Mateo se encerró en la cocina de la casa principal. Atrancó la puerta con una pesada silla de madera y corrió las cortinas de las ventanas. La luz de la única bombilla del techo parpadeaba, dándole a la habitación un aire de película de terror de bajo presupuesto. Sobre la mesa de madera rústica, extendió el contenido de la bolsa de plástico.
El cuaderno de contabilidad estaba lleno de nombres y números. Al principio, parecían transacciones normales de ganado: “20 reses vendidas a Martínez”, “Compra de alfalfa a Pérez”. Pero a partir de las páginas del último año, la letra de Don Aurelio se volvía errática, temblorosa. Los nombres ya no eran de rancheros de la zona. Aparecían iniciales como “El C.”, “El Licenciado”, “Los del Norte”. Al lado de las iniciales, sumas de dinero astronómicas que ningún rancho de ese tamaño podría generar jamás de forma legal.
Yo he conocido a hombres como Don Aurelio. Hombres que se creen muy listos, que piensan que pueden hacer negocios con la gente equivocada, cobrar su dinero y luego salirse del juego cuando las cosas se ponen feas. En este país, el dinero fácil siempre viene con una hipoteca sobre tu propia vida. Si te metes con los señores de la sombra, no hay contrato de salida. Solo la muerte rescinde el acuerdo.
Mateo abrió el fajo de cartas. La mayoría eran notas manuscritas con amenazas explícitas. “El plazo se vence en mayo, Aurelio. O pagas el piso o el rancho pasará a nuestras manos de una forma u otra”. La última carta, sin embargo, no era una amenaza. Era una carta de amor, o más bien, de traición. Estaba firmada por una mujer llamada Elena, la esposa joven de Don Aurelio, de quien todo el mundo decía que se había marchado con él a los Estados Unidos.
Mateo sintió un escalofrío. Julián era el nombre del actual jefe de la policía rural del municipio, el mismo hombre que había firmado los papeles de desalojo y posterior subasta del rancho. Todo cobraba un sentido siniestro. No había sido una subasta legal por deudas bancarias. El banco solo había sido el instrumento útil. El jefe de la policía había asesinado a Don Aurelio con la complicidad de la esposa, lo habían enterrado bajo el abrevadero aprovechando una remodelación del corral, y luego habían orquestado una falsa huida para quedarse con la propiedad a través de un testaferro o de una subasta amañada.
Pero algo había salido mal en sus planes. Tal vez Mateo había pujado más alto de lo esperado a través del sistema automatizado del estado, o tal vez el papeleo se les había salido de las manos y el rancho terminó en manos de un extraño antes de que Julián pudiera reclamarlo formalmente sin levantar sospechas. O peor aún: tal vez el plan de Julián siempre fue dejar que un incauto comprara el rancho, descubriera el cuerpo, y luego culparlo del asesinato para cerrar el caso definitivamente y quedarse con la tierra limpia de polvo y paja.
De repente, el silencio de la noche fue roto por un sonido que hizo que a Mateo se le parara el corazón: el rugido de un motor diésel acercándose por el camino de terracería.
No venía con las luces encendidas. El vehículo avanzaba a ciegas, guiándose solo por la luz de la luna llena que iluminaba el desierto. Mateo apagó la bombilla de la cocina de un manotazo. Se asomó con cuidado por la rendija de la ventana. Una camioneta pick-up de doble cabina, de color oscuro, se detuvo justo frente a la entrada principal del corral. El motor se apagó, pero nadie bajó de inmediato.
Mateo sintió la adrenalina recorrer sus venas como ácido. Su rifle de caza estaba en el rincón, pero solo tenía cinco cartuchos. Si eran los hombres de Julián, vendrían armados hasta los dientes con rifles de asalto. Miró hacia la mesa de la cocina; las cartas y el cuaderno seguían allí. Si entraban y encontraban eso, su destino estaba sellado.
Con movimientos rápidos y silenciosos, guardó todo de nuevo en la bolsa de plástico. Se la metió bajo la camisa, ajustándose el cinturón para que no se cayera. Caminó de puntillas hacia la puerta trasera de la casa, la que daba al huerto de manzanos secos. Tenía que llegar hasta Tormenta. El caballo era su única oportunidad de escapar a través del desierto antes de que lo rodearan.
