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SALVADOR SÁNCHEZ: el ASQUEROSO SECRETO de su LLAMADA… el TOLDO que RASGÓ su CABEZA a 200km/h

Salvador Sánchez era hijo de campesinos y lo que lo acercó al deporte en sus primeros años no fue el boxeo, fue la lucha libre. Eso es un detalle que las crónicas de su carrera mencionan de paso y que merece más atención porque dice algo sobre quién era este muchacho antes de que alguien le pusiera unos guantes. La lucha libre en México no era solo un espectáculo en esa época, era una cultura, una manera de entender el cuerpo, la competencia, el drama y el espectáculo que penetraba en todos los rincones del país.

y un niño en Santiago Tianguistenco que quería hacer algo en el deporte podía soñar con ser luchador antes de soñar con ser boxeador. Fue Agustín Palacios Rivera quien lo descubrió para el boxeo. Lo llevó al cuadrilátero en lugar de Alalona y desde el primer momento que Salvador Sánchez se puso unos guantes, algo quedó claro.

Ese muchacho tenía lo que los entrenadores de boxeo reconocen en los primeros minutos y que no se puede enseñar si no está ya presente. La combinación de velocidad de manos, lectura del rival, instinto del contragolpe y una capacidad de absorber el impacto del oponente sin perder la claridad mental que en el boxeo es la diferencia entre sobrevivir y dominar.

Entrenado inicialmente por Palacios Rivera y después puesto bajo la tutela del entrenador Cristóbal Rosas, Salvador Sánchez debutó como boxeador profesional el 4 de mayo de 1975 en Veracruz. Tenía 16 años. Su primer rival fue Al Gardeno. Lo noqueó en el tercer round de cuatro pactados. Grábate ese inicio. 16 años.

Primer pelea profesional. Knockout en el tercer round. Y lo que vino después fue la confirmación de que eso no fue suerte de novato, sino el patrón que ese muchaco seguía cada vez que subía al ring. Sus primeras 18 peleas como profesional terminaron en 18 victorias, todas por knockout. 18 peleas, 18 knockouts. Un promedio que en el boxeo profesional es prácticamente imposible de mantener en ese nivel por tanto tiempo y que habla de algo que va más allá de la potencia de los golpes.

Habla del instinto para terminar una pelea en el momento preciso para leer en la postura del rival cuándo está listo para caer y para ejecutar el golpe correcto en ese momento exacto. La única derrota de su carrera llegó el 9 de septiembre de 1977 en Mazatlán, Sinaloa, ante Antonio Becerra. En una pelea por el título vacante de México en la división de peso Gallo. La decisión fue dividida.

Salvador Sánchez tenía 18 años y esa derrota, la única que el sistema de sus victorias fue a producir en toda su vida, fue también uno de los momentos más reveladores de quién era, porque no desapareció, no se desinfló, no tomó la derrota como el mensaje de que el techo de su carrera estaba más bajo de lo que creía. Regresó dos meses después y ganó.

siguió ganando y en 1979 con 20 años tenía un récord que lo había puesto en la puerta de una oportunidad mundial que era cuestión de tiempo que llegara. Llegó el 2 de febrero de 1980 en Fénix, Arizona. Aquí viene la primera revelación que te prometí. Dani López, apodado Little Red, era el campeón mundial de peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo.

Defensa tras defensa había sostenido ese campeonato. Era un pegador conocido con un récord que intimidaba, con el cinturón que hacía que los retadores llegaran al ring pensando más en sobrevivir que en ganar. Y Salvador Sánchez con 21 años llegó a Fénix como el retador que la mayoría de los observadores esperaban que sobreviviera el tiempo suficiente para que la pelea fuera interesante.

Lo que pasó en esos 13 rounds que duró el combate es la razón por la que el nombre de Salvador Sánchez todavía resuena en el boxeo mundial cuatro décadas después de su muerte. No dominó la pelea desde el principio. No fue el tipo de victoria aplastante que produce titulares instantáneos. fue el tipo de victoria que los que entienden el boxeo reconocen como algo superior al knockout fácil.

Un boxeador que ajustó, que aprendió dentro del ring, que procesó lo que el campeón le estaba mostrando y fue adaptando su estrategia round a round hasta encontrar el camino. Y en el round 13 encontró el camino. El árbitro paró la pelea. Salvador Sánchez era campeón mundial de peso pluma del CMB con 21 años.

El muchacho de Santiago Tianguistenco, el que de niño quería ser luchador, el que había noqueado a sus primeros 18 rivales y que había aprendido de la única derrota de su carrera, era campeón del mundo. La revancha llegó en junio de 1980. López quería el cinturón de vuelta y Sánchez lo detuvo en el round 14.

Un round más que la primera pelea, un round más de sufrimiento para el ex contendiente. Esa segunda victoria sobre López estableció algo que en el boxeo tiene un peso específico. Sánchez no era campeón por accidente, era campeón porque podía ganar la misma pelea dos veces. Piensa en lo que siguió entre 1980 y 1981.

Nueve defensas exitosas del título. Nombres que se suceden unos a otros en la lista de los que intentaron y fracasaron. Pat Cudel, Rocky García, Juan La Porte, cada defensa una confirmación. Cada round en el que el rival no lograba hacerle daño significativo. Una adición al registro de alguien que estaba construyendo algo que el boxeo raramente produce, una invulnerabilidad que iba más allá de la física y que tenía que ver con la capacidad de anticipar y responder.

Y entonces llegó Wilfredo Gómez. Escucha esto porque esta pelea es el momento donde la leyenda de Salvador Sánchez se grabó de manera permanente en la historia del boxeo mexicano. Wilfredo Gómez era puertorriqueño, tres veces campeón mundial, un boxeador que había derrotado a 10 mexicanos antes de llegar a Sánchez y llegó a la pelea envalentonado.

Declaró públicamente que acabaría con la esperanza mexicana en ocho rounds, como había acabado con otros, que Sánchez iba a ser uno más de su lista de mexicanos derrotados. Grábate el contexto de esa pelea. El Caesar Palace de Las Vegas, agosto de 1981. La rivalidad México Puerto Rico en el boxeo tiene una historia cargada de intensidad que va más allá de los dos boxeadores específicos que están en el ring.

Es la rivalidad de dos naciones que producen boxeadores de manera casi industrial. Dos culturas donde el boxeo es algo más que deporte, donde la identidad nacional se juega en cada round de las peleas entre los mejores de cada país. Gómez llegó al ring con la soberbia de quien ha cumplido lo que prometió 10 veces antes y Sánchez llegó en silencio con la misma discreción que caracterizó toda su carrera, sin declaraciones grandiosas, sin amenazas, sin el teatro que Gómez había montado en las ruedas de prensa previas, solo con la certeza de alguien que sabe

exactamente lo que va a hacer cuando suene la campana. El primer round comenzó y Sánchez mandó a Gómez a la lona. La primera caída en la carrera del puertorriqueño. La primera vez en su vida profesional que Gómez estaba mirando hacia arriba desde el piso del ring. Y eso ese momento en el primer round definió el patrón del resto de la pelea.

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