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Así VIVÍAN las 5 FAMILIAS más PODEROSAS del México de los HACENDADOS

En la hacienda de San Miguel de Bavícora, un peón podía pasar toda su vida sin tocar jamás un peso de la República. Le pagaban en bales que solo se canjeaban en la tienda de raya del patrón. Imagínate el comedor de la casa grande de los terrazas en la ciudad de Chihuahua. Mesa de caoba traída desde Europa, vajilla de porcelana inglesa con el escudo de la familia pintado a mano.

Mientras tanto, a unos kilómetros, una familia de vaqueros cenaba tortillas duras con sal y café aguado servido en jarro de barro. Esa distancia, esa misma distancia era lo que un siglo después seguiría partiendo a este país en dos. Número dos, los Escandón. Esta familia tenía sangre en la ciudad de México y tierras en Morelos, donde el azúcar valía oro.

La hacienda de Atliwayán era una de las joyas del país. Antonio Escandón fue uno de los hombres que metió el ferrocarril a México en los años 60 del siglo XIX. Y no por amor al progreso, sino porque ese tren movía su azúcar más rápido y más barato hacia el puerto. En las casas de los Escandón, en la colonia Juárez, sonaba el piano por las tardes, mientras las señoritas practicaban francés con institutrices traídas de Europa.

Y a 200 km en los Cañaverales de Morelos, hombres con el espinazo doblado cortaban caña de sol a sol bajo un calor que rajaba la tierra. El olor a melaza hervida flotaba sobre los pueblos enteros. Era dulce y era amargo al mismo tiempo. Esos cañaverales, esos mismos, fueron los que años después incendiaría un hombre de Anenecuilco llamado Emiliano Zapata.

Número tres, los Molina y los peón de Yucatán. El Eneken convirtió a un puñado de familias yucatecas en algo que el país nunca había visto. Le decían el oro verde. Esa fibra de agan pencas espinosas se usaba para hacer las cuerdas de medio mundo y entre 1880 y 1915 valía una fortuna. Olegario Molina llegó a ser gobernador y secretario de don Porfirio mientras manejaba una de las casas exportadoras más grandes.

Las familias enqueneras construyeron mansiones en el paseo de Montejo de Mérida que parecían arrancadas de París. Mármol de carrara, candelabros de cristal, mosaicos importados. Y mientras tanto, en las haciendas, miles de mayas y de jaquis deportados desde Sonora trabajaban en condiciones que un periodista americano describió en 1909 como esclavitud disfrazada.

Cortaban penca por penca con las manos llenas de espinas y de cicatrices. El periodista se llamaba John Kenneth Turner y su libro avergonzó al gobierno entero. Las casas de Montejo siguen ahí, algunas son museos. Los nombres de los que cortaron el Enequén no los recuerda nadie.

Número cuatro, los González de Coahuila y Tamaulipas. Esta familia tejió su poder alrededor de la Tierra y de la política del noreste. Manejaban ranchos ganaderos del tamaño de países pequeños. Y en una región seca como esa, controlar el agua era controlarlo todo. El que tenía la presa, el que tenía el pozo, ese mandaba. Los peones acasillados vivían dentro de las haciendas con sus familias, generación tras generación, atados por deudas que se heredaban de padre a hijo.

Naciste debiendo, te casabas debiendo, morías de viendo. En las casas grandes de estos ascendados, el desayuno incluía huevos frescos, machaca con huevo recién hecha, frijoles refritos en manteca de buena calidad y pan dulce traído de las panaderías de Monterrey. En los jacales de los peones se desayunaba lo que hubiera, que casi siempre era tortilla con chile y un café que era más agua que café.

La misma tierra, el mismo sol, dos mundos que jamás se tocaban. Aquí hay que detenerse un momento porque lo que estás oyendo es solo historia vieja. La tienda de raya fue el invento más perfecto que se haya hecho para amarrar a un ser humano a un pedazo de tierra sin cadenas visibles. Funcionaba así. El patrón te pagaba poco, pero la única tienda donde podías comprar era la suya y los precios los ponía él.

El maíz costaba más caro adentro de la hacienda que afuera. El petróleo para la lámpara, la manta para la ropa, el aguardiente para olvidar, todo más caro. Entonces gastabas más de lo que ganabas y la diferencia te la apuntaban como deuda. Esa deuda crecía sola y por ley o por costumbre no podías irte de la hacienda mientras debieras.

Tus hijos heredaban el saldo, un sistema donde el hombre trabajaba toda su vida y al final no tenía ni con qué pagar su propio entierro. Nadie lo llamaba esclavitud, pero todos sabían lo que era. Lo sabían los peones, lo sabían los patrones y lo sabía perfectamente el gobierno que dejaba que pasara. Número cinco, Los Madero de Coahuila.

Antes de que el apellido se hiciera famoso por la revolución, los Madero ya eran una de las dinastías más ricas del norte. Evaristo Madero, el patriarca, levantó un imperio que iba del algodón de la laguna al vino, del cobre a la banca. La casa Madero en el valle de Parras es la vinícola más antigua de todo el continente americano, fundada desde finales del siglo X.

Imagínate las bodegas frías y oscuras, el olor a barrica de roble y a uva fermentada, las botellas acomodadas en filas que se perdían en la penumbra. Arriba, en la casa grande, los maderos recibían a la flor inata del norte con manteles largos y copas de cristal cortado. La paradoja la conoce todo el que estudió, aunque sea un poco.

De esa familia riquísima salió Francisco Io Madero, el hombre que en 1910 le dijo a don Porfirio que ya bastaba. un asendado predicando contra el sistema que lo había hecho rico. La historia de México está llena de esas contradicciones que ningún libro alcanza a explicar del todo. Número seis, Los Cuevas y los asendados pulqueros de los Llanos de Apán.

En Hidalgo y en Tlaxcala había una aristocracia construida sobre algo que hoy casi nadie toma. El pulque, esa bebida blanca y espesa que sale del maguei movía cantidades de dinero que hoy parecen mentira. A finales del porfiriato, el pulque era la bebida nacional y los trenes salían cada madrugada de los llanos de apán cargados de barriles rumbo a las pulquerías de la capital.

Una hacienda pulquera grande podía mandar miles de litros al día. El olor de los maguelles raspados, el tlachiquero chupando el aguamiel con su acote de calabaza alargada. Todo eso sostenía mansiones enormes con capillas propias y arcos de cantera. Los ascendados pulqueros tenían palco en el teatro y casa en la ciudad de México. Cuando llegó la cerveza embotellada del norte, todo ese mundo se vino abajo en una sola generación.

Las haciendas pulqueras se cayeron a pedazos. Hoy muchas son ruinas donde el viento silva entre los maguelles que ya nadie raspa. Número siete, la casa grande por dentro. Más allá de los apellidos, conviene entrar a una de estas casas para entender qué significaba el poder. La casa grande de una hacienda próspera no era una casa, era un pueblo entero girando alrededor de una familia.

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