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Rose Kennedy: La Madre Más Poderosa de América… y la Más Castigada

En lugar de Wellsley, la envió a un convento, a estudiar con monjas, a rezar, abordar, a prepararse para ser una esposa perfecta. Rose obedeció. Por supuesto que obedeció. En esa época, en esa familia, una hija no discutía las órdenes de su padre. Pero décadas más tarde, siendo ya una anciana que había vivido más que casi nadie, confesó que aquella fue una de las decisiones más dolorosas de toda su vida, que renunciar a Wellsley fue una herida que nunca terminó de cerrar, la primera de muchas renuncias, la primera vez que aprendió a tragarse un

deseo propio y a sonreír como si nada hubiera pasado. En el convento aprendió otra cosa, quizás la más importante de todas. Aprendió a rezar de verdad. La fe católica dejó de ser una costumbre heredada y se convirtió en su columna vertebral, en el refugio al que volvería cada vez que la vida intentara destruirla, y la vida lo intentaría muchas veces, más de las que ninguna niña rezando en aquella capilla silenciosa podría haber imaginado.

Estudió también un tiempo en Europa, en conventos de Holanda y de Alemania, perfeccionando idiomas y modales. Cuando volvió a Boston, era ya una joven refinada, culta, deslumbrante en sociedad. Su padre la presentó por todo lo alto, se convirtió en una de las debutantes más admiradas de la ciudad. A una de sus fiestas de presentación acudieron cientos de invitados, entre ellos lo más selecto de la élite de Boston.

Rose tenía el mundo a sus pies y, sin embargo, ya cargaba en silencio con esa primera renuncia. Fue en esos años cuando se afianzó su relación con el muchacho que lo cambiaría todo. Se llamaba Joseph Patrick Kennedy Joe. Un joven ambicioso, guapo, con una sonrisa que prometía el mundo entero y unos ojos que ya calculaban cómo conseguirlo.

Se habían visto de niños durante las vacaciones de verano en la costa y con el tiempo aquella amistad infantil se transformó en algo mucho más fuerte. Había un problema enorme. El padre de Rose no lo aprobaba. Honey Fitz consideraba que los Kennedy no estaban a la altura de los Fitzgerald, que ese joven Joe era demasiado ambicioso, demasiado hambriento, demasiado impaciente por trepar.

Durante años, el alcalde hizo todo lo posible por separarlos, envió a Rose de viaje a Europa, la presentó a otros pretendientes más convenientes. Intentó, con toda la astucia de un político veterano, enfriar aquel romance. No lo consiguió. Rose había elegido y por primera vez en su vida, aquella hija obediente se mantuvo firme frente a su adorado padre, amaba a Joe Kennedy y se casaría con él con o sin la bendición paterna.

Fue quizás la única gran batalla que Rose libró por sí misma y la ganó, aunque el tiempo le mostraría que su padre, en el fondo, no se había equivocado del todo sobre el hombre con el que iba a compartir su vida. Antes de que sigamos con esta historia, queremos preguntarte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios, nos encanta saber desde qué país nos siguen.

El 7 de octubre de 1914, Rose Fitzgerald se convirtió en Rose Kennedy. La boda fue discreta, casi íntima, oficiada por un cardenal en una capilla privada. Ella tenía 24 años, él 26. Y ninguno de los dos podía imaginar el imperio que estaban a punto de construir, ni el precio de sangre que ese imperio les cobraría. Se instalaron en una casa modesta en Brookline, un barrio tranquilo cerca de Boston, y casi de inmediato empezaron a llegar los hijos uno tras otro, año tras año, como una marea imparable que no daba tregua.

Joseph Junior nació en 1915. Un año después, en 1917, llegó John, al que llamarían Jack. En 1918, Rosemary. En 1920, Kathle, a la que todos decían kick. Después vinieron Eunis, Patricia, Robert, Jean. Y finalmente, en 1932, el último Edward, al que llamarían Ted, nueve hijos en 17 años, nueve embarazos, nueve partos, nueve vidas que dependían enteramente de ella.

En aquellos primeros años en Brooklyn, Rose era una madre joven, casi siempre sola. Joe pasaba fuera semanas enteras viajando por negocios, construyendo el imperio que le devolvería a la familia el respeto que Boston les negaba. Y ella se quedaba en casa, embarazada casi todos los años, criando a un ejército de niños pequeños con la ayuda de unas pocas empleadas.

Fue en esos años de soledad y de agotamiento donde Rose forjó el método que la haría famosa. No podía permitirse el caos. Con tantos hijos tan seguidos, la única forma de sobrevivir era el orden absoluto, los horarios de reloj, las reglas claras. La disciplina no fue para ella un capricho, fue una cuestión de supervivencia.

Mientras Rose paría y criaba, Joe hacía algo muy distinto. Joe hacía dinero, muchísimo dinero, y no siempre de la forma más limpia. especuló en la bolsa con una intuición casi sobrenatural, retirándose justo antes del gran desplome de 1929, cuando millones de familias lo perdían absolutamente todo. Mientras el país se hundía en la gran depresión, la fortuna de los Kennedy crecía, invirtió en bienes raíces.

Compró estudios y participaciones en el Hollywood naciente, donde el cine se estaba convirtiendo en un negocio de oro. Y durante la ley seca, cuando el alcohol estaba prohibido en Estados Unidos, se rumoreó siempre que buena parte de su riqueza vino de importar licor. Nunca se probó del todo, pero la sombra lo acompañó toda la vida.

Joe Kennedy era brillante, implacable y estaba absolutamente obsesionado con una sola cosa. Su familia no sería una familia irlandesa más. Mirada con desprecio por la élite protestante que gobernaba Boston desde hacía generaciones. Sus hijos serían los amos, llegarían a lo más alto de todo y él construiría ladrillo a ladrillo, dólar a dólar, la escalera para que subieran.

Pero mientras Joe conquistaba el mundo exterior, el mundo interior era territorio de Rose y Rose lo gobernaba con una disciplina que dejaba boquia abierto a todo el que la conocía. Con tantos hijos, decidió que la casa Kennedy no funcionaría como un hogar cualquiera, sino como una pequeña institución perfectamente organizada.

creó un sistema de fichas, una tarjeta para cada niño donde anotaba con letra clara cada detalle de su vida. Enfermedades, vacunas, peso, altura, visitas al dentista, la fecha exacta de cada dolencia y cada tratamiento. Cuando un hijo enfermaba, Rose consultaba su ficha como un general consulta el mapa de una batalla.

Años después, aquellas tarjetas amarillentas se conservarían como testimonio del método casi militar con el que crió a una futura dinastía. Las comidas eran una escuela. En la mesa se prohibía hablar de tonterías. Se discutía de historia, de geografía, de política, de la actualidad del mundo. Rose recortaba noticias del periódico y las clavaba en un tablero para que los niños las leyeran antes de sentarse.

Después, durante la cena, los interrogaba a todos. El que no supiera responder pasaba vergüenza delante de sus hermanos. Los quería informados, despiertos, capaces de sostener una conversación con cualquiera. La puntualidad era sagrada. Quien llegaba tarde a la mesa se quedaba sin comer, sin importar quién fuera.

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