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Adela Noriega: Por ESTO la Desecharon Como Basura y Nadie Preguntó

No había control remoto para 1000 canales, no había teléfono en la mano. Había una caja en la esquina del cuarto y lo que esa caja decía lo veía el país entero al mismo tiempo. Quiero que entiendas bien ese mundo, porque es el escenario de todo. En aquellos años en México, ser parte de esa caja era lo más parecido a tocar el cielo.

Las familias planeaban su vida alrededor de los horarios de las novelas. Se cenaba antes o después, según lo que estuvieran transmitiendo. Las vecinas se juntaban en la casa de la que tenía mejor televisor y los rostros que aparecían en esa pantalla no eran simples actores para la gente, eran casi parientes, personas a las que se quería, se odiaba, [música] se defendía en la sobremesa como si fueran de la familia.

Esa cercanía, ese amor del público era oro puro y la empresa que lo controlaba lo sabía perfectamente. Déjame que te explique cómo funcionaba esa fábrica de ídolos, [música] porque es fascinante y escalofriante a la vez. La empresa tenía su propia escuela de actuación, donde formaba a los jóvenes desde cero.

Los escogía, los entrenaba, los moldeaba, les inventaba a veces hasta el nombre con el que el público los conocería. Decidía quién subía y quién se quedaba abajo. Decidía a quién le tocaba el papel protagónico y a quién el de relleno. Decidía qué cara se volvería famosa esa temporada. Era en la práctica dueña de los sueños de miles de jóvenes que llegaban con la esperanza de salir en la tele.

Y en [música] ese mundo, una verdad mandaba sobre todas las demás. La empresa hacía a las estrellas y lo que la empresa hacía, la empresa lo podía deshacer. Un actor que se portaba bien, que obedecía, [música] que no causaba problemas, tenía trabajo asegurado y portadas y premios. Un actor que se revelaba que exigía, que se volvía incómodo, descubría [música] de pronto que ya no había papeles para él, que las puertas se cerraban, que su teléfono dejaba de sonar.

No hacía falta despedir a nadie con un grito. Bastaba con dejar de llamarlo. Y poco a poco ese actor desaparecía del mapa sin que el público entendiera por qué. Quiero que tengas muy presente ese mecanismo, esa forma silenciosa de borrar a alguien, porque es exactamente lo que parece haberle pasado a Adela. De cachun cachun ra.

Adela pasa a las telenovelas. Sus primeros papeles fueron pequeños, de villana juvenil en Principeza y en Juana Iris. Fíjate en ese dato. Empezó haciendo de mala, de la muchacha envidiosa de la que estorba a la protagonista. Y aún así, incluso de villana, la cámara se iba hacia ella. La industria empezó a notarla.

En 1985, el periódico El Heraldo le dio el premio a la debutante del año. Tenía 15 años. Recuerda esa edad, 15 años, la vas a necesitar para entender el final. Y entonces, en 1987, llega su primer protagónico, se llama [música] Yesenia, una historia de época basada en un cómic famosísimo de Yolanda Vargas Dulce sobre una joven gitana que se enamora de un militar y lucha contra todos los prejuicios de su tiempo para poder estar con él.

Adela tenía 17 años cuando interpretó a Yesenia. 17. Y la cámara la amó. El público la amó. Esa mezcla de ternura y de fuerza que tenía su cara funcionaba perfecto para esas historias de mujeres que sufren y resisten. Ese mismo año, 1987 [música] llega lo que la convirtió en un fenómeno quinceañera, una telenovela juvenil que protagonizó junto a otra muchacha que también se haría enorme, una tal Talía.

Quince añera fue distinta a todo lo que se había hecho hasta entonces en la televisión mexicana. Hablaba de cosas de las que nadie hablaba en horario familiar. las drogas, [música] los embarazos adolescentes, las pandillas, la violencia entre jóvenes, las diferencias entre ricos y pobres dentro de la misma escuela.

Fue tan importante que años después, en 2008, la agencia internacional Associated Press la incluyó en la lista de las 10 telenovelas más influyentes de toda la historia de América Latina y no era para [música] menos. Antes de quinceañera, las telenovelas hablaban sobre todo de adultos, de amores de ricos y pobres.

de herencias [música] y traiciones. Los jóvenes casi no tenían un espejo en la pantalla. Quinceañera cambió eso. [música] De repente, los adolescentes de todo el continente veían en la televisión sus propios problemas. El primer amor, la presión de los amigos, las drogas que empezaban a aparecer en las escuelas, el embarazo no deseado del que en las casas no se hablaba.

Y al frente de esa historia, poniéndole rostro a toda una generación, [música] estaba Adela con 17 años cargando un fenómeno cultural sobre los hombros. Para que te hagas una idea de lo que significó, hay madres que vieron esa novela de jóvenes y años después la vieron de nuevo con sus hijas. Y todavía hoy hay nietas que la descubren en internet, tres generaciones unidas por la misma historia.

[música] Pocas actrices pueden decir que marcaron así a una región entera. Adela lo hizo antes de cumplir los 20 [música] y ese justamente era el tamaño de la estrella que un día sin más decidió apagarse. Piensa en eso un segundo. Una de las 10 telenovelas más importantes del continente en toda la historia y ella era la protagonista con 17 años.

Para ti que estás escuchando esto, quizá quincea añera fue tu juventud. Quizá era lo que veías con tus amigas cuando salías de la escuela o lo que tu hija veía mientras tú hacías la cena y te ibas quedando parada en la puerta de la cocina sin querer perderte el capítulo. Así de cerca estaba Adela de tu vida.

Entraba a tu casa sin tocar la puerta. Era casi de la familia. Y mientras tú la veías crecer en la pantalla, capítulo a capítulo, novela tras novela, pocos se preguntaban qué precio estaba pagando ella por dentro. Imagínate ser una adolescente cuya cara está en todas las revistas, que no puede salir a la calle sin que la reconozcan, que no puede tener un novio sin que medio país opine.

Que carga sobre unos hombros que todavía no terminan de crecer, [música] el éxito o el fracaso de una producción que cuesta millones. Hay una presión ahí que casi nadie de afuera entiende. La presión de ser perfecta a una edad en la que lo normal es ser [música] un desastre. La presión de no fallar nunca porque hay demasiado dinero dependiendo de tu [música] sonrisa.

Y Adela no falló. Ese era el problema en cierto modo, que era tan buena, tan rentable, tan querida, [música] que se volvió demasiado valiosa para dejarla en paz. Una muchacha tímida, reservada, que en las pocas entrevistas que daba hablaba bajito y elegía con cuidado cada palabra.

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