Justo cuando ponía la mano en el picaporte de la puerta trasera, escuchó el crujido del cristal de la ventana de la sala al romperse. Habían entrado.
El instinto de supervivencia es una fuerza extraña. No te hace pensar, te hace actuar. Mateo no esperó a ver quién cruzaba el umbral de su casa. Abrió la puerta trasera con cuidado y se deslizó hacia la negrura de la noche. El aire del desierto estaba helado, chocando contra su rostro sudoroso.
Se movió agachado entre los manzanos secos, cuyas ramas parecían garras oscuras recortadas contra el cielo estrellado. A lo lejos, escuchó voces en el interior de la casa. Eran voces duras, acostumbradas a dar órdenes.
—¡Busca en la cocina! ¡El coche de ese infeliz está afuera, no puede haber ido muy lejos! —gritó una voz que Mateo reconoció de inmediato. Era la voz ronca de Julián, el jefe de la policía rural.
—Jefe, aquí están las herramientas… —dijo otra voz desde el patio, cerca del abrevadero—. Alguien estuvo cavando. La fosa está abierta.
Un silencio pesado siguió a esa frase. Mateo sabía lo que significaba ese silencio: los hombres sabían que su secreto había sido descubierto. Ahora ya no venían solo a asustarlo o a extorsionarlo. Venían a cazarlo.
Mateo llegó al límite del corral donde estaba Tormenta. El caballo, al sentir la presencia de su amo, soltó un bufido nervioso, pero no se movió. Sabía que la situación era crítica. Sin tiempo para ensillar, Mateo saltó sobre el lomo pelado del animal, agarrando firmemente las riendas de cuerda que le había dejado puestas por la tarde.
—Vamos, amigo, sácanos de aquí —le susurró al oído, apretando las piernas contra los flancos del semental.
Tormenta arrancó con una explosión de energía limpia. Saltó la cerca baja del corral con una facilidad pasmosa y se adentró en la llanura a toda velocidad. El ruido de los cascos contra las piedras rompió la noche.
Detrás de ellos, los gritos estallaron.
—¡Ahí va! ¡En el caballo! ¡Dispara, imbécil, dispara!
Los fogonazos de las armas automáticas iluminaron la oscuridad de la noche por breves segundos. El sonido de los impactos de bala rebotando en las rocas y silbando cerca de las orejas de Mateo era aterrador. Una bala rasgó la manga de su camisa, rozándole el brazo, pero el dolor ni siquiera hizo mella en su mente nublada por el pánico. Tormenta corría como el viento, devorando los kilómetros de terreno irregular que conocía bien por sus paseos diarios.
La camioneta de los perseguidores encendió los faros delanteros, dos potentes haces de luz blanca que cortaron la noche y comenzaron a seguirlos por el camino principal que bordeaba la propiedad. El vehículo tenía la ventaja de la velocidad en línea recta, pero el terreno del desierto de Chihuahua está lleno de arroyos secos, zanjas y formaciones rocosas donde una camioneta no puede entrar sin romper la suspensión. Mateo lo sabía. Su única esperanza era llegar al cañón del Sapo, un desfiladero estrecho a tres kilómetros de distancia donde el caballo podía pasar pero los vehículos motorizados se verían obligados a detenerse.
El semental resoplaba con fuerza, el sudor cubría su cuello negro, pero no disminuía el paso. Detrás, el rugido del motor de la camioneta se escuchaba cada vez más cerca. Los faros iluminaban la espalda de Mateo, convirtiéndolo en un blanco perfecto. Otro par de disparos resonó, y esta vez una bala impactó en el suelo justo delante de las patas del caballo, levantando una nube de polvo. Tormenta tropezó levemente, pero recuperó el equilibrio con una valentía tremenda.
Por fin, la silueta oscura del cañón apareció frente a ellos. Era una grieta enorme en la roca madre, un lugar oscuro y peligroso donde el terreno descendía abruptamente. Mateo guió al caballo hacia la entrada del desfiladero.
La camioneta frenó en seco detrás de ellos, con los neumáticos chillando sobre la grava. Las puertas se abrieron y más disparos resonaron en la entrada del cañón, pero las balas solo impactaron contra las paredes de piedra, multiplicando el eco de forma ensordecedora. Mateo y su caballo se sumergieron en la oscuridad protectora de la roca. Estaban a salvo del vehículo, pero la noche aún era joven y el desierto no perdona a los débiles.
El refugio de la memoria
Dentro del cañón, el avance se volvió lento, casi ceremonial. La luz de la luna apenas lograba filtrarse por las estrechas grietas del techo de roca. Mateo desmontó para no agotar a Tormenta, que caminaba con la cabeza baja, los flancos latiendo con fuerza. El hombre guió al animal por el lecho pedregoso del arroyo seco, con la mano izquierda puesta sobre el hocico del caballo para evitar que relinchara si escuchaba algo.
A mitad del camino, Mateo se detuvo en una pequeña cueva que conocía desde sus días de juventud, cuando recorría la zona como buscador de reses perdidas. Era un lugar discreto, oculto por una cortina de matorrales espinosos y gobernado por el silencio de la piedra. Se sentaron allí, el hombre y la bestia, compartiendo la misma respiración acelerada en la penumbra.
Con cuidado, Mateo sacó la bolsa de plástico de su camisa. Su brazo izquierdo le escocía; la bala solo había rozado la piel, pero el hilo de sangre ya se había secado, pegando la tela a la herida. No le importó. Encendió la linterna tapando la lente con los dedos para que solo saliera un hilo de luz mortecina. Volvió a abrir el cuaderno de Don Aurelio, buscando respuestas más claras.
A medida que avanzaba en las páginas, la historia de la caída del viejo ranchero se desvelaba con una claridad meridiana. Don Aurelio no era una mala persona, pero era un hombre desesperado. El rancho había sufrido una sequía de tres años que había acabado con la mitad de su ganado. Para salvar la propiedad, pidió un préstamo a un prestamista local que resultó ser una fachada del crimen organizado que operaba en la frontera. Cuando no pudo pagar los intereses leoninos, el jefe de la policía rural, Julián, apareció como el “mediador” de la situación.
Yo siempre digo que hay dos tipos de peligro en este mundo: el que viene de los criminales declarados y el que viene de los que llevan una placa en el pecho y la ley en la boca. De los primeros te puedes cuidar; de los segundos estás completamente indefenso porque el sistema está diseñado para protegerlos a ellos y aplastarte a ti.
El cuaderno detallaba cómo Julián fue arrinconando a Don Aurelio, exigiéndole que usara el rancho como una pista de aterrizaje clandestina para cargamentos que venían del sur. El viejo se negó rotundamente. “Mi rancho es de trabajo, no de vicio”, había escrito con letras grandes y firmes en una de las páginas centrales. Esa negativa fue su sentencia de muerte.
Las últimas páginas eran un diario de sus últimos días de vida. Describía el miedo que sentía al ver a su esposa, Elena, hablar en susurros por el teléfono celular a altas horas de la noche. Describía cómo se dio cuenta de que lo estaban envenenando lentamente con el agua que ella misma le preparaba. Por eso, en un último acto de lucidez, Don Aurelio escondió sus documentos más valiosos en esa bolsa de plástico, planeando huir la noche del 14 de marzo del año anterior. Nunca llegó a esa fecha.
Mateo cerró el cuaderno. El panorama era desolador. Si presentaba estas pruebas ante la fiscalía del estado, ¿quién le aseguraba que la información no volvería directamente a las manos de Julián antes de que pudiera testificar? En la capital del estado, la influencia del jefe policial llegaba muy alto. Tenía parientes en el gobierno y amigos en los tribunales. Un humilde ranchero como Mateo sería silenciado antes de que pudiera cruzar la puerta del palacio de justicia.
Miró las cartas de amor de Elena. Sentía una mezcla de asco y compasión. ¿Cómo puede alguien dormir en la misma cama con una persona mientras planea su asesinato con su amante? El dinero y la ambición pudren el alma de la gente más rápido que el sol del desierto pudre un trozo de carne abandonado en el camino.
Tormenta se acercó a Mateo y le empujó el hombro con el hocico blando, buscando consuelo. Mateo le acarició la frente estrellada.
—Estamos metidos en un buen lío, viejo —dijo en voz baja—. Si volvemos, nos matan. Si nos quedamos aquí, nos moriremos de sed o nos cazarán como alimañas cuando amanezca.
El ranchero se dio cuenta de que no podía huir para siempre. El desierto es grande, pero el mundo de los hombres corruptos tiene ojos en todas partes. Tenía que jugar sus cartas de una forma inteligente, usando el único factor que los asesinos no esperaban: que él supiera toda la verdad y tuviera las pruebas físicas en sus manos.
