Ese fue el mundo en el que Citadevi abrió los ojos por primera vez, un universo de contrastes extremos donde la opulencia de unos pocos convivía sin apenas rozarse con la pobreza estructural de millones de personas. Un mundo que aunque nadie lo supiera todavía con certeza en el momento de su nacimiento, tenía los días contados.
La Segunda Guerra Mundial y el Movimiento Independentista Indio terminarían por desmantelar aquel sistema centenario en apenas un par de décadas, arrastrando con él a cientos de familias que, como la de Cita Devy, habían construido toda su identidad sobre la existencia de un trono que pronto dejaría de tener sentido político.
Una niña que nunca aprendió a pedir permiso. Cita Devi nació en mayo de 1917 en el seno de la familia gobernante de Pitapuram, un pequeño estado principesco en la región de Madras, al sur de la India. No era un reino enorme comparado con las grandes potencias principescas del subcontinente, pero era suficiente para que una niña creciera rodeada de sirvientes, de patios interiores frescos, de rituales religiosos diarios y de la certeza absoluta inculcada desde la cuna de que el mundo giraba de un modo distinto para las personas como
ella. La India en la que nació era un país partido en dos por una línea invisible, pero brutal. Por un lado, cientos de millones de campesinos que sobrevivían con lo mínimo, sometidos a la sequía, a las cosechas fallidas, al hambre estacional. Por el otro, un puñado de familias principescas, más de 500 en todo el subcontinente bajo el dominio británico, que vivían en una dimensión completamente distinta, casi irreal, hecha de palacios, elefantes ceremoniales, joyas heredadas durante generaciones y un protocolo que imitaba
a menor escala el de las grandes cortes europeas. Ese fue el mundo en el que Cita Devi abrió los ojos por primera vez, un universo de contrastes extremos. donde la opulencia de unos pocos convivía sin apenas rozarse con la pobreza estructural de millones de personas. Un mundo que, aunque nadie lo supiera todavía con certeza en el momento de su nacimiento, tenía los días contados.
La Segunda Guerra Mundial y el Movimiento Independentista Indio terminarían por desmantelar aquel sistema centenario en apenas un par de décadas, arrastrando con él a cientos de familias que, como la de Cita Devi, habían construido toda su identidad sobre la existencia de un trono que pronto dejaría de tener sentido político.
En Pitapuram, las jornadas de una niña de su rango transcurrían entre lecciones de música, clases de idiomas, rituales religiosos diarios y una supervisión constante por parte de institutrices y sirvientas que anticipaban cada uno de sus deseos antes incluso de que ella los formulara en voz alta. No conoció la espera, no conoció la negativa.
Cada capricho, por pequeño que fuera, encontraba siempre una mano dispuesta a satisfacerlo. Y ese aprendizaje temprano, el de no escuchar jamás la palabra no, terminaría moldeando el carácter de una mujer que décadas después se enfrentaría sin pestañar a gobiernos enteros, con la misma seguridad con la que de niña exigía que le trajeran un dulce en mitad de la tarde.
Al mismo tiempo, más allá de los muros del palacio familiar, la India colonial vivía una realidad completamente distinta. hambruras periódicas, epidemias, un sistema de castas que determinaba el destino de millones de personas antes de que pudieran caminar. Cita creció rodeada de esa contradicción sin que jamás llegara a rozarla directamente.

Para ella, la pobreza era un concepto abstracto, algo que ocurría en otro planeta mientras su mundo giraba en torno a sedas importadas, perfumes traídos de Europa y conversaciones sobre qué joyero de bombai o de madras fabricaría el próximo encargo familiar. Las niñas de su posición social tenían además un manual no escrito de comportamiento que debían seguir al pie de la letra, aprender a administrar una casa grande, lucir impecables en cada aparición pública, hablar poco y sonreír en el momento adecuado, y sobre todo aceptar sin cuestionamientos el
matrimonio que la familia dispusiera para ellas. Citaevi cumplió en apariencia con cada uno de esos puntos, pero quienes la observaban de cerca notaban que por dentro algo no encajaba del todo, que aquella niña obediente escondía una determinación que tarde o temprano iba a desbordar los límites que le habían sido asignados.
Sus tutores religiosos, encargados de instruirla en los rituales y las escrituras hindúes que marcarían el resto de su educación formal, solían comentar entre ellos que la niña memorizaba los textos sagrados con una facilidad notable, pero que rara vez parecía conmoverse verdaderamente por su contenido espiritual.
recitaba con precisión, cumplía cada gesto ritual con la exactitud esperada y, sin embargo, daba la impresión de estar siempre observando aquellas ceremonias desde una distancia curiosa, casi analítica, como quien estudia las reglas de un juego que algún día podría resultarle útil dominar a la perfección.
Como correspondía a una joven de su rango, su destino estaba prácticamente escrito antes de que ella pudiera opinar sobre él. A los 18 años fue casada con un terrateniente adinerado del sur de la India, el samindar de Buyuru. Un hombre respetable, dueño de extensas propiedades agrícolas. Sobre el papel era un matrimonio impecable, riqueza, estabilidad, una posición social sólida.
En la práctica, para una mujer con la ambición de Cita Devy, aquella vida cómoda tenía el sabor de una jaula bien decorada. No le faltaba nada material. Tenía sirvientes, tenía joyas, tenía una casa amplia y una posición respetada en la sociedad provincial. Pero se aburría y se aburría de una manera profunda, casi física, porque sentía que su existencia transcurría en un escenario demasiado pequeño para lo que ella intuía que merecía.
Ser la mujer más admirada de un círculo social reducido no le bastaba. quería algo más grande, aunque todavía no supiera darle forma ni nombre a esa ambición. Pasó los primeros años de su matrimonio con esa inquietud latente, esa sensación de estar destinada a algo que aún no había llegado. Las tardes en la propiedad de su marido transcurrían con una lentitud que a ella le resultaba insoportable.
Recibía visitas de otras esposas de terratenientes, participaba en ceremonias religiosas, supervisaba al servicio doméstico y una y otra vez se encontraba a sí misma frente a un espejo, preguntándose si aquello era, en efecto, todo lo que la vida tenía reservado para ella. Tuvo al menos un hijo de esa primera unión.
Y aunque cumplió con cada uno de los deberes que se esperaban de una esposa de su rango, jamás llegó a sentir que aquella vida le pertenecía por completo. ¿Quiénes trataron a Cita en esos años? Recordaban después una frase que ella repetía medio en broma, medio en serio, cuando alguna amiga le preguntaba si era feliz.
Decía que sentía que estaba esperando un tren que aún no había llegado a la estación, pero que sabía, con una certeza que no admitía discusión, que ese tren terminaría por aparecer. No sabía todavía qué forma tendría. No sabía que llegaría montado en el bullico de un hipódromo envuelto en el eco de 21 cañonazos ceremoniales con el rostro de uno de los hombres más ricos del planeta.
Pero lo esperaba y las mujeres que esperan así con esa clase de hambre silenciosa, casi siempre terminan encontrando lo que buscan, aunque el hallazgo termine por costarles mucho más de lo que jamás hubieran imaginado pagar. El día que cambió su destino. Ese algo llegó en 1943 en un hipódromo de madraz en una tarde calurosa cualquiera del tipo que se repetían cientos de veces al año en la temporada de carreras.
La aristocracia local se reunía allí para ver correr a los caballos. para lucirse mutuamente, para intercambiar chismes bajo sombrillas y sombreros. Entre los asistentes de aquel día se encontraba uno de los hombres más ricos del planeta, Pratap Singa y Quad, majaya del estado de Baroda. Baroda no era un principado cualquiera.
Era junto con Jaedrabad, Maisor y Cachemira uno de los reinos más poderosos y prósperos de toda la India bajo dominio británico. Su dinastía, Los Gaicad, tenía derecho a los honores de un saludo de 21 cañonazos, reservado únicamente a los soberanos de mayor rango. Su palacio, el Lakmi Vilas, era una construcción colosal.
