nombrar el barrio, 1938. En ese año y en ese barrio nació Silvestre Mercado, hijo de un zapatero que remendaba los zapatos que la gente traía gastados de tanto caminar en busca de algo que nunca terminaba de aparecer. Tepito no era un lugar donde los niños soñaran con las orquestas. Era un lugar donde los niños aprendían desde pequeños que la vida había que conquistarla a base de astucia y de trabajo, porque nadie iba a llegar a entregársela.
Pero Silvestre tenía algo que los otros niños del barrio no tenían de la misma manera, una voz, ¿no? La voz educada de quien estudia canto desde los 5 años con un maestro de conservatorio. La otra, la que viene de escuchar serenatas en las esquinas y boleros en las cantinas y corridos en las radios que los vecinos ponían con el volumen suficiente para que todo el barrio los escuchara a la vez.

Una voz formada por Tepito mismo, por sus ruidos, por sus tristezas, por esa intensidad particular de las personas que no tienen mucho, pero que con lo que tienen hacen algo que los que tienen todo imitar. De pequeño, Silvestre reunía a sus amigos en las esquinas para cantar o para dar serenatas por 3 pesos. No era un negocio, era lo que había que hacer cuando uno tiene una voz que no puede callarse.
El encuentro que cambió su vida llegó de la manera en que llegan casi todos los encuentros que cambian una vida, sin anuncio previo y sin que nadie en ese momento tuviera la claridad de entender lo que estaba ocurriendo. Silvestre se enteró de que un hombre de Tabasco planeaba formar una orquesta en la Ciudad de México. Ese hombre era Carlos Colorado, un trompetista de barra de Santa Ana Tabasco, que había llegado a la capital con sus 10 hermanos y una madre que nunca le permitió renunciar a nada y que había formado alrededor de sí una
constelación de músicos jóvenes con la misma sed de hacer algo que valiera la pena. Silvestre tocó su puerta, audicionó y fue aceptado de inmediato. Carlos Colorado escuchó esa voz de Tepito y supo que era exactamente lo que necesitaba para el tipo de orquesta que tenía en mente. No la voz perfecta de los cantantes académicos, la voz que llega hasta la gente que no sabe de técnica vocal, pero que sabe perfectamente cuando algo es real y cuando alguien está fingiendo.
Silvestre Mercado nunca fingió. Esa fue su fortaleza y también su carga, porque Carlos Colorado muy pronto le asignó el rol de bolerista del grupo, el cantante de los temas de desamor y de pérdida que llenaban los salones de baile de la Ciudad de México de los años 50 y 60. Y ese rol era exactamente lo opuesto al tipo de música que Silvestre prefería.
Yo prefería las rumbas y las guarachas, dijo alguna vez. Las canciones alegres, las que hacen que la gente quiera moverse. Pero Carlos decía, “Tú vas a ser el bolerista.” y yo aceptaba porque era el jefe. En 1955, el comediante Jesús Martínez Palillo le dio a la orquesta la oportunidad que cambiaría todo. Los contrató para presentarse en el teatro Folis, el histórico recinto de Santa María la Redonda, y cuando los vio actuar, tomó la decisión que definiría la identidad del grupo para siempre.
Tropical Santaera no suena bien, les dijo. Llámense Sonora Santanera. El nombre era un homenaje a Santa Ana en Tabasco, el pueblo de Carlos Colorado, y al mismo tiempo un eco de la gran sonora matancera de Cuba, la orquesta que había definido el sonido tropical del Caribe en las décadas anteriores, Sonora Santanera.
Dos palabras que en los años siguientes se convertirían en la marca más reconocida de la música tropical mexicana. Y Silvestre Mercado era una de las tres voces que le daban vida. Las noches de grabación en las que nació la Boa son parte del folklore de la música popular mexicana. A las 2 de la madrugada, cuando ese ritmo inconfundible sonó por primera vez en la radio, algo en la Ciudad de México se movió.
Los oyentes que estaban despiertos a esa hora, los que tenían la radio encendida mientras hacían algo que no podía hacerse de día, se quedaron quietos. ¿Qué es eso?, se preguntaban. Era la boa con los arreglos de Carlos Colorado y las voces del trío Santanero, entre ellas la de Silvestre Mercado, dándole a esa canción que otros habían grabado antes, una personalidad nueva y distinta que hacía que son como si hubiera nacido ahí.
Lo que siguió fue la construcción de un catálogo que cualquier músico tropical envidiaría. Amor de cabaret, perfume de gardenias, aventurera, luces de Nueva York, El Ladrón, Corazón de Acero. Canciones que se instalaron en la memoria colectiva de México con la permanencia de los recuerdos de infancia.