Recordó a un viejo amigo de su padre, un abogado jubilado que vivía en la ciudad de Chihuahua, un hombre íntegro que pasó su vida defendiendo a campesinos despojados de sus tierras. Su nombre era Don Tomás. Si lograba llegar a la carretera federal a pie y tomar un autobús hacia la capital sin ser detectado en los retenes de la policía rural, tal vez tendría una oportunidad de poner a salvo la verdad.
Pero para hacer eso, primero tenía que sobrevivir a la cacería que ya se estaba organizando afuera del cañón. El sonido lejanos de ladridos de perros cazadores empezó a rebotar en las paredes de roca. Julián había traído a sus sabuesos. El tiempo de esconderse se había terminado.
La caza en la noche
El eco de los ladridos en el cañón del Sapo era una tortura psicológica. Los sabuesos de la policía rural estaban entrenados para rastrear fugitivos en la sierra, animales grandes y feroces que no perderían el rastro del sudor y la sangre de Mateo. El ranchero sabía que con el caballo no podría mantener el sigilo necesario en la zona más escarpada del desierto; el ruido de los cascos sobre las lajas de piedra caliza delataba su posición a kilómetros de distancia.
Tomó una decisión dolorosa pero necesaria. Desató la cuerda de las riendas de Tormenta y le dio una palmada cariñosa en los cuartos traseros.
—Vete, amigo. Corre hacia los potreros del sur. Ellos te buscarán a ti si vas haciendo ruido. Déjame el resto a mí.
El semental pareció entender la orden. Miró a Mateo por un último segundo con sus ojos inteligentes, dio media vuelta y arrancó al galope por la salida este del cañón, alejándose con estrépito y atrayendo la atención de los perseguidores hacia esa dirección. Mateo escuchó los gritos de los hombres de Julián alterarse al percibir el eco de los cascos del caballo.
—¡Va por el este! ¡Se dirige hacia la carretera vieja! ¡Sigan al animal! —bramó la voz del jefe policial.
Aprovechando la distracción, Mateo se movió en sentido contrario, hacia el oeste, trepando por la ladera de la pared rocosa del cañón. La subida era peligrosa; las piedras sueltas amenazaban con mandarlo al fondo de la grieta a cada paso, y la oscuridad hacía imposible ver dónde ponía las manos. Los abrojos y las espinas de las gobernadoras le desgarraban la piel de las manos y las piernas, pero el miedo es el mejor anestésico del mundo. No sentía nada más que el latido ensordecedor de su propio corazón.
Al llegar a la parte alta de la meseta, el panorama que se abría ante él era una llanura inmensa inundada por la luz fría de la luna. A lo lejos, a unos cinco kilómetros, parpadeaban las luces amarillas de la carretera federal. Esa era su meta. Si lograba llegar allí antes del amanecer, podría abordar el camión de las cinco de la mañana, el transporte de los jornaleros que viajaban hacia las maquiladoras de la ciudad. Entre la multitud de trabajadores, pasaría desapercibido.
Caminó a paso rápido, agachado entre los matorrales, evitando las zonas despejadas donde su silueta pudiera recortarse contra el horizonte. La bolsa de plástico con los papeles de Don Aurelio se sentía pesada contra su pecho, como si cargara con el peso de la justicia misma de aquel pobre hombre asesinado.
A mitad de la llanura, un escalofrío le recorrió el cuerpo. El silencio del desierto se volvió absoluto, un silencio sospechoso que a los hombres de campo siempre nos pone en alerta. No se escuchaba el canto de los grillos ni el aullido de los coyotes. Mateo se detuvo en seco, arrodillándose detrás de una enorme biznaga.
A solo veinte metros de distancia, vio una figura humana moviéndose con lentitud. No llevaba linterna, se guiaba por el visor nocturno que tenía acoplado a un rifle táctico. Era uno de los hombres de Julián, un sicario vestido con ropa oscura que se había quedado a vigilar la llanura por si el fugitivo intentaba salir del cañón a pie. El plan de Julián era perfecto: el grupo principal perseguía al caballo por el este, mientras los tiradores vigilaban las rutas de escape a pie por el oeste.
