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CABINHO CONFESÓ LLORANDO TODO LO QUE HIZO HUGO SÁNCHEZ

Un récord que nadie ha podido romper en 50 años y al siguiente año metió 34 y al siguiente 33 y al siguiente 26. Cuatro títulos de goleo consecutivos con los Pumas, algo que nadie había logrado en la historia del fútbol mexicano. Y aquí es donde la historia empieza a oscurecerse, porque el éxito en México le trajo todo lo que nunca había tenido en Brasil.

Le compraron una casa en Coyoacán. Le pagaron para que aprendiera a leer y escribir en español. Una directiva le presentó a las hijas de los políticos de la universidad. Lo invitaron a fiestas que él ni siquiera podía pronunciar. Y entre todas esas fiestas conoció a una mujer mexicana que iba a ser la madre de sus hijos y la mujer que iba a aguantar cada caída y cada gol de los siguientes 15 años.

Pero esa historia la conocerás más adelante. Por ahora, quédate con esto. Cabiño era el máximo ídolo de los Pumas. Era el goleador más temido de la liga mexicana. El delantero que recibió el premio Sitlali al mejor jugador dos veces y el extranjero mejor pagado del país. Y un día, en 1977, pasó algo que iba a cambiar para siempre la historia del fútbol mexicano.

Los Pumas llegaron a la final de liga de 1976 a 77 contra los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara. Empate 0 a0 en la ida y en la vuelta, minuto 85, empate 0 a0. El estadio a punto de irse a tiempos extras, la afición sin aliento. Spencer Coelo, compañero brasileño, recibió un balón por la izquierda.

levantó la cabeza sin mirar, mandó el balón al centro del área y ahí estaba Cabiño, solo frente al portero con el balón muerto sobre su pie izquierdo y la portería frente a él y y pateó suave como acariciando. El balón entró, la red se infló, el estadio explotó. ¡Gol! Cabiño acababa de darle a los Pumas su primer título de liga mexicana en la historia del club.

Lo cargaron en hombros, le dieron la vuelta olímpica, le gritaban maestro, le gritaban cabiño, le gritaban brasileño. Esa noche cabiño no durmió. Esa noche cabiño era el hombre más feliz del mundo y pensó que México iba a ser su casa para siempre. Pero el universo tenía preparada una traición que iba a cambiarlo todo.

Porque ese mismo año, 1977, en la cantera de los Pumas estaba creciendo un muchacho de 19 años que ya metía goles como cabiño. Un muchacho que tenía la cara redonda, la sonrisa nerviosa, el cabello rizado, un muchacho al que le decían el niño y un día lo subieron al primer equipo. Guarda esto en tu mente, porque a partir de aquí la historia de Cabiño y la historia de ese muchacho se van a entrelazar para siempre de la manera más cruel que te puedas imaginar.

Antes de contarte lo que vino después, debes saber algo que Cabiño confesó en 2016 frente a una cámara de ESPN, después de 40 años de silencio, confesó que ese muchacho le destrozó la vida, que ese muchacho le robó todo, que ese muchacho fue el responsable de que hoy Cabiño viva solo en Bahía, olvidado por México. Ese muchacho se llamaba Hugo Sánchez y aquí, en el otoño de 1978, llegó al vestuario de los Pumas.

Hugo Sánchez, 20 años, cara de niño, sonrisa nerviosa, cabello rizado, recién subido de la cantera. Apenas hablaba en el vestuario por respeto a los más grandes. Y cabiño lo recibió. Le enseñó dónde colgar la camiseta y cómo hacer el calentamiento. Le mostró cómo se metían los goles en la Liga Mexicana.

Lo invitó a su casa en Acapulco. Le presentó a sus amigos, le abrió las puertas de su mundo, lo trató como a un hermano menor. Durante los siete meses siguientes, Cabiño lo entrenó cada tarde después de los entrenamientos oficiales. Se quedaban una hora más tirando a portería. Cabiño le enseñó cómo se hacía el cabeceo en los Pumas, cómo acomodar el cuerpo para definir, cómo leer la portería sin mirarla.

Hugo aprendía rápido y le decía, “Maestro”, le decía mi maestro, le decía, “Un día voy a ser como tú.” Cabiño, se reía. le contestaba, “No vas a ser como yo, vas a ser tú mismo.” Y con eso es suficiente. Esa temporada, 1978 a 79, Hugo Sánchez fue titular al lado de Cabiño. Los Pumas tenían la dupla goleadora más temida del fútbol mexicano.

Cabiño con su técnica brasileña, Hugo con su instinto mexicano, eran imparables. Y al final de la temporada pasó algo que ninguno de los dos esperaba. Empataron en la tabla de goleadores, 26 goles cada uno. Compartieron el título de máximos goleadores de la Liga Mexicana. El cuarto para Cabiño, el primero para Hugo.

Y en el banquete de celebración, Hugo Sánchez se acercó a Cabiño, le puso la mano en el hombro y le dijo una frase que Cabiño iba a recordar el resto de su vida. Le dijo, “Maestro, ya aprendí.” Y ahora me toca a mí. Cabiño se ríó, le palmeó la espalda, le dijo, “Bien hecho, muchacho, bien hecho. No sabía que esa frase era el principio del fin, porque 5 años después, en 1981, Hugo Sánchez estaba firmando con el Atlético de Madrid en España.

Le pagaron una fortuna. Caviño estaba en el atlante mexicano peleando por su séptimo título de goleo por la mitad de ese salario. 10 años después, en 1987, Hugo Sánchez era el pentapichichi del Real Madrid, cinco trofeos consecutivos como máximo goleador de España, una marca que nadie había logrado antes en la historia del fútbol europeo.

Cabiño estaba en los Tigres jugando sus últimos partidos a los 39 años con las rodillas destrozadas. 18 años después, en 2000, Hugo Sánchez estaba firmando como director técnico de los Pumas, el equipo donde Cabiño le había enseñado todo. Cabiño levantó el teléfono, llamó al presidente de los Pumas, le dijo, “Yo le enseñé a meter goles a Hugo.

Yo metí 166 goles con esta camiseta. Yo soy el máximo goleador histórico del club. Dame la oportunidad. El presidente le dijo, “Maestro, vamos a evaluar. Vamos a ver. Le llamamos.” Nunca le llamaron. 22 años después, en 2006, Hugo Sánchez estaba firmando como director técnico de la selección mexicana.

Cabiño, que estaba en Acapulco, donde tenía una escuela de fútbol casi vacía, vio la noticia en televisión, apagó el aparato, se quedó mirando la pared, volvió a llamar a México, esta vez a la Federación Mexicana. Les dijo, “Yo conozco el fútbol mexicano mejor que nadie. Tengo ocho títulos de goleo. Soy el máximo goleador histórico de la liga.

Denme al menos una división menor, la sub23, algo. La federación le dijo, “Maestro, vamos a evaluar, vamos a ver.” Le llamamos. Nunca le llamaron. Y 47 años después de esa frase, “Maestro, ya aprendí y ahora me toca a mí.” En 2016, Cabiño, con 68 años. recién diagnosticado, diabético, sin pensión del fútbol mexicano, olvidado por todos, sin un solo trabajo decente explotó.

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