Se decía que ocupaba varias veces la superficie del palacio de Buckingham y guardaba en sus bóvedas un tesoro acumulado durante más de un siglo de gobierno. Piedras preciosas, oro, objetos ceremoniales y, sobre todo joyas de una magnitud casi legendaria. Las hierras que circulaban sobre la fortuna de Pratap Sing resultaban casi imposibles de asimilar para el ciudadano medio de la época.
Se hablaba de ingresos anuales que rondaban los varios millones de dólares en un momento histórico en que semejante suma podía comprar prácticamente cualquier cosa que existiera sobre la faz de la Tierra. Las revistas internacionales lo ubicaban entre los hombres más ricos del planete y dentro de la propia India, apenas un puñado de soberanos, contando entre ellos al Nissán de Hyrabad, podían disputarle el título de fortuna más colosal del subcontinente.
Pratapin tenía fama de hombre fascinado por el lujo, por los caballos, por los excesos de todo tipo. Se decía que coleccionaba automóviles importados con la misma pasión con la que otros coleccionan sellos y que sus caballerizas albergaban ejemplares traídos expresamente de Europa para competir en las pistas más prestigiosas del país.
Aquella tarde en el hipódromo de Madraz, entre el polvo levantado por los cascos de los caballos y el murmullo elegante de la multitud, sus ojos se cruzaron con los de Cita Devy y quienes presenciaron el encuentro hablaron después de una atracción inmediata, casi eléctrica, entre dos personas acostumbradas a obtener siempre lo que deseaban.
El problema era evidente. Ambos estaban casados. En la India de 1943, ese obstáculo no era menor. Era, en la práctica, una muralla legal y social casi infranqueable, sostenida no solo por el derecho civil, sino por siglos de tradición religiosa y familiar que consideraban el matrimonio un vínculo prácticamente indisoluble, sobre todo para una mujer.
Pero donde había una muralla, Sitadevi y Pratap Sing encontraron una grieta. Los asesores legales del Maharayá estudiaron el problema y hallaron una salida tan audaz como escandalosa. Si Cita Devi se convertía del hinduismo al Islam, su matrimonio anterior podría disolverse bajo un marco legal distinto, abriendo la puerta a una nueva unión.
Y así, sin que mediara ninguna crisis espiritual, sin que hubiera fe de por medio, Citadebi cambió de religión. Fue una decisión estrictamente calculada, tomada por una mujer que sabía exactamente lo que quería y que no dudó en pagar el precio social que fuera necesario para conseguirlo. Para su familia, criada en la tradición hindú más estricta, aquello fue un golpe difícil de asimilar.
La religión en aquel contexto no era un simple trámite administrativo, era la columna vertebral de la identidad de una persona, el hilo que la conectaba con sus antepasados, con sus rituales de infancia, con el lugar que ocupaba en el orden cósmico, tal como se lo habían enseñado desde niña. Abandonarla, aunque fuera formalmente, equivalía para muchos a una suerte de muerte simbólica, seguida de un renacimiento como otra persona completamente distinta.
Para la sociedad que la rodeaba fue material de escándalo durante meses, una princesa que abandonaba los dioses de su infancia para poder casarse con el hombre más rico del país. Se hablaba de ella en voz baja en los salones aristocráticos, en las redacciones de los periódicos, en las conversaciones privadas de otras familias principescas que observaban el episodio con una mezcla de fascinación y de reprobación.
Pero así el escándalo afectaba poco, o al menos eso fue lo que dejó ver siempre en público. Había pasado toda su vida sintiéndose por encima de las normas que ataban a los demás y ahora tenía la prueba definitiva de que incluso una tradición milenaria podía doblegarse ante su voluntad. Si hasta la fe podía moverse para servir a sus planes, se preguntaba, ¿qué otra cosa en el mundo no podría moverse? También en 1943, Cita Devi se convertió en la segunda esposa de Pratap Singaequad, Majarayá de Baroda. La primera esposa, madre del
heredero legítimo del trono, quedó relegada a un segundo plano, un detalle aparentemente menor que años más tarde tendría consecuencias determinantes. El matrimonio provocó un terremoto que trascendió los salones de la alta sociedad y llegó hasta los despachos del poder colonial británico. Paroda tenía leyes internas que prohibían la poligamia, leyes que la propia dinastía Gquad había impulsado años antes, precisamente para presentarse ante el mundo como un estado moderno y progresista, capaz de dialogar de igual
a igual con las potencias occidentales que observaban de cerca cada movimiento de los grandes principados indios. Que el propio soberano incumpliera abiertamente esa legislación resultaba, a ojos de los funcionarios británicos, no solo un problema legal, sino también una cuestión de imagen internacional que no podían permitirse ignorar.
El birrey británico en Nueva Delhi citó a Pratap Sync para exigirle explicaciones. Las reuniones entre ambos, según los relatos que circularon después en los círculos diplomáticos, fueron tensas desde el primer momento. Los funcionarios coloniales recordaron al majarhaja que aunque disfrutara de una autonomía considerable dentro de su territorio, esa autonomía tenía límites y que la corona británica no estaba dispuesta a que un escándalo de esa magnitud sirviera de precedente para otros principados que pudieran sentirse
tentados a saltarse sus propias leyes internas. La respuesta del majaraja fue de una soberbia notable. Argumentó que esas leyes estaban pensadas para sus súbditos, no para él. el soberano. Sorprendentemente, los asesores legales británicos terminaron aceptando el argumento en lo formal, aunque se reservaron una pequeña represalia simbólica.
Se negaron a otorgar a Cita Devi el tratamiento oficial de su alteza, el título correspondiente a las esposas de los gobernantes principescos. En los documentos oficiales figuraba con la fórmula burocrática de Lady Citaadevi, sin el reconocimiento pleno de Maharani. Para una mujer que había sacrificado tanto por alcanzar la cúspide, aquella negativa protocolar quedó como una herida pequeña pero persistente.
Un recordatorio de que por mucho que hubiera conseguido, siempre abría una puerta que no terminaría de abrírsele del todo. Aún así, su vida se transformó radicalmente. Pasó a formar parte de un círculo de realeza y aristocracia principesca donde el lujo no tenía techo. Entabló amistad con otras grandes figuras femeninas de la india principesca de la época.
Mujeres que como ella se movían entre palacios donde los banquetes duraban días y las joyas se contaban por kilos, no por piezas. Ese círculo reducido de princesas y majaraníes compartía un código social propio, casi impenetrable para quien no hubiera nacido dentro de esos muros. Sabían exactamente cómo vestir para cada ocasión, qué joyeros de Europa merecían su confianza y qué otras familias principescas convenía cultivar como aliadas.
Dentro de ese círculo, Cita Devi no tardó en destacar. Su capacidad para combinar la tradición india con las tendencias europeas más recientes la convirtió, casi sin proponérselo, en una referencia de estilo entre sus propias pares, mujeres que ya de por sí gozaban de un acceso prácticamente ilimitado al lujo internacional.
Las revistas de la época comenzaron a fotografiarla con frecuencia creciente y su nombre empezó a aparecer junto al de otras grandes bellezas principescas en las crónicas de sociedad que circulaban tanto en la India como en Europa. El Palacio Lakmi Vilas se convirtió en su nuevo hogar, un lugar donde el protocolo respondía a un siglo distinto.
erías con elefantes, desfiles con el majarajá cubierto de gemas sobre monturas enjaezadas en oro, banquetes que se extendían durante horas con decenas de platos servidos en vajillas de plata y oro, y sobre todo el acceso a un tesoro que superaba cualquier cosa que Cita de Be hubiera imaginado en su infancia, por opulenta que esta hubiera sido.
prendió con rapidez el nombre, la procedencia y el valor de cada pieza de aquella colección legendaria, estudiándola con la meticulosidad de quien sabe que ese conocimiento algún día será poder. Pasaba horas examinando los archivos familiares donde se documentaba el origen de cada joya, la fecha en que había sido encargada, el artesano que la había tallado, los soberanos que la habían portado antes que ella mientras el majarajá la colmaba de regalos.
Ella iba construyendo, sin que nadie lo notara todavía, un mapa mental completo de aquel tesoro. Un conocimiento que años después resultaría decisivo para proteger lo que consideraba suyo. En 1945 nació el único hijo de la pareja, un niño al que la familia y después el mundo entero llamarían por un apodo cariñoso, Princy.
