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El estadio que no te regala nada: La primera temporada de Hugo Sánchez en el Real Madrid

 El traspaso de Hugo Sánchez al Real Madrid ya estaba hecho, solo faltaba el teatro. 11 días después, el 15 de julio, Hugo apareció en el estadio Olímpico Universitario en el centro del campo en Ciudad de México. Vestía una camiseta blanca. No era la camiseta del Real Madrid, porque el acuerdo oficial aún no podía hacerse público.

 Junto a él estaba Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid. Sonreía para las cámaras con la naturalidad de alguien que no acaba de coordinar una operación en tres pisos de un banco extranjero. Esa naturalidad también era parte del plan. Este es un momento feliz de mi vida, dijo Hugo frente a los micrófonos. Es un deseo cumplido. Lo que no dijo es diferente.

Ese deseo llevaba años creciendo en silencio. Que desde niño en Ciudad de México había escuchado el nombre Real Madrid y algo en su interior había decidido que ese sería su club. No por dinero, no por fama, sino porque el Real Madrid era en su mente la respuesta definitiva. A una pregunta que nadie le había hecho, pero que él se repetía sin descanso.

 ¿Hasta dónde puedes llegar? Pero entre el deseo y la realidad había un estadio y el Bernabéu no iba a hacerle ningún favor. El 22 de agosto de 1985, contra el Atlético Marbella, Hugo marcó su primer gol con la camiseta blanca, una falta directa. Más de 10,000 personas en las gradas. El balón entró en la esquina.

 Hugo levantó el puño, se giró hacia sus nuevos compañeros y esperó algo. Una palmada en el hombro, un abrazo rápido, la señal de que había pasado la primera prueba. Sus compañeros corrieron hacia él con la frialdad de quienes aún no han decidido si confiar. Era solo un partido amistoso, pero Hugo ya sabía que nada en el Bernabéu iba a ser sencillo.

 El 1 de septiembre de 1985, Real Madrid viajó a Sevilla para enfrentarse al Real Betis. Primera jornada de liga. Ese día, ante 40,000 aficionados béticos, Hugo Sánchez pisó la primera división con la camiseta blanca. Nadie en esas gradas tenía interés en hacerle fácil el debut. Un mexicano en el club más grande de España, eso no se perdonaba.

 Hacía calor. Ese calor húmedo y espeso que Sevilla guarda para los días de partido. Una temperatura diseñada para agotar las piernas y acortar los sueños. Los primeros minutos fueron tensos. Hugo perseguía balones que llegaban tarde, pedía pases que no venían, se movía por el área buscando ese espacio que en el Atlético había aprendido a habitar.

 Pero este no era el Atlético. Los circuitos de juego eran distintos, los tiempos de los centros eran distintos, hasta el ritmo de los desmarques parecía pertenecer a otro idioma y entonces llegó el gol. No fue una obra de arte, no fue una chilena imposible ni un remate en el último segundo. Fue un gol de delantero.

 Posición correcta, decisión rápida, balón al fondo de la red. Real Madrid ganó 2 a 1, pero Hugo Sánchez no terminó el partido. En el minuto 80, el árbitro Urizar Aslitarte sancionó una jugada en contra del Real Madrid. Hugo no estuvo de acuerdo. Nunca estaba de acuerdo cuando creía que una decisión era injusta.

 Esa incapacidad para callarse había sido su mayor fortaleza y su peor enemigo desde que tenía 12 años. Le dijo algo al árbitro con el gesto, con el cuerpo, con esa intensidad que en México era pasión y en España era provocación. Tarjeta roja, expulsión en el debut oficial. Mientras caminaba hacia el vestuario, el estadio del Betis rugió de satisfacción.

 Las pérdidas para el club por la filmación televisiva del partido fueron considerables. La señal se transmitía en México, las multas económicas se sumaron y el entrenador Luis Molni observó como su nuevo delantero desaparecía bajo el túnel. Era un hombre que entendía el fútbol con paciencia, con la paciencia de quien ha pasado toda una vida en él.

Vio en Hugo esa mezcla de orgullo herido y rabia apenas contenida. El vestuario fue un silencio largo. Eso es lo que nadie cuenta de los debuts. La parte que ocurre después del partido, cuando las puertas se cierran y ya no hay cámaras, ni micrófonos ni aficionados. El momento en que un jugador nuevo se sienta frente a su taquilla y le pregunta al aire si tomó la decisión correcta.

 Hugo Sánchez tenía 26 goles la temporada anterior. Tenía el pichichi. había dejado un club donde era ídolo para venir a un lugar donde era un extraño. Un extraño que acababa de ser expulsado en su primer partido oficial. Había cometido un error. No lo sabía. Nadie podía saberlo todavía. Porque los errores y los aciertos no se distinguen en el momento en que ocurren.

 Solo el tiempo tiene esa claridad. Los días siguientes, la prensa deportiva madrileña fue despiadada con la precisión de quienes llevan años esperando tener razón. el fichaje más caro del verano y ya tiene tarjeta roja. Las cifras del traspaso circulaban en los periódicos como una acusación. Hugo Sánchez lo leía todo, siempre lo leía todo.

 Esa también era su manera de funcionar, absorber cada crítica, cada burla, cada pronóstico negativo y convertirlo en combustible. Pero el combustible necesita tiempo para arder. Y las primeras semanas del otoño de 1985 fueron semanas de dudas más que de certezas. Molni no dudaba. Esa era la diferencia entre el entrenador y la tribuna.

 Luis Moloney conocía el Bernabéu desde dentro. Había sido jugador del Real Madrid décadas antes. Veía en Hugo algo que los periodistas no podían ver desde sus columnas. La capacidad de un delantero para encontrar ángulos donde los demás solo veían paredes cerradas. Lo había visto en los entrenamientos. lo había visto en ese gol en Sevilla.

 Marcado antes de que el calor terminara de agotar a cualquier otro, Moluni siguió confiando y el equipo poco a poco empezó a encontrar el lenguaje común, el que todo equipo campeón necesita antes de serlo. Porque ese Real Madrid de 1985 era algo especial, algo que ocurre muy pocas veces en el fútbol. Una generación de jugadores formados juntos desde jóvenes que alcanza su madurez al mismo tiempo.

 La quinta del buitre, Emilio Butragueño, Manuel Sanchiz, Michel González, Rafael Martín Vázquez y Miguel Pardesa. Cinco jugadores que habían crecido en las canteras del club, que se conocían los movimientos antes de que ocurrieran, que tenían esa sintonía silenciosa de quienes han jugado miles de horas juntos desde niños. Para Hugo, entrar en ese grupo fue como llegar a una conversación, una que llevaba años iniciada sin él.

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