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Dentro del rancho de Adolfo Angel en Miami – Caballos y una vida relajada lejos de los escenarios

 Fresnillo, Zacatecas, 1963. En esa ciudad del norte centro de México, donde la minería ha sido parte del paisaje desde la época colonial y donde las familias trabajadoras construyen sus vidas con la misma solidez con que las minas extraen la plata del subsuelo, el primero de septiembre nació Adolfo Ángel Alba. Sus padres, Julio Ángel y Delfina Alba, eran una familia unida en el sentido más concreto de la palabra, no en el de las tarjetas de felicitación, sino en el de las decisiones difíciles tomadas juntos, el trabajo compartido y la música, que

en muchas casas de clase trabajadora mexicana de esa época era el lujo más accesible. No había dinero para academias de música, no había dinero para maestros particulares. Lo que había era tiempo libre, voluntad de aprender y el oído instintivo de un niño que escuchaba lo que sonaba en la radio y reproducía mentalmente lo que escuchaba antes de poder reproducirlo con las manos.

 Adolfo aprendió solo el teclado, los acordes, la manera de construir una melodía que dijera algo específico en lugar de simplemente sonar. Ese aprendizaje autodidacta que los músicos con formación académica a veces miran con condescendencia sería en realidad la fuente de todo lo que haría que los temerarios sonaran diferentes a cualquier otra cosa en la música mexicana de los años 80 y 90.

 Porque Adolfo no aprendió las reglas antes de entenderlas. Aprendió directamente lo que funciona y lo que no funciona escuchando al público y midiendo sus reacciones. El mejor maestro que existe. En 1977, Adolfo tenía 14 años y una idea. Juntó a su hermano menor Gustavo, a su primo Fernando y a algunos amigos del barrio y formó un grupo que llamaron Conjunto La Brisa.

 No tenían manager, no tenían contrato discográfico, tenían el barrio de Fresnillo como escenario de debut y las bodas, fiestas y reuniones de vecinos como circuito inicial. Gustavo, el hermano menor, era el vocalista con una voz que desde adolescente tenía esa dulzura particular que las muchachas de Fresnillo reconocían y que hacía que la gente se quedara quieta cuando él cantaba.

 Adolfo, el mayor, era el tecladista, el compositor y el que tomaba las decisiones. Desde el principio, los roles estaban claros. Gustavo era la cara, Adolfo era la mente. Esa combinación que en la historia de los dúos musicales más exitosos del mundo es casi una fórmula, funcionó con la precisión de las cosas que están bien ensambladas.

 El cambio de nombre llegó a principios de los años 80. Conjunto La Brisa sonaba a grupo de amenización de 15añeros. Los temerarios sonaba a algo diferente, a algo que podía llegar lejos. Y entonces llegó el contrato con CBS México en 1983, el primer disco, el primer acceso real a la distribución nacional y con eso el primer contacto con los ingresos que cambian la escala de lo posible.

Los primeros álbumes de los temerarios en el sello CBS no fueron éxitos inmediatos. El grupero romántico era un género que en esa época todavía estaba construyendo su mercado y donde los contratos que los sellos ofrecían a los artistas nuevos eran los contratos que los sellos ofrecen siempre a los artistas nuevos, generosos en visibilidad y conservadores en dinero.

 Adolfo los firmó, los cumplió y mientras los cumplía estudiaba. estudiaba cómo funcionaban los contratos, cómo funcionaban las regalías, cómo funcionaba la distribución, cómo funcionaba la industria que a la larga iba a ser el sistema dentro del cual tendría que navegar si quería que los temerarios fueran algo más que un grupo regional bien querido.

El salto real llegó a finales de los años 80 cuando el sello independiente Disa, basado en Monterrey, los fichó. Disa entendía el mercado del grupero mejor que cualquier disquera transnacional. Sabía que había un público enorme, fiel y dispuesto a comprar, que las grandes disqueras no estaban atendiendo con suficiente atención porque sus ejecutivos no entendían bien ese mundo.

 Con Disa llegó la producción que necesitaban y con esa producción llegaron los temas que convirtieron a los temerarios de grupo exitoso en fenómeno. Mi vida eres tú. Eres tú. La mujer de los dos. Tu última canción te hizo mal. Ven, porque te necesito. Canciones construidas por Adolfo Ángel con la precisión de un relojero.

 Baladas que sabían exactamente qué botón emocional presionar y en qué momento presionarlo. Melodías que se instalaban en la memoria con la permanencia de los recuerdos de primera vez. El público respondió con una fidelidad que en el mundo de la música popular solo aparece cuando la conexión es genuina. No era marketing, era Adolfo componiendo en el piano de madrugada sobre lo que la gente siente pero no sabe decir.

 Y la gente reconociéndose en lo que escuchaba. Y entonces llegó el quiebre que nadie en los temerarios esperaba, ni los hermanos, ni sus fans, ni la industria que los miraba con la admiración que se reserva para los que construyen algo que dura. 1997. La familia Ángel en Zacatecas recibió la llamada que cualquier familia teme recibir.

 Julio Ángel, el padre, había sido secuestrado por un grupo criminal que sabía exactamente lo que hacía y que calculó que la familia de uno de los grupos musicales más exitosos de México era la familia correcta a quien pedirle dinero. Lo que siguió fue una pesadilla que se extendió semanas, las negociaciones, las demandas que según rumores, llegaron a cifras de 5 millones de dólares.

 La incertidumbre constante de no saber si el hombre que les había enseñado que la familia era lo primero iba a volver y el momento que nadie olvidó. Cuando los criminales, para demostrar que las amenazas eran reales, le cortaron dos dedos a Julio Ángel. Le enviaron los dedos a la familia. Adolfo y Gustavo pagaron.

 La cantidad exacta nunca fue confirmada públicamente, pero los que estuvieron cerca de la familia en esa época hablan de una suma que vaciaba parte de lo que los hermanos habían acumulado en dos décadas de trabajo. Julio Ángel fue liberado, pero la familia tomó una decisión que ya no tenía vuelta atrás. se iban de México.

 La decisión de mudarse a los Estados Unidos fue presentada públicamente con una negación cuidadosa de la conexión directa con el secuestro. Los hermanos nunca confirmaron que el trauma de ver a su padre mutilado fue la razón de dejar México. Pero quienes los conocían de cerca sabían la verdad. Nadie deja el país donde nació y donde construyó su carrera y su identidad, simplemente porque las oportunidades de negocios son mejores al norte de la frontera.

 Se van cuando tienen miedo y los ángel tenían miedo. Las Vegas, la ciudad que elige a sus habitantes y que en algún momento, entre finales de los 90 y principios del 2000, eligió a Adolfo Ángel. No la Vegas de los casinos y las noches que no terminan. La otra, la Las Vegas residencial de los suburbios del norte y el noroeste de la ciudad, donde las familias de clase alta latinoamericana construyeron sus vidas lejos del ruido del strip, pero con acceso a todos los servicios que la prosperidad puede comprar. Las Vegas era también, desde

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