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Intentaron arruinar la película de María Félix- Ella lo transformo en historia

 Historias de una época que ya no existe, de mujeres que se negaron a agachar la cabeza, de un México que vale la pena recordar. Ciudad de México. Marzo de 1947. Los estudios Churubusco olían a película virgen, a café recalentado y a humo de cigarro. eran el corazón de la industria cinematográfica más importante de América Latina, el lugar donde se fabricaban los sueños de 200 millones de hispanohablantes que cada semana llenaban las salas de cine desde Tijuana hasta Buenos Aires.

 En esos pasillos se cruzaban los rostros que toda Latinoamérica amaba. Pedro Infante con su sonrisa de pueblo, Jorge Negrete con su voz que hacía temblar paredes. Dolores del río con su elegancia imposible, Cantinflas con su genialidad disfrazada de caos. Y entre todos ellos, como un relámpago que no pedía permiso para brillar, María Félix. Tenía 33 años.

 Llevaba apenas cinco en la industria, pero ya era la actriz más taquillera, más fotografiada y más temida de México. No la más querida, eso era otra cosa. Querida era Dolores del Río, que sonreía cuando los directores le pedían que sonriera. Querida era Andrea Palma, que aceptaba los papeles que le daban sin cuestionar una coma del guion.

 María Félix no era querida por la industria, era necesaria. Sus películas recaudaban fortunas. Su cara en un cartel significaba salas llenas durante semanas. Su nombre en una marquesina era dinero garantizado. Y en una industria donde el dinero era el único Dios verdadero, eso la hacía intocable, o al menos eso creía ella.

 La industria del cine mexicano en los años 40 era un territorio de hombres que se creían dueños de todo, de las cámaras, de los contratos, de las historias y también de las mujeres que aparecían en pantalla. Había un orden establecido, una jerarquía silenciosa que todo el mundo respetaba porque era más fácil obedecer que preguntar por qué.

 Los productores decidían qué películas se hacían. Los directores decidían cómo se hacían. Los distribuidores decidían dónde se exhibían. Y las actrices, por talentosas que fueran, por hermosas que fueran, por indispensables que fueran, cumplían una función específica dentro de esa maquinaria. llegar puntual, decir el guion como estaba escrito, sonreír cuando el director lo pedía, callar cuando no les preguntaban y agradecer la oportunidad de existir dentro de un mundo que les pertenecía a otros. María Félix hizo

exactamente lo contrario en cada punto. Llegaba cuando consideraba que era momento de llegar. Se negaba a hacer escenas que consideraba indignas. Discutía en cuadres con los fotógrafos. opinaba sobre la edición y cuando alguien le decía que esas no eran decisiones de una actriz, lo miraba con esos ojos que habían destruido hombres más poderosos que cualquier director de cine y le respondía con una frase que se volvería legendaria en los pasillos de Churubusco.

 Todo lo que aparece en pantalla con mi cara es mi decisión. La industria lo toleró mientras sus películas llenaron salas. Lo toleró mientras su cara en el cartel significaba dinero en la taquilla. Lo toleró con una sonrisa tensa, con la paciencia de quien espera el momento correcto para actuar. En 1947, un grupo de productores creyó que ese momento había llegado.

 La película se llamaba Enamorada. El director era Emilio Fernández, el indio, el mismo hombre que dos años antes la había dirigido en una de sus primeras películas exitosas. Era la historia de una mujer de carácter fuerte en tiempos de la Revolución Mexicana, una mujer que se enfrentaba a un general y que terminaba, según el guion original, doblegándose ante el amor.

 Un papel que sobre el papel parecía perfecto para María, pero había algo detrás de ese proyecto que no era cine. Era una trampa. Y la trampa no la había puesto un enemigo desconocido, la había puesto alguien que María consideraba. hasta ese martes por la tarde, un aliado. El nombre de Fernando Rivas no aparece en los libros de historia del cine mexicano, no porque no existiera, sino porque la historia tiene una forma muy conveniente de olvidar a los arquitectos de las traiciones cuando esas traiciones no funcionan. Fernando era productor,

tenía 42 años, usaba trajes importados de tela inglesa y hablaba con la seguridad lenta de alguien que nunca había recibido un no que le importara demasiado. Había conocido a María 3 años antes, cuando ella empezaba a despegar. La había ayudado en un par de contratos complicados. Había intercedido en un conflicto con un director que quería reducirle el sueldo.

 Había estado ahí en los momentos precisos para que María sintiera que tenía un aliado dentro de una industria que no sabía muy bien qué hacer con ella. Fernando sabía cultivar esa clase de confianza. Era su verdadero talento. No producir películas, no descubrir talentos, no crear historias que importaran.

 Su talento era hacer que las personas poderosas creyeran que él estaba de su lado hasta que dejaba de estarlo. Lo que María no sabía, lo que nadie le dijo hasta que fue casi demasiado tarde, era que Fernando llevaba meses construyendo una operación cuidadosa. No era solo él, eran varios, un grupo de productores y directores que habían llegado a una conclusión compartida durante una cena privada en la casa de uno de ellos.

 Una noche de enero de 1947, entre tequila, caro y puros importados. La conclusión era simple y brutal. María Félix era demasiado grande, demasiado independiente, demasiado costosa en todos los sentidos de la palabra y había que reducirla antes de que se volviera imposible de controlar. No dijeron destruirla, dijeron manejarla, pero todos en esa mesa sabían que era lo mismo.

 Si tú creciste viendo las películas de la época de oro, si tu abuelita te contaba historias de María Félix mientras bordaba en las tardes, si recuerdas esa sensación de sentarte frente a la televisión un domingo y ver esos rostros que ya no existen, entonces esta historia es para ti. Suscríbete para que no te pierdas ninguna.

 El plan tenía tres partes, cada una diseñada con la precisión de un reloj suizo. La primera era contractual. Fernando había hablado durante semanas con los ejecutivos del estudio para revisar las condiciones del contrato de María en Enamorada. Había encontrado lo que buscaba, cláusulas técnicas que permitían reemplazar a una actriz si el director solicitaba el cambio por razones artísticas. La idea era simple.

presionar a Emilio Fernández para que firmara una carta solicitando el reemplazo de María. Con esa carta, el estudio podría sacarla del proyecto sin violar el contrato, sin pagarle la totalidad de sus honorarios y, lo más importante, sin que pareciera una decisión personal. Parecería una decisión creativa, un director que ejerce su derecho artístico.

 Nada personal, señorita Félix, solo negocios. La segunda parte era la prensa. En México, en los años 40, los periodistas de espectáculos eran herramientas que ciertos productores usaban con la misma naturalidad con que usaban un teléfono. Fernando tenía relaciones con dos columnistas importantes, hombres que escribían para periódicos que leía todo México cada mañana con el café.

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