Mateo contuvo la respiración. El hombre avanzaba directamente hacia su posición, barriendo el terreno con el cañón de su arma. Si Mateo se quedaba quieto, lo descubriría en menos de un minuto. Si corría, el tirador lo derribaría por la espalda con un disparo certero.
Yo siempre he sabido que en los momentos de mayor peligro, la mente humana funciona de dos maneras: o te paralizas por el horror o te vuelves tan frío como el hielo. Mateo pensó en su vida, en el esfuerzo que le había costado comprar ese maldito rancho, en la injusticia de ver sus sueños pisoteados por un grupo de asesinos con placa. No iba a morir como un perro en mitad del desierto sin dar pelea.
Buscó a su alrededor a tientas. Su mano encontró una piedra del tamaño de un puño, pesada, de bordes afilados. La apretó con fuerza. Esperó el momento justo, calculando la distancia en medio de la penumbra.
Cuando el tirador estuvo a solo tres pasos de la biznaga, Mateo lanzó la piedra con todas sus fuerzas hacia unos matorrales situados a la derecha del hombre. El ruido de la roca golpeando las ramas secas sonó como un estallido en el silencio de la meseta.
El sicario reaccionó por instinto, girando el cuerpo y apuntando el rifle hacia el lugar del ruido. Ese segundo de distracción fue todo lo que Mateo necesitó. Con la velocidad de un felino, se abalanzó sobre el hombre desde su escondite, tacleándolo por la cintura y derribándolo sobre el suelo pedregoso.
Frente a frente con la muerte
El impacto contra el suelo les quitó el aire a ambos. El rifle táctico salió volando entre la maleza, perdiéndose en la oscuridad. El sicario, un tipo fornido y curtido en peleas de cantina, reaccionó de inmediato soltando un puñetazo que impactó de lleno en el pómulo de Mateo, haciéndole ver estrellas.
Mateo sintió el sabor metálico de la sangre en la boca, pero la adrenalina bloqueó el dolor. Se aferró al cuello del hombre con sus manos callosas, las manos de un ranchero acostumbrado a domar potros y cargar pacas de alfalfa. El sicario intentó sacar un cuchillo que llevaba en el cinturón, pero Mateo usó todo el peso de su cuerpo para inmovilizarle el brazo derecho contra el suelo lleno de espinas.
—¿Quién eres tú para meterte en esto, infeliz? —gruñó el sicario, tratando de zafarse con movimientos violentos—. ¡Julián te va a despellejar vivo!
—¡Dile a Julián que Don Aurelio manda saludos desde el abrevadero! —respondió Mateo con una furia que no sabía que poseía.
Con un último esfuerzo supremo, Mateo logró golpear la cabeza del hombre contra una roca saliente del terreno. El sicario se quedó rígido por un instante y luego sus ojos se pusieron en blanco, quedando completamente inconsciente sobre el suelo del desierto.
Mateo se levantó con dificultad, jadeando, con el cuerpo temblando por el esfuerzo y la tensión acumulada. Miró al hombre tendido a sus pies; estaba vivo, pero tardaría horas en recuperar el conocimiento. No buscó el rifle perdido; sabía que usar un arma de fuego solo atraería a los demás perseguidores hacia su posición exacta por el ruido del disparo. Lo que sí hizo fue quitarle la linterna táctica y un radiocomunicador que el hombre llevaba prendido en el hombro de su chaleco.
Del radio empezó a salir una voz distorsionada por la estática. Era Julián.
—¿Sombra dos, me recibes? Encontramos al caballo solo en el potrero del sur. El infeliz no va montado. Debe estar cruzando la llanura a pie hacia la carretera. Confirma si ves algo en tu sector.
Mateo miró el aparato. Tuvo la tentación de presionar el botón y decirle cuatro verdades al asesino, pero se contuvo. En este juego de supervivencia, la mejor arma es el silencio. Dejó caer el radio sobre el cuerpo del sicario inconsciente y comenzó a correr hacia las luces lejanas de la carretera federal con las fuerzas que le quedaban.
El desierto parecía no terminar nunca. Cada paso que daba era un suplicio; las botas le pesaban como si fueran de plomo y el aire frío le quemaba los pulmones. Pero la visión de la cinta asfáltica de la carretera, que ya se vislumbraba a unos cientos de metros, le daba la energía necesaria para continuar.
