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¡GOLPE POLÍTICO! SHEINBAUM crece en MÉXICO y ALITO deja al PRI sin margen de reacción

 El Partido Revolucionario Institucional nació en 1929 bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario. Fue fundado por Plutarco Elías Calles como un mecanismo para institucionalizar el poder que había surgido de la Revolución Mexicana. La idea era simple, pero genial en su concepción. En lugar de que los caudillos militares se mataran entre sí para llegar al poder, como había ocurrido durante las dos décadas anteriores, se creaba un partido que funcionara como el espacio donde todas las facciones revolucionarias negociaran, compitieran y compartieran

el poder de manera pacífica. Fue una innovación política sin precedentes en América Latina y quizás en el mundo. El partido evolucionó. Cambió de nombre a partido de la Revolución Mexicana en 1938 bajo Lázaro Cárdenas y finalmente adoptó el nombre de Partido Revolucionario Institucional en 1946. Pero más allá de los nombres, lo que construyó fue una estructura corporativa extraordinariamente sofisticada.

 tenía tres sectores. El sector obrero controlado a través de la Confederación de Trabajadores de México, el sector Campesino organizado en la Confederación Nacional Campesina y el sector popular agrupado en la Confederación Nacional de Organizaciones Populares. Cada sector representaba a millones de mexicanos. Cada sector tenía cuotas de poder, candidaturas, presupuesto, representación.

 Era un sistema autoritario. Sí, era un sistema corrupto, sin duda. Pero funcionaba. Funcionaba porque todos los actores relevantes de la sociedad mexicana tenían un lugar dentro de la estructura. Los conflictos se resolvían adentro, no en las calles. Las transiciones de poder se negociaban en los salones del partido, no en los campos de batalla.

México tuvo estabilidad política durante 70 años, mientras el resto de América Latina vivía golpes de estado, dictaduras militares, guerras civiles y caos institucional. El PRI inventó el dedazo, la práctica mediante la cual el presidente saliente elegía a su sucesor. Inventó la disciplina partidaria absoluta donde el que se movía no salía en la foto.

 Inventó la cooptación sistemática de cualquier oposición emergente, absorbiendo líderes, comprando lealtades, neutralizando amenazas. Inventó el uso del aparato estatal como maquinaria electoral, donde los recursos públicos se convertían en votos con una eficiencia que ningún otro partido en el hemisferio pudo replicar. Ese era el PRI, una institución con todos sus vicios y con todas sus virtudes que durante nueve décadas fue sinónimo del poder en México.

 Eso es lo que Alito Moreno destruyó. No una marca cualquiera, no un partido menor, la institución política más longeva y más poderosa del continente. Ahora vamos a los números porque los números no admiten interpretaciones ni excusas y los números del PRI bajo la dirigencia de Alito son una sentencia de muerte sin apelación posible.

Cuando Alejandro Moreno Cárdenas asumió la presidencia del partido, el PRI gobernaba 11 estados de la República, Sonora con su tradición de gobernadores priistas que se remontaba décadas. Sinaloa, donde el partido había sido hegemónico durante generaciones, Coahuila, que era considerado bastión inexpugnable, Zacatecas, San Luis Potosí, Hidalgo, donde la estructura priista estaba tan arraigada que parecía imposible de derrotar.

 Tlaxcala, el Estado de México que con sus más de 16 millones de habitantes era la pieza más valiosa del tablero electoral mexicano. Colima, Oaxaca, con su compleja política de ccicazgos locales que el PRI había manejado como nadie y Campeche, el propio estado de Alito, donde él mismo había sido gobernador. 11 estados, 44 millones de mexicanos vivían bajo un gobierno priista.

 Era una base territorial enorme que le daba al partido recursos, estructura, visibilidad, capacidad de negociación y poder real. Hoy quedan dos, Coahuila y Durango, apenas 5 millones de personas, de 44 millones a 5 millones, de 11 estados a dos. Eso no es declive gradual, eso no es un ciclo electoral desfavorable que se puede revertir con una buena campaña.

 Eso es extinción territorial. De 23 elecciones para gobernador disputadas durante la gestión de alito, el PRI perdió 22 22 de 23, una tasa de fracaso del 95.6%. incluyendo el Estado de México, la joya de la corona, el bastión más emblemático del prismo moderno, la entidad que habían gobernado ininterrumpidamente durante décadas y que cayó ante Delfina Gómez de Morena.

 La pérdida del Estado de México no fue una derrota más. Fue el equivalente simbólico de perder la ciudad del Vaticano si fueras la Iglesia Católica. Fue la confirmación de que ya no había territorio seguro, ya no había bastión inexpugnable, ya no había nada. La militancia cuenta la misma historia de destrucción acelerada.

 El PRI tenía más de 2,650,000 afiliados formalmente registrados. Perdió 653,272 militantes durante la gestión de Alito. Mientras tanto, en el mismo periodo, Morena pasó de 466,000 afiliados a más de 2,323,000. Los números son espejo. Lo que el PRI pierde, Morena lo gana. Lo que muere en el tricolor nace en el Guinda.

 El PRI se desplomó hasta 1,400,000 registros y la sangría no se detiene. Cada semana llegan nuevas renuncias. Cada mes la cifra de afiliados baja un poco más. Es una hemorragia que nadie está intentando detener porque el único que podría hacerlo es el mismo que la provoca. Y ahora vamos a los nombres. Porque los números son importantes, pero los nombres son los que revelan la verdadera magnitud del desastre.

Porque no estamos hablando de militantes de base que se fueron calladamente. No estamos hablando de cuadros menores o de funcionarios de tercer nivel que cambiaron de camiseta sin que nadie se diera cuenta. Estamos hablando de la columna vertebral del priismo histórico, de las personas que construyeron, operaron y sostuvieron la maquinaria durante décadas, de los nombres que cualquier persona medianamente informada sobre la política mexicana reconocería al instante.

 Omar Fallad, exgobnador de Hidalgo, renunció después de décadas de militancia priista. No semanas ni meses, décadas, toda una vida política construida dentro del PRI. Su mensaje fue directo y sin ambigüedades. Dijo que en el PRI ya no hay espacio para quienes quieren aportar desde una perspectiva crítica.

 Eso significa que el partido dejó de tolerar cualquier voz que no sea la de Alito. Dejó de funcionar como espacio de debate y se convirtió en cámara de eco. Tres semanas después de la salida de Fayad llegó el terremoto verdadero. Miguel Ángel Osorio Chonk, exsecretario de Gobernación con Enrique Peña Nieto, uno de los hombres más poderosos que ha tenido el primo en las últimas décadas, coordinador de la bancada priista en el Senado de la República, encabezó un éxodo masivo que sacudió los cimientos de lo poco que quedaba del partido. Hay que detenerse

un momento para dimensionar quién es Osorio Chong en la historia del PRI. Este hombre fue secretario de Gobernación, el cargo más importante del gabinete presidencial en el sistema político mexicano. Fue el segundo hombre más poderoso del país durante el sexenio de Peña Nieto. Fue gobernador de Hidalgo.

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