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El caso que Lima avaló en 2026: dos amantes, una traición y la mentira que acabó en desaparición

A mí ese detalle no me probaba nada. Pero me molestó.

El primer reportaje que publiqué fue pequeño: “Familia cuestiona cierre rápido en desaparición de joven madre en Surquillo”. No tuvo muchas lecturas. La gente estaba pendiente de un escándalo político, de un cantante que canceló un concierto y de un partido de fútbol. Así funciona el mundo. Una mujer desaparece y compite por atención contra cualquier ruido.

Dos días después recibí una llamada de un número desconocido.

—Deja en paz a Simón —dijo una voz femenina.

—¿Quién habla?

—Alguien que sabe que Elena se fue porque quiso.

—Si lo sabes, dame pruebas.

La mujer respiró fuerte.

—No tienes ni idea de dónde te estás metiendo.

Colgó.

Guardé el número. Lo busqué en aplicaciones, contactos compartidos, redes. Nada. Pero una fuente mía en una compañía telefónica, a la que llamaré Rodrigo porque no quiero meterle en líos ni siquiera en esta historia, me dijo que el número estaba asociado a una línea prepago activada dos semanas antes en San Borja.

No era mucho.

En el periodismo, casi nada empieza siendo mucho.

Fui al piso de Elena un jueves por la tarde. Teresa me recibió con café instantáneo y una tristeza ordenada. La casa estaba limpia, demasiado limpia. En la nevera había dibujos de Alma: una flor amarilla, una casa con techo rojo, tres personas cogidas de la mano. En uno de los dibujos, el hombre no tenía cara.

No dije nada.

Alma estaba en su habitación. Jugaba con una muñeca, pero en realidad escuchaba todo. Los niños escuchan incluso cuando parecen distraídos.

—¿Simón vive aquí? —pregunté.

—Ya no —dijo Teresa—. Dice que no soporta estar en la casa. Pero viene por la niña. Quiere llevársela algunos días.

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