Posted in

Joan Sebastian: La Mujer Que Le Quitó La Herencia A Sus 8 Hijos Acaba De Ser DESTITUIDA.

Aprendió a tocar el órgano, aprendió a leer en voz alta los pasajes bíblicos y empezó en secreto a componer canciones románticas en los cuadernos donde se suponía debía copiar oraciones. Imagina al jovencito de Juliantla con la cabeza rapada, como mandaban las reglas del seminario,  escondiendo en su bolsillo unas hojas dobladas donde había escrito letras de amor a muchachas que apenas conocía.

Por las noches en su celda  rezaba el rosario con los demás aspirantes a sacerdote. Por las mañanas tempranas, antes de los maitines, tarareaba melodías rancheras por lo bajito. El conflicto interno era brutal. Por un lado, lo llamaba el voto de castidad, la sotana negra, la promesa de servir a Dios.

Por el otro lo llamaban las mujeres del pueblo que veía los domingos en misa, sentadas en las primeras bancas con sus vestidos floreados y sus pañuelos sobre el pelo. ¿Tú te imaginas, mi gente, a Joan Sebastian vestido de sotana? Al hombre que después compondría tatuajes, eso y más, secreto de amor. Al hombre que tuvo ocho hijos con cinco mujeres.

Al hombre que le coqueteó a Salma Hayek y a Chiquis Rivera. Ese hombre durante 3 años fue un aspirante a sacerdote católico que rezaba todos los días por la salvación de su alma. Mi gente, antes de seguir, déjame interrumpir un momento contigo, porque sé que muchas de ustedes están escuchando este video con sorpresa. Quizá no sabías que John Sebastian, el rey del jaripeo, había sido seminarista durante 3 años de su adolescencia.

Y quizá te impresiona pensar que ese pasado religioso, ese intento de entregarse a Dios, fue exactamente lo opuesto a la vida que terminó viviendo. Si esta historia te está atrapando, si tú quieres que sigamos contándote la verdad detrás de las leyendas del espectáculo mexicano, hazme un favor pequeño, suscríbete al canal, dale me gusta al video y comparte este con tu hermana o con tu mejor amiga.

Son detalles pequeños que nos ayudan a llegarle a más mujeres como tú. Sigamos. A los 17 años, José Manuel abandonó el seminario. Algunos dirán que se dio cuenta de que no tenía vocación. Otros dirán que descubrió a las mujeres y eso le quitó las ganas de Dios. Lo cierto es que un día, en 1968, se quitó la sotana, se puso una camisa civil y se fue a buscar la vida que verdaderamente quería, la vida de un cantante.

Sus compañeros de seminario nunca lo entendieron. Su padre se sintió aliviado porque ya no perdería a un hijo a la iglesia. Su madre lloró un poco en silencio porque ella había soñado con un hijo sacerdote y la abuela materna, la que lo había apoyado en su vocación religiosa, le dijo una frase que él jamás olvidaría.

Si Dios no te quiere, las mujeres te van a tener que querer mucho. Y vaya si lo quisieron. Pero el camino fue duro. Llegó a la ciudad de México sin dinero. Durmió varias semanas en bancas de la Alameda Central. Trabajó lavando platos y luego, harto de no encontrar trabajo en la capital, se subió a un autobús que iba al norte.

Aterrizó en Chicago, Illinois, en plena comunidad mexicana, donde encontró trabajo en un hotel. Allá aprovechaba los intercomunicadores del hotel para cantar canciones a los huéspedes. Era una manera primitiva de hacerse escuchar, pero funcionó porque alguien lo escuchó y le ofreció grabar su primer disco. En esos años de Chicago, además, José Manuel conoció a una jovencita de Juliantla, que también estaba allá visitando familiares. Tenía 15 años.

Era hija de campesinos como él, hermosa, callada, con una trenza larga y los ojos profundos de las muchachas de pueblo serrano. Se llamaba Teresa González. Y aquí entra a esta historia la primera mujer del rey del jaripeo, la que Joan Sebastian, en sus propias palabras nunca pudo olvidar del todo, la que le dio sus tres primeros hijos y la que 50 años después sería la única que aseguraría públicamente en Cámara Nacional haber sido la única que se casó legalmente con él.

Recuerda ese nombre también, mi gente. Teresa González. La vas a necesitar para entender el final de este video, porque lo que ella dijo y lo que Erika Alonso presentó ante una jueza de Texas se contradicen directamente. El sistema en el que Joan Sebastian construyó toda su vida amorosa tiene un nombre que el mundo del jaripeo nunca dijo en voz alta, pero todos conocían.

Se llamaba Poligamia Romántica. Era una versión rural mexicana del Arema oriental, pero sin la formalidad religiosa, sin las paredes de un palacio, sin la estructura legal. Era el sistema donde un hombre de rancho, con dinero, con fama, con caballos, con voz y con encanto, podía tener varias mujeres simultáneamente, cada una con sus hijos, cada una en su propia casa, cada una sabiendo o intuyendo o aceptando la existencia de las otras.

No había contrato escrito, no había declaración pública, solo había un acuerdo tácito. Las mujeres aguantaban a cambio de la protección económica, del estatus, del apellido del padre para sus hijos y de la promesa nunca cumplida de que algún día él iba a sentar cabeza con una sola. El sistema era posible porque la cultura del regional mexicano de los años 70, 80 y 90 lo aplaudía.

Las revistas de espectáculos reportaban las relaciones del cantante como conquistas,  no como traiciones. Los programas de radio celebraban su virilidad y los hombres de su público en los palenques le gritaban. Ese es macho cada vez que aparecía con una mujer nueva en una foto. Mientras tanto, las mujeres de su público, las que estaban casadas con hombres parecidos a él, lloraban en silencio en sus casas y aprendían a aguantar.

Tú conoces esa cultura. Tú creciste en ella. Tu madre quizá aguantó un marido así. Tu abuela seguramente lo hizo. Y si tú misma no lo viviste, conociste a alguien que sí. El hombre que tiene otras y lo lleva con orgullo. La mujer que calla y se traga la rabia porque no tiene a dónde ir. Eso era normal. Eso era nuestro tiempo.

Pero a Joan Sebastian ese sistema le funcionó mejor que a casi nadie, porque él, además de tenerlo, lo cantaba. Componía canciones a sus amantes secretas mientras estaba casado con otra. Les dedicaba discos enteros a mujeres que el público creía musas inventadas, pero que eran de carne y hueso.

Y cada nueva canción exitosa era paralelamente la pista pública de una nueva conquista privada. Sus letras eran tan ambiguas, tan cargadas de dolor y de promesas, que cualquier mujer podía sentir que el cantante le hablaba directamente a ella. Y muchas creyeron que era así. Recuerda esa idea. Las canciones como mapa secreto de las mujeres.

Es la llave para entender por qué hoy, 11 años después de su muerte, hay cinco mujeres distintas peleándose por los derechos de regalías de esas canciones, porque cada una jura que esa canción es para ella. Y cada una tiene razón. Volvamos a Teresa González. Joan tenía 17 años cuando la conoció. Ella 15.

Read More