Cuando por fin llegó a la orilla de la carretera, el cielo por el este empezaba a teñirse de un gris pálido. El amanecer estaba cerca. Mateo se escondió detrás de una gran valla publicitaria derribada por el viento, esperando la llegada del camión de los jornaleros. Su ropa estaba rasgada, su rostro cubierto de polvo y sangre, pero la bolsa con los documentos seguía intacta bajo su camisa.
A las cinco y diez de la mañana, los faros amarillos de un viejo autobús urbano aparecieron en la distancia. El vehículo avanzaba despacio, deteniéndose en los cruces de caminos para recoger a los hombres y mujeres que iban a trabajar a las fábricas de la ciudad. Mateo esperó a que el camión se detuviera por completo frente a su escondite. Salió de las sombras y subió los escalones de la entrada con rapidez, entregándole unas monedas arrugadas al chofer, quien ni siquiera se molestó en mirarlo a la cara, acostumbrado a ver gente con el rostro desencajado por la dura vida del campo.
Mateo caminó hacia los asientos del fondo y se sentó junto a la ventanilla. Al mirar hacia afuera mientras el camión reanudaba la marcha, vio a lo lejos, en el camino de terracería que salía de su rancho, las luces de la camioneta de Julián patinando en la grava, buscando inútilmente un rastro que el viento del desierto ya se había encargado de borrar para siempre.
La red del abogado
La ciudad de Chihuahua recibió a Mateo con un ruido ensordecedor de motores y un aire contaminado que contrastaba fuertemente con la pureza hostil del desierto. Se bajó del autobús en una central de abastos periférica, tratando de mimetizarse con la marea de personas que iniciaban su jornada laboral. Sabía que no podía ir a un hotel ni a un hospital; la policía de Julián tendría alertas en todas las estaciones principales y centros de salud del estado si el jefe policial lograba inventar una acusación formal en su contra.
Caminó durante una hora por las calles secundarias del barrio antiguo de la ciudad, cuidando de no cruzarse con ninguna patrulla de la policía estatal o municipal. Por fin, llegó a una vieja casona de muros gruesos de adobe y un gran portón de madera con un letrero de bronce desgastado: “Despacho Jurídico – Tomás Alarcón y Asociados”.
Mateo tocó el pesado aldabón de hierro. Tardaron varios minutos en responder, hasta que un hombre de avanzada edad, de cabello completamente cano pero con unos ojos negros sumamente vivos detrás de unos lentes de armazón grueso, abrió la puerta. Era Don Tomás.
—¿Sí? Dígame… —el viejo abogado se detuvo al ver el estado lamentable del hombre frente a él—. Vaya, muchacho… Pareces haber salido de una guerra.
—Don Tomás… Soy Mateo, el hijo de pancracio de la cruz —dijo con la voz rota por el cansancio—. Vengo del rancho El Suspiro. Necesito su ayuda antes de que me maten.
El nombre de Pancracio obró el milagro. El abogado cambió su expresión de desconfianza por una de profunda preocupación. Abrió el portón por completo y le hizo señas para que entrara de inmediato, cerrando la puerta con doble cerrojo detrás de ellos.
La oficina de Don Tomás era un santuario de papel. Había miles de carpetas acumuladas en estanterías que llegaban hasta el techo, un escritorio de caoba lleno de documentos y un fuerte olor a café de olla con canela que a Mateo le pareció el aroma más glorioso de la tierra. El abogado lo hizo sentarse en un sillón de cuero gastado y le ofreció un vaso de agua limpia.
Mateo bebió el agua de un solo trago. Sentir el líquido bajando por su garganta le recordó de inmediato el motivo de toda su pesadilla: el abrevadero de su rancho, el caballo rechazando el agua, el cuerpo de Don Aurelio podrido bajo la cal viva. Sin perder tiempo en preámbulos, sacó la bolsa de plástico de su camisa y extendió su contenido sobre el escritorio del abogado.
—Esto estaba enterrado bajo el estanque del corral, Don Tomás. Es Don Aurelio. Lo mató Julián, el jefe de la policía de la rural, con la ayuda de la esposa del viejo. Y ahora me están buscando a mí para silenciarme.
Don Tomás no dijo una palabra durante los siguientes treinta minutos. Se colocó otros lentes de lectura más potentes y comenzó a revisar cada página del cuaderno de contabilidad, examinando las cartas de amor de Elena y las notas de amenaza con una atención meticulosa que solo poseen los hombres de leyes acostumbrados a buscar la aguja en el pajar del sistema judicial.
