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CHRISTIAN Bach: la MACABRA orden al MORIR… lo que HUMBERTO calla ahora que AMA a OTRA

La idea de que el control, el control absoluto sobre lo que los demás perciben de ti es la única armadura que verdaderamente protege. Y Christian Bck aprendió esa lección tan bien, tan profundamente, que terminó siendo el principio rector de toda su existencia, incluyendo y especialmente los últimos años de su vida, cuando la armadura se hizo más necesaria que nunca.

Estudió ballet clásico desde pequeña, como era natural en esa familia donde el arte escénico era el idioma materno. Pero también estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires, porque Christian Bach nunca fue una persona que se conformara con una sola cosa,  que aceptara que los límites que otros se imponían eran los límites que le correspondían a ella.

Mientras cursaba la carrera, se a los 17 años empezó a desaparecer en telenovelas argentinas. Era 1976 y ella estaba delante de una cámara, ya estaba aprendiendo que ese espacio rectangular que te separa del espectador puede convertirse en un escudo o en un espejo dependiendo de cuánto control tengas sobre lo que proyectas hacia el otro lado.

La Argentina de esa época era un país convulsionado, partido en dos por el golpe militar que había llegado en marzo de ese mismo año. un país donde el miedo había penetrado en las casas y las conversaciones y los silencios, pero Christian Bck seguía estudiando derecho de día y actuando de noche, acumulando papeles, acumulando experiencia, construyendo una carrera con la misma disciplina metódica y sin concesiones que le había enseñado  el ballet cuando terminó la carrera, oye, cuando se recibió de abogada con el título en mano y la posibilidad de ejercer una

profesión respetable y segura, tomó una decisión que en ese momento debió parecerles incomprensible a más de uno. Se fue a México, no a ejercer el derecho, no a usar el título que había obtenido después de años de esfuerzo y sacrificio. Se fue a buscar algo que ya sabía que le pertenecía, aunque todavía no pudiera nombrarlo con precisión desde adentro.

México tenía la industria de las telenovelas más importante del mundo hispanohablante. Televisa era en esa época una máquina cultural sin parangón en América Latina, una compañía que producía melodramas que llegaban a cientos de millones de personas en todo el continente, que generaba ídolos de la noche a la mañana y los mantenía en el firmamento durante décadas.

Si querías ser actriz en serio, si querías que tu cara y tu nombre resonaran con fuerza real, México era el lugar donde tenías que estar. Y Christian Bach lo supo antes de que nadie se lo dijera. llegó alrededor de 19790 con ese acento argentino que nunca perdió del todo a lo largo de los años y con una presencia física y escénica que era difícil de ignorar en cualquier espacio en que estuviera.

El productor Ernesto Alonso, legendario en la industria y apodado el señor telenovela porque había producido más de 40 melodramas que habían marcado generaciones enteras. La vio y le abrió la puerta.  Le dio su primera oportunidad en la televisión mexicana. Cristian apareció en Los ricos  también lloran.

La telenovela protagonizada por Verónica Castro que se convirtió en un fenómeno cultural absolutamente sin precedentes. Eh, una producción que se vendió a más de 80 países y que hizo llorar a generaciones enteras, desde México hasta Rusia, desde Colombia hasta Japón, desde España hasta Venezuela. Christian Bach estaba ahí.

en un papel secundario que era mucho más que eso para quien venía llegando a una industria nueva, observando y aprendiendo y viendo cómo funcionaba esa máquina desde adentro, cómo se construía la magia de la pantalla chica con horas de repetición y ajuste y compromiso absoluto.  Y mientras observaba, conoció a alguien que cambiaría el curso de su historia para siempre.

fue durante las grabaciones de una fotonovela cuando se topó por primera vez con él de forma directa. Un actor mexicano con un físico imponente y una mirada oscura que era capaz de llenar cualquier escena sin esfuerzo aparente. New es alguien que tenía ese tipo de magnetismo que no se aprende ni se ensaya, sino que simplemente está ahí desde el principio.

Se llamaba Humberto Zurita. Surita había visto una foto de Cristian en la revista Teleguía cuando andaba de gira con Ana Martín y le había dicho a su compañera mirando la imagen en papel, “Mira lo que me trajeron.” Era una frase de hombre de la época, sin duda alguna, pero lo que importa no es la frase, sino lo que pasó después, cuando se conocieron de verdad y la distancia entre la imagen en papel y la persona real desapareció por completo.

Primero fueron amigos, hicieron una fotonovela juntos y el primer pacto que sellaron, según ella misma, contó años después, fue, “Dejaron de fumar.” Es un detalle pequeño pero revelador. Estos dos no empezaron con palabras grandes, sino con un compromiso concreto y cotidiano. Luego era durante las grabaciones de soledad de 1980, esa amistad se fue cargando de algo que ninguno de los dos quería nominar todavía, porque los dos tenían sus propios mundos y sus propias vidas y no estaban buscando complicaciones adicionales. Cristian hacía la villana

en esa telenovela. Surita llegó a sumarse al reparto y desde el set entre toma y toma, entre escenas que se repetían y parlamentos que se memorizaban y se descartaban, fue construyéndose algo que con el tiempo se convertiría en una de las historias de amor más largas y complejas y admiradas del espectáculo latinoamericano.

Surita lo describió años después con una honestidad que le hace crédito. dijo que en algún momento empezó a verla diferente, que algo cambió sin que él pudiera identificar exactamente cuándo ni cómo. Y Cristian, que era una mujer que no daba nada por azar ni por accidente, supo esperar el momento correcto.

Cuando el productor Ernesto Alonso supo que habían empezado a salir, se mostró escéptico de una manera que era casi un cumplido. No iban a durar ni una semana, dijo. Pero si llegaban a casarse, él sería el padrino. Resultó que tuvo que cumplir su palabra. El 3 de febrero de 1986, en la iglesia de San Agustín, en el barrio de Polanco, Ciudad de México, Cristian Bach y Humberto Zurita, se casaron ante una multitud que ninguno de los dos había anticipado con esa magnitud.

La gente se apiñó afuera de la iglesia para ver, aunque fuera de lejos, el vestido de la novia, el rostro de la pareja favorita del melodrama mexicano en el día más real de su historia compartida. Había patrullas y ambulancias y fotógrafos y fans que empujaban contra las vallas y querían tocar algo, cualquier cosa que perteneciera a ese momento.

Los novios tuvieron problemas serios para llegar hasta el altar porque el tumulto era tan grande que la seguridad no daba basto. Había algo casi simbólico en eso. la pareja de ficción que el país había adoptado como propia, intentando llegar a su boda real a través de una multitud que se negaba aceptar que había un límite entre la pantalla y la vida.

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