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Cuando Estados Unidos Ocupó la Mitad de México | La Invasión que MUTILÓ a un País Entero

Cuando Estados Unidos Ocupó la Mitad de México | La Invasión que MUTILÓ a un País Entero

El 14 de septiembre de 1847 a las 7 de la mañana la bandera de barras y estrellas de los Estados Unidos fue izada sobre el asta del Palacio Nacional de la Ciudad de México, en el corazón mismo de la capital de una nación que apenas 26 años antes había alcanzado su independencia de España tras tres siglos de dominación colonial.

Los soldados estadounidenses que ocupaban la plaza mayor observaban en silencio mientras el general Winfield Scott establecía su cuartel general en el edificio que durante siglos había sido sede del poder político mexicano. Aquella imagen registrada por los pocos testigos que se atrevieron a presenciarla y reconstruida durante las décadas posteriores como uno de los momentos más traumáticos de toda la historia nacional mexicana, marcaba el punto más bajo de un proceso que durante los meses siguientes mutilaría

territorialmente a México, de una manera que ninguna nación del continente americano había sufrido antes ni sufriría después. Cuando aquella ocupación terminó, el 12 de junio de 1848, México había perdido aproximadamente la mitad de su territorio nacional, más de 2,0000es de km cuad, una extensión equivalente a las superficies combinadas de España, Francia, Alemania, Italia, el Reino Unido y varios países europeos adicionales sumados habían sido sido transferidos a los Estados Unidos mediante un tratado firmado bajo

ocupación militar. Los territorios que durante siglos habían formado parte primero del virreinato de la Nueva España y después de la República Mexicana Independiente, los que hoy son California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma dejaron de ser mexicanos para siempre.

A cambio de aquella amputación territorial sin precedentes, México recibió 15 millones de dólares, una cantidad que la propia Comisión Nacional de los Derechos Humanos Mexicana calificaría posteriormente como irrisoria frente a la magnitud de lo perdido. Aquella guerra no fue un accidente histórico ni el producto de circunstancias incontrolables.

fue el resultado de un proyecto expansionista deliberado, articulado políticamente en los Estados Unidos bajo la doctrina del destino manifiesto ejecutado mediante una invasión militar que el propio Congreso estadounidense aprobó tras un incidente fronterizo provocado y consumado mediante la ocupación de la capital de un país soberano.

Fue también el producto de las divisiones internas mexicanas, de la inestabilidad política crónica que durante las décadas posteriores a la independencia había debilitado al país y de la incapacidad de las élites nacionales para articular una defensa coherente frente a la amenaza externa. Esta es la historia de aquella guerra, de cómo Estados Unidos ocupó la mitad de México, de cómo aquella invasión mutiló territorialmente a un país entero y de cómo las consecuencias de aquellas dos jornadas de febrero de 1848

siguen determinando hasta el día de hoy la geografía política del continente americano. Para entender cómo México perdió la mitad de su territorio nacional entre 1846 y 1848, hay que reconstruir las condiciones estructurales que durante las dos décadas anteriores habían producido la debilidad mexicana frente a una potencia expansionista en pleno ascenso.

que aquella catástrofe territorial no fue producto de un solo acontecimiento, sino la consecuencia acumulada de procesos paralelos, cuyo desenlace los acontecimientos militares de aquellos años precipitaron de manera definitiva. El México que enfrentó la invasión estadounidense en 1846 era una nación que apenas 25 años antes había alcanzado su independencia de España y que durante aquel cuarto de siglo no había logrado construir las instituciones políticas estables que la defensa de su integridad territorial

habría exigido. La independencia consumada en 1821 había sido seguida por un periodo de inestabilidad crónica, caracterizado por la alternancia constante entre proyectos políticos irreconciliables. Federalistas contra centralistas, liberales contra conservadores, monárquicos contra republicanos. Aquellas divisiones que durante las décadas posteriores producirían guerras civiles recurrentes habían impedido la consolidación de un estado nacional capaz de administrar eficazmente el vasto territorio que México había

heredado del virreinato de la Nueva España. La figura central de aquel periodo, el general Antonio López de Santa Ana, había ocupado y abandonado la presidencia en múltiples ocasiones mediante una combinación de carisma militar, oportunismo político y golpes de estado sucesivos que ilustraban perfectamente la fragilidad institucional del país.

 Aquel vasto territorio mexicano que se extendía desde Centroamérica hasta los actuales estados de Oregón y Wyoming incluía vastas regiones del norte que el gobierno central de Ciudad de México apenas controlaba efectivamente. La Alta California, el Nuevo México y la provincia de Texas eran territorios inmensos, escasamente poblados, sometidos a las incursiones constantes de los pueblos indígenas, comanches y apaches, y conectados con el centro del país mediante rutas de comunicación tan deficientes que la Autoridad Federal

Mexicana era allí más nominal que efectiva. aquella debilidad estructural del control mexicano sobre sus propias provincias septentrionales sería precisamente el factor que la expansión estadounidense aprovecharía sistemáticamente durante los años siguientes. El problema de Texas fue el detonante específico del proceso que culminaría en la guerra.

 Durante la década de 1820, el gobierno mexicano había autorizado la colonización de Texas por inmigrantes estadounidenses, bajo la premisa de que aquellos colonos se integrarían a la nación mexicana, adoptando su religión católica, su idioma y su lealtad política. El cálculo resultó catastróficamente erróneo. Los colonos angloamericanos que para mediados de la década de 1830 superaban demográficamente a la población mexicana de la provincia, mantuvieron su idioma, su religión protestante, sus vínculos económicos y culturales con los Estados Unidos y una

creciente resistencia a la autoridad del gobierno central mexicano, particularmente cuando este intentó abolir la esclavitud que los colonos tejanos practicaban en sus plantaciones de algodón. La rebelión tejana estalló en 1835 y culminó en 1836 con la Declaración de Independencia de la República de Texas.

 Santa Ana, que dirigió personalmente la campaña militar para reprimir la rebelión, obtuvo inicialmente la victoria en el sitio de El Áo, pero fue posteriormente derrotado y capturado en la batalla de San Jacinto, donde fue obligado a firmar los tratados de Velasco, que reconocían de facto la independencia tejana. El gobierno mexicano nunca ratificó aquellos tratados, ni reconoció la independencia de Texas, manteniendo durante la década siguiente la pretensión de que la provincia seguía siendo territorio nacional mexicano en

rebelión. Aquella disputa no resuelta sería la chispa que encendería la guerra. La anexión de Texas a los Estados Unidos en 1845 transformó la disputa bilateral en una crisis que conduciría inevitablemente al conflicto armado. Durante casi una década, la República de Texas había existido como estado independiente nominal mientras gestionaba su incorporación a la Unión Americana.

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