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INDIA MARÍA: Guardó Este SECRETO 30 Años. Murió Sin Que México Supiera la Verdad.

No porque quisiera, no porque soñara con Serbedet, sino porque su padre estaba muerto, su madre necesitaba comer y esa era la única puerta que se abría para una muchacha como ella. Guarda ese dato, guarda esa imagen. Una adolescente poblana bailando de noche en un teatro de mala fama de la Ciudad de México para mantener a su familia, porque esa imagen va a volver al final de esta historia y cuando vuelva va a significar algo completamente distinto de lo que significa ahora.

Del Tíboli pasó al teatro Blanquita. Ahí las cosas empezaron a cambiar. El blanquita era otro mundo. Seguía siendo teatro de variedades, pero de un nivel superior. Ahí se presentaban los grandes cómicos de México. Resortes, Mantequilla, Médel, Elohonjaso, Palillo, Clavillazo. María Elena empezó como corista, una de tantas bailarinas del cuerpo de baile que hacían fondo mientras los comediantes hacían reír al público.

Pero ella no se conformó con ser fondo. Empezó a participar en los sketches, a hacer de contraparte de los cómicos, a improvisar. Y algo empezó a pasar que nadie esperaba. La muchacha era graciosa, no era la más bonita, como diría después su propia hija. No era la mejor bailarina ni la que mejor cantaba, pero tenía algo que no se enseña en ninguna escuela.

sabía hacer reír y era disciplinada, increíblemente disciplinