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Irán Eory: El Romance PROHIBIDO con Cantinflas… El “Infierno” que Destruyó a la Reina.

 Un secreto que involucra a una mujer estadounidense, $10,000 y una habitación de hotel en la Ciudad de México, donde terminó una tragedia que muy pocos se atrevieron a nombrar. Tercero, la carta que Irán guardó hasta el día de  su muerte. Una carta escrita después de abofetear al hombre más intocable del país y que nunca se atrevió a enviar.

Y cuarto, el documento médico que revela qué enfermedad exacta la fue consumiendo durante 3 años mientras la televisión dejaba de llamarla. Los teléfonos se apagaban y el mundo que vivió de su imagen seguía adelante como si ella ya no existiera. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas saber de dónde vino esta mujer,  porque ahí empieza todo.

 Todo comenzó lejos de México, lejos de las cámaras, de los estudios de televisión, de los reflectores que años después iluminarían su rostro con esa mezcla extraña de elegancia y tristeza. Teerán, 21 de octubre de 1937. Mientras Europa caminaba con los ojos abiertos hacia el abismo y las grandes potencias jugaban con fuego sin medir todavía la magnitud del desastre que venía.

 Una niña nacía en una familia marcada por el privilegio, la  cultura y también por una amenaza que todavía no tenía nombre completo, pero ya respiraba en el aire. Su nombre era Elvira Teresa Eori Sidi. Aún no existía Irán Eori. Aún no existía la actriz de belleza hipnótica, ni la mujer adala que un príncipe le pondría una corona en la cabeza,  ni la amante imposible del hombre más poderoso del cine mexicano.

Solo existía una niña nacida entre dos mundos. Su padre, Frederick Emil Eori, era un diplomático austriíaco, un hombre educado, refinado, capaz de hablar 12 idiomas como si cambiara  de chaqueta. Su madre, Angela Sidi, era una judía cefardín nacida en Estambul, una mujer formada por la disciplina, la memoria  y el miedo.

 Y esa mezcla la sofisticación del padre y la dureza de la madre. Fue la primera herencia que recibió Elvira.  No dinero, no fama, no seguridad, una forma de mirar el mundo como si todo pudiera  derrumbarse de un momento a otro. Y eso fue exactamente lo que pasó. 1938, Hitler se anexa a Austria.

  El continente empieza a tan a oler a pólvora, a persecución, a listas negras. Para muchas familias eso significó incomodidad,  para otras significó muerte. Frederick Emil Eori entendió el mensaje antes que muchos. Renunció a la carrera diplomática. Dejó atrás el prestigio, el poder, la vida ordenada que había construido y tomó una decisión que cambió la historia de su familia. Huir.

Huir para salvar a su esposa judía, huir para salvar a su hija. Huir antes de que la maquinaria del horror los alcanzara. Lo que vino después no fue una mudanza. Fue un exilio. 11 años de desplazamientos,  sobresaltos, fronteras, puertos, habitaciones provisionales, maletas siempre a medio cerrar, París, Casablanca, ciudades  distintas, la misma ansiedad, la sensación de que cualquier puerta podía abrirse para traer una mala noticia, de que  cualquier uniforme podía significar el final.

Elvira creció en ese clima. Una infancia sin raíces, sin calma, sin esa seguridad invisible que convierte a los niños en niños.  Hay personas que nacen en una casa. Ella nació en tránsito y, sin embargo, incluso en medio del miedo, algo empezó a formarse dentro de ella. una voluntad de hierro, un orgullo feroz, una manera casi brutal de defender lo que consideraba suyo.

 A los siete u 8 años, cuando comprendió lo que los nazis estaban haciendo con el pueblo de  su madre, tomó una decisión que parece increíble para una niña tan pequeña. Dejó de hablar alemán, lo arrancó de sí misma, lo expulsó como quien expulsa un veneno. Nadie se lo ordenó, nadie la obligó. Fue su primera rebelión.  Su primera bofetada simbólica contra una humillación que todavía no entendía del todo, pero que ya le había enseñado una lección para siempre.

 Hay cosas con las que no se negocia. En 1949, la familia llegó por fin a Madrid y ahí ocurrió algo extraordinario. Todo ese miedo, toda esa inestabilidad,  toda esa energía acumulada durante los años de oída empezó a transformarse en otra cosa,  en disciplina, en arte, en presencia. La niña refugiada creció y se volvió imposible de ignorar.

Tocaba piano, acordeón, guitarra,  bailaba ballet. Aprendía con rapidez, casi obscena y cuando entraba en una habitación, la gente volteaba a verla. No solo por  la belleza, por algo más difícil de explicar, esa clase de presencia que no se enseña, o se tiene  o no se tiene. A los 14 años ya estaba entrando al cine español.

Más de 30 películas después, Europa empezaba a rendirse ante ella y entonces llegó 1954. Mónaco, una adolescente de sangre austríaca, raíces cefardíes y nacimiento persa sube a un escenario y recibe una corona de manos del príncipe Rainier Tercero. En ese instante, Elvira Teresa Eori Sidi deja de ser solo una sobreviviente del exilio.

 Nace  Irán Eori, un hombre brillante, exótico, perfecto, un nombre que sonaba estrella. Pero guarda este detalle porque más adelante va a ser importante.  Debajo de la corona, debajo del glamur, debajo de la nueva identidad,  seguía viviendo la misma niña que había aprendido demasiado pronto que el mundo podía ofrecerte belleza por fuera  y destrucción por dentro.

 Y esa contradicción sería el verdadero origen de su tragedia. A finales de los años 60, México era mucho más que un país. Era una fábrica de mitos. Las grandes estrellas caminaban como si fueran intocables. Los estudios de cine todavía conservaban el olor del poder y los hombres más famosos podían convertir una mirada en una carrera o destruir una vida con el simple gesto de apartar la mano.

 En ese mundo entró Irán e Ori, no como una desconocida cualquiera. entró con corona europea con más de 30 películas en España, con una belleza que parecía diseñada para detener conversaciones y con esa mezcla rara de elegancia y distancia que vuelve locos a los hombres acostumbrados a conseguirlo todo. Y fue entonces cuando apareció él, Mario Moreno Cantinflas, el hombre más famoso de México, el ídolo  nacional, el comediante convertido en imperio.

Para entonces tenía alrededor de 60 años y ya no era solamente un actor, era una institución, un nombre que movía dinero,  periódicos, ministros, favores, una presencia capaz de paralizar un  set de rodaje con solo entrar por la puerta. Irán tenía 33, él 27 años más. Y sin embargo, desde el principio, la diferencia de edad importó menos que la intensidad con la que él empezó a perseguirla.

 Flores, joyas, cenas, cartas, invitaciones imposibles de rechazar. El tipo de asedio elegante que en esa  época se disfrazaba de romance y que viniendo del hombre más poderoso del cine mexicano, parecía un privilegio reservado para muy pocas mujeres. La prensa empezó a hablar. Los fotógrafos lo seguían, los rumores crecían.

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