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VICENTE FERNÁNDEZ EL ÚLTIMO REY Y LA SOMBRA DE SUS PECADOS Lo que su familia OCULTÓ tras la muerte

Hay hombres que nacen para mandar y hay hombres que mueren por no saber parar de hacerlo. Vicente Fernández fue las dos cosas al mismo tiempo. El hombre que vendió 100 millones de discos. El hombre que llenó estadios durante 50 años consecutivos. El hombre al que nadie, absolutamente nadie en su entorno, se atrevía a decirle que no.

ni sus empleados, ni sus músicos, ni sus hijos, ni la mujer que estuvo a su lado durante 58 años de matrimonio. Ese mismo hombre tomó una decisión en silencio que acortó su vida, la ocultó, la manejó a su manera, como manejó  todo lo demás durante ocho décadas y cuando el mundo se enteró, ya era demasiado tarde.

Hoy vas a descubrir  cómo fue realmente la muerte de Vicente Fernández, por qué quiso esconder su enfermedad,  qué tiene que ver su carácter, ese carácter de piedra que lo hizo el artista más grande de la música ranchera con la decisión que terminó destruyéndolo. ¿Y qué pasó dentro de esa  familia después de que el cuerpo todavía estaba caliente? La verdad es más oscura y más humana de lo que imaginas.

Quédate hasta el final porque si eres fan de Vicente Fernández o simplemente te gustan las  historias donde la grandeza y la tragedia van de la mano sin que puedas separar una de la otra, este video te va a dejar pensando durante  días. Vamos. Hen Titán el Alto, municipio de Guadalajara,  Jalisco.

17 de febrero de 1940. En una casa de adobe con piso de tierra nace un niño al que van a poner  Vicente Fernández Gómez. Su padre se llama Ramón Fernández, su madre Paula Gómez,  gente de trabajo de esa que se levanta antes de que salga el sol y se acuesta después de que se pone sin quejarse. Porque así es la vida y la vida no le pregunta a nadie si le parece bien.

La casa es pequeña. Las paredes guardan el frío de la sierra en los inviernos jalicienses y el calor aplastante en los veranos. El suelo de tierra  se barre todos los días, pero nunca queda del todo limpio. La cocina huele a frijoles de olla, que es el olor más cercano al lujo que existe en esa casa, y a veces a algo más, a cilantro fresco o a carne  cuando hay con qué comprarla, que no es siempre.

Vicente crece ahí con hermanos, con vecinos que tienen exactamente lo mismo, que es poco, en un barrio donde todo el mundo se conoce y donde las noticias viajan de boca en boca porque no hay otro medio, donde los problemas se resuelven entre familias o no se resuelven, donde la dignidad es la única moneda que no se puede perder aunque se pierda todo lo demás.

Y desde muy pequeño,  desde antes de que tenga palabras para describirlo, Vicente aprende algo que va a definir cada decisión de su vida adulta hasta el último  día que respira. El mundo no te da nada. Lo que tienes lo arrancas tú con las manos, con la garganta,  con una voluntad que no acepta el no como respuesta, porque el no significa quedarse donde estás y quedarse donde estás significa quedarse pobre para siempre.

Esa lección no viene de un libro. No viene de un maestro, viene del hambre, del frío. De ver a tu padre llegar cansado y con las manos vacías más veces de las que quisieras contar viene de entender con la claridad brutal que solo tienen los niños  pobres, que hay dos tipos de gente en el mundo, los  que tienen y los que sirven a los que tienen.

y que tú, nacido en Gentitán, con los zapatos rotos  y el estómago vacío, a veces perteneces a la segunda categoría, a menos que hagas algo al respecto. Cuando Vicente tiene  8 años, la familia toma una decisión que en esa época toman miles de familias mexicanas. Se van a Tijuana.

Ramón Fernández busca trabajo en la ciudad de la frontera, en esa franja de tierra donde México termina  y los Estados Unidos empiezan y donde el sueño americano se puede casi tocar con los dedos, aunque casi siempre se queda en eso. En casi Tijuana en los años 40 es una ciudad que todavía se está inventando a sí misma, una ciudad de frontera donde todo  es posible y nada es seguro.

Huele a aceite de motor y a frituras en  puestos callejeros y a licor barato en los bares que no cierran nunca. Es una ciudad donde los braseros esperan cruzar el alambre con sueños  americanos en los ojos y papeles que a veces son válidos y a veces no.  Una ciudad ruidosa, caótica, llena de gente que llegó de algún estado pobre buscando algo que no encontró en casa.

El niño Vicente la recorre entera. vende periódicos en las esquinas gritando los  titulares con esa voz que todavía no sabe lo que vale. Lava coches en los estacionamientos cerca de la frontera, hace mandados, ayuda en  lo que puede porque en esa casa cada peso cuenta y él lo sabe aunque nadie se lo  haya explicado con palabras. y canta.

Canta en los mercados, canta en las esquinas concurridas, canta en los restaurantes  donde a veces le dan monedas a cambio de irse y a veces en los buenos días porque alguien que pasa por ahí se detiene  y escucha de verdad. Hay algo en esa voz que llama la atención, una profundidad que no debería tener la voz de un niño de 8o, nu, 10 años,  como si viniera de más adentro de lo que debería, como si llevara dentro algo que todavía no puede nombrarse, pero que ya está ahí esperando. Pero las monedas no pagan el

alquiler. Y en Tijuana  el sueño de Ramón Fernández tampoco cuaja. La ciudad es grande y competitiva, y los trabajos buenos no están esperando a quien llega sin contactos y sin capital.  La familia aguanta un tiempo, lo intenta y luego hace lo que hacen las familias cuando  el intento no alcanza.

Regresa de vuelta a Guadalajara con menos  que cuando se fueron y con algo peor que la pobreza. La sensación de haber intentado y no haber podido. El sabor específico del fracaso cuando ya habías creído que esta vez iba a ser diferente.  Vicente tiene 12 años y ya conoce ese sabor y lo odia con una intensidad que va a durar toda su vida.

La adolescencia de Vicente Fernández transcurre en Guadalajara en los años 50. México vive en esa época lo que los economistas van a llamar después el milagro mexicano. Crecimiento sostenido,  industrialización, las primeras telenovelas, la llegada de la televisión a las casas de la clase media que va creciendo en las ciudades.

Un país que se moderniza con velocidades distintas según dónde estés parado. Rápido para los que ya tienen algo, despacio para los que no. Vicente trabaja en lo que puede. Mesero en restaurantes donde aprende a moverse entre mesas con la discreción que se espera del que sirve. Ayudante de albañil en construcciones que van levantando la Guadalajara moderna.

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