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Fernando Luján: Por ESTO Escupió el Apellido Más Poderoso del Cine y Lo Borraron de la Familia

En una escena donde el cantante debía recibir unos golpes del personaje del Soler, dicen que el tío Fernando se ensañó dejándole claro a todos quién mandaba en ese set. Pedro Infante, el ídolo de México agachando la cabeza ante un soler, así de grande era el poder de esa familia. El tío Andrés hizo casi 200 películas. Domingo protagonizó algunas de las cintas más recordadas de la época.

Julián se inclinó por la dirección y filmó decenas de títulos. Entre todos, los Soler tocaron cientos y cientos de películas. Fueron maestros de actores que después se volvieron enormes. Tenían su propia escuela, su propia red, su propio reino. Cuando uno de ellos entraba a un proyecto, el proyecto era suyo. Ahora sí, imagínate esto.

Imagínate que todo tu mundo, tu casa, tu apellido, tu futuro, dependiera de unos pocos hombres que reparten el pan como reyes, que dan o quitan según su humor, que a unos los sientan a la mesa y a otros los dejan parados en la puerta. Así crecía Fernando, adentro de ese castillo dorado, pero del lado equivocado de la mesa, porque Fernando tenía un problema de nacimiento y el problema era su apellido. Su mamá era una Soler.

Mercedes Soler, la más chica de la dinastía, una actriz que había abierto el camino de la familia en el cine antes que sus hermanos. Por ese lado, Fernando era de la realeza, pero su papá no era Soler. Su papá era otra cosa. Su papá era extranjero. Se llamaba Alejandro Kanangerotti.

argentino, actor también, y de los buenos. Un hombre de teatro que se vino a México, se enamoró de Mercedes, se casó con ella y se quedó a vivir en un país que no era el suyo dentro de una familia que no lo terminó de aceptar nunca. Para lo Soler, Alejandro siempre fue el de afuera, el cuñado, el argentino con el apellido impronunciable.

Y aquí hay algo que tienes que saber porque es la espina más profunda de toda esta historia. Fernando tenía un hermano, se llamaba Alejandro como el papá. Y ese hermano sí encajaba. Ese hermano tenía la cara, el aire, el porte que los soler buscaban. Cuando los tíos miraban a los dos niños, veían en Alejandro al heredero, al que iba a continuar la dinastía, y en Fernando veían al otro, al raro, al difícil, al muy kanguerotti.

Imagínate crecer así, bajo el mismo techo, comiendo en la misma mesa, con la misma sangre, y que tu propia familia decida que uno de ustedes es el elegido y el otro es el de relleno. Que a tu hermano lo llenen de regalos y a ti te dejen mirando. Que a tu hermano lo lleven a pasear como a un príncipe y a ti te dejen en la casa.

Eso no se le hace a un niño. Eso deja una marca que no se borra ni con los años, ni con el éxito, ni con los premios. Porque hay un dolor especial, un dolor muy particular en ser rechazado no por un extraño, sino por los tuyos, por los que se supone que deben quererte pase lo que pase.

Cuando el desprecio viene de afuera, duele, pero cuando viene de adentro, de tu propia sangre, de los que llevan tu mismo apellido, ese dolor se mete hasta el hueso y se queda a vivir ahí. Y mientras tanto, ¿qué hacía el papá de Fernando en todo esto? Aguantaba, trabajaba, seguía actuando siempre un escalón abajo, siempre tragándose el orgullo.

Un actor argentino de raza, formado en los mejores teatros, reducido a papeles secundarios en una industria que no era la suya por culpa de unos cuñados que no lo querían dejar brillar. Y su hijo lo veía, lo veía todo. Y aquí empieza el dolor de Fernando, porque desde muy chico, desde esa azotea con pelucas, el niño vio algo que lo marcó para siempre.

Vio como a su papá lo trataban como a un actor de segunda. Vio como los proyectos importantes, los papeles buenos, las oportunidades de oro, siempre se quedaban entre los hermanos de sangre y a su papá, que era un actorazo, lo dejaban con las migajas. Lo dijo el mismo ya de grande en una entrevista con el periódico El Universal.

Con sus propias palabras, sin maquillaje, dijo que le afectaba mucho que su padre no tuviera el apoyo de sus tíos, que mientras a su tío Fernando le daban hasta su propio programa de televisión, a su papá lo hacían a un lado. Y dijo una frase que lo explica todo. Dijo que para ellos, para los suoler, él también era, y cito textual, muyotti.

Muangerotti. Detente en esas dos palabras, porque ese es el corazón de toda esta historia. Esa fue la marca que le pusieron de niño, la etiqueta. No eres del todo de los nuestros. Tienes algo de la sangre buena así por tu mamá, pero también tienes esa otra cosa, ese apellido raro de tu padre, ese defecto.

Eres muy kangeroti y un niño que crece escuchando eso, aunque nadie se lo diga directo a la cara. Lo siente, lo respira, lo carga. Tú que me estás escuchando, a lo mejor sabes lo que es eso. Lo que se siente cuando en tu propia familia hay hijos de primera y hijos de segunda, cuando a uno lo celebran por todo y a otro ni lo voltean a ver cuando el cariño no se reparte parejo y tú eres el que se queda esperando en la puerta. Sí, lo viviste.

Entonces ya conoces en carne propia la herida con la que creció este muchacho. Y vas a entender cada decisión que tomó después. Te voy a contar una escena, una escena real que él mismo narró años después y que cuando la escuches se te va a quedar grabada. Todos los domingos los tíos Fernando y Andrés Soler llegaban a la casa y desde el sábado se llevaban al hermano de Fernando a Alejandro, el otro niño.

¿Por qué a él? Porque ese sí era muy soler. Ese tenía la cara, el porte, el aire de la dinastía. Los tíos veían en él al heredero, al que iba a continuar el linaje. Entonces se lo llevaban al fútbol, a los toros, a pasear como a un Principito. Y lo regresaban el domingo con charolas de pan dulce con sentido lleno de regalos.

Y Fernando, Fernando se quedaba en la casa esperando, esperando que en algún momento de la tarde, cuando ya estaban todos sentados platicando, alguien se acordara de él, porque el otro niño, el soler, bailaba. Los tíos le pedían que bailara el bolero de Rabel y el niño bailaba, y todos aplaudían. Y Fernando, sentado en una esquina, esperaba su turno, porque él no bailaba, él refitaba.

Se sabía de memoria los poemas de un libro viejo que se llamaba El declamador sin maestro. Se los había aprendido todos, palabra por palabra, en la grabadora que le regalaron un cumpleaños, un 23 de agosto. Y el que mejor se sabía era uno larguísimo, el brindis del bohemio. Entonces el niño esperaba esperaba a que alguien dijera, “¿Y Fernando qué hace?” Para por fin poder pararse y declamar, para que por fin lo vieran a él.

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