Su llegada transformó, al menos temporalmente, el carácter ambicioso y calculador de Cita de Be en algo más cercano a la ternura. quienes la visitaban en aquellos años describían una faceta suya distinta, más suave, dedicada por completo a ese hijo que representaba, en cierto sentido, la culminación de todo lo que había conseguido, una posición, una fortuna y ahora también una descendencia que perpetuaría su legado.
Ese niño sería durante años la fuente de mayor felicidad de Cita de Vi y sería también, al final de su historia la herida que ninguna riqueza podría cerrar. Una reina sin corona reconocida. La vida diaria de Cita de B como esposa del majarajá de Baroda distaba mucho de la existencia provinciana que había dejado atrás.
Sus jornadas comenzaban con largas sesiones frente al espejo en las que un pequeño ejército de sirvientas la preparaba para las actividades del día. Peinados elaborados, maquillaje aplicado con precisión artesanal, la elección minuciosa del sari y las joyas que acompañarían cada ocasión. Nada se dejaba al azar.
Cada aparición pública, incluso las más rutinarias, se planificaba con el mismo cuidado que se dedicaría a una gran ceremonia de estado. Aprendió, además, a moverse con soltura en los círculos diplomáticos que rodeaban a la corte de Baroda. Recibía a funcionarios británicos, a representantes de otros principados, a comerciantes internacionales que buscaban hacer negocios con el reino.
En cada una de esas interacciones proyectaba una seguridad que muchos encontraban intimidante, la de una mujer que sabía perfectamente cuál era su valor y que no estaba dispuesta a que nadie se lo discutiera, ni siquiera aquellos que ostentaban un poder político superior al suyo. Sin embargo, bajo toda esa fachada de esplendor, la negativa británica a reconocerla oficialmente como majaraní seguía pesando.
Era una contradicción que la acompañaría durante años. Podía vestir las joyas más espectaculares del subcontinente, podía presidir los banquetes más lujosos, podía ser la envidia de media india principesca. Y aún así, en los documentos oficiales seguía apareciendo con una fórmula que la situaba un escalón por debajo de lo que ella consideraba su lugar legítimo.
Quienes la trataban de cerca aseguraban que aquella herida protocolar, aparentemente menor, alimentaba en secreto una determinación aún mayor, por demostrar, a través del lujo y el espectáculo, que ningún papel burocrático podía contener la magnitud real de quién era ella. El exilio dorado de Montecarlo. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el matrimonio decidió que la India ya no bastaba para contener su estilo de vida.
Buscaban un escenario internacional, un lugar sin las restricciones de un continente en plena transformación política. Lo encontraron en Mónaco. En 1946 adquirieron una residencia en Monteclo, frente al Mediterráneo. Y allí Citaadevi instaló lo que muchos describirían como una corte personal en miniatura con su propio protocolo y su propia jerarquía social.
El Maharajarajá comenzó entonces a trasladar poco a poco parte del legendario tesoro de Baroda hacia Europa. No se trataba de joyas cualquiera, eran piezas con siglos de historia. cargadas de simbolismo dinástico. Entre ellas destacaba una alfombra tejida casi un siglo antes con más de un millón y medio de perlas, concebida originalmente como una ofrenda religiosa que nunca llegó a entregarse y que había permanecido guardada en el tesoro familiar durante generaciones.
También cruzaron el océano varios collares históricos, entre ellos uno formado por siete hileras de perlas de un tamaño y una uniformidad prácticamente sin parangón en el mundo, además de piedras de fama internacional, incluido un gran diamante rosado de más de 100 kilates procedente de Brasil. Citaadebi no guardó esas joyas en una caja fuerte, las lució, las paseó por Europa entera y las convirtió en parte de su leyenda personal.
En 1947, la revista Vog le dedicó un reportaje que la presentaba como un icono capaz de fusionar los saris tradicionales indios con la alta costura europea, creando un estilo propio que muchas mujeres de la época intentarían imitar sin éxito. Se contaba que viajaba con cientos de saris, decenas de pares de zapatos combinados milimétricamente con cada atuendo, pieles, abanicos y, por supuesto, un arsenal de joyas que viajaba con ella como un tesoro ambulante.
Cuando Cita Devy se desplazaba de un país a otro, no lo hacía como una simple viajera adinerada. Se movía como se movía la corte de un imperio en pleno traslado. Baúles y más baúles, sirvientas encargadas exclusivamente de sus vestidos. Un séquito que se ocupaba de anticipar cada necesidad antes de que ella tuviera que expresarla.
Los hoteles donde se hospedaba reorganizaban plantas enteras para recibirla. Los consergjes aprendían de memoria sus preferencias, desde la temperatura exacta del agua de su baño hasta la marca precisa del champán que debía esperarla en la habitación. En Monteclos se convirtió en un espectáculo permanente.
Cada aparición pública era, en cierto modo, una actuación calculada. entraba a los salones con una lentitud deliberada, como si el tiempo le perteneciera solo a ella, y en cuestión de segundos concentraba todas las miradas sin necesidad de alzar la voz. Los periodistas la adoraban porque siempre ofrecía algo digno de contar. Las mujeres de la aristocracia europea la miraban con una mezcla de fascinación y resentimiento.
Querían imitar su estilo, pero no toleraban que una recién llegada de un reino lejano les hubiera arrebatado el centro de atención en su propio territorio. Organizaba veladas en su residencia que se convirtieron rápidamente en una referencia obligada del calendario social del principado. Servía los mejores vinos de las bodegas francesas.
presidía cada escena con una mezcla estudiada de calidez y distancia y dejaba siempre claro, sin necesidad de decirlo en voz alta, quién ejercía el control absoluto de aquel pequeño reino privado construido a orillas del Mediterráneo. Mientras buena parte de Europa todavía se reconstruía de las heridas de la guerra, dentro de las paredes de su mansión, el tiempo parecía haberse congelado en una fiesta que no tenía intención de terminar jamás.
Sus excentricidades alimentaban el mito. Encargaba automóviles diseñados especialmente para ella, con acabados y detalles que no existían en ningún otro modelo de fábrica. Pedía a joyeros de renombre piezas de un lujo casi absurdo, como pequeños objetos cotidianos fabricados en hor macizo, convirtiendo hasta el gesto más trivial.
Encender un cigarrillo, aplicarse perfume en un pequeño ritual de opulencia. En las carreras de Ascott en Inglaterra invitaba a otros asistentes a tocar un enorme zafiro que llevaba en la mano derecha, asegurando con total seriedad que aquella piedra traía buena suerte a quien la rozara. Fumaba con una elegancia estudiada, sosteniendo cada cigarrillo como si formara parte de una coreografía.
hablaba con un acento que fascinaba a quienes la escuchaban por primera vez y cultivaba en cada gesto la imagen de una mujer que había nacido para brillar por encima de los demás. Los relatos de la época hablan de viajes a Nueva York en los que en una sola tarde de compras la pareja llegaba a gastar sumas que hoy resultarían casi incalculables, adquiriendo joyas, vestidos y objetos de lujo con la misma naturalidad que otra persona compraría un periódico.
compraba únicamente lo que necesitaba. Compraba en buena medida todo aquello que existía y que le resultaba hermoso, como si cada adquisición sirviera para llenar un vacío que ella misma probablemente no habría sabido nombrar. Una alfombra pensada para una tumba. Entre todas las piezas que cruzaron el océano hacia Monte Carlo, había una que merece mención aparte, porque su historia, incluso antes de llegar a manos de Cita Devy, ya era extraordinaria por sí sola.
Se trataba de una alfombra tejida casi un siglo antes, en la década de 1860, por encargo de un antiguo gobernante de Baroda. La intención original de aquel soberano no tenía nada que ver con el lujo personal. quería enviar la pieza como una ofrenda de respeto hacia una de las ciudades más sagradas del Islam, un gesto de reconciliación entre comunidades religiosas distintas, a pesar de que él mismo profesaba una fe diferente.
Artesanos especializados, algunos de ellos herederos de técnicas que se remontaban a las grandes cortes imperiales del subcontinente tardaron varios años en completar la obra. La cubrieron con más de un millón de perlas finas traídas desde las costas del Golfo Pérsico y la sembraron de piedras preciosas engarzadas en hilos de oro.