A medida que leía, el rostro del viejo abogado se iba endureciendo. Sus dedos tamborileaban sobre la caoba del escritorio.
—Esto es dinamita pura, Mateo —dijo finalmente Don Tomás, quitándose las gafas con un suspiro pesado—. Este cuaderno no solo incrimina a Julián en el asesinato de Aurelio. Aquí hay registros de pagos de sobornos a altos funcionarios de la delegación de la Fiscalía General de la República en el estado. Por eso nadie buscó nunca a Aurelio. Por eso permitieron que el rancho se fuera a una subasta simulada. Todo el sistema local está podrido en torno a esta operación.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Mateo con desesperación—. Si voy a la policía local, me entregan a Julián en bandeja de plata.
Don Tomás se levantó y caminó hacia la ventana, mirando a través de las persianas hacia la calle soleada.
—Tienes toda la razón, hijo. En el ámbito estatal no tenemos ninguna oportunidad de salir vivos de esta. Julián se enteraría antes de que termináramos de redactar la denuncia. Pero hay una puerta que estos criminales rurales no controlan del todo: la prensa federal independiente y la oficina especial de asuntos internos en la Ciudad de México. Tengo un contacto, un periodista del diario El Universal que lleva años investigando la corrupción de las policías rurales en el norte. Si le entregamos copias digitales de todo esto y lanzamos la historia a nivel nacional al mismo tiempo que presentamos la denuncia en la capital del país, Julián no podrá tocarte sin que el mundo entero sepa quién fue.
El abogado miró a Mateo con fijeza, con una expresión de respeto en sus ojos cansados.
—Has tenido un valor tremendo, muchacho. Tu padre estaría orgulloso de ti. Pero ahora tienes que desaparecer de la circulación por unos días. Te vas a quedar aquí, en el sótano de mi casa. Nadie sabe que tienes relación conmigo. Yo me encargaré de digitalizar todo y de mover las piezas en el tablero. ¿Estás de acuerdo?
Mateo asintió con la cabeza, sintiendo que por primera vez en veinticuatro horas una pequeña rendija de esperanza se abría en medio de la tormenta. Sabía que el peligro no había pasado, pero al menos ya no estaba corriendo solo en mitad de la noche, con el desierto como único testigo de su posible muerte.
El peso del silencio
Los siguientes tres días en el sótano de la casa de Don Tomás fueron los más largos en la vida de Mateo. El espacio era pequeño, iluminado por una lámpara de mesa y lleno de cajas con archivos judiciales viejos. El aire olía a papel húmedo y a encierro, pero para él representaba un búnker de máxima seguridad. El abogado le llevaba comida dos veces al día y le informaba sobre los avances de la estrategia con cuentagotas para no alarmarlo.
Yo siempre he pensado que la espera prolongada es peor que la acción misma. Cuando estás corriendo o peleando, tu mente está ocupada en sobrevivir; pero cuando estás encerrado entre cuatro paredes sin saber qué está pasando afuera, tus propios pensamientos se convierten en tus peores enemigos. Mateo pasaba las horas imaginando los peores escenarios: que Julián descubría la casa del abogado, que la prensa no se interesaba en el caso, o que su querido caballo Tormenta había sido capturado y sacrificado por los sicarios de la policía.
El semental era su mayor preocupación de fondo. Ese animal le había salvado la vida en el cañón del Sapo, sirviendo de carnada viviente para que él pudiera escapar a pie. El vínculo entre un ranchero y su caballo es algo que la gente de ciudad difícilmente puede entender; no es un simple animal de trabajo, es un compañero de vida que comparte contigo el frío de la madrugada y el cansancio de las jornadas interminables bajo el sol. “Si salgo de esta, te juro que te encontraré, muchacho”, se repetía Mateo una y otra vez en la oscuridad del sótano.
En la tarde del cuarto día, Don Tomás bajó las escaleras con un semblante completamente diferente. Traía un ejemplar de un periódico nacional bajo el brazo y una sonrisa de triunfo que iluminaba su rostro anciano.
—Mira esto, Mateo —dijo el abogado, extendiendo el diario sobre la pequeña mesa del sótano.
