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Alfonso Zayas: Por ESTO Humilló al Galán Más Deseado de México

 Sobrevuela la zona en una revisión de rutina. Adentro va  un hombre de 44 años. Es piloto. Se llama  Luis Alberto. Es el primer hijo de Alfonso Zallas. Y en  cuestión de segundos, sin aviso, sin tiempo de corregir nada, la máquina se desploma y se estrella contra un muro de piedra.  Metal contra roca y después el silencio.

Luis Alberto muere ahí mismo en el acto  entre los restos. A más de 2000 km de distancia en Miami, su padre está grabando, está haciendo reír. Está en el foro de Sábado Gigante, al lado de don Francisco, frente a millones de personas que lo aplauden cada fin de semana y no lo  sabe. Su hijo lleva tres días muerto y él no lo sabe.

Tres días  enteros. Su familia paralizada no encontraba la manera de decírselo. ¿Cómo le dices a un hombre que su hijo se acaba de morir? ¿Cómo  se administra una noticia así? No se administra.  Estáalla. Cuando por fin se lo dijeron, no hubo  chiste que lo salvara. El propio Alfonso lo contó años después con esa crudeza que no se finge.

Dijo que fue un golpe brutal, un guamazo horrible con sus palabras,  que su hijo se quedó ahí entre los escombros y que esa imagen se le clavó en el pecho como una astilla que  nunca pudo sacarse. y dijo algo más, algo que no es frase bonita, que es verdad pura, que hay nombre para todo.

 Al  que pierde a su esposa, lo llaman viudo. Al que pierde a sus padres, lo llaman huérfano. Pero para el padre que pierde a un hijo no existe palabra. No la hay, porque es un dolor tan al revés de todo, tan contra natura que el idioma no lo soporta. le ganó a todos y al destino no. Hoy tú vas a descubrir cuatro cosas que  casi nadie se atrevió a contarte sobre este hombre.

Primero, ¿cómo fue posible que el más feo de todos le ganara a Andrés García y a todos los galanes  la mujer que el país entero deseaba y la regla secreta con la que lo hizo. Segundo, el apellido que cargaba sin que casi nadie lo supiera,  una dinastía del espectáculo que llega hasta una de las películas más famosas de la historia del cine mexicano.

Tercero, la grabación en la que confiesa con la voz rota cómo murió su hijo  y por qué esa pérdida lo cambió para siempre. Y cuarto,  el último deseo que pidió antes de morir. Una petición tan sencilla y tan demoledora  que dice más de quién fue Alfonso Zayas que todas sus películas  juntas.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero si te  vas antes del final, te pierdes justo la parte que su propia familia tardó años en atreverse a decir. Lo que vas a escuchar no es un chisme de revista, es la radiografía de un hombre que el público creyó conocer y que casi nadie conoció de verdad. El más feo  se quedó con la más bella.

 El más pobre llenó los cines del país y el que más hizo reír fue por dentro uno de los hombres más tristes del espectáculo mexicano. Quédate  porque esta historia te va a doler y te va a reconciliar con algo al mismo tiempo. Para entender cómo este hombre terminó así,  primero tienes que conocer el mundo que lo hizo. Porque esta historia no empieza el día que el helicóptero  cayó.

Empieza mucho antes y empieza  con algo que tú probablemente viste en tu propia sala, en tu propia televisión,  sin saber lo que había detrás. Todo arranca lejos de los reflectores, lejos de las mujeres hermosas,  lejos de los aplausos. Arranca en Tulancingo, Hidalgo, el 30 de junio de 1941, con un niño flaco e inquieto que nace  en un México que todavía no sabía reírse de sí mismo.

Un país  que salía despacio de la posguerra, donde el lujo de la noche era el sonido de un radio prendido  y donde el futuro no se soñaba. Se sobrevivía. En su casa no había glamur, pero había algo más raro y más valioso. Había  escenario, porque sus papás eran carperos, gente de  las carpas, esos teatros ambulantes de lona que recorrían el país de pueblo en pueblo, llevando comedia, música  y picardía a la gente que no podía pagar otra cosa.

Su padre, Alfonso Zallas Cetina  era músico. Su madre, Dolores Inclá, también venía de ese mundo. Y ese apellido Inclano,  lo vas a necesitar más adelante. Y para que entiendas de dónde venía este hombre, tienes que saber qué eran las carpas. No eran un circo, eran algo más pobre y más valiente, una lona enorme, unas tablas mal clavadas, unas sillas prestadas y adentro toda la comedia,  la música y la picardía que el pueblo no podía pagar en los teatros elegantes.

De esas carpas salieron los  más grandes de México. De ahí salió Cantinflas, de ahí salió Tintán, de ahí salió  media historia de la risa de este país. Ese fue  el patio de juegos de Alfonso. Creció oliendo el aserrín del  escenario, viendo a su padre con los músicos y a su madre entre la gente del oficio, aprendiendo  el tiempo exacto de la comedia antes de saber leer bien.

aprendió a sobrevivir arriba de un escenario  antes de aprender a sobrevivir en la vida. Para que entiendas lo que significaba crecer así, tienes que imaginarte el México de aquellos años. Un país de caminos de tierra, de pueblos sin luz, de familias enormes apretadas en una sola habitación. La gente trabajaba de sol a sol y la diversión costaba lo que casi nadie tenía.

Por eso las carpas eran tan importantes. Eran el cine, el teatro y la fiesta del pobre, todo junto por unos centavos. Llegaba la carpa al pueblo y por unas horas la gente se olvidaba del hambre, de la deuda del marido que no volvía. Y arriba de esa lona estaba la familia de Alfonso, haciendo el milagro de que un pueblo entero se riera al mismo tiempo.

El niño veía eso cada noche. Veía a su padre sacarle música al cansancio de la gente. Veía como una buena frase dicha en el segundo justo valía más que cualquier sermón. y entendió, sin que nadie se lo explicara,  que hacer reír era un oficio casi sagrado. Era darle a la gente lo único  que la vida no le regalaba, un respiro.

Por eso, cuando creció y tuvo que elegir, eligió eso, aunque no diera dinero, aunque no diera respeto, porque era lo único que sabía hacer bien y porque  muy en el fondo sentía que era importante. El niño creció viajando entre lonas,  durmiendo donde caía la función, viendo a otros niños que parecían encajar mejor  que él.

más altos, más guapos, más seguros de sí mismos. Él no. Él era el que hablaba de más, el  que se movía sin parar, el que molestaba y hacía reír sin proponérselo. Desde muy  chico descubrió algo incómodo sobre sí mismo. No  imponía respeto, pero capturaba la atención de todos. No por su físico, por su tiempo, por su ritmo, por esa capacidad rarísima de soltar la frase exacta en el segundo exacto para romper la tensión de un  cuarto.

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