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Katy Jurado: Esa Llamada de Monterrey Se Llevó la MITAD de Ella

Querían que Katy estudiara, que se hiciera una mujer respetable. que continuara la línea decente de una casa donde el escándalo se temía más que la tristeza. Pero esa muchacha traía algo que no cabía en ningún salón de clases, unos ojos enormes que parecían discutir incluso cuando ella se quedaba callada. Una belleza que no era dulce ni dócil, una presencia que no pedía permiso y el cine la vio antes que nadie.

Cuentan que Emilio Fernández, el indio Fernández, uno de los nombres más grandes del cine mexicano, quiso llevarla a la pantalla cuando ella tenía apenas 16 años. Para cualquier muchacha de esa época habría sido un sueño. Para su familia fue una amenaza. Una hija de buena casa no se metía al cine, no se mezclaba con actores, con camerinos, con productores, con rumores.

Y su abuela, una mujer dura, aferrada a los ideales de la vieja aristocracia, le cerró la puerta. Aquí viene el primer quiebre de esta historia, el que va a marcar todo lo demás. Katy no se rindió, no se quedó llorando frente a una ventana esperando permiso. Tomó una decisión que parecía una salida y que en realidad sembró su primera herida.

A los 17 años se casó con Víctor Velázquez. Él era escritor, aspirante, actor y le sacaba más de 10 años. Algunas versiones dicen que 13. Fue amor, quizá una parte, pero sobre todo fue una llave. Fue la forma de romper los barrotes de su casa sin pedir disculpas. Piénsalo un segundo. Una niña nacida entre privilegios tuvo que usar el matrimonio como pasaporte para poder elegir su propia vida.

a esa edad, en esa época, con esa familia detrás. Si alguna vez tuviste que casarte para salir de tu casa, tú sabes exactamente de lo que te estoy hablando. En 1943 llegó No matarás, dirigida por Chano Urueta y con esa película empezó el nombre que México iba a recordar. Katy firmó ese primer contrato a escondidas de su familia.

Recuerda ese detalle a escondidas, porque dice mucho de quién era ella y de lo que estaba dispuesta a arriesgar. Y ahí estaba esa cara en la pantalla. La industria le exigía a las mujeres de entonces una fragilidad decorativa y Katy traía justo lo contrario. Traía fuego. Tenía una tristeza antigua en el rostro, como si ya supiera algo que las demás todavía no.

Cuando aparecía en escena, dominaba sin levantar la voz. en la pantalla a ella mandaba. Esa era la época que tú conoces. ¿Tú te acuerdas la época en que ibas al cine de tu pueblo o de tu colonia un domingo? Pagabas la entrada con lo que te alcanzaba y durante dos horas te olvidabas de todo viendo a estos artistas que parecían dioses.

Era la época de Pedro Infante, de Jorge Negrete, del cine que tu mamá y tu abuela también veían. Katy estuvo ahí en esas pantallas en cintas como nosotros los pobres. estuvo en tu mundo mucho antes de irse al de Hollywood y trabajó muchísimo. Después de No matarás, vinieron una tras otra, internado para señoritas ese mismo año y enseguida la vida inútil de Pérez, la película con la que el público de verdad volteó a verla.

Luego Rosa del Caribe, el último chinaco, nosotros los pobres y muchas más. Katy filmaba sin parar porque cada papel era dinero y cada peso era para sus hijos. Pero fíjate en algo, porque esto la va a perseguir toda la vida. Desde el principio, la industria la metió en una sola casilla, la mujer fuerte. La seductora, la mala de la película, la que enamora y la que destruye.

Rara vez le daban a la novia dulce o a la madre tierna, le daban a la peligrosa. Y ella con esa mirada y ese carácter hacía esos papeles también que la encerraron en ellos. La propia Katy lo entendía mejor que nadie. hablaba de sí misma con una honestidad que pocas estrellas se atrevían a tener. Reconocía que su cuerpo era provocativo, que su tipo era distinto, muy sensual, aunque según ella no era una belleza clásica de las que ponían en las portadas.

Sabía exactamente que veía la cámara cuando la enfocaba y sabía usarlo. Una mujer que conoce su poder en una época en que jajeres se les pedía que no supiera que lo tenían. Pero mientras Katy subía en el cine mexicano, en su casa la vida ya se torcía. Porque ese primer matrimonio, el que la sacó de la jaula familiar, escondía algo que ella misma confesaría décadas después con una frialdad que duele.

Según contó la propia Katy en el programa Historias engarzadas, Víctor Velázquez vio en aquella muchacha algo más que una esposa. Vio un negocio. Él cobraba por mí. dijo ella, y todos lo sabían. Léelo otra vez. Él cobraba por ella. El marido se quedaba con el dinero del trabajo de su esposa y nadie en aquella industria veía nada extraño en eso.

Esa es la primera pieza de un mecanismo que va a saber funcionar una y otra vez en esta historia. El mundo del espectáculo construía a una mujer, la ponía en la pantalla, la convertía en estrella y al mismo tiempo se aseguraba de que el dinero, las decisiones y el poder quedaran siempre en manos de un hombre.

El padre primero, el marido después y más adelante otro marido peor. De ese matrimonio nacieron sus dos hijos, Víctor Hugo en 1944 y Sandra unos años después. Quiero que te quedes con el nombre de Sandra Velázquez porque va a regresar. Va a ser ella. La hija, la que muchos años más tarde se atreva a contar lo que pasó dentro de esa familia cuando ya nadie podía taparlo.

Guarda ese nombre. El matrimonio con Velázquez se rompió hacia 1943. Katy pidió el divorcio cuando estaba embarazada de su hija. Lo dijo así de directo. Se separó porque él estaba en medio y los niños se quedaron con los abuelos, con la familia de Katy mientras ella trabajaba. Aquí aparece la primera deuda de esta historia.

una deuda que no se cobraba en pesos, sino en horas. Para sostener a sus hijos, Katy tenía que trabajar. Para trabajar tenía que ausentarse. Y cada hora que pasaba bajo los reflectores era una hora que no pasaba con Víctor Hugo y con Sandra. Tenía 20 pocos años. Era madre, era actriz. Era una mujer divorciada en un México donde a las mujeres divorciadas se las miraba de reojo y todavía no llegaba lo más difícil.

Todavía no llegaba el hombre que iba a convertir su mayor gloria en una casa cerrada con llave. Porque mientras Katy criaba como podía sus dos hijos a la distancia, una corrida de toros estaba a punto de cambiarle la vida para siempre. Y el hombre que la iba a ver en esa plaza no era mexicano, sino uno de los actores más famosos del mundo.

Y lo que vio en ella iba a abrir una puerta que parecía imposible para una mujer mexicana en aquellos aña años. Para mantener a sus hijos, Katy hacía de todo. Actuaba, sí, pero también escribía reseñas de cine para los periódicos. Trabajaba como locutora de radio y lo más curioso de todo era crítica de toros.

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