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Viuda y sola, halló a una joven embarazada bajo el gallinero… y lo que hizo cambió todo

Lucía quiso sonreír, pero no le salió.

Isabel la ayudó a caminar hasta la cocina. Cada paso era lento, torpe. El vientre de la muchacha era grande, redondo, pesado. No le quedaba mucho para parir. Eso se veía hasta sin ser comadrona.

La cocina de Isabel era pequeña, con azulejos antiguos, una mesa de madera llena de marcas y una foto de Julián colgada junto al calendario. En la foto, él sonreía con una boina ladeada y una cesta de aceitunas en la mano. Isabel evitó mirarla. Desde que se quedó viuda, aquella sonrisa le hacía compañía y daño a partes iguales.

Encendió la estufa, puso leche a calentar y sacó una bata vieja del armario.

—Toma. Ponte esto.

Lucía miró la bata como si fuera un lujo.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía. Primero dime si alguien viene detrás de ti.

Lucía bajó la vista.

—Sí.

La palabra cayó en la cocina como una piedra.

Isabel cerró la puerta con llave.

—¿Quién?

—Mi marido.

Isabel se quedó quieta.

—¿Te ha hecho eso en la cara?

Lucía no respondió. Y a veces el silencio contesta más claro que cualquier frase.

Isabel dejó la taza de leche sobre la mesa.

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