El resultado fue una pieza de una belleza casi incomprensible, un objeto que difícilmente podría replicarse hoy con ninguna tecnología ni ningún presupuesto. Pero el soberano que había encargado aquella obra murió antes de poder enviarla a su destino original y la alfombra quedó guardada durante décadas en el tesoro de la familia, pasando de generación en generación, considerada siempre demasiado valiosa para regalarla y demasiado cargada de historia para venderla a cualquier comprador ocasional. Fue esa misma pieza
cargada de un simbolismo religioso que nunca llegó a cumplirse, la que terminó formando parte del cargamento de tesoros que el Maharajá trasladó a Europa tras la guerra y la que décadas más tarde se convertiría en una de las protagonistas silenciosas del ocaso final de Citaadi. Un brillo en medio de las ruinas.
Conviene detenerse un momento en el contexto en el que todo aquel despliegue de lujo tenía lugar. La Europa de finales de los años 40 y comienzos de los 50 era un continente que apenas empezaba a levantarse de la devastación de la guerra. Ciudades enteras habían quedado reducidas a escombros.
Millones de familias vivían todavía bajo estrictas cartillas de racionamiento, calculando cada gramo de pan, cada litro de leche y cada prenda de ropa que podían permitirse. La reconstrucción avanzaba lenta y dolorosamente, financiada en buena parte por programas de ayuda internacional y por años de sacrificio colectivo. En ese mismo continente, apenas a unos kilómetros de distancia de ciudades que todavía mostraban las cicatrices de los bombardeos, Cita Devi paseaba con total naturalidad joyas cuyo valor habría bastado para reconstruir barrios
enteros. No lo hacía con mala intención ni con el propósito consciente de ofender a nadie. Simplemente aquel contraste brutal no formaba parte de su mundo perceptivo. Había crecido asumiendo que la opulencia era su estado natural y esa asunción no se modificó por el hecho de que a su alrededor un continente entero estuviera reconstruyéndose sobre las cenizas de la guerra más devastadora de la historia.
Ese contraste, sin embargo, no pasó desapercibido para la prensa ni para buena parte de la opinión pública europea. Algunos periódicos, entre la fascinación y la crítica velada, describían sus apariciones públicas como un espectáculo casi surrealista. Mientras Europa contaba sus muertos y reconstruía sus fábricas, una princesa venida de la India desfilaba por los salones de Monteclo, cubierta de perlas que por sí solas valían más que el presupuesto anual de más de un pueblo entero.
Ese contraste, lejos de disminuir su atractivo mediático, contribuyó paradójicamente a construir su leyenda. se convirtió en el símbolo perfecto de un lujo casi anacrónico, la última gran expresión de una opulencia que el mundo moderno, cada vez más igualitario en sus aspiraciones políticas, estaba a punto de dejar atrás para siempre la invención de un estilo.
Más allá del escándalo y de lujo desmedido, Cita Devi dejó una huella concreta en el mundo de la moda internacional que sobrevivió, curiosamente, con más fuerza que su propio nombre. fue una de las primeras figuras públicas en demostrar ante una audiencia occidental acostumbrada a ver la vestimenta india como algo exótico y distante, que un sari podía combinarse con total naturalidad con los códigos de la alta costura europea sin que ninguno de los dos mundos perdiera su identidad en el proceso. encargaba a modistas
parisinas adaptaciones sutiles de sus aris tradicionales, ajustando caídas y texturas para que resultaran compatibles con los cortes occidentales de la época, sin renunciar jamás a las sedas y los bordados originarios de la India. Combinaba piezas de joyería tradicional india, pendientes largos, brazaletes múltiples, adornos para el cabello, con accesorios comprados en las boutiques más exclusivas de Europa, creando un lenguaje visual que resultaba al mismo tiempo profundamente exótico para el público occidental y sorprendentemente
sofisticado para los estándares de cualquier salón parisino. Ese estilo particular que ella cultivó durante décadas con una disciplina casi profesional terminaría influyendo silenciosamente en generaciones posteriores de diseñadores que buscarían fusionar tradiciones téxtiles de distintas culturas dentro de colecciones internacionales.
Pocos de esos diseñadores, sin embargo, llegarían jamás a conocer el nombre de la mujer que décadas antes había demostrado en los salones de Monteclo que aquella fusión era posible y que además podía resultar deslumbrante. El collar que la delató. Fue en esos años cuando ocurrió uno de los episodios más recordados de su vida pública.
Necesitada de liquidez, Cita Deevi vendió a un célebre joyero de Nueva York un par de brazaletes de tobillo cargados de esmeraldas y diamantes. Piezas que originalmente formaban parte de la ju tradicional indio, pensadas para lucirse en los pies. El joyero deshizo aquellas piezas y con las mismas gemas creó un collar completamente nuevo que terminó siendo adquirido por otra de las mujeres más comentadas de la década, la duquesa de Winsor, la estadounidense por quien un rey británico había renunciado al trono.
En una gala neyorquina de finales de los años 50, la duquesa lució orgullosa aquel collar de esmeraldas ante la flor inata de la sociedad estadounidense, sin saber que entre los invitados se encontraba la única persona en el mundo capaz de reconocer aquellas piedras de inmediato.
Cuando Cita Devy comentó con una calma casi cruel que reconocía perfectamente esas gemas porque antes las había llevado en los tobillos, el silencio que se produjo en el salón fue, según quienes lo presenciaron, memorable. Se dice que la duquesa, humillada devolvió el collar al joyero poco después, incapaz de soportar la idea de portar en el cuello algo que otra mujer había paseado por los pies.
Quienes presenciaron la escena describieron después el tono con el que cita Devi pronunció aquellas palabras. No hubo gritos, no hubo escándalo, solo una calma casi divertida, la seguridad de quien sabe que tiene toda la razón y que puede permitirse el lujo de expresarla sin levantar la voz. La duquesa de Winsor, acostumbrada a ser el centro indiscutido de cualquier salón que pisara, se encontró de pronto desplazada por una mujer que con una sola frase había convertido su joya más admirada de la noche en un motivo de
humillación pública. Aquel episodio, más que una simple anécdota de sociedad, resumía perfectamente quién era Cita Devy, una mujer que conocía el valor exacto de cada piedra que había pasado por sus manos y que no dudaba en usar ese conocimiento como un arma social. cuando la ocasión lo permitía. Era, en el fondo, una manera de recordarle al mundo entero que, por alto que llegara cualquier otra mujer en la escala social, ella seguía teniendo acceso a un nivel de historia y de magnificencia que pocas personas sobre la Tierra podían
igualar. El fin de un mundo. Mientras Citaad brillaba en Europa, en la India ocurría un cambio histórico que terminaría por desmoronar los cimientos de su fortuna. En 1947, el subcontinente logró la independencia del imperio británico y con ella llegó el fin del viejo sistema de principados. Más de 500 reinos, grandes y pequeños, con sus maharayas, sus cortes y sus tesoros heredados durante generaciones, quedaron condenados a desaparecer como entidades políticas.
El nuevo gobierno indio no estaba dispuesto a tolerar que cientos de soberanos conservaran fortunas colosales, mientras millones de ciudadanos vivían en la pobreza extrema. Para una dinastía como la de Baroda, acostumbrada a gobernar durante generaciones con una autoridad prácticamente incuestionable, aquel cambio equivalió a ver desmoronarse el suelo bajo sus pies.