Y Silvestre era una de las voces que las cantaba noche tras noche en los salones de baile, en los teatros, en las ferias y en los programas de televisión, que en los años 60 y 70 reunían a familias enteras frente al aparato Hablemos del dinero. Porque la historia de Silvestre Mercado y de los ingresos que generó durante sus décadas con la Sonora Santanera es una historia que combina la abundancia de los años dorados con las complejidades de la industria musical mexicana que nunca fue especialmente generosa con los músicos que la hicieron grande. La
Sonora Santanera, en su época de mayor demanda, entre los años 60 y los 80 era uno de los grupos más solicitados de México. sus presentaciones en los salones de baile de la capital, en las ferias del interior del país y en los escenarios de las ciudades mexicanas del suroeste de los Estados Unidos generaban ingresos que sus contemporáneos en el mundo de la música tropical describían con envidia.
El cachet de la Sonora Santanera para una presentación en los años de mayor cotización del grupo entre mediados de los años 60 y la primera mitad de los 70 se estimaba en el sector en cifras que en valores actuales equivalen a entre 600,000 y 1,200,000es por noche de trabajo, más de 100 presentaciones al año en sus temporadas más activas y las giras internacionales.
La Sonora Santanera fue uno de los primeros grupos de música tropical mexicana en establecer una presencia consistente en los escenarios de los Estados Unidos, donde la Comunidad mexicana del suroeste americano la recibía con la misma devoción que le daba en casa. Los ingresos de esas giras internacionales eran considerablemente superiores a los de las presentaciones nacionales, especialmente en los estados de California, Texas e Illinois, donde la concentración de comunidades mexicanas era mayor. Los 53 discos
grabados a lo largo de la carrera del grupo generaron regalías que aunque en la industria discográfica mexicana de esa época los contratos favorecían sistemáticamente a las disqueras sobre los artistas, representaban un flujo de ingresos pasivos que llegaba independientemente de si el grupo estaba en gira o en descanso.
Para Silvestre Mercado como vocalista, compositor y productor, los ingresos combinados de presentaciones en vivo, regalías discográficas y trabajos de producción para otros artistas, entre ellos la producción de materiales para Juan Gabriel en distintos momentos de su carrera construyeron durante cuatro décadas un patrimonio que sus allegados estimaban en cifras que en el momento de su muerte superaban los 20 millones de pesos de la época, equivalentes hoy a más de 100 millones millones de pesos mexicanos actuales. Y con ese dinero,
Silvestre Mercado compró lo que todo hombre que viene de no tener compra primero cuando tiene una casa. No una mansión de telenovela con cuartos que nadie usa y jardines que no saben quién los dueños es. Una casa real de las que se llenan de vida porque la gente que vive en ellas la llena. Su residencia en la ciudad de México, en una colonia de clase media consolidada del poniente de la capital, fue el hogar donde vivió con Agustina Echeverría durante 38 años de matrimonio. 38 años.
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con sus tres hijas Lidia y Cela y Blanca Olivia, con sus nietos Gibrán, Zuriel y Yael, con la radio que a veces tocaba canciones del grupo y con la guitarra de silvestre que aparecía cuando había algo que necesitaba ser cantado antes de que se escribiera. La casa era amplia sin ser excesiva, con el tipo de distribución que en la arquitectura de las casas mexicanas de clase media de los años 70 y 80 permitía que la familia viviera junta sin que nadie sintiera que le faltaba espacio.
El jardín era el orgullo de Agustina, que lo cuidaba con la atención que Silvestre ponía en los arreglos musicales. Cada planta en su lugar, cada flor en el momento correcto, una terraza con parrilla que en las reuniones familiares y entre amigos se convertía en el escenario de las comidas que podían extenderse horas después de que la comida terminaba porque nadie quería irse.
La canción que Silvestre compuso para Agustina se llama Esta carta. No es la composición más conocida de la Sonora Santanera. no tuvo el impacto inmediato de la boa o de amor de cabaré, pero es quizás la más honesta que Silvestre escribió, una carta de amor a la mujer con quien compartió 38 años de vida, de trabajo, de viajes, de hijos y de nietos.
Una carta que cuando Vicente Fernández la grabó, llegó a oídos de millones de personas que la escucharon, sin saber que detrás había la historia real de un cantante de Tepito y su esposa. Las regalías de esa composición fueron parte del ingreso constante que llegaba al patrimonio de Silvestre, incluso cuando el grupo estaba entre grabaciones o entre giras.

