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Sasha Sokol: Tenía 14 Años y Nadie la PROTEGIÓ del Hombre que lo Decidía Todo

Timbiriche fue para millones de familias mexicanas [música] la banda sonora de toda una época. [música] Eran los años en que la familia se sentaba junta frente al televisor porque no había 1000 pantallas, [música] había una sola y era de todos. Y ahí estaban esos [música] siete chamacos cantándole a la escuela, a los amigos, a los primeros amores de cuaderno.

Llenaban auditorios con miles de niños gritando, con [música] mamás acompañando a sus hijas, con esa emoción limpia que solo da el primer artista [música] que amas en la vida. Montaron Vaselina, la versión mexicana de aquella historia [música] de Greece, y la gente hacía fila para ver a Sasha de protagonista, una [música] niña sosteniendo un musical entero sobre los hombros.

Había muñecas, [música] había loncheras, había cuadernos con sus caras, había revistas [música] dedicadas solo a ellos. Era una industria completa girando alrededor de [música] unos niños y en el centro de esa industria, moviendo cada hilo, estaba un solo hombre. Tú veías [música] la alegría, veías a los niños cantar y tenías [música] todo el derecho de verlo así, porque era lo único que te mostraban, lo [música] que pasaba lejos de tu sala en los camerinos.

en las giras, en [música] los hoteles de otras ciudades, se quedó guardado durante 40 años. Para esas familias, Timbiriche era ternura pura. Eran los niños de México cantando. Era sano, era alegre, era para toda la familia. Eso era lo que se veía desde la sala. Y [música] déjame que te diga algo, porque esto importa para todo lo que viene.

Tú no [música] hiciste nada mal por quererlos. Tú los quisiste [música] porque te dieron alegría en una época en que la vida no regalaba mucha. Nadie [música] te dio motivos para sospechar. Esa es justamente la trampa de todo esto. Porque mientras tú veías [música] a siete niños felices, dentro de esa maquinaria mandaba una sola regla.

El productor lo era todo. El [música] productor decidía quién cantaba al frente y quién atrás. Decidía quién daba entrevistas [música] y quién no. decidía los horarios, los viajes, los contratos, las giras, [música] la ropa, el peinado, hasta la sonrisa que tenías que poner. Para una niña de 12, de 13, de 14 años, [música] ese hombre tenía el peso de un dueño del mundo entero.

Si él [música] te quería, existías. Si él se enojaba, podías desaparecer. Y todos los niños lo sabían. Guarda esa idea. El productor lo era todo. [música] Esa frase parece un detalle de cómo se hacía la tele en los 80. No lo es. Es la llave de toda esta historia. Quiero que entiendas [música] cómo funcionaba esa fábrica de estrellas por dentro, porque ahí [música] está la raíz de todo.

Cuando una televisora descubría a un niño con talento, no [música] lo cuidaba como se cuida a un niño. Lo administraba como se admira administra un producto. Esos niños [música] generaban fortunas, discos, boletos, giras, publicidad. [música] mercancía. Todo eso movía cantidades de dinero que un niño de 12 años ni siquiera puede imaginar.

Y de [música] toda esa montaña de dinero, el niño veía una parte mínima, la que los adultos decidían darle. El resto [música] se repartía arriba, donde mandaban los productores. Era [música] en el fondo, una vieja trampa con ropa nueva. El artista produce el oro y vive de lo que el patrón le quiera soltar. Solo que aquí el artista [música] era una criatura y el patrón decidía no solo su dinero, sino su ropa, [música] sus horarios, su imagen, con quién se le veía y con quién no.

[música] Una niña dentro de esa máquina tenía una agenda que llenaban otros hora por hora. Su día entero estaba [música] decidido antes de que despertara. Ensayos, foros, aviones, hoteles [música] y la mirada constante de un adulto que evaluaba todo lo que hacía. El tiempo de [música] jugar, de aburrirse, de equivocarse en privado, ese que necesita cualquier criatura para crecer sana, simplemente no cabía en su calendario.

Y aquí está lo que casi nadie quiere ver. Ese sistema [música] no fallaba cuando ocurría un abuso. Funcionaba [música] tal como estaba diseñado. Estaba hecho para que un adulto tuviera control total sobre menores, sin nadie que [música] vigilara de verdad, con toda una industria interesada en que el espectáculo [música] no se detuviera por nada.

Y cuando le das [música] a una persona poder absoluto sobre criaturas y le quitas toda vigilancia [música] y lo rodeas de gente que depende económicamente de él, lo que pasó con Sasha [música] deja de parecer una desgracia aislada. Empieza [música] a parecer lo que de verdad fue el resultado normal de una máquina construida así.

Y [música] por eso esta historia no es solo la de una niña y un hombre, es la de [música] todo un sistema que vio lo que pasaba, que lo envolvió en purpurina y que siguió vendiendo [música] boletos. Ahora ponle rostro a la víctima [música] de este relato. Una persona concreta con [música] nombre y apellido. Sasha Socol Quilry, nacida el [música] 17 de junio de 1970 en la ciudad de México.

Hija [música] de Magdalena y de Miguel, hermana de Michel, de Alexandra, de Simena. Una niña que a los 10 años estudiaba [música] ballet con la disciplina de una adulta que entró a ese centro a perseguir [música] un sueño que cualquier niña con talento perseguiría. A los 12 ya [música] estaba en Timbiriche. A los 14 era una de las caras más reconocidas de México y a los [música] 14 también empezó lo que 40 años después la Suprema Corte de Justicia de la Nación llamaría por su nombre verdadero.

Sasha no era hija de nadie poderoso en ese medio. No tenía un padre productor ni una madre estrella que pudiera protegerla por dentro. Era una niña de una familia normal, metida en una máquina gigantesca, rodeada de adultos que respondían a un solo hombre. Y ese hombre tenía 39 años. Sus papás no eran tontos.

Cuando empezaron a sospechar lo [música] que pasaba, se opusieron. Hicieron lo que cualquier padre [música] y cualquier madre haría. Pero, ¿qué puede hacer una familia común contra la persona que controla la carrera, el [música] dinero y el futuro de su hija? ¿Cómo le ganas a un hombre que con una llamada puede borrar a tu niña de la televisión [música] del país? ¿A quién acudes en 1984 cuando el [música] agresor es el dueño del juego y la prensa lo trata como a un genio.

Si alguna vez te sentiste pequeña frente a alguien que tenía todo el poder y tú no tenías [música] ninguno, ya sabes un poco lo que se siente estar en el lugar de [música] esa familia. Y para que de verdad entiendas el tamaño de esa pared, [música] ponte en el México de aquellos años. En 1984, [música] las cosas que hoy tienen nombre y tienen ley, entonces [música] sencillamente no existían en la conversación.

No se hablaba de abuso de poder, no se hablaba de consentimiento, ni siquiera había una idea [música] clara. en la cabeza de la gente común de que un adulto poderoso y un adolescente jamás pueden estar en igualdad de condiciones. A una relación así, la sociedad de entonces le ponía otros nombres, le decía precocidad, [música] le decía que la niña era muy madura para su edad, le decía [música] con una sonrisa cómplice que tenía suerte de que un hombre [música] tan importante se fijara en ella.

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