De pronto, ostentar el título de Majarayá ya no significaba prácticamente nada frente al nuevo aparato estatal. era cada vez más un título vacío, un escudo de armas decorativo, el recuerdo de un poder que se había evaporado en apenas unos años, la invención de un estilo. Más allá del escándalo y de lujo desmedido, Cita Devi dejó una huella concreta en el mundo de la moda internacional que sobrevivió, curiosamente con más fuerza que su propio nombre.
fue una de las primeras figuras públicas en demostrar ante una audiencia occidental acostumbrada a ver la vestimenta india como algo exótico y distante, que un sari podía combinarse con total naturalidad con los códigos de la alta costura europea sin que ninguno de los dos mundos perdiera su identidad en el proceso.
encargaba a modistas parisinas adaptaciones sutiles de sus aris tradicionales, ajustando caídas y texturas para que resultaran compatibles con los cortes occidentales de la época, sin renunciar jamás a las sedas y los bordados originarios de la India. Combinaba piezas de joyería tradicional india, pendientes largos, brazaletes múltiples, adornos para el cabello, con accesorios comprados en las boutiques más exclusivas de Europa, creando un lenguaje visual que resultaba al mismo tiempo profundamente exótico para el público occidental y sorprendentemente
sofisticado para los estándares de cualquier salón parisino. Ese estilo particular que ella cultivó durante décadas con una disciplina casi profesional terminaría influyendo silenciosamente en generaciones posteriores de diseñadores que buscarían fusionar tradiciones téxtiles de distintas culturas dentro de colecciones internacionales.
Pocos de esos diseñadores, sin embargo, llegarían jamás a conocer el nombre de la mujer que décadas antes había demostrado en los salones de Monteclo que aquella fusión era posible y que, además, podía resultar deslumbrante. El collar que la delató. Fue en esos años cuando ocurrió uno de los episodios más recordados de su vida pública.
Necesitada de liquidez, Cita Deevi vendió a un célebre joyero de Nueva York un par de brazaletes de tobillo cargados de esmeraldas y diamantes. Piezas que originalmente formaban parte de la ju tradicional indio, pensadas para lucirse en los pies. El joyero deshizo aquellas piezas y con las mismas gemas creó un collar completamente nuevo que terminó siendo adquirido por otra de las mujeres más comentadas de la década, la duquesa de Winsor, la estadounidense por quien un rey británico había renunciado al trono.
En una gala neyorquina de finales de los años 50, la duquesa lució orgullosa aquel collar de esmeraldas ante la flor inata de la sociedad estadounidense, sin saber que entre los invitados se encontraba la única persona en el mundo capaz de reconocer aquellas piedras de inmediato.
Cuando Cita Devy comentó con una calma casi cruel que reconocía perfectamente esas gemas porque antes las había llevado en los tobillos, el silencio que se produjo en el salón fue, según quienes lo presenciaron, memorable. Se dice que la duquesa, humillada devolvió el collar al joyero poco después, incapaz de soportar la idea de portar en el cuello algo que otra mujer había paseado por los pies.
Quienes presenciaron la escena describieron después el tono con el que cita Devi pronunció aquellas palabras. No hubo gritos, no hubo escándalo, solo una calma casi divertida, la seguridad de quien sabe que tiene toda la razón y que puede permitirse el lujo de expresarla sin levantar la voz. La duquesa de Winsor, acostumbrada a ser el centro indiscutido de cualquier salón que pisara, se encontró de pronto desplazada por una mujer que con una sola frase había convertido su joya más admirada de la noche en un motivo de
humillación pública. Aquel episodio, más que una simple anécdota de sociedad, resumía perfectamente quién era Cita Devy, una mujer que conocía el valor exacto de cada piedra que había pasado por sus manos y que no dudaba en usar ese conocimiento como un arma social. cuando la ocasión lo permitía. Era, en el fondo, una manera de recordarle al mundo entero que, por alto que llegara cualquier otra mujer en la escala social, ella seguía teniendo acceso a un nivel de historia y de magnificencia que pocas personas sobre la Tierra podían
igualar. El fin de un mundo. Mientras Citaad brillaba en Europa, en la India ocurría un cambio histórico que terminaría por desmoronar los cimientos de su fortuna. En 1947, el subcontinente logró la independencia del imperio británico y con ella llegó el fin del viejo sistema de principados. Más de 500 reinos, grandes y pequeños, con sus maharayas, sus cortes y sus tesoros heredados durante generaciones, quedaron condenados a desaparecer como entidades políticas.
El nuevo gobierno indio no estaba dispuesto a tolerar que cientos de soberanos conservaran fortunas colosales, mientras millones de ciudadanos vivían en la pobreza extrema. Para una dinastía como la de Baroda, acostumbrada a gobernar durante generaciones con una autoridad prácticamente incuestionable, aquel cambio equivalió a ver desmoronarse el suelo bajo sus pies.
De pronto, ostentar el título de Majarayá ya no significaba prácticamente nada frente al nuevo aparato estatal. era cada vez más un título vacío, un escudo de armas decorativo, el recuerdo de un poder que se había evaporado en apenas unos años. La transición no fue uniforme ni ocurrió de la noche a la mañana. Durante los primeros años posteriores a la independencia, el nuevo gobierno indio negoció acuerdos individuales con cada uno de los principados, ofreciendo a los antiguos soberanos pensiones vitalicias y ciertos privilegios ceremoniales a
cambio de la integración plena de sus territorios al nuevo estado. Muchos majharajá aceptaron esos términos con relativa resignación, conscientes de que el viejo sistema colonial, que había sostenido su poder durante generaciones, ya no tenía ningún futuro viable. Otros, como ocurriría más tarde con Baroda, intentaron resistirse o al menos negociar condiciones más favorables sin demasiado éxito frente a la determinación del nuevo gobierno.
Uno a uno, los principados fueron absorbidos por el nuevo estado. Baroda no fue la excepción y cuando las autoridades indias comenzaron a revisar las cuentas y el inventario del tesoro real, descubrieron que buena parte de las joyas históricas había desaparecido. trasladada silenciosamente a Europa en los años anteriores.
La investigación reveló que el Maharajarajá había retirado del tesoro estatal préstamos sin intereses que en teoría pertenecían al reino y a su pueblo, no a su persona. Bajo la nueva legislación, buena parte de aquellas riquezas ya no se consideraba propiedad privada del soberano, sino patrimonio colectivo del Estado, que ahora formaba parte de la India independiente.
Bajo presión, Pratapin devolvió algunas piezas, entre ellas el famoso collar de siete hileras de perlas, aunque cuando lo recuperaron las autoridades notaron que una de las hileras había sido cortada y no aparecía por ninguna parte. El resto del tesoro seguía fuera de su alcance, ya instalado en las bóvedas de Montecarlo.
Consciente de que la India intentaría reclamar cada pieza histórica registrada, Cita Devi actuó con una frialdad estratégica que sorprendió a quienes la conocían. contactó a los grandes joyeros de Nueva York y París y encargó desmontar, gema por gema, las joyas históricas de Baroda para volver a montarlas en diseños completamente nuevos y reconocibles frente a los registros oficiales del antiguo reino.
el collar legendario, las alfombras de perlas, los diamantes con nombre propio. Todo fue desarmado y reconstruido bajo formas nuevas, de modo que ningún tribunal pudiera identificarlos ya como patrimonio del estado de Baroda. Como medida adicional, obtuvo la ciudadanía monegasca para ella y para su hijo, de manos del propio príncipe soberano de Mónaco.
un movimiento que la protegía legalmente frente a cualquier reclamo internacional y que levantaba en la práctica un muro de papeles y jurisdicciones entre ella y cualquier gobierno que aspirara a recuperar una parte de su fortuna. Para el pequeño principado mediterráneo, la llegada de figuras como Cita Devi no era un asunto menor.
Mujeres y hombres de fortunas colosales que elegían instalarse en Mónaco contribuían directamente al prestigio internacional del territorio y a su modelo económico basado en la ausencia de impuestos sobre la renta, un sistema que atraía cada vez a más aristócratas y grandes fortunas de todo el planeta en los años de la posguerra. Convertirse en ciudadana monegasca significaba, paras cita debi algo más que una simple ventaja fiscal.
era la culminación de un proceso de reinvención personal que había comenzado años atrás con su conversión religiosa. La niña nacida entre los templos hindúes de Pitapuram, convertida después al islam para poder casarse con el majajá de Baroda, se transformaba ahora, mediante un tercer movimiento estratégico en ciudadana de un pequeño estado europeo que le ofrecía la protección legal que ningún otro país estaba dispuesto a garantizarle.
El proceso de transformación de aquellas joyas se extendió durante varios años y requirió la colaboración de algunos de los joyeros más prestigiosos y discretos de Nueva York y de París. Pieza por pieza, los engarces originales eran retirados. Las piedras se catalogaban de nuevo bajo descripciones distintas y se diseñaban monturas completamente novedosas que no guardaban ninguna similitud visual con los registros históricos del tesoro de Baroda.
