extraordinariamente disciplinada. Había aprendido desde los 9 años que el mundo puede cambiar de un día para otro sin avisar.

Había aprendido desde los 16 que tu valor depende de lo bien que encajes con lo que otros necesitan. Con esas dos lecciones aprendidas, hacer lo que MGM pedía no era difícil, era simplemente la continuación de lo que ya sabía hacer. The Postman Always Rings Twice llegó en 1946. Era un Noire, el tipo de historia que Hollywood producía en los 40 con una oscuridad que contrastaba con la imagen de país optimista que la industria vendía en público.

Lana interpretaba a Cora Smith, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor que conspira con un amante para matar a su marido. un personaje moralmente complejo, frío cuando necesitaba hacerlo, capaz de calcular el daño con la misma frialdad con que calcula el beneficio. Lana lo habitó desde dentro. Los críticos lo notaron. El público lo notó.

Por primera vez en su carrera, la conversación sobre Lana Turner no era sobre el suéter, era sobre lo que hacía en pantalla, sobre la inteligencia con que construía el personaje, sobre algo que existía antes del maquillaje y después de que las luces se apagaban. MGM tomó nota y la puso de vuelta en los papeles de rubia perfecta.

empezaron a enseñarla como si fuera un trofeo, a exhibirla, a presumir de ella en los eventos del estudio, pero nunca a escucharla. Y lo más incómodo de esta historia no es lo que le hicieron, es que hubo un momento en el que dejó de insistir, no porque no pudiera, sino porque entendió perfectamente cuál era su sitio y dejó de pelearlo.

Y aquí es donde esta historia deja de ser suya. Porque si alguna vez aceptaste menos de lo que sabías que valías, si alguna vez bajaste el volumen de lo que eras para encajar en el espacio que otros habían diseñado para ti, si alguna vez decidiste que no merecía la pena insistir, no fue porque no pudieras, fue porque aprendiste dónde estaba el límite y lo respetaste.

Si eso te molesta, suscríbete. Si alguna vez entendiste demasiado pronto cómo funciona el mundo, suscríbete, porque eso fue exactamente lo que le pasó a Cheril y a Lana y probablemente a ti también. Los matrimonios empezaron pronto y no pararon. El primero fue Art Show en 1940, el clarinetista de jazz más famoso de América.

Un hombre brillante, dominante, con el tipo de inteligencia que a veces se confunde con la crueldad, porque la línea entre las dos no siempre es visible desde fuera. Shaw la trataba con la condescendencia específica de un hombre que confunde el conocimiento con la inteligencia. Le decía que era superficial, que no tenía profundidad, que debería leer más, pensar más, ser más, que debería ser otra cosa. Lana tenía 19 años.

Llevaba 3 años siendo exactamente lo que MGM quería que fuera. Y ahora el hombre con quien se había casado le decía que lo que MGM había hecho de ella no era suficiente, que había que ser algo diferente, solo que nadie le decía que, solo que lo que era ahora no bastaba. El matrimonio duró 4 meses. Eso no fue un accidente.

Luego vino el segundo, luego el tercero, cada uno con variaciones del mismo patrón, como si la Julia Jean, que había crecido aprendiendo que su valor dependía de encajar con lo que otros necesitaban, hubiera calibrado sin saberlo, el tipo de hombre que reconocería como amor. hombres que querían a Lana Turner, la actriz, no a Julia Jan la persona.

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