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El ranchero notó que su caballo rechazaba el agua… hasta que cavó bajo el abrevadero

Los papeles del muerto

Mateo se encerró en la cocina de la casa principal. Atrancó la puerta con una pesada silla de madera y corrió las cortinas de las ventanas. La luz de la única bombilla del techo parpadeaba, dándole a la habitación un aire de película de terror de bajo presupuesto. Sobre la mesa de madera rústica, extendió el contenido de la bolsa de plástico.

El cuaderno de contabilidad estaba lleno de nombres y números. Al principio, parecían transacciones normales de ganado: “20 reses vendidas a Martínez”, “Compra de alfalfa a Pérez”. Pero a partir de las páginas del último año, la letra de Don Aurelio se volvía errática, temblorosa. Los nombres ya no eran de rancheros de la zona. Aparecían iniciales como “El C.”, “El Licenciado”, “Los del Norte”. Al lado de las iniciales, sumas de dinero astronómicas que ningún rancho de ese tamaño podría generar jamás de forma legal.

Yo he conocido a hombres como Don Aurelio. Hombres que se creen muy listos, que piensan que pueden hacer negocios con la gente equivocada, cobrar su dinero y luego salirse del juego cuando las cosas se ponen feas. En este país, el dinero fácil siempre viene con una hipoteca sobre tu propia vida. Si te metes con los señores de la sombra, no hay contrato de salida. Solo la muerte rescinde el acuerdo.

Mateo abrió el fajo de cartas. La mayoría eran notas manuscritas con amenazas explícitas. “El plazo se vence en mayo, Aurelio. O pagas el piso o el rancho pasará a nuestras manos de una forma u otra”. La última carta, sin embargo, no era una amenaza. Era una carta de amor, o más bien, de traición. Estaba firmada por una mujer llamada Elena, la esposa joven de Don Aurelio, de quien todo el mundo decía que se había marchado con él a los Estados Unidos.

La carta decía textualmente:

“Aurelio, ya no puedo seguir con este engaño. Julián dice que si no le entregas las escrituras del rancho esta semana, no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte. Él sabe lo de la cuenta en el paso. Por tu propio bien, firma los papeles que te llevará mañana. Yo ya no puedo protegerte más. Me voy con él porque él sí sabe cómo tratar a una mujer y no tiene miedo de tomar lo que quiere”.

Mateo sintió un escalofrío. Julián era el nombre del actual jefe de la policía rural del municipio, el mismo hombre que había firmado los papeles de desalojo y posterior subasta del rancho. Todo cobraba un sentido siniestro. No había sido una subasta legal por deudas bancarias. El banco solo había sido el instrumento útil. El jefe de la policía había asesinado a Don Aurelio con la complicidad de la esposa, lo habían enterrado bajo el abrevadero aprovechando una remodelación del corral, y luego habían orquestado una falsa huida para quedarse con la propiedad a través de un testaferro o de una subasta amañada.

Pero algo había salido mal en sus planes. Tal vez Mateo había pujado más alto de lo esperado a través del sistema automatizado del estado, o tal vez el papeleo se les había salido de las manos y el rancho terminó en manos de un extraño antes de que Julián pudiera reclamarlo formalmente sin levantar sospechas. O peor aún: tal vez el plan de Julián siempre fue dejar que un incauto comprara el rancho, descubriera el cuerpo, y luego culparlo del asesinato para cerrar el caso definitivamente y quedarse con la tierra limpia de polvo y paja.

De repente, el silencio de la noche fue roto por un sonido que hizo que a Mateo se le parara el corazón: el rugido de un motor diésel acercándose por el camino de terracería.

No venía con las luces encendidas. El vehículo avanzaba a ciegas, guiándose solo por la luz de la luna llena que iluminaba el desierto. Mateo apagó la bombilla de la cocina de un manotazo. Se asomó con cuidado por la rendija de la ventana. Una camioneta pick-up de doble cabina, de color oscuro, se detuvo justo frente a la entrada principal del corral. El motor se apagó, pero nadie bajó de inmediato.

Mateo sintió la adrenalina recorrer sus venas como ácido. Su rifle de caza estaba en el rincón, pero solo tenía cinco cartuchos. Si eran los hombres de Julián, vendrían armados hasta los dientes con rifles de asalto. Miró hacia la mesa de la cocina; las cartas y el cuaderno seguían allí. Si entraban y encontraban eso, su destino estaba sellado.

Con movimientos rápidos y silenciosos, guardó todo de nuevo en la bolsa de plástico. Se la metió bajo la camisa, ajustándose el cinturón para que no se cayera. Caminó de puntillas hacia la puerta trasera de la casa, la que daba al huerto de manzanos secos. Tenía que llegar hasta Tormenta. El caballo era su única oportunidad de escapar a través del desierto antes de que lo rodearan.

Justo cuando ponía la mano en el picaporte de la puerta trasera, escuchó el crujido del cristal de la ventana de la sala al romperse. Habían entrado.

La huida por el desierto

El instinto de supervivencia es una fuerza extraña. No te hace pensar, te hace actuar. Mateo no esperó a ver quién cruzaba el umbral de su casa. Abrió la puerta trasera con cuidado y se deslizó hacia la negrura de la noche. El aire del desierto estaba helado, chocando contra su rostro sudoroso.

Se movió agachado entre los manzanos secos, cuyas ramas parecían garras oscuras recortadas contra el cielo estrellado. A lo lejos, escuchó voces en el interior de la casa. Eran voces duras, acostumbradas a dar órdenes.

—¡Busca en la cocina! ¡El coche de ese infeliz está afuera, no puede haber ido muy lejos! —gritó una voz que Mateo reconoció de inmediato. Era la voz ronca de Julián, el jefe de la policía rural.

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