Un collar que durante décadas había sido descrito en los documentos oficiales del reino con una precisión casi notarial. número exacto de perlas, peso aproximado, disposición de las hileras, podía terminar convertido en dos o tres piezas independientes y reconocibles frente a cualquier inventario anterior. Los propios funcionarios indios que intentaron rastrear el paradero exacto de aquellas joyas se toparon con un obstáculo prácticamente insalvable.
Cuando finalmente lograban localizar una pieza que coincidía en descripción general con los antiguos registros del tesoro, se encontraban con una gema montada de manera completamente distinta, sin ningún elemento identificable que permitiera vincularla de forma incuestionable con el inventario histórico de Baroda.
La estrategia de Cita Devi había funcionado con una precisión casi quirúrgica y durante años los intentos oficiales de recuperación no lograron avanzar más allá de sospechas fundadas que ningún tribunal internacional estaba en condiciones de convertir en una restitución efectiva. La niña criada entre los templos de Pitapuram se había transformado en una de las operadoras más astutas de la Europa aristocrática de posguerra, capaz de jugar al gato y al ratón con gobiernos enteros y durante un tiempo considerable de salir siempre
victoriosa. Pero toda fortuna que se sostiene sobre vacíos legales, sobre huidas calculadas y sobre un pulso permanente contra las instituciones arrastra consigo una fragilidad silenciosa que tarde o temprano termina por manifestarse, la grieta bajo el esplendor. Pero ni la fortuna más grande resiste indefinidamente cuando se construye sobre tensiones que no dejan de acumularse.
La presión del gobierno indio sobre Prataping no cesó y en 1951 las autoridades tomaron una decisión drástica. depusieron al majarayá y colocaron en su lugar a su hijo mayor, precisamente el hijo de la primera esposa que había quedado relegada años atrás por la llegada de Citaady. Para Prataping, acostumbrado a gobernar como un soberano absoluto, aquella caída representó una humillación profunda.
Pasó de ser uno de los hombres más poderosos del planeta a convertirse en un rey sin trono, viviendo en un exilio europeo rodeado de lujo, pero despojado de cualquier poder real. Bajo esa presión, el matrimonio comenzó a resquebrajarse. Quienes los conocieron en aquellos años describían un cambio progresivo en la dinámica entre ambos.
Las peleas, antes reservadas a la intimidad de sus residencias privadas, empezaron a filtrarse en comentarios de terceros, en silencios incómodos durante escenas públicas y en la creciente frecuencia con la que cada uno aparecía por separado en distintos eventos sociales. La caída del poder político de Prataping, sumada a la tensión constante generada por las investigaciones sobre el tesoro de Baroda, terminó por erosionar un vínculo que en sus primeros años había parecido prácticamente indestructible.
Las versiones sobre las causas exactas de la ruptura varían según la fuente, pero el desenlace fue inequívoco. En 1956, la pareja se divorció después de poco más de una década juntos. Pratapsing se instaló en Londres. donde pasaría buena parte de sus últimos años, alejado del foco mediático que tanto había definido su vida anterior.
Cita Devy conservó las mansiones, las joyas y el título que tanto le había costado conseguir, aunque para entonces ese título ya empezaba a sonar cada vez más como el eco de un mundo que había dejado de existir. Aquel divorcio la dejó en una posición peculiar y en cierto modo contradictoria. Poseía una de las mayores fortunas privadas del mundo y al mismo tiempo estaba más sola de lo que había estado nunca.
El hombre que la había sacado de la vida provinciana para convertirla en leyenda ya no estaba a su lado. Los británicos jamás la habían reconocido plenamente como Maharani. Su propio país de origen la veía prácticamente como una fugitiva que se había apropiado de un tesoro nacional. Y en una época en que el divorcio todavía pesaba socialmente sobre las mujeres como una condena silenciosa, Citalevi cargaba también con esa etiqueta.
Ante ese vacío, hizo lo único que sabía hacer, aferrarse al esplendor con todas sus fuerzas. Se negó a renunciar al título de Maharani, aunque ya no tuviera validez oficial. Su automóvil siguió luciendo el antiguo escudo de armas de Baroda como si el reino aún existiera. Siguió asistiendo a las fiestas más exclusivas de Europa.
Siguió recibiendo con el mismo boato de siempre, recreando una corte que en la práctica ya no tenía súbditos ni futuro. La soledad detrás del esplendor. Los años posteriores al divorcio revelaron una faceta de citaad dey que pocos habían visto hasta entonces. En público seguía siendo la misma figura deslumbrante de siempre, pero quienes lograban acercarse un poco más notaban fisuras que antes no existían.
Había perdido, junto con su marido, buena parte de la estructura que había sostenido su identidad durante más de una década. Ya no era formalmente la esposa del hombre más rico de la India, sino una mujer divorciada que dependía enteramente de una fortuna que, aunque todavía inmensa, ya no crecía como antes.
Se mudó con frecuencia entre Montecarlo y París, alternando temporadas en cada ciudad según el calendario social del momento. seguía siendo invitada a las fiestas más exclusivas. Seguía apareciendo en las páginas de sociedad, seguía siendo tratada, al menos en la superficie, con el mismo respeto reverencial de siempre. Pero la ausencia del majayá, sumada al progresivo desinterés de algunos círculos aristocráticos hacia una figura que ya no representaba a un reino activo, comenzó a generar en ella una sensación de vulnerabilidad que jamás
había experimentado en sus años de mayor esplendor. Algunos de sus antiguos conocidos, con el paso del tiempo, comenzaron a distanciarse discretamente. No era un rechazo abierto, sino algo más sutil. Invitaciones que empezaban a llegar con menor frecuencia, comentarios que antes eran elogios sinceros y que ahora sonaban a cortesía obligada.
Cita Deby, acostumbrada a ser siempre el centro absoluto de cualquier reunión, empezó a experimentar, quizás por primera vez en su vida adulta, la sensación incómoda de tener que esforzarse un poco más para seguir ocupando ese lugar que antes le pertenecía sin ningún esfuerzo. Cuando el pozo se seca.
Durante años, Citadevi vivió como si aquella fortuna fuera inagotable, pero ni siquiera el legendario tesoro de Baroda lo era. Tras el divorcio y la muerte de Pratap en 1968, los ingresos que sostenían su tren de vida se cortaron por completo, mientras los gastos seguían respondiendo a los hábitos de una mujer acostumbrada a la opulencia sin límites.
La aritmética, tarde o temprano, termina imponiéndose incluso sobre las fortunas más colosales. A partir de mediados de la década de 1970, Cita Devi comenzó a vender sus joyas. Lo hizo sin la menor publicidad, con una discreción que contrastaba brutalmente con la vida pública que había llevado durante décadas.
Las mismas piezas que había desarmado con tanta astucia para protegerlas de cualquier reclamo legal, ahora las entregaba ella misma, gema por gema, a cambio del dinero necesario para sostener facturas de hoteles y gastos cotidianos. El collar histórico, las piedras que alguna vez pertenecieron a toda una dinastía, terminaban ahora financiando la vida ordinaria de una mujer que no hacía tanto tiempo había humillado a una duquesa en un salón de baile neyorquino.
Cada transacción de ese tipo se negociaba en privado, casi siempre a través de intermediarios de confianza que Citaadebi había cultivado durante años de relación con el mundo de la joyería internacional. no acudía directamente a las grandes casas de subastas, donde su nombre habría atraído una atención mediática que ya no deseaba en absoluto.
Prefería las ventas discretas, los acuerdos cerrados en despachos privados, lejos de cualquier fotógrafo o periodista que pudiera documentar el contraste entre la mujer que había sido y la que se había convertido poco a poco en una vendedora silenciosa de los últimos vestigios de su propio esplendor. Hay una imagen de esos años que, según quienes la conocieron, resume mejor que cualquier cifra al alcance real de aquella caída.
