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Pedro Infante llegó a un funeral donde NADIE lo había llamado, lo que hizo en las siguientes 2 horas

 Tocaba el guitarrón en las fiestas del pueblo y a veces cantaba canciones de usted porque decía  que usted cantaba lo que él sentía, pero no sabía decir con palabras. Mi papá no era famoso, era pobre, pero era el hombre más bueno del mundo. Nunca le pegó a nadie, nunca le habló feo a mi mamá.

 Cuando yo tenía  miedo en las noches, él se sentaba en la orilla de mi cama y tocaba el guitarrón muy bajito hasta  que yo me dormía. El problema es que casi nadie vino a su funeral, solo mi mamá, mis dos hermanos, el padre Cipriano y tres vecinos.  Mi papá se merecía más gente, se merecía música, se merecía que alguien lo despidiera bien.

  Pero no teníamos dinero para nada y casi nadie en el pueblo lo conocía de verdad porque era callado y no  se metía con nadie. Lo enterramos sin flores y sin canciones y eso me duele mucho aquí adentro y no sé cómo quitarme ese dolor. Señor  Pedro Infante, mi papá lo quería mucho.

 Decía que su voz era lo más bonito que había escuchado en su vida después de la voz de mi mamá  cuando lo llamaba a comer. Yo sé que usted no lo conocía. Yo sé que usted está muy ocupado  y es muy importante. Pero si algún día pasa cerca de Jiquilpan, Michoacán,  podría ir a donde está enterrado mi papá y cantarle una canción.

 aunque sea una, para que sepa que alguien  lo despidió bien. Mi papá se llamaba Fermín Valdés y está en el panteón municipal de Jiquilpan. Con cariño,  Rosario Valdés. Pedro leyó la carta dos veces sentado en su escritorio sin moverse. Luego la leyó  una tercera vez muy despacio. La dobló, la guardó en el bolsillo de su camisa,  se levantó y le dijo a su asistente que cancelara los compromisos de los siguientes dos días.

Su asistente lo miró sin entender. Todos,  preguntó. Todos dijo Pedro y salió a preparar la camioneta. Había algo en esa carta que no podía nombrarse con facilidad. La imagen de ese músico callado tocando el guitarrón en la orilla de la cama de su hija para que no tuviera  miedo.

 Ese hombre enterrado sin flores y sin música. Mientras su hija de 8 años se preguntaba cómo quitarse el dolor de dentro. Pedro no podía quedarse en la ciudad sabiendo que  tenía en sus manos algo que podía remediar. Condujo solo las más de 400 km que separaban la Ciudad de México de Jiquilpan. Llegó de  noche, durmió en su camioneta a la orilla del camino y a la mañana siguiente buscó la iglesia que Rosario había mencionado.

 El panteón municipal de Jiquilpan  estaba detrás de la iglesia, separado por una barda de piedra baja que el tiempo había  ido desmoronando en partes. Era un panteón pequeño, como son pequeños los panteones de los pueblos que no tienen más  muertos que los que han vivido ahí siempre.

 Cruces de madera y algunas de cemento. Flores de papel descoloridas  por el sol. Nombres escritos a mano en lápidas modestas que contaban vidas enteras en tres líneas. Pedro entró solo por la puerta de herrería oxidada que chirrió al abrirse. Caminó despacio entre las tumbas buscando  el nombre que Rosario le había dicho. Fermín Valdés.

 Lo encontró en el fondo, cerca de la barda, en un espacio que daba la impresión de haber sido elegido con prisa. La tierra encima  era todavía fresca. No había lápida todavía, solo una cruz de madera con el nombre escrito con pintura negra aplicada con pincel pequeño y mano poco firme. No había flores, no había nada más que la tierra y la cruz y el nombre.

Pedro  se quedó de pie frente a la tumba un momento, se quitó el sombrero y lo sostuvo contra su pecho. Luego se sentó en el suelo junto a la cruz, en la tierra fresca, sin importarle la  ropa, sin importarle nada más que estar ahí. No sabía nada de Fermín Valdés. No lo había conocido, pero sabía que  ese hombre había pasado noches enteras tocando el guitarrón junto a la cama de su hija para que no tuviera miedo.

 Y eso solo era suficiente para merecer ser llorado bien. Estuvo en silencio durante 15 minutos. El panteón estaba vacío a esa hora. El viento movía las flores  de papel con un sonido seco y tranquilo. Pedro pensó en su propio padre en las noches de su infancia en Mazatlán, cuando el dinero no alcanzaba. en todos los hombres callados y  buenos que mueren sin que el mundo se entere, sin que nadie cante junto a su tumba, sin que nadie diga en voz alta que importaron.

 Luego sacó  la guitarra que había cargado desde la camioneta y la apoyó sobre su rodilla. En ese momento  llegó una voz pequeña desde la puerta del panteón. Una voz que Pedro reconoció aunque nunca  la había escuchado, porque era exactamente como la había imaginado al leer la carta.

 Es usted de verdad, dijo la voz. Pedro volteó. En la puerta de herrería, con las dos manos aferradas a los barrotes como si necesitara sostenerse, estaba una niña de 8 años con un vestido oscuro demasiado grande y los ojos más serios que Pedro había visto en mucho tiempo. Rosario Valdés había ido al panteón  esa mañana como iba todas las mañanas desde que enterraron a su padre y había encontrado a un hombre sentado en  la tierra junto a la tumba con una guitarra. Pedro sonrió despacio.

“Soy yo, dijo. Recibí  tu carta. Rosario. Rosario no corrió hacia él como hubiera corrido otra niña. Se quedó en la puerta sosteniéndose de los barrotes y lo miró durante un tiempo que pareció más largo de lo que fue, como si necesitara verificar que lo que veía era real antes  de permitirse creerlo.

 Luego soltó los barrotes, abrió la puerta despacio y caminó hacia Pedro con esa manera de caminar de los niños que han aprendido  muy pronto que el mundo no siempre cumple lo que promete. Se detuvo a un metro de la tumba de  su padre. miró la cruz, miró a Pedro, miró la guitarra. “Vine a cantarle a tu papá”, dijo Pedro en voz baja.

 “Si tú me lo  permites.” Rosario asintió muy despacio. Luego se sentó en el suelo junto  a Pedro, en la tierra fresca, con las rodillas recogidas contra el pecho y los ojos fijos en la cruz. Pedro afinó una cuerda que había desafinado  en el camino. El sonido metálico y suave llenó el silencio del panteón de una manera que no molestaba,  sino que preparaba.

 Como cuando alguien enciende una vela antes de hablar de algo  importante. ¿Cuál era la canción que más le gustaba a tu papá?, preguntó Pedro. Rosario pensó un momento, luego dijo el nombre de una canción que Pedro conocía de memoria,  que había cantado cientos de veces en escenarios y estudios de grabación, pero que nunca  había cantado de esta manera en este lugar.

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