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Chalino Sánchez: Su Esposa Vio Morir a los Dos Hombres de Su Vida. Lo Que Calló 30 Años

Salón Bugambilias, Culiacán, Sinaloa. 15 de mayo de 1992. Son cerca de las 11 de la noche. El cantante sube al escenario con camisa rosa abierta hasta el segundo botón, sombrero blanco, botas vaqueras gastadas y un cinturón piteado que le hace juego con la evilla de plata. Tiene 31 años. Es el último concierto de su vida y él todavía no lo sabe.

Empieza a cantar Alma Enamorada, una de sus canciones más conocidas. La gente del salón corea cada estrofa. Las mesas están llenas. Las botellas de cerveza Pacífico cubren los manteles. Hay humo de cigarro flotando bajo las luces amarillas. Y entonces, mientras canta el segundo verso, un hombre del público se levanta, se acerca al escenario y le entrega un papel doblado.

Chalino Sánchez toma el papel, lo abre, le y en ese momento su cara cambia. La sonrisa que tenía dos segundos antes se borra por completo. Los ojos se le abren, mira al público, mira hacia los lados, dobla el papel, se lo guarda en el bolsillo de la camisa y sigue cantando como si nada hubiera pasado. La cámara que grababa el concierto captura todo.

el gesto, la pausa de 3 segundos, la forma en que se le tensa la mandíbula y la frase exacta de la canción que sigue cantando, Alma enamorada, no te olvidaré. Esa grabación existe, la puedes encontrar todavía en internet, tiene millones de reproducciones y cada vez que alguien la ve por primera vez se le pone la piel de gallina por lo mismo.

 Está viendo a un hombre leer su propia sentencia de muerte frente a 500 personas que no entienden lo que acaba de pasar. 6 horas después de esa función, dos campesinos caminan por una vereda a 7 km al norte de Culiacán. Es el 16 de mayo de 1992, entre las 6 y las 8 de la mañana, cerca de un poblado pequeño que se llama La presita, a la orilla de un canal de riego, uno de los campesinos se detiene.

Hay un bulto en el lodo, algo que tiene forma humana. Las muñecas atadas con un mecate, los tobillos también. Los ojos vendados con una tela oscura y dos heridas de bala en la nuca con orificios de salida en la frente. Es el cuerpo de Rosalino Sánchez Félix, el cantante que la noche anterior llenó el salón Bugambilias, el que la gente del norte de México y de California llamaba el rey del corrido, el que 4 meses antes había sobrevivido a un atentado a balazos en Coachela y se había vuelto leyenda viva. el que tenía

31 años, dos hijos pequeños, una esposa esperándolo en una casa de Paramount, California y un papel doblado en el bolsillo de la camisa. Si tú creciste en los 90, tú escuchaste a Chalino Sánchez, aunque no quisieras, sonaba en los cassetes de los camiones, sonaba en las cantinas, sonaba en las fiestas de graduación del norte y en las bodas de los pueblos.

Y sobre todo, su nombre estuvo en boca de toda la gente después del 16 de mayo de 1992, el día que lo encontraron atado en un canal de riego como si fuera una re. Pero hoy no vamos a contar la historia de Chalino. Esa historia ya la conoces o crees que la conoces. Hoy vamos a contar la historia de la mujer que él dejó cuando salió de esa casa de Paramount, California, una semana antes, pensando que iba a regresar el lunes.

Su esposa Maricela Vallejos Félix. Maricela tenía 27 años cuando enterró a Chalino. Tenía dos hijos pequeños, un niño de 8 años que se llamaba Adán y que ya cantaba como su papá y una niña más chica que se llamaba Cyntia. El 16 de mayo de 1992, Maricela se quedó sola con los dos. Y 12 años después, el 27 de marzo de 2004, Maricela enterró otra vez, esta vez al hijo, al niño que cantaba como su papá, que ya tenía 19 años, que una semana antes había hecho historia en Hollywood y que se llamaba también Chalino Sánchez.

Hay una mujer que enterró dos veces el mismo nombre. La primera vez en 1992, la segunda en 2004. Esa mujer sigue viva. Vive en Los Ángeles, California. Tiene las cenizas de su hijo en una urna dentro de su casa. Y cada que habla, la industria que se hizo rica con el apellido Sánchez prefiere que se calle. Esa industria es la que vamos a destapar hoy.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron completas sobre la historia de Chalino Sánchez y de su familia. Primero, lo que realmente pudo decir la nota que le entregaron en el salón Bugvilias, según testimonios de gente que estuvo esa noche y por qué ese papel nunca apareció en el expediente oficial de la Policía Judicial de Sinaloa.

Segundo, ¿por qué Maricela Vallejos declaró en televisión abierta que no quería a ninguno de los Rivera cerca de ella hablando de la misma familia Rivera de la que salió Genny Rivera y lo que el productor Pedro Rivera hizo con los cassetes de Chalino durante 30 años? Tercero, lo que pasó esa madrugada con los dos hermanos de Chalino que lo acompañaban, Espiridion y Francisco, ¿y por qué la policía judicial nunca investigó a fondo quién los llevó esa noche? Y cuarto, la conexión entre la muerte de Chalino y la muerte de su hijo Adán 12

años después en una carretera de Sinaloa a una semana de hacer historia en el Codak Theatre de Hollywood. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero antes de entrar en esas cuatro revelaciones, necesitas entender el mundo que creó a Chalino y el mundo que después lo desechó. Porque esta historia no empieza el 16 de mayo de 1992 en un canal de riego.

Empieza muchísimo antes y empieza con algo que tú, sin saberlo, también escuchaste alguna vez en una bocina de un carro estacionado afuera de una iglesia un domingo. Estamos en el sur de California a principios de los años 80. Si tú llegaste a los Estados Unidos en esos años o si conoces a alguien que llegó, tú sabes de lo que estoy hablando.

Los Swap Meats de Paramount, el de Compton, el de Norwalk, esos mercados de pulga gigantes a los que se iba los sábados y los domingos a comprar lo que en las tiendas costaba el triple. ropa, botas, sombreros, discos piratas y cetes. Cassetes de música regional mexicana que no estaban en las tiendas grandes ni en las disqueras formales.

 Cassetes con portadas pintadas a mano, mal cortadas, con fotos en blanco y negro de hombres con sombrero. Cassetes que costaban y que sonaban en cada cocina, en cada carro, en cada taller mecánico de Los Ángeles. Uno de esos cassetes tenía la cara de un hombre delgado, moreno, con sombrero blanco y mirada seria.

 Decía en letras chuecas dos palabras, Chalino Sánchez. Y debajo, abajo de su nombre, decía Cintas Acuario. Cintas Acuario era una compañía pequeña que se montó en el garaje de un hombre llamado Pedro Rivera. Sí. Pedro Rivera, el padre de Jenny Rivera, el padre de Lupillo, el patriarca de la dinastía Rivera, que años más tarde dominaría el regional mexicano desde California.

Pedro Rivera había llegado de Sonora a Long Beach con muy poco dinero y mucha hambre de hacer algo. Empezó vendiendo cassetes que él mismo grababa en una grabadora doméstica, doblando cintas una por una, copiando música regional que la radio comercial gringa no tocaba. Y cuando ese negocio empezó a crecer, empezó a buscar artistas, artistas migrantes, artistas pobres, artistas que no tenían contrato con nadie y que estaban dispuestos a grabar lo que fuera por unos cuantos dólares.

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