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Cuando Jacobo Zabludovsky humilló a María Félix en plena entrevista – Su respuesta hizo historia

 Y entonces, como quien lanza una piedra sabiendo exactamente dónde va a caer, Jacobo Sabludowski miró a María Félix a los ojos y dijo algo que nadie esperaba. Yo, me perdona, pero le tengo un poco de lástima. Látima a ella, a María Félix, a la mujer que había conquistado el cine de medio mundo, a la que se codeaba con reyes, con millonarios, con artistas que le pintaban retratos como si fuera una diosa griega, a la mujer que Francia adoptó como si fuera suya, a la que Cartier le disnabajoya, a la que Octavio Paz describió como alguien que se

inventó a sí misma. A esa mujer le dijo que le tenía lástima. El estudio se quedó en silencio, un silencio que pesaba. María no gritó, no se levantó, no hizo una escena, hizo algo peor, algo que solo ella sabía hacer. Se quedó quieta, lo miró Spaceo, como quien mira a un niño que acaba de decir algo que no entiende y después habló.

 Pero lo que dijo y como lo dijo y lo que pasó después en esa entrevista no se puede entender sin antes saber algo, algo que ni Sabludowski, ni Ferriz, ni el público en aquel estudio sabían de verdad. Algo que María Félix cargaba desde que era niña, algo que la hizo ser quién era y algo que le costó todo.

 Para entender lo que pasó en ese estudio en 1968, hay que viajar lejos, muy lejos, hasta un pueblo caliente del norte de México, hasta una casa con muchos hijos y un padre de mano dura, hasta una niña que todavía no tenía armadura, porque María Félix no nació siendo la doña. Doña se construyó pedazo a pedazo, herida a herida, pérdida a pérdida.

 Y esta es la historia de cómo eso sucedió. Alamos Sonora 1914. Un pueblo de calles empedradas y casas con paredes gruesas como fortalezas. Un lugar donde el calor del desierto se mete hasta los huesos y las noches son tan oscuras que solo las estrellas alumbran el camino. Ahí nació María de los Ángeles Félix Guereña.

 El 8 de abril, la novena de 12 hermanos, hija de Bernardo Félix Flores, un militar y político de sangre y que gobernaba su hogar con la misma disciplina con la que comandaba soldados. y de Josefina Guereña Rosas, una mujer de ascendencia vasca que rezaba Rosarios mientras sus hijos se mataban jugando en el patio.

 12 hijos, tres no sobrevivieron. Los que quedaron aprendieron pronto que en esa casa se obedecía sin preguntar, que el padre era ley, que la madre era paciencia y que las niñas debían ser discretas, obedientes y calladas. María no fue ninguna de esas cosas. Desde que aprendió a caminar, se escabullía al rancho de sus abuelos para montar caballos con sus hermanos varones.

 No jugaba con muñecas, no bordaba manteles, no bajaba la cabeza cuando su padre levantaba la voz. Y eso en aquel México de aquellos años era un problema. Hay una historia que su madre contaba, que cuando María tenía 10 años la llevaron a misa un domingo. El sacerdote hablaba del pecado de la vanidad. de cómo las mujeres hermosas debían cubrirse y ser humildes, de cómo la belleza era una trampa del demonio.

María escuchó el sermón completo. No dijo nada durante toda la misa, pero cuando salieron de la iglesia le preguntó a su madre algo que Josefina nunca olvidó. Le preguntó por qué era pecado ser bonita. Su madre no supo que contestar. le dijo que se callara, que no hiciera preguntas tontas, que Dios sabía lo que hacía, pero María no se cayó, nunca se cayó.

 Y esa pregunta, esa pregunta simple de una niña de 10 años que no entendía porque el mundo castigaba lo que ella no había elegido, esa pregunta fue el origen de todo, porque desde ese día María decidió algo, algo que quizás no pudo expresar con palabras a los 10 años, pero que su vida entera demostró. decidió que si el mundo iba a mirarla, entonces ella iba a decidir como la miraban, que no iba a esconderse, no iba a cubrirse, no iba a pedir perdón por existir.

 Iba a caminar con la frente en alto y que el mundo se acostumbrara. Y el mundo se acostumbró, o más bien el mundo se rindió. La expulsaron de varias escuelas. Las monjas del Sagrado Corazón no sabían qué hacer con una niña que peleaba como varón y miraba a las maestras como si les estuviera tomando la medida. Las adoratrices tampoco.

 María pasaba más tiempo castigada que en clase, pero había algo que nadie podía controlar, algo que se fue haciendo más evidente con cada año que pasaba. María era hermosa, no hermosa como las otras niñas del pueblo, no con esa belleza domesticada que hacía sonreír a las madres, no. María tenía una belleza que incomodaba, que hacía voltear a los hombres en la calle, que provocaba murmullos entre las mujeres que se persignaban al verla pasar.

 Era una belleza que parecía un arma. Y en aquel pueblo pequeño, donde todos se conocían y todos se vigilaban, esa belleza era peligrosa. Su padre lo sabía, por eso la controlaba, por eso la encerraba, por eso la quería pequeña, invisible, callada. Bernardo Félix entendía que una hija así, con ese rostro y ese carácter, era una bomba de tiempo.

 Pero las bombas de tiempo no se desactivan con mano dura, solo explotan más fuerte. María creció entre la rabia contenida de un hogar represivo y la libertad salvaje del rancho de sus abuelos. Aprendió a montar antes que a leer bien. Aprendió a pelear antes que a negociar y aprendió algo que la marcaría para siempre. Que en el mundo de los hombres la única forma de sobrevivir era no mostrar debilidad nunca, jamás, ante nadie.

 Esa fue la primera piedra de su armadura. Cuando la familia se mudó a Guadalajara, María tenía 14 años. Ya no era una niña, era algo que el pueblo de Álamos no podía contener. En Guadalajara, su belleza estalló como una granada en un mercado. La coronaron reina del carnaval de la Universidad de Guadalajara en 1930, 16 años.

 Una corona y la mirada de todo un estado sobre ella, pero esa corona no le dio libertad. le dio atención. Y la atención en el México de aquellos años significaba una cosa para una mujer joven y hermosa, que era hora de casarla. Su madre quería protegerla. Su padre quería deshacerse del problema. Y María, con 16 años y un carácter que no cabía en ninguna casa, quería una sola cosa.

 Scopper no sabía a dónde, no sabía cómo. Solo sabía que si se quedaba en esa casa debajo de esa mano dura, rodeada de monjas y rosarios y reglas que no entendía, se iba a marchitar. Y María Félix no nació para marchitarse. Hay algo que la gente no sabe sobre la belleza de María Félix. La gente cree que la belleza es un regalo, que nacer hermosa es una ventaja, que tener un rostro así es una bendición. No lo es.

No cuando eres mujer, no cuando eres joven, no cuando vives en un pueblo pequeño del México de los años 20. No. Cuando tu padre es un militar que ve tu belleza como un problema que hay que resolver antes de que se vuelva un escándalo. La belleza de María fue su primera maldición. Antes de ser su arma fue su cadena.

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