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Pedro Infante abrió todas las puertas — menos la que su hermano le cerró en 1938

 Llevaba una camisa blanca sin el traje todavía y tenía el cabello peinado hacia atrás con esa limpieza que era suya. Era 1952, tenía  34 años y ya era el hombre más querido de México, el hombre cuya voz salía de los radios de las vecindades a las 6 de la mañana, el hombre cuyo rostro llenaba las marquesinas de todos los cines del país.

Ángel entró y cerró la puerta detrás de él con cuidado. Era 3 años mayor que Pedro, con el mismo bigote oscuro, la misma frente amplia, los mismos ojos que doña refugio les había dado a los dos desde niños en Guamuchil, si uno no los conocía, podía confundirlos en un primer vistazo.

 Pero había algo que lo separaba de inmediato, algo que no estaba en la cara en la altura. Estaba en la manera de pararse en un cuarto. Pedro llenaba los espacios sin intentarlo. Ángel ese día se hacía pequeño junto a la puerta. se sentó en la silla junto a la entrada, cruzó las manos sobre las rodillas, estuvo un momento mirando el suelo y luego levantó la vista.

 Había algo en sus ojos que Pedro no había visto con esa claridad antes. No era la seguridad del hermano mayor que siempre llegó primero a todo. Era la expresión de alguien que llega a pedir algo que sabe que no merece  y que carga con ese saber cómo se carga una piedra en el pecho sin poder dejarla en ningún lugar.

Pedro conocía ese peso mejor que nadie en ese cuarto. No lo hizo por crueldad. Pedro lo entendió así con los años. Lo hizo porque no creía, porque le parecía imposible que aquel muchacho de Sinaloa, sin estudios formales, sin conexiones, pudiera convertirse en algo más que un fracaso bien intencionado.

 Ángel tenía miedo de ser cómplice de una caída y ese miedo resultó ser más grande que el amor de hermano. Pedro encontró el camino solo, tocó puertas que nadie le señaló, cantó en lugares donde nadie lo esperaba, aguantó los rechazos con esa terquedad tranquila que era parte de su carácter. El director artístico de la estación Exebera audición que volviera a la carpintería.

Pedro regresó la semana siguiente, cantó otra vez, lo contrataron. Desde entonces no paró. Cuando tuvo la posibilidad de hacerlo, compró una casa en el barrio de Lindavista. No para él solo, la compró para todos, para su madre, doña refugio, para sus hermanos, para sus cuñadas, para los sobrinos que fueron llegando de Sinaloa con los ojos abiertos y los bolsillos vacíos.

 Desde ese momento, Pedro Infante se convirtió en el sustento de casi  30 personas. Pagaba la luz, la despensa, los medicamentos, la escuela de los niños. Lo hacía sin llevar la cuenta, sin esperar nada a cambio y sin mencionar jamás lo que había necesitado en 1938 y no había recibido. Ángel era uno de esos 30.

 Pagaba sin llevar la cuenta, sin poner nombres en la lista ni guardar los recibos en ningún cajón. La casa de Lindavista era grande, pero nunca silenciosa. Había siempre un niño llorando en algún cuarto o una olla hirviendo en la cocina o una conversación que se extendía hasta tarde en el patio. Pedro lo había querido así. Había querido tener a su gente cerca, aunque esa gente incluyera a quien una vez no lo había tenido cerca a él.

Esa mañana en el camerino, Ángel levantó la vista y le dijo a Pedro que quería ser actor, que llevaba tiempo trabajando como extra en algunas producciones, que creía tener lo necesario para algo más, que necesitaba una oportunidad con nombre y apellido en los créditos. Su voz era firme, pero tenía algo quebrado en los bordes, como una pared que aguanta, pero ya muestra las grietas.

Pedro no respondió de inmediato. Siguió con los dedos apoyados sobre las cuerdas de la guitarra sin presionarlas. Afuera alguien gritó una orden y se escucharon pasos rápidos sobre el foro. Adentro. El tiempo se movía diferente, más lento como se mueve en los momentos que no pueden deshacerse después.

 Ángel agregó que sabía que no tenía ningún derecho de pedirle nada, que entendía si la respuesta era no, pero que él era su hermano y que si había alguien en todo México con la influencia necesaria para abrir esa puerta, ese alguien era Pedro. Había algo en esa frase que pesó diferente. No era súplica, era algo más cercano a la vergüenza, la vergüenza de quien reconoce con varios años de retraso, lo que debería haber sido antes.

 Pedro escuchó todo sin interrumpir. Cuando Ángel terminó, permaneció en silencio unos segundos. Luego dejó la guitarra a un lado con el cuidado que siempre tenía con las cosas que importaban. se puso de pie, cruzó el camerino en tres pasos sin decir una sola palabra y tomó el teléfono que estaba sobre la mesita de madera junto al espejo. Llamó a Juan Bustillo Oro.

 El director contestó rápido. Pedro le habló sin rodeos y sin artificios, con la misma naturalidad de cualquier conversación entre conocidos. Le dijo que tenía un hermano que era actor, que aprendía rápido, que tenía presencia frente a la cámara, que le pedía el favor de darle un papel que valiera la pena.

 un papel con nombre en los créditos y que si algo salía mal en esa apuesta, que lo pusiera él como responsable, que su nombre estaba en esa llamada. Bustillo Oro dijo que sí. Pedro colgó el teléfono y se dio vuelta. Ángel tenía los ojos brillantes. No habló de inmediato. Tardó unos segundos como si hubiera guardado demasiadas cosas adentro durante demasiado tiempo y no supiera por dónde empezar a soltarlas.

El nombre de 1938 no salió en ese cuarto. La puerta cerrada no salió tampoco. Pedro no esperó que saliera. Volvió a su silla, tomó la guitarra y le preguntó a su hermano si se quedaría a almorzar. La película se llamaría por ellas. Aunque mal paguen. Ángel tendría el papel protagónico junto a Silvia Pinal y Fernando Soler.

 Era su primera oportunidad con nombre en grande en los créditos. Pero antes de firmar, Ángel puso una condición. Quería que Pedro también apareciera en la cinta y estuviera ahí en el mismo set, visible y cercano, como si necesitara ese ancla familiar en un territorio que todavía le resultaba más incierto de lo que admitía en voz alta.

 Pedro aceptó sin discutir los primeros días en el foro. Ángel observaba a Pedro con una atención  que iba más allá de la admiración de hermano. Lo estudiaba, observaba la manera en que Pedro entraba a un encuadre, la forma en que dejaba caer levemente los hombros antes de hablar, el ritmo con que caminaba de una marca a otra.

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