Una mujer ya mayor, todavía impecablemente vestida, entrando por una puerta lateral y discreta a la trastienda de un joyero, evitando deliberadamente la entrada principal donde alguien pudiera reconocerla. Sobre un paño de terciopelo deja una pieza, tal vez un brazalete, tal vez los restos de algo que un siglo atrás había adornado un soberano.
El joyero la examina con una lupa, calcula un precio y ella, que en otra época habría rechazado esa cifra con una sonrisa desdeñosa, ahora la acepta porque hay facturas pendientes que cubrir. Dale de nuevo por esa misma puerta discreta con un sobre de dinero en las manos donde antes llevaba sin esfuerzo alguno, una herencia acumulada por generaciones de reyes.
Hubo incluso en esos años de declive episodios que revelaban que su carácter combativo seguía intacto. En una ocasión adquirió un cuadro atribuido a un maestro reconocido, pagando una suma considerable. y al descubrir que la obra era falsa, no dudó en llevar al marchante a los tribunales en un litigio que terminaría siendo estudiado por su complejidad legal internacional.
No era una mujer que se resignara fácilmente a perder, ni siquiera cuando la partida ya estaba prácticamente decidida en su contra. seguía demandando, seguía negociando, seguía peleando por cada centímetro de lo que consideraba suyo, aunque esas batallas ya no pudieran ocultar la verdad de fondo, se estaba quedando poco a poco sin casi nada de lo que una vez había poseído en abundancia.
Princy. Si algo permanecía intacto en medio de aquel declive material, era su hijo. Princía crecido rodeado de un lujo sin límites entre hoteles de cinco estrellas y un estilo de vida completamente ajeno a cualquier noción de normalidad. La revista Squire, en un artículo que se volvería célebre dentro de los círculos de la alta sociedad internacional, llegó a incluir a Cita y a Princy en una lista de las parejas más divertidas y admiradas del momento, retratando a madre e hijo como una dupla brillante, casi cinematográfica, capaz
de iluminar cualquier salón con su sola presencia. Las fotografías de la época los mostraban siempre impecables, sonrientes, rodeados del mismo lujo que había definido toda la vida de Cita Devy. Pero detrás de esa imagen pública había un joven que crecía sin referencias sólidas, formado en un mundo de excesos que rara vez perdona a quienes no encuentran un propósito más allá del propio lujo.
Princy cayó progresivamente en el consumo de alcohol y de drogas. A diferencia de su madre, no poseía esa resistencia casi inquebrantable que a ella le había permitido sobrevivir a tantas caídas. Había nacido dentro de una vida sin fricciones, sin límites que le enseñaran a tolerar la frustración. Y cuando el mundo que lo rodeaba empezó a resquebrajarse, el divorcio de sus padres, la caída del prestigio familiar, la lenta desaporición del tesoro que debería haber sido en parte su herencia, no encontró dentro de sí las herramientas necesarias para sostenerse.
Durante años, Cita Devil lo vio hundirse sin poder revertir aquella espiral. Ella, que lo había calculado todo con precisión durante toda su vida, que había sabido negociar con gobiernos, tribunales y joyeros de medio mundo, se encontraba ahora completamente impotente frente al deterioro de la única persona a la que amaba sin ningún tipo de estrategia de por medio.
No había ningún abogado capaz de resolver aquello. No había ninguna joya que pudiera desmontarse y volver a montarse para arreglar lo que estaba ocurriendo. Por primera vez en su vida adulta, Cita Devi se enfrentaba a un problema que ni el dinero ni la astucia podían solucionar. En 1985, con apenas 40 años, Princy murió, consumido por las adicciones que lo habían acompañado durante parte de su vida adulta.
Paraitavi, aquel golpe fue distinto a todos los anteriores. Había sobrevivido al escándalo de su conversión religiosa, a la pérdida del reconocimiento oficial como Maharani, al colapso del imperio principesco de Baroda, al divorcio, a la venta silenciosa de su fortuna. Cada una de esas pérdidas, por dolorosas que hubieran sido, encontró siempre en ella una respuesta, una estrategia, una negociación, una manera de reacomodar las piezas y seguir adelante con la cabeza en alto.
Pero la muerte de su hijo no admitía negociación posible. No había manera de desarmarla y volver a montarla en una forma nueva, como había hecho con tantas otras pérdidas a lo largo de su vida. Quienes la visitaron en los meses posteriores a la muerte de Princy hablaban de una mujer completamente distinta a la que habían conocido durante décadas.
La misma persona capaz de silenciar un salón entero con una sola frase. La misma que había cambiado de religión sin pestañear y desafiado a gobiernos enteros, se encontraba ahora incapaz de sostener una conversación sin que su mirada se perdiera en algún punto lejano, como si buscara, sin encontrarla nunca, una respuesta a lo que le había ocurrido.
dejó de asistir con la misma frecuencia a los eventos sociales que antes dominaba con total naturalidad. Las pocas fotografías que se conservan de esos últimos años muestran a una mujer que, aunque seguía vistiendo con la misma elegancia de siempre, había perdido por completo aquella luz particular que durante tanto tiempo la había hecho inconfundible en cualquier salón del mundo.
Los años del olvido. Durante la última etapa de su vida, Citaad redujo drásticamente su círculo social. El departamento parisino, donde pasó sus últimos años distaba enormemente de las mansiones que había habitado en su época de mayor esplendor. Seguía siendo un espacio elegante, decorado con algunos de los objetos que había logrado conservar a lo largo de tantas ventas y desprendimientos, pero ya no tenía nada que ver con la escala descomunal de sus antiguas residencias en Montecarlo o en Baroda. recibía cada vez con menos
frecuencia la visita de algún viejo conocido de sus años dorados. Personas que llegaban movidas más por la curiosidad de comprobar en qué se había convertido la legendaria Citaady, que por un afecto genuino que hubiera sobrevivido al paso de las décadas. Ella los recibía siempre con la misma elegancia de siempre, vestida con esmero, incluso cuando ya no había ningún evento social que justificara ese cuidado, como si mantener aquellas formas fuera la última trinchera desde la que podía seguir defendiendo la idea
de quién había sido. Los periodistas que en su día se peleaban por conseguir una entrevista o una fotografía suya dejaron progresivamente de interesarse en su paradero. El mundo que la había convertido en un icono internacional de la posguerra había seguido girando sin ella, incorporando nuevas figuras, nuevos escándalos, nuevas historias que ocupaban las páginas de sociedad que antes le pertenecían casi en exclusiva.
Cita Devy, que durante décadas había sido noticia por cada gesto, cada joya, cada frase pronunciada en el salón adecuado, se convirtió gradualmente en una nota al pie de la historia del siglo XX, un nombre que solo los especialistas en joyería histórica o en la crónica de los antiguos principados indios seguían reconociendo con precisión el silencio final.
4 años después de la muerte de su hijo, en febrero de 1989, Citaadevi falleció en su departamento de París a los 71 años. murió lejos de la India donde había nacido, lejos de Monteclo, donde había reinado durante décadas, sobre una corte hecha de espejismo y esplendor. Las causas médicas oficiales hablaron de muerte natural, pero quienes la conocieron de cerca en sus últimos años coincidían en que algo se había apagado en ella mucho antes, que la energía feroz que la había sostenido durante toda su vida se había
extinguido definitivamente con la pérdida de su hijo. Su muerte no generó grandes titulares. El mundo que la había idolatrado en los años 40 y 50 apenas prestó atención a su desaparición. La mujer capaz de silenciar un salón entero con una sola frase se marchó de manera casi anónima en un departamento vacío sin la corte que durante tanto tiempo la había rodeado.
Pero la historia de sus joyas no terminó con ella. Piezas que había desmontado con tanto cuidado para protegerlas de cualquier reclamo legal. comenzaron a reaparecer años después de su muerte en las grandes casas de subastas del mundo. La alfombra tejida con más de un millón de perlas, concebida originalmente como una ofrenda religiosa nunca entregada, terminó exhibida en un museo de Oriente Medio, admirada hoy por miles de visitantes que desconocen por completo la historia de la mujer que la sacó de la India y la convirtió en un símbolo de
su propio esplendor personal. Otras piedras históricas fueron localizadas décadas más tarde en manos de joyeros europeos y siguieron circulando entre coleccionistas que jamás llegaron a conocerlas ni a sospechar el peso histórico que cargaban aquellas gemas. Cada vez que una de esas piezas aparecía en el catálogo de una gran casa de subastas internacional, los expertos en joyería histórica se apresuraban a reconstruir su procedencia, citando fragmentos de aquella historia que unía a un antiguo reino indio, a un
matrimonio escandaloso, a un exilio dorado en la Riviera Francesa y a una mujer cuyo nombre para entonces ya sonaba más a leyenda lejana que a persona real. Los compradores que pujaban por esas piezas en las salas de subastas de Londres, Nueva York o Ginebra rara vez conocían el trasfondo completo de lo que estaban adquiriendo.