Un porcentaje modesto por cada reproducción, por cada disco vendido, por cada vez que un artista la volvía a grabar, pero multiplicado por los años de circulación de la canción, por el tamaño de la audiencia de Vicente Fernández y por los ciclos de reedición que las disqueras hacen con los materiales de los grandes artistas, ese porcentaje modesto se convertía en algo que llegaba con la regularidad de una renta, dinero que llegaba mientras Silvestre dormía.
dinero que llegó incluso después de que Silvestre murió. Los automóviles de Silvestre Mercado eran los de un hombre que valoraba la comodidad y la funcionalidad sobre la ostentación. En sus años de mayor actividad con la Sonora Santanera, cuando las giras por México y Estados Unidos eran el ritmo cotidiano de su vida, Silvestre tenía en la cochera de su casa una camioneta suburban americana de modelo reciente que usaba para los desplazamientos largos cuando las carreteras del interior de México hacían preferible el
vehículo propio al autobús del Ferición Grupo y un sedán mexicano de gama alta, el tipo de automóvil que en los años 80 en México era el símbolo exacto de haber llegado a un nivel de vida que los vecinos de Tepito de la Infancia reconocerían como inalcanzable cuando Silvestre era el hijo del zapatero que cantaba en las esquinas por 3 pesos.
No era la colección de un hombre que quería impresionar a nadie. Era la colección de un hombre que necesitaba sus herramientas de trabajo y que elegía la calidad que le garantizara que esas herramientas funcionaran. Pero Silvestre Mercado tenía también una vida que las cámaras no capturaban con la frecuencia con que capturaban al cantante del barrio sobre el escenario.
La vida del hombre que rodeado de mujeres toda su existencia era incapaz de cantar letras que las ofendieran, aunque Carlos Colorado insistiera, “He vivido rodeado de mujeres”, decía Silvestre con esa sonrisa que sus colegas de la santanera describían como la expresión más genuina de quién era cuando no estaba actuando.
“Mi abuela, mi madre, mi esposa, mis tres hijas, ¿cómo voy a cantar algo que las lastime?” y cantaba esas letras porque era el trabajo y porque Carlos Colorado era el jefe. Pero lo hacía con esa distancia sutil entre el personaje y el intérprete que los músicos que conocen la diferencia mantienen siempre presente, aunque el público no la vea.
Silvestre era el bolerista del grupo, pero prefería las guarachas. Silvestre cantaba de desamor, pero llevaba 38 años con la misma mujer. Silvestre interpretaba a los hombres rotos de las canciones tropicales, pero en la vida real era el tipo de hombre al que sus hijas llamaban cuando necesitaban consejo.
Esa contradicción, lejos de restarle algo, le añadía una dimensión humana que el público que lo conocía en persona encontraba más fascinante que cualquier show. La relación de Silvestre con Juan Gabriel es uno de los capítulos menos conocidos, pero más interesantes de su carrera. El divo de Juárez y el bolerista de Tepito se encontraron en un punto donde las trayectorias de dos artistas de generaciones diferentes, pero de mundos parecidos, producen el tipo de colaboración que ninguno de los dos hubiera producido.
Solo Silvestre trabajó en la producción de materiales para Juan Gabriel en distintos momentos de la carrera del cantante de Parácuaro, aportando ese conocimiento de los arreglos tropicales y del gusto popular que había acumulado en cuatro décadas de trabajo con La Santanera. Esa colaboración no generó titulares, no fue el tipo de evento que los programas de espectáculos consideraban suficientemente dramático para dedicarle cobertura, pero generó trabajos, generó ingresos, generó el tipo de relaciones profesionales que en la industria
musical mexicana construyen el sustento real de los artistas que duran décadas sin el tipo de escándalo que mantiene los nombres en la boca de la gente. Y entonces la diabetes, la enfermedad que en los últimos años de la vida de silvestre fue reescribiendo su cotidianidad de manera inexorable. La diabetes en México a finales de los años 90 no tenía la misma cobertura médica que tiene hoy.
Era una condición que en sectores sin acceso a atención especializada y sin los recursos para los tratamientos de mayor calidad se gestionaba de manera imperfecta. Silvestre tenía acceso a atención médica, tenía los recursos para la medicación, tenía a Agustina pendiente de cada indicación del médico, pero la diabetes no negocia con la disposición ni con los recursos cuando ya lleva años avanzando.
La gira a Alemania en agosto del año anterior a su muerte fue el último viaje internacional de Silvestre Mercado. Expo Hannover 2000. La exposición universal de ese año celebrada en Alemania incluyó un pabellón mexicano donde la Sonora Santanera se presentó como embajadora de la música y la cultura popular de México ante un público europeo que en muchos casos nunca había escuchado ese sonido en vivo.
Imagínate nosotros que empezamos como músicos obreros”, dijo Silvestre sobre esa experiencia con la misma mezcla de asombro y orgullo que lo había acompañado desde el primer día que la voz de un hombre de Tabasco le abrió la puerta de una orquesta. Fue la última vez que cantó en un escenario fuera de México. La madrugada en que murió, Silvestre Mercado estaba en un hospital privado de la Ciudad de México. Sus hijas estaban con él.
