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La batalla final de Vicente Fernández – Lo que pocos saben sobre sus últimos años.

A mi juventud la pasé en Tijuana y llegué junto con mi padre y mi madre y mis dos hermanas. Eh, y mi madre este llegaron después y anduvimos trabajando mi papá y yo en pues en el Pico y la Pala en Tijuana. Eh, casi casi todas las casas de la colonia Hipódromo están los cimientos hechos por estas manitas.

 Cuando Vicente Fernández dijo eso en una entrevista con Univision, no lo hizo con vergüenza ni con tristeza, al contrario, lo decía con el orgullo de alguien que jamás olvidó de dónde venía. Porque mucho antes de convertirse en la voz más grande de México, Vicente Fernández había sido un joven rodeado de polvo, cemento y jornadas interminables de trabajo duro en Tijuana.

Nació en 1940 en Juen Titán, el Alto, Jalisco, dentro de una familia ranchera humilde. Pero su infancia estuvo muy lejos de parecerse a las historias glamorosas que suelen rodear a las grandes estrellas. Después de que su familia atravesara graves problemas económicos, todos terminaron mudándose a Tijuana, buscando simplemente una manera de sobrevivir, y la vida ahí no le dio demasiado tiempo para soñar.

Vicente trabajó voleando zapatos, lavando coches, limpiando establos en el hipódromo de Tijuana y cargando materiales bajo el fuerte sol del norte de México. Había días en los que regresaba a casa con las manos llenas de heridas y la ropa cubierta de polvo y cemento. Y fue precisamente en esos años donde comenzó a entender que si quería cambiar su destino, tendría que luchar por ello con sus propias manos.

 Pero incluso en medio de aquella vida tan dura, hubo algo que nunca desapareció de su cabeza, la música. En su biografía oficial, Vicente recordó que cuando era niño veía las películas de Pedro Infante y le decía a su madre que algún día quería convertirse en alguien como él. En aquel momento, ese sueño parecía demasiado lejano para un muchacho pobre de Jalisco.

 Aún así, Vicente siguió cantando donde fuera posible, en pequeños restaurantes, bodas, reuniones y concursos locales. A los 14 años ganó un concurso de canto en Guadalajara, pero aquella victoria no cambió su vida de inmediato. Después del concurso, Vicente volvió otra vez al trabajo pesado, a las dificultades económicas y a la misma rutina dura de siempre.

 Y quizá ahí estuvo la mayor diferencia entre Vicente Fernández y muchos otros artistas. Él nunca intentó borrar al hombre que había sido. Incluso después de alcanzar la fama, Vicente siguió hablando como un ranchero de Jalisco. Conservó la sencillez con la que había crecido y jamás escondió los años difíciles que marcaron su juventud.

 Mientras muchas estrellas buscaban alejarse de sus raíces para parecer más sofisticadas, Vicente hizo exactamente lo contrario. Convirtió sus raíces en su mayor fuerza. Y fue precisamente eso lo que hizo que millones de mexicanos sintieran que Vicente Fernández no era una estrella inalcanzable, era uno de los suyos. Y con el paso de los años, aquel joven de Jalisco terminó convirtiéndose en el hombre que mantuvo viva la esencia de la música ranchera cuando el mundo alrededor comenzaba a cambiar.

 Mientras la música latina comenzaba a llenarse de sonidos urbanos, nuevas tendencias y artistas cada vez más modernos, Vicente Fernández seguía apareciendo exactamente igual que décadas atrás, vestido de charro negro, acompañado por mariachi y cantando rancheras con la misma fuerza tradicional de siempre. Nunca intentó parecer más joven, nunca corrió detrás de las modas y quizá precisamente por eso terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que una simple estrella de la música.

De acuerdo con la biografía oficial publicada por su propio equipo, Vicente Fernández grabó más de 100 álbumes a lo largo de una carrera que superó los 50 años y vendió decenas de millones de discos alrededor del mundo. Pero lo más impresionante era que, incluso con semejante éxito, jamás perdió la esencia del hombre ranchero con el que el público mexicano se había identificado desde el principio.

En el cine ocurrió algo parecido. Participó en más de 30 películas y casi siempre apareció interpretando al charro orgulloso, fuerte y profundamente tradicional, que con el tiempo terminaría confundiendo al personaje con el hombre real. Llegó un punto en que Vicente Fernández ya no parecía actuar frente a las cámaras, simplemente parecía vivir siendo él mismo.

 Y tal vez por eso, con los años Vicente dejó de sentirse como un cantante famoso más. Se convirtió en parte de la memoria emocional de México. Grammy llegó a reconocerlo como una de las figuras más influyentes en la historia de la música regional mexicana. ganó tres premios Grammy, nueve Latin Grammy y recibió numerosos reconocimientos internacionales, incluida su estrella en el Hollywood Walk of Fame en 1998.

Sin embargo, para muchísimas personas, el verdadero valor de Vicente Fernández nunca estuvo en los premios. Estaba en lo que la gente sentía cuando él comenzaba a cantar. Y probablemente no existe una imagen más poderosa de eso que la noche del 16 de abril de 2016. Aquella noche, el estadio Azteca dejó de parecer un concierto común y se convirtió en una despedida histórica para toda una generación.

Como relató Billboard después del evento, más de 80,000 personas llenaron el estadio para asistir gratuitamente a un Azteca en el Azteca, un espectáculo donde Vicente Fernández cantó durante casi 4 horas e interpretó más de 40 canciones. Pero lo más impactante era que Vicente Fernández ya no necesitaba demostrarle nada a nadie, no necesitaba cambiar su música.

No necesitaba adaptarse a las nuevas tendencias, ni siquiera necesitaba reinventarse para seguir siendo relevante. Mientras muchos artistas iban cambiando con cada moda para mantenerse vigentes, Vicente Fernández permanecía exactamente donde siempre había estado, defendiendo la ranchera, el mariachi y esa parte tradicional de México que millones de personas todavía se negaban a dejar atrás.

 Y al final aquello que parecía antiguo terminó convirtiéndolo en eterno. Vicente Fernández no necesitó cambiar para sobrevivir al paso del tiempo, porque para millones de personas él ya representaba aquello que México no quería perder. Pero mientras el público seguía viendo a un hombre aparentemente invencible sobre el escenario, el tiempo comenzaba a pasar factura lejos de los reflectores.

El público mexicano se acostumbró a ver a Vicente Fernández como un hombre fuerte, capaz de cantar durante horas frente a miles de personas sin mostrar señales de agotamiento. podía terminar un concierto larguísimo y al día siguiente volver a presentarse en otra ciudad como si su cuerpo jamás conociera el cansancio.

 Pero detrás de aquella imagen casi invencible, el tiempo llevaba años cobrando factura en silencio. Según lo que se menciona en la biografía oficial de Vicente Fernández, desde principios de los años 2000 comenzó a enfrentar varios problemas de salud cada vez más delicados. En 2002 fue diagnosticado con cáncer de próstata. Después de recibir tratamiento exitosamente, regresó rápidamente a los escenarios y prácticamente evitó que el público notara cualquier señal de debilidad.

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