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OSCAR DE LA HOYA: CONFESÓ Porqué Lo HACÍA

Lloró por primera vez desde la muerte de su madre. Eso [música] fue por ti, mamá. ganó las cinco peleas del torneo. La final fue contra un alemán que había noqueado a todos sus oponentes. Óscar lo dominó en tres rounds, tarjetas unánimes. Medalla de oro, 17 años. El primer méxicoamericano en ganar el oro olímpico en boxeo.

Cuando le colocaron la medalla, la levantó frente a las cámaras y dijo en español, “Esto es para mi madre. El mundo lo vio. Millones lloraron con él. En ese instante nació el niño dorado. Y en ese mismo instante Óscar de la Oló [música] de ser una persona para convertirse en un producto. Lo que nadie alcanzó a ver fue eso, que el niño que cumplió su promesa no tenía idea de qué hacer con el resto de su vida.

La medalla era el final de la historia que su madre le pidió [música] que viviera, pero la vida continuaba y nadie le había dicho qué hacer con ese capítulo en [música] blanco que venía después. El producto y la grieta regresó a Los Ángeles como héroe nacional. Desfiles, portadas, entrevistas, [música] los promotores se lo disputaban.

Bobarum, the top rank fue [música] quien ganó. Voy a hacerte el boxeador más rico de la historia”, le prometió Arum. Óscar tenía 18 años. Firmó sin abogado, sin agente, con su padre sentado al lado asintiendo a todo. Y Arum sí sabía lo que hacía. Sabía exactamente [música] cómo vender a Óscar, no como boxeador, sino como marca.

El hijo devoto, el mexicoamericano [música] perfecto, el niño bueno que cumplió su promesa. Cada pelea llegaba con el mismo video promocional. Óscar visitando la tumba de su madre. Óscar [música] hablando de la promesa. Óscar llorando. ¿No te molestaba que usaran eso?, le preguntó un periodista después. Al principio no respondió.

Después ya no sabía cómo detenerlo. Los primeros 5 años como profesional fueron impecables. [música] Títulos mundiales en peso super puma, ligero, superligero. La prensa lo comparaba con los grandes. Pero había algo que los puristas señalaban. Óscar no peleaba con el corazón, peleaba con la cabeza.

calculado, seguro, sin riesgo innecesario. [música] Es todo marketing, decían, poca sustancia. En 1996 llegó la pelea que ningún aficionado mexicano ha olvidado. Julio César Chávez, el ídolo [música] de México, 89 victorias sin derrota. El símbolo de lo que era el boxeo mexicano, orgullo, dureza, corazón. La pelea se vendió como un choque de generaciones, de identidades.

México contra el México asimilado. Chávez habló durante meses. De la olla no es mexicano. Es un pretty boy al que le gustan las revistas. Óscar no respondió, entrenó. Y en junio de 1996 [música] en el Caesars Palace de Las Vegas destruyó a Chávez. Lo cortó, lo lastimó, lo hizo ver viejo. En el cuarto round, la esquina [música] de Chávez arrojó la toalla.

Óscar tenía 23 años. Acababa de vencer a la leyenda viva del [música] boxeo mexicano. Y lo abuchearon. Los aficionados [música] mexicanos en el público lo insultaron. Traidor, vendido, no eres de los nuestros. había ganado [música] perfectamente y lo odiaban por eso. En la conferencia de prensa, un periodista le preguntó cómo se sentía haber traicionado a su propia gente.

Óscar se quedó callado. 5 segundos. 10. Yo no traicioné a nadie, dijo finalmente. Solo hice mi trabajo. Pero se notaba en su cara. Le había calado. Ese día entendí algo, [música] confesó años después en una entrevista. No importa lo que haga, siempre voy a ser demasiado mexicano para los americanos y demasiado americano para los mexicanos.

[música] Esa fue la primera grieta. La primera vez que Óscar comprendió que la imagen construida por Arum y la prensa no tenía nada que ver con quién era él. Pero el dinero seguía llegando, los contratos creciendo, los estadios llenándose. Para qué cuestionar algo que funciona. 1997, Óscar ganó su tercer título mundial.

Tenía 24 años y era portada de revistas que nunca antes habían puesto a un boxeador en su portada. No revistas deportivas, revistas de cultura, de moda, [música] de estilo de vida. La prensa lo llamaba el crossover perfecto, el hombre que llevó el boxeo a las alfombras rojas. Óscar empezó a salir con actrices, con cantantes, aparecía en programas de televisión que no tenían nada que ver con el deporte.

Los promotores lo adoraban por eso. Óscar vende más allá del ring, decía Arum. Es un evento cultural por sí mismo. Tenían razón. Cada pelea de Óscar era una producción. Música en vivo antes de la entrada, celebridades en primera fila, conferencias de prensa que parecían sets de Hollywood, pero dentro del gym algo se iba apagando.

Entrenaba porque tenía que entrenar. dijo su preparador físico de aquellos años. Peleaba porque tenía que pelear. El fuego que uno ve en los grandes, ese hambre que no se puede fingir, se estaba enfriando. En 2004, Ócar enfrentó a Bernard Hopkins, un peleador diferente a todos los anteriores, sucio, inteligente, calculador.

Hopkins no solo golpeaba, hacía daño psicológico. Hablaba durante los meses previos para meterse en la cabeza del rival. Óscar es un traidor”, decía Hopkins en cada conferencia. No representa a nadie, es un producto fabricado, un pretty boy que aprendió a actuar como boxeador. Óscar no respondía, seguía con su protocolo, seguía sonriendo para las cámaras, pero algo de lo que decía Hopkins le calaba hondo, porque lo que decía Hopkins, en algún lugar que Óscar no quería visitar tenía algo de verdad.

La pelea fue en septiembre de 2004. Hopkins lo dominó desde el primer round. Lo frustró, lo hizo ver lento, lo neutralizó sistemáticamente. En el noveno round, un golpe al cuerpo lo llevó de rodillas. Óscar se levantó, aguantó hasta el final, perdió por decisión unánime. En la conferencia de prensa, Óscar dijo algo que los periodistas interpretaron como estrategia para vender una revancha.

Tal vez Hopkins tenía razón. Tal vez yo no sé quién soy. No estaba vendiendo nada, estaba confesando y nadie lo escuchó. Roy Jones Jor/revelación 2 para 1997. Óscar era campeón en tres divisiones, tenía 24 años. Portada de GQ de Rolling Stone, de revistas que no cubrían boxeo. Era el crossover perfecto, el boxeador más atractivo de la historia.

Las marcas lo buscaban, los productores lo buscaban. La televisión lo buscaba, pero dentro del cuadrilátero algo había cambiado. Los peleadores de la vieja escuela empezaban a ver otra cosa. De la olla elige a quien enfrentarse, decían, “Le gustan los nombres manejables, las peleas cómodas.” Y en 1999 [música] llegó el nombre que Óscar había evitado sin decirlo en voz alta.

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