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Mochileros desaparecieron en el Cañón del Sumidero — 5 años después, hallaron esto en el lago

 Una mochila de excursionista descolorida pero intacta con una etiqueta que aún se podía leer. Carlos y María Elena. Luna de miel aventurera 2019. Dentro, protegidos por bolsas plásticas, encontró una cámara digital. y un diario empapado con entradas que terminaban abruptamente el 18 de marzo. La noticia llegó a la comandancia de Tuxla Gutiérrez como un fantasma del pasado.

 El capitán Rodolfo Mendoza, quien había dirigido la búsqueda original, sintió que su estómago se contraía. Habían rastreado cada cueva, cada recodo del cañón durante semanas. Helicópteros, busos, perros rastreadores, voluntarios de comunidades indígenas. Nada, como si la tierra se los hubiera tragado. Ahora, 5 años después, cuando las familias habían aprendido a vivir con el dolor constante de no saber, cuando los padres de ambos jóvenes habían envejecido prematuramente, esperando un llamado que nunca llegó, el río devolvía una pista,

una evidencia que sugería que tal vez, solo tal vez, la versión oficial estaba incompleta. En la comandancia, Mendoza sostuvo la cámara entre sus manos. temblorosas. Sabía que encenderla significaría reabrir heridas que nunca habían sanado completamente, pero también sabía que las familias tenían derecho a la verdad, sin importar cuán dolorosa fuera, con un suspiro profundo, presionó el botón de encendido.

 El capitán Rodolfo Mendoza observaba las fotografías en la pantalla de la cámara como quien descifra jeroglíficos antiguos. Cada imagen era un testimonio silencioso de los últimos días de Carlos Hernández, ingeniero civil de 28 años, y María Elena Vázquez, maestra de primaria de 26, una joven pareja de Guadalajara que había decidido celebrar su luna de miel explorando las maravillas naturales de Chiapas.

 Las primeras fotos mostraban el entusiasmo típico de recién casados aventureros. Carlos, alto y moreno, con una sonrisa radiante, abrazaba a María Elena frente a la entrada del cañón, mientras ella reía con esa espontaneidad que solo se ve en momentos de felicidad pura. Sus anillos de matrimonio brillaban bajo el sol chiapaneco. Se habían casado apenas tres semanas antes.

Mendoza recordaba vívidamente la búsqueda. Los padres de Carlos habían llegado desde Guadalajara en el primer vuelo disponible. Don Raúl Hernández, un hombre de negocios acostumbrado a resolver problemas con determinación, se había negado a aceptar que su hijo hubiera simplemente desaparecido. Había contratado equipos privados de rescate, ofrecido recompensas, presionado a autoridades estatales y federales.

 Doña Esperanza Vázquez, madre de María Elena, había pasado días enteros arrodillada en la catedral de Tuxla, rogando a la Virgen de Guadalupe por un milagro. Era una mujer de fe profunda que criaba sola a sus tres hijos después de que su esposo muriera en un accidente de trabajo. María Elena era su orgullo, la primera maestra de la familia, una muchacha que dedicaba sus fines de semana a enseñar catecismo a niños de comunidades marginadas.

 Al avanzar por las imágenes, Mendoza notó la progresión natural de una expedición de mochileros. Carlos armando la tienda, mientras María Elena organizaba los suministros. Selfies con el paisaje espectacular del cañón como fondo, fotos de la flora y fauna que encontraban en el camino. María Elena había fotografiado cada detalle con el ojo meticuloso de una maestra acostumbrada a documentar experiencias para compartir con sus alumnos.

 Pero algo cambiaba en las fotografías del segundo día. Las sonrisas seguían ahí, pero había una tensión sutil. En una imagen, Carlos aparecía examinando un mapa con expresión preocupada. En otra, María Elena miraba hacia atrás por el sendero, como si sintiera que alguien lo seguía. La penúltima fotografía mostraba su campamento nocturno, dos tiendas pequeñas, una fogata crepitante y sus rostros iluminados por las llamas.

 Pero lo que helaba la sangre de Mendoza era el fondo de la imagen. Entre los árboles apenas visibles se distinguían figuras humanas observándolos desde las sombras. El diario de María Elena, escrito con su letra de maestra perfectamente legible, narraba los primeros días con el entusiasmo de una recién casada.

 Carlos es tan valiente, conoce cada técnica de escalada. Me siento segura con él. Este lugar es mágico, como si Dios hubiera tallado su catedral en la piedra. Pero la entrada del 17 de marzo tenía un tono diferente. Anoche escuchamos voces cerca del campamento. Carlos dice que pueden ser otros excursionistas, pero algo me inquieta.

 Esta mañana encontramos huellas alrededor de nuestras tiendas. No parecen de animales. Carlos ha estado muy callado desde entonces. La última entrada, fechada el 18 de marzo, estaba escrita con prisa. La letra temblorosa. Nos están siguiendo. Carlos cree que debemos dirigirnos hacia el río, pero los senderos que conocía han cambiado.

Hay algo extraño en este lugar. Si alguien encuentra este diario, la frase quedaba inconclusa. Mendoza cerró los ojos sintiendo el peso de 5 años de preguntas sin respuesta. Sabía que tenía que llamar a las familias, pero primero necesitaba entender qué había sucedido realmente en esos últimos días. La cámara y el diario eran solo el comienzo.

 Esa noche Mendoza no pudo dormir. En su pequeño departamento de Tuxla, rodeado de expedientes polvorientos y fotografías de casos sin resolver, se sirvió un café negro y volvió a estudiar cada detalle de la evidencia recuperada. Su esposa, Carmen, lo había dejado hacía 2 años, cansada de competir con fantasmas del pasado que él no podía dejar ir.

 El caso de Carlos y María Elena había sido diferente desde el principio. No eran turistas extranjeros aventurándose imprudentemente en territorio desconocido. Eran mexicanos experimentados. Carlos había escalado en la Sierra Madre. María Elena había crecido acampando con su familia en los bosques de Jalisco. Conocían los riesgos, respetaban la naturaleza.

Mendoza recordaba la frustración de aquellos primeros días de búsqueda. El último rastro confirmado había sido en el puesto de guardabosques de la entrada del parque, donde habían registrado su ingreso a las 2:47 pm del 15 de marzo. El plan era una expedición de 4 días, siguiendo la ruta marcada hacia las cuevas de la cueva de colores, un destino popular, pero no peligroso para mochileros experimentados.

 El tercer día, cuando no aparecieron en el punto de salida programado, las autoridades del parque iniciaron los protocolos de búsqueda. Para el quinto día habían movilizado recursos federales, helicópteros de la marina, especialistas en rescate de montaña, busos tácticos del grupo especial. Nada. Lo que más lo atormentaba era la reunión con las familias.

 Tr meses después, cuando oficialmente suspendieron la búsqueda activa, don Raúl había perdido 15 kg. Sus ojos, antes decididos y firmes, se habían vuelto huecos. Doña Esperanza no había dejado de usar el vestido negro desde la segunda semana, como si ya hubiera aceptado lo peor, pero necesitara mantener la esperanza de un milagro.

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