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Vivien Leigh: La llamaron difícil y estaba enferma

Vivien al teatro desde que podía sentarse derecha en una butaca. A los 3 años, Vivien actúa por primera vez en una fiesta de niños, recitando un poema de memoria delante de los adultos, con la naturalidad específica de los niños, que no saben todavía que actuar es algo especial, que para ellos es simplemente otra manera de estar en el mundo.

Los adultos que la vieron recuerdan todos lo mismo, que no parecía una niña recitando un poema, parecía alguien que tenía algo que decir. Con 5 años la enviaron a un internado en Inglaterra sola 5 años en un barco que tardaba semanas en cruzar el océano, lejos de sus padres, lejos del único mundo que conocía, en un país que era su país en el papel, pero que en la práctica era completamente extraño.

Eso no se olvida. Eso se lleva dentro durante décadas, aunque no sepas cómo llamarlo. Esa certeza temprana de que el mundo puede separarte de donde perteneces sin preguntarte, sin que hagas nada mal, simplemente porque así funcionan las cosas. Si alguna vez dijiste, “No pasa nada”. Cuando sí pasaba. Si alguna vez decidiste no insistir, porque sabías que no te iban a escuchar.

No fue casualidad. Fue aprendizaje. En el internado, Vivien era la niña que llegaba de India con ropa demasiado elegante y un acento ligeramente diferente al de las otras. La niña que aprendió muy rápido que la mejor manera de sobrevivir en un lugar cerrado era ser exactamente lo que ese lugar necesitaba. Brillante en los estudios, encantadora con las maestras, divertida con las compañeras.

perfecta en todo. Con esa perfección que cuesta más de lo que nadie ve porque requiere no mostrar nunca lo que realmente sientes. Estudió en varios internados europeos. Aprendió francés y alemán, aprendió piano y violín. Aprendió a moverse en los espacios sociales con una gracia que parecía natural y que era en realidad el resultado de años de práctica constante y aprendió a actuar en la Royal Academy of Dramatic Art de Londres con 16 años.

No como hobby, como necesidad, porque en el escenario podía ser otra persona y ser otra persona era el único lugar donde no tenía que sostener la imagen perfecta que el mundo esperaba de ella. En el escenario podía romperse y eso para alguien que llevaba una década aprendiendo que romperse no estaba permitido, era algo parecido a la libertad.

Se casó con Lee Holman en 1932. Tenía 19 años. Él tenía 29 y era abogado, estable, sensato, exactamente el tipo de hombre que las familias de la época consideraban una buena decisión. tuvieron una hija, se llamaba Susan y Vivien, que seguía actuando cada vez que encontraba un papel, que no había abandonado nunca esa necesidad de estar en el escenario, que era claramente demasiado para el mundo pequeño y ordenado, de la esposa de abogado en Londres, empezó a conseguir trabajos, pequeños papeles primero, luego papeles

más grandes y luego Olivier y luego lo que el viento se llevó y luego la mujer más famosa del mundo. Todo en menos de 10 años desde el internado donde había aprendido a ser perfecta. Esa velocidad tiene algo que vale la pena notar, porque las carreras que suben así de rápido con esa intensidad sobre la base de un talento que es genuinamente extraordinario, a veces suben también sobre algo más.

sobre una energía que no es solo ambición, sino algo que empuja desde dentro con una urgencia que no siempre tiene nombre claro. Vivien lo llamaba Pasión por el teatro. Años después, los médicos tendrían otro nombre para eso. Pero en 1939, con 25 años y el Óscar en las manos y el mundo entero a sus pies, ese nombre todavía no había llegado y nadie lo buscaba.

Aprendió a ser perfecta y luego el mundo le exigió que lo siguiera haciendo cuando ya se estaba rompiendo. Porque cuando todo funciona tan bien, nadie se hace las preguntas incómodas. Nadie pregunta de dónde viene esa energía. Nadie pregunta qué precio tiene, solo aplauden. El primer episodio documentado ocurrió durante el rodaje de Lo que el viento se llevó.

No en el estreno, no después del Óscar. Durante el rodaje, en los meses de trabajo intensivo en los estudios de Hollywood, mientras Vivian construía escena a escena a Scarlett Ohara con una exigencia que dejaba agotados a los directores y a los técnicos y a todos los que trabajaban a su lado. Hubo noches en que no dormía, no porque tuviera insomnio, sino porque la energía no paraba, porque el motor no se apagaba aunque el cuerpo necesitara descanso, porque había algo en ella que seguía girando cuando todo lo demás se detenía.

Y luego venían los periodos de oscuridad completos, totales. Los días en que levantarse de la cama requería un esfuerzo que no tenía nada que ver con el cansancio físico. El equipo de producción escribió en el reporte indisposición. Celsnick dijo, “Temperamento de actriz.” Olivier dijo, “Es su fragilidad. Nadie escribió la palabra correcta.

Nadie quiso escribirla porque el nombre que tenía lo que le pasaba a Vivian Lee no estaba en el vocabulario de 1939. Oh, sí estaba. Era un vocabulario que se usaba en voz baja en los consultorios de los médicos, no en los sets de Hollywood, ni en los periódicos, ni en las conversaciones de la gente. Trastorno bipolar.

Eso es lo que los médicos dirían décadas después, cuando el lenguaje para nombrarlo existiera. Episodios de manía seguidos de episodios de depresión profunda, ciclos que podían durar semanas o meses. Periodos de energía casi sobrehumana durante los que viven. podía trabajar 20 horas seguidas, memorizarse cualquier texto en horas, sostener conversaciones brillantes con todo el mundo, ser exactamente la persona más interesante de cualquier habitación en la que estuviera.

Y luego los periodos en que esa persona desaparecía, en que quedaba otra, una que el mundo no reconocía como Vivi en Lee porque no encajaba con la imagen que el mundo había construido de ella. Empezaron a enseñarla como si fuera un trofeo, a exhibirla, a presumir de ella, la actriz perfecta, la mujer perfecta, la encarnación de Scarlett Ojara, pero nunca a preguntarle cómo estaba de verdad.

Y lo más incómodo de esta historia no es lo que le hicieron. Es que hubo un momento en el que dejó de pelear, no porque no pudiera, sino porque entendió perfectamente lo que se esperaba de ella. Si decía la verdad, la llamaban histérica, inestable, y dejaban de contratarla. Así que aprendió dónde estaba el límite y lo respetó.

Y aquí es donde esto deja de ir de Vivian Lee. Porque si alguna vez bajaste el volumen de lo que sabías, si alguna vez entendiste el límite y lo respetaste, no fue porque no pudieras, fue porque aprendiste cómo funcionaba. Hubo una época en que estas cosas no se nombraban. Se ocultaban, se maquillaban, se convertían en carácter y así nadie tenía que hacerse cargo.

Si crees que ya es hora de decirlo como es, suscríbete. Aquí no se tapa lo incómodo. Olivier lo sabía. No desde el principio, quizás. En los primeros años, cuando los episodios eran menos frecuentes y menos severos, cuando la energía de Vivien era lo que los dos llamaban su intensidad, su pasión, lo que la hacía diferente a todo el mundo, quizás entonces no lo veía con claridad, pero llegó un punto en que lo sabía y tomó una decisión que le costaría a ella mucho más que a él.

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