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Raphael Oyó CANTAR a Nino Bravo por Primera Vez| 3 Dias Después lo Llamó para Decirle una sola Cosa

 Pequeño porque todos se conocían, porque los estudios de grabación eran pocos, porque los compositores escribían para cuatro o cinco artistas que se repartían las canciones como se reparte un pastel entre vecinos de escalera. y enorme porque la música española en esos años tenía un peso en la vida cotidiana de la gente que hoy es difícil de imaginar.

 No había streaming, no había listas de 1000 canciones disponibles al instante, había la radio, había el tocadiscos del salón, había el programa de televisión del sábado y cuando una canción llegaba a la gente, llegaba de verdad, se metía dentro y no salía. En ese mundo pequeño y enorme, en ese año de 1969, había un hombre en Valencia que llevaba meses cantando con una sombra encima que no le pertenecía.

 Y había otro hombre en Madrid que todavía no lo sabía, pero que esa semana iba a ir a escucharlo. Y lo que iba a escuchar le iba a quitar el sueño durante tres días. Rafael llevaba ya varios años siendo el centro de ese mundo. Miguel Rafael Marto Sánchez, nacido en Linares en 1943, era en 1969 una figura que superaba con creces los límites de lo que se entendía por cantante popular. Era un fenómeno.

 Sus actuaciones no eran conciertos, eran eventos. Sus discos no se vendían, se agotaban. Había actuado en Las Vegas, había grabado en inglés, había cruzado el Atlántico decenas de veces en ambas direcciones y en cada ciudad que pisaba dejaba una huella que tardaba en borrarse. No era arrogante, era seguro que es algo completamente distinto.

 La arrogancia necesita que los demás se sientan pequeños para existir. La seguridad no necesita nada de nadie. Y sin embargo, ese lunes de 1969, sentado en una butaca del teatro de la zarzuela de Madrid, Rafael escuchó algo que le produjo una sensación que llevaba años sin experimentar,  la sensación de estar ante algo que no controlaba.

 Luis Manuel Ferry Jopis llevaba pocas semanas siendo Nino Bravo de manera oficial. Su presentación real como cantante solista había ocurrido en Valencia, en el teatro principal, en las fallas de marzo de 1969. Había sido un debut complicado. Los gastos habían superado a los ingresos, las críticas habían sido duras. Varios periodistas lo habían descrito directamente como un imitador de Rafael.

Comparación que a Nino le dolía de una manera que intentaba no mostrar porque sabía que mostrar ese tipo de herida solo la hacía más grande. Las canciones que le habían compuesto para ese primer disco eran de Manuel Alejandro, el compositor que durante años había escrito para Rafael y eso tenía una consecuencia que nadie había calculado del todo.

 Sonaban a Rafael no por mala intención de nadie, simplemente porque los compositores escriben con una voz en la cabeza y Manuel Alejandro tenía la voz de Rafael tan interiorizada. que al escribir para otro la sombra aparecía sola. Nino lo sabía, sus amigos lo sabían, su representante lo sabía. Y todos sabían que eso era un problema porque en la España musical de 1969 había sitio para una sola voz de ese tipo y ese sitio ya estaba ocupado.

 Pero había algo que las críticas no habían visto, algo que los artículos de prensa habían pasado por alto porque estaban demasiado ocupados haciendo comparaciones. Algo que solo se percibía en directo cuando la voz de Nino Bravo llenaba un espacio sin amplificación excesiva. Y ese algo estaba a punto de llegar a los oídos de la última persona que ni no habría imaginado.

 Pero había algo que las críticas no habían visto, algo que los artículos de prensa habían pasado por alto porque estaban demasiado ocupados haciendo comparaciones. Algo que solo se percibía en directo cuando la voz de Nino Bravo llenaba un espacio sin amplificación excesiva cuando llegaba directamente al aire de la sala y la sala tenía que hacer algo con eso.

Ese algo era lo que Rafael escuchó esa noche. No había sido un encuentro buscado. Rafael estaba en Madrid por compromisos de grabación. Un amigo común le había mencionado casi de pasada que había un cantante valenciano nuevo que actuaba esa semana en un teatro pequeño del centro. No lo dijo con énfasis especial, lo dijo como se mencionan las cosas que uno no sabe si interesan, pero comenta de todas formas por si acaso.

Rafael no tenía especial curiosidad. tenía la agenda llena y la cabeza en otras cosas, pero esa noche, por razones que luego él mismo no supo explicar del todo, decidió ir. El teatro era pequeño, de esos con el techo bajo y las butacas de terciopelo gastado y una acústica que a veces ayudaba y a veces traicionaba.

Rafael entró sin anunciarse algo que en él era completamente natural, porque llevaba años aprendiendo a moverse sin levantar revuelo cuando no quería levantarlo. Se sentó en una butaca lateral en la penumbra con el cuello del abrigo levantado y los ojos puestos en el escenario vacío. Esperó, las luces bajaron y Nino Bravo salió al escenario.

Rafael lo observó llegar al micrófono con esa mirada profesional que tienen los artistas de muchos años cuando ven a otro artista actuar. Una mirada que evalúa sin querer porque esa evaluación es automática grabada después de 1000 noches de escenario. Observó la postura, la manera de sostenerse, la forma de  el micrófono y entonces Nino abrió la boca y cantó.

 Rafael se quedó completamente quieto. No fue la reacción calculada de alguien que decide mostrar admiración. Fue algo que ocurrió solo, sin que él lo ordenara, como se quedan quietas las personas cuando algo las detiene desde dentro. Porque lo que salía de ese hombre en ese escenario pequeño con las butacas de terciopelo gastado no era una imitación de nadie.

Era una voz que tenía su propio centro de gravedad, una voz que ocupaba el espacio de una manera específica, que ponía el peso en los sitios exactos donde hacía falta ponerlo, que sabía cuándo empujar y cuándo retener, con esa inteligencia musical que no se aprende en ningún sitio, porque o se tiene o no se tiene.

 Era diferente a la suya, no mejor ni peor, diferente, con otra temperatura, otro color, otra manera de llegar. Y fue exactamente esa diferencia lo que detuvo a Rafael, porque un imitador habría confirmado lo que Rafael ya era y lo que estaba escuchando esa noche no confirmaba nada. Habría algo nuevo, algo que existía al lado de su mundo sin pisarlo, pero que era igual de real.

 ¿Te imaginas lo que es ser el más grande en tu terreno y escuchar de repente a alguien que no compite contigo porque ha encontrado su propio terreno? ¿Qué sientes cuando eso ocurre? Alivio, inquietud, algo que no tiene nombre exacto, pero que te obliga a sentarte con ello durante tr días antes de poder hablar. Eso fue lo que le pasó a Rafael.

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