Posted in

JOSE JOSE Le Pidió una Oportunidad a un Productor — Él Dijo que No — 20 Años Después lo Buscó

 José mira a don Ricardo, no puede dejar de mirarlo. Sabe que ese hombre puede cambiar su vida. Sabe que una palabra suya puede llevarlo a la televisión, a los grandes escenarios, a los discos que no se quedan guardados en una oficina. Su representante se acerca. José, ¿qué haces? Voy a hablar con él. ¿Con quién? Con don Ricardo, el representante baja la voz.

 ¿Estás loco? Ese hombre no recibe a nadie. Si no te llama, no existes. Lo sé. No tienes nada que ofrecerle todavía. José respira hondo. Tengo mi voz. Eso no basta. Aquí todos tienen algo. José lo mira serio. Entonces voy a demostrarle que lo mío no es algo. Es todo y empieza a caminar. Cada paso parece más largo que el anterior.

 En el salón se escuchan copas, risas, murmullos. José siente las manos frías. No está borracho. No está confiado. No está jugando a ser valiente. Tiene miedo, pero camina igual. Don Ricardo está hablando con dos actrices y un compositor. José espera. No interrumpe. Cuando por fin el productor voltea, lo mira de arriba a abajo. Sí. Buenas noches, señor Alarcón.

Buenas noches. Me llamo José Sosa, aunque artísticamente estoy usando José. José. Don Ricardo entrecierra los ojos. Ah, sí. El muchacho de la voz triste. José siente un pequeño golpe en el pecho. He escuchado algo de ti. Cantas afinado. Tienes presencia. Una voz interesante. Gracias, Señor. Viniendo de usted significa mucho.

 Don Ricardo sonríe apenas. Una sonrisa educada, rápida, de esas que se dan para terminar una conversación. ¿Querías algo más? José sabe que ese es el momento. Ahora o nunca. Sí, señor. Quería pedirle una oportunidad. Una oportunidad. 5 minutos en su programa. Una canción. Solo una. Si no le gusta, no vuelvo a molestarlo.

El silencio cae alrededor. Algunas personas que estaban cerca dejan de hablar. Una actriz levanta las cejas. Un compositor sonríe con lástima. Don Ricardo mira a José como si acabara de escuchar algo ingenuo. ¿Sabes cuántos muchachos me piden una oportunidad cada semana? No, señor. Docenas. A veces cientos.

 Todos creen que tienen una voz especial. Todos creen que nacieron para algo grande. Todos llegan con los ojos brillando como tú. Y todos dicen lo mismo. Deme 5 minutos. José no responde. Don Ricardo se acerca un poco, pero los escenarios no se piden, muchacho. Se ganan. Las palabras caen limpias, duras, exactas.

 Un escenario no es un regalo para alguien que sueña bonito. Un escenario es un premio para alguien que ya demostró que puede sostenerlo sin romperse. Y tú, José, todavía no has demostrado nada. José baja la mirada. Tengo canciones. Tengo disciplina, tengo hambre. El productor sonríe, pero no con ternura.

 Hambre tienen todos, disciplina dicen tener todos. Canciones hay demasiadas, lo que falta es algo más. Eso que no se puede explicar, pero cuando aparece nadie lo discute. José levanta la mirada. Déjeme cantar aquí. Ahora frente a usted alguien se ríe suavemente. Don Ricardo endurece el rostro. No confundas valor con desesperación.

 No confundas una voz bonita con un destino y sobre todo, no confundas tu tristeza con profundidad. José siente que algo se quiebra por dentro. Perdón, Señor, no quise faltarle al respeto. No me faltaste al respeto. Me hiciste perder el tiempo. El salón queda inmóvil. Don Ricardo lo mira fijamente. Te voy a decir algo que quizá nadie se atreva a decirte.

 Tienes buena voz. Sí, pero eso lo tienen muchos. Tienes dolor en la mirada. también. Pero el dolor si no se trabaja solo es lástima. Y la lástima no llena teatros. La lástima no vende discos. La lástima no convierte a nadie en artista. José aprieta la mandíbula. Yo no quiero dar lástima. Entonces deja de pedir oportunidades y empieza a merecerlas.

Don Ricardo da un paso atrás. Cuando cantes de tal manera que nadie pueda ignorarte, no tendrás que tocar puertas. Las puertas se van a abrir solas. Pero esta noche, muchacho, no veo a un artista. Veo a un joven ordinario con una pena extraordinaria. Silencio total. José no sabe qué decir. Nunca lo han golpeado así.

 No con gritos, no con insultos baratos, con algo peor. Con una frase elegante que parece verdad. Un joven ordinario con una pena extraordinaria. Don Ricardo se acomoda el saco. Te daré un consejo. No vuelvas a pedir un escenario. Gánalo y cuando lo hagas, tal vez nos volvamos a ver. Y tal vez, solo tal vez yo sea el primero en aplaudirte.

 Y se va, se pierde entre los invitados, dejando a José solo en medio del salón, con el alma en la mano y la voz atrapada en la garganta. Su representante se acerca despacio. José, él no responde. Nos vamos. Sí. José sale del salón, sale a la calle. La noche de la ciudad de México le pega en la cara como agua fría.

 Camina sin rumbo con las palabras de don Ricardo golpeando una y otra vez. Los escenarios no se piden, se ganan. No confundas tu tristeza con profundidad. Veo a un joven ordinario con una pena extraordinaria. Cada frase duele porque cada frase toca una parte que él no quería mirar. José siempre supo que tenía voz. Lo sabía desde niño.

Lo sabía cuando cantaba en su casa, cuando imitaba tonos imposibles, cuando la gente se quedaba callada para escucharlo. Pero esa noche entendió algo distinto. Tener voz no era suficiente, tener dolor no era suficiente, tener un sueño no era suficiente. Había que construir algo más grande que el talento.

 Había que convertir la herida en arte. Había que cantar no para impresionar, sino para partir el alma de quien escuchara. Había que dejar de esperar permiso. Esa noche José no duerme. Se queda sentado frente a una ventana mirando las luces de la ciudad, preguntándose quién es realmente. Soy un cantante con buena voz o soy un artista. Pido oportunidades porque no puedo ganarlas.

 Mi dolor es profundo o solo estoy acostumbrado a sufrir? ¿Soy extraordinario o solo necesito creerlo para no rendirme? Preguntas crueles, preguntas necesarias, preguntas que le cambiaron la vida. Desde esa noche, José ya no cantó igual. Entraba al estudio como quien entra a una batalla. Repetía una frase hasta que doliera. Respiraba como si cada aire fuera el último.

Read More