Para ellos se trataba simplemente de gemas de calidad excepcional, con una procedencia histórica que añadía valor y prestigio a la transacción. Pocos se detenían a pensar en la mujer que las había paseado por los salones de media Europa, que había desafiado a un gobierno entero para conservarlas y que había terminado vendiéndolas una a una en la discreción de una trastienda parisina, simplemente para poder pagar las facturas de una vida que ya no podía sostener con la opulencia de antaño, entre la leyenda y el olvido. Con el paso de las décadas,
la figura de Cita Devi ha ido recuperando cierto interés dentro de los estudios especializados en la historia de la joyería y en la crónica de los últimos años del sistema principesco indio. Historiadores del lujo y curadores de exposiciones sobre joyería histórica han reconstruido, pieza por pieza, buena parte del recorrido de las gemas que alguna vez pertenecieron al tesoro de Baroda, documentando su paso por manos privadas, subastas internacionales y, finalmente, colecciones museísticas que hoy permiten al público general contemplar una
fracción de aquel esplendor perdido. Sin embargo, esas reconstrucciones históricas rara vez logran capturar la dimensión humana completa de la mujer detrás de aquellas piedras. Los catálogos de subastas suelen limitarse a describir el peso en kilates, la procedencia geográfica de cada gema, el nombre del joyero que la trabajó en cada época.

rara vez se detienen en la niña nacida en Pitapuram, en la joven esa desconexión entre el objeto y la persona que lo poseyó resulta en cierto modo la metáfora perfecta de toda su historia. Las joyas, indiferentes al destino de quienes las portan, sobreviven indefinidamente, cambiando de dueño, de contexto, de significado. Las personas, en cambio, aunque acumulen fortunas comparables a las de reinos enteros, están sometidas a los mismos límites biológicos y emocionales que cualquier otro ser humano.
Cita Devi comprendió esa diferencia quizás demasiado tarde. pasó buena parte de su vida tratando de que las joyas la definieran ante el mundo, sin advertir del todo que tarde o temprano serían ellas las que continuarían existiendo mucho después de que su propio nombre se desvaneciera del recuerdo colectivo. Lo que queda.
Ahí está quizás la ironía más profunda de toda esta historia. Citadebi dedicó buena parte de su vida a acumular, proteger, ocultar y disputar legalmente un tesoro que consideraba suyo por derecho. Cambió de religión por ambición. Participó en el vaciamiento silencioso de un reino entero. Burló a gobiernos y tribunales durante años y al final no conservó casi nada de todo aquello. Las joyas la sobrevivieron.
Hoy brillan en vitrinas de museos y en cuellos de mujeres que jamás oyeron hablar de ella. mientras su nombre permanece prácticamente olvidado fuera de los círculos especializados en la historia de la joyería principesca del siglo XX, resulta casi imposible no preguntarse qué habría pensado la propia cita dey si hubiera podido anticipar ese destino para sus tesoros más preciados.
Ella que había desmontado y vuelto a montar cada joya, con tal de que nadie más pudiera reclamarla, terminó por perder de todos modos el control absoluto sobre su legado. Las piedras que tanto se esforzó por proteger de los tribunales indios terminaron igualmente fuera de su alcance, dispersas por el mundo entero, admiradas por generaciones que jamás sabrán el precio humano que costó reunirlas en un solo lugar durante aquellos años dorados en Montecarlo.
¿Qué queda entonces de una vida como la de cita Devy de Baroda? Queda sobre todo una pregunta incómoda que su historia deja flotando mucho después de que se apaguen las luces del relato. Ella tuvo aquello que la mayoría de las personas persigue durante toda una existencia sin llegar jamás a alcanzarlo.
Belleza reconocida internacionalmente, una fortuna prácticamente incalculable. acceso a los círculos más exclusivos del planeta, joyas que hoy se consideran patrimonio histórico. Y aún así murió sola en un departamento ajeno a cualquier esplendor, llorando la pérdida de un hijo que ninguna riqueza pudo salvar.
Tal vez la verdadera lección de su vida no tenga nada que ver con perlas, ni con palacios, ni con coronas disputadas ante tribunales internacionales. Tal vez tenga que ver con algo mucho más sencillo y al mismo tiempo mucho más difícil de aceptar, que ninguna posesión material, por extraordinaria que sea, puede llenar un vacío que nace en otro lugar completamente distinto, que el poder de comprarlo todo no incluye nunca el poder de comprar aquello que de verdad sostiene a una persona cuando todo lo demás, tarde o temprano se apaga.
Cita lo tuvo prácticamente todo, menos lo único que ninguna fortuna del mundo ha logrado jamás adquirir. Y quizás por eso su historia sigue resultando tan incómoda de contar, tan difícil de cerrar con una moraleja sencilla. No es la historia de una villana, ni tampoco la de una víctima.
Es la historia de una mujer que entendió desde muy joven que el mundo recompensa a quienes se atreven a pedir más. a quienes rehusan aceptar los límites que la tradición y la sociedad les imponen. Y en ese sentido, su vida fue durante décadas un triunfo casi perfecto de la voluntad sobre las circunstancias. Se atrevió a cambiar de religión cuando la tradición se lo prohibía.
se atrevió a desafiar a gobiernos enteros cuando intentaron arrebatarle lo que consideraba suyo. Se atrevió a construir con sus propias manos y su propia astucia una vida que superaba con creces cualquier cosa que su nacimiento le hubiera prometido. Pero hay una lección más antigua, casi tan vieja como la propia condición humana, que su historia también parece confirmar, que la voluntad, por más poderosa que sea, tiene límites que ninguna riqueza puede superar.
Se puede desmontar y volver a montar un collar de perlas para que ningún tribunal lo reconozca. No se puede hacer lo mismo con un hijo perdido. Se puede comprar la ciudadanía de un país entero para escapar de la persecución de otro gobierno. No se puede comprar, en cambio, ni un solo día más de compañía cuando la persona que amamos ya no está.
Quizás ahí resida el verdadero valor de recordar vidas como la decita débil de Baroda, no en admirar el brillo de sus joyas ni en escandalizarnos por sus decisiones, sino en detenernos un instante a pensar en qué medida nuestras propias prioridades se parecen, aunque sea en una escala mucho más modesta a las suyas.
Cuántas veces perseguimos algo con la misma intensidad con la que ella persiguió sus joyas, sus títulos, su lugar en la cima del mundo, sin detenernos a evaluar si aquello que tanto ansamos realmente sostendrá algo dentro de nosotros el día en que todo lo demás se apague. Cita Devy murió sin la corte que la rodeó durante décadas, sin el marido que la había convertido en leyenda, sin el hijo que era su última razón para seguir adelante y sin buena parte de las joyas que definieron su nombre ante el mundo entero.
Pero dejó, sin proponérselo del todo, una advertencia que atraviesa generaciones y fronteras, que ninguna corona, por espectacular que sea, protege realmente a quien la lleva de aquello que de verdad puede quebrarnos. y que tal vez la pregunta más importante que cualquier persona pueda hacerse mucho antes de llegar al final de su propia historia no sea cuánto puede llegar a poseer, sino qué está dispuesta a sostener cuando ya no le quede nada más.
Si esta historia te ha dejado pensando, cuéntanos en los comentarios qué es lo que más te ha impactado de la vida de Cita David de Baroda. Y si quieres seguir descubriendo destinos como este, historias de reinas, princesas y mujeres que marcaron su época para bien y para mal, suscríbete al canal y activa la campana para no perderte la próxima historia. M.
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