Agustina estaba con él. Los médicos le habían informado semanas antes que la condición de su hígado era crítica, consecuencia directa de la diabetes que llevaba años deteriorando silenciosamente, lo que el cuerpo de un hombre que había cantado 45 años sin parar necesitaba para seguir funcionando. Tenía 62 años.
En los días anteriores al final, en una de esas conversaciones que los moribundos tienen con los que se quedan y que se recuerdan con la precisión de las cosas que importan, Silvestre le dijo a sus compañeros de la santanera algo que se convirtió en la última petición de uno de los fundadores del grupo más querido de la música tropical mexicana.
Muchachos, les encargo a la santanera. No dejen que muera. Cinco palabras que contenían cuatro décadas de identidad, de trabajo, de giras y de noches de baile en los salones de toda la República. No dejen que muera. Cuando los músicos y las figuras del mundo artístico llegaron a la capilla de jardines del Recuerdo a despedirse de Silvestre Mercado, se encontraron con algo que muchos de los que lo conocían hubieran podido predecir, pero que aún así los golpeó de una manera que no esperaban. La imagen de un hombre
rodeado por su familia, Agustina, sus tres hijas, sus nietos, los mismos que habían estado presentes en todas las etapas de esa vida, que había empezado en las esquinas de Tepito cantando por tres pesos y que había terminado en un hospital con la memoria de una gira en Hannover, como el último recuerdo de un mundo que no había terminado de conocer.
¿Y qué quedó? El patrimonio que Silvestre dejó a Agustina y a sus tres hijas fue el resultado de cuatro décadas de trabajo sin pausa y de las decisiones inteligentes que un hombre que venía de no tener puede tomar cuando aprende temprano, que el dinero que llega puede también irse si no se cuida. la casa familiar en el poniente de la Ciudad de México.
El valor de mercado de esa propiedad en el momento de su muerte se estimaba en cifras cercanas a los 3,illones y medio de pesos, equivalentes hoy a más de 12 millones de pesos, considerando la revalorización del mercado inmobiliario capitalino en las décadas siguientes. los ahorros acumulados en cuatro décadas de carrera, que sus allegados estimaban en cantidades considerables, aunque sin el nivel de detalle que una auditoría hubiera requerido, distribuidos entre los herederos con la ordenada claridad de un hombre que había pasado décadas
manejando la parte administrativa de sus propios asuntos artísticos. Las regalías de las composiciones que siguieron generando ingresos después de su muerte. Esta carta y otras canciones del catálogo santanero, donde Silvestre tenía crédito como compositor, siguieron pagando a sus herederos los porcentajes que corresponden a los derechos de autor durante los 20 años posteriores establecidos por la legislación mexicana y los derechos sobre las grabaciones en las que participó, que la Sociedad de Autores y Compositores de México
administra en nombre de sus herederos generaron liquidaciones periódicas. que llegaban con la puntualidad de un instrumento que sigue tocando, aunque el músico ya no esté. Silvestre Mercado fue, es y seguirá siendo una figura de la historia de la música popular mexicana que el tiempo trata con la justicia que en vida el mundo del espectáculo no siempre le dio.
No fue el líder del grupo, no fue el hombre cuyo nombre aparecía primero en los carteles, no fue la cara que los medios buscaban en las entrevistas sobre la santanera. Era el bolerista, el que cantaba las canciones que él mismo admitía. No le gustaban del todo porque no representaban al hombre que era en casa.
Pero era también la voz que en los salones de baile de la Ciudad de México de los años 60 hacía que las parejas se acercaran un poco más cuando el bolero empezaba. La voz que en los tugurios de la frontera norte hacía que los hombres que estaban solos recordaran a alguien que habían dejado o que habían perdido.
La voz que en las radios de los hogares mexicanos de clase trabajadora sonaba como el eco de algo que todos habían sentido, aunque no todos supieran nombrarlo. la voz del barrio que emergió de Tepito para darle a México algunos de los momentos de música popular más intensos del siglo XX y que al final, cuando ya sabía que se iba, solo pedía una cosa.
No dejen que muera. La Santanera sigue viva. Él también. ¿Cuál fue el detalle de la vida de Silvestre Mercado que más te sorprendió hoy? El hombre que cantaba letras de desamor, pero que estuvo 38 años con la misma mujer. La composición que escribió para Agustina y que Vicente Fernández convirtió en uno de los boleros más queridos de México, la última gira a Alemania con la Expo Hannover, el muchacho de Tepito cantando en Europa meses antes de morir o esas cinco palabras finales que le pidió a sus compañeros que recordaran.
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Se quedan grabadas en todos los que las escucharon. M.
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