La portada del periódico mostraba una fotografía enorme de la entrada del rancho El Suspiro, rodeada por camionetas de la Guardia Nacional y peritos de la fiscalía federal con trajes blancos de bioseguridad. El titular principal en letras moldeadas de color negro decía:
“DESCUBREN NARCO-TUMBA BAJO UN ABREVADERO EN CHIHUAHUA: COMPLICE EL JEFE DE LA POLICÍA RURAL”.
La nota detallaba de forma pormenorizada el hallazgo del cadáver de Don Aurelio gracias a una “fuente anónima de alta fidelidad” que había entregado copias de un cuaderno de contabilidad y cartas que incriminaban directamente a Julián y a la esposa de la víctima, Elena. La presión mediática generada por la publicación simultánea en varios portales de noticias de circulación nacional había obligado al gobierno federal a intervenir de inmediato, enviando fuerzas especiales desde la Ciudad de México para detener al jefe policial antes de que pudiera darse a la fuga.
—Lo logramos, hijo —dijo Don Tomás, con una voz cargada de una profunda satisfacción humana—. Julián intentó huir hacia la frontera con el dinero que tenía guardado en su casa, pero la Guardia Nacional lo interceptó en la carretera a Ciudad Juárez hace tres horas. Está detenido en una prisión de alta seguridad en la capital del país. Y a la tal Elena la arrestaron en su propio departamento de lujo en el centro de la ciudad. El caso está cerrado en los medios y la fiscalía federal ha tomado el control total de la investigación. Ya no eres un fugitivo. Eres el testigo clave protegido por la federación.
Mateo sintió que un peso inmenso se desprendía de sus hombros, dejándolo casi sin aire. Las lágrimas, contenidas durante tantos días de terror y tensión, resbalaron finalmente por sus mejillas cubiertas de barba de varios días. El horror que comenzó con un relincho de su caballo frente a un estanque de piedra caliza finalmente llegaba a su fin en los tribunales de la justicia de los hombres.
Un nuevo amanecer en El Suspiro
Un año después de aquella fatídica noche, el sol volvía a brillar sobre los potreros de El Suspiro, pero esta vez el ambiente era radicalmente diferente. El aire ya no se sentía pesado ni cargado de secretos inconfesables; olía a tierra mojada por las lluvias de primavera y a la alfalfa fresca que crecía con fuerza en las parcelas del fondo.
Mateo caminaba por el corral principal con un cubo de avena fina en la mano. El viejo abrevadero de piedra caliza tosca ya no existía en su lugar original; había sido demolido por completo por los peritos de la fiscalía durante las excavaciones de la investigación y Mateo había decidido construir un sistema moderno de bebederos automáticos de acero inoxidable en el lado opuesto del corral, alimentados por un pozo profundo de agua limpia que él mismo había mandado perforar. La tierra maldita había sido saneada por la verdad y el trabajo honesto de sus manos.
Al escuchar el sonido del cubo, un relincho potente y alegre resonó desde los pastizales altos. Una silueta azabache, hermosa y llena de vitalidad limpia, apareció corriendo a toda velocidad hacia el corral. Era Tormenta.
El semental había sido encontrado tres semanas después de la cacería nocturna por unos vaqueros de un rancho vecino a treinta kilómetros de distancia. Estaba flaco y tenía algunas marcas de espinas en las patas, pero no tenía ninguna herida grave. Cuando Mateo fue a recogerlo, el animal corrió hacia él como si supiera perfectamente que la pesadilla común se había esfumado para siempre en el viento del norte.
Mateo extendió la mano y acarició el belfo suave del caballo, que comenzó a comer la avena con un apetito voraz.
—Ya todo está bien, muchacho —le susurró con cariño, mirando hacia la llanura inmensa del desierto que se extendía ante sus ojos—. El agua está limpia ahora. Puedes beber tranquilo.
El rancho El Suspiro ya no hacía honor a su nombre por los lamentos del pasado, sino por el suspiro de alivio de un hombre y su caballo que lograron vencer a la sombra de la corrupción gracias al instinto de una bestia fiel y a la valentía de un ranchero que se negó a dejarse enterrar por la injusticia del mundo de los hombres. Mateo se acomodó el sombrero de ala ancha sobre los ojos, montó en el lomo de Tormenta sin necesidad de espuelas y se adentró en sus tierras, listo para empezar a escribir una nueva historia de trabajo, paz y libertad bajo el cielo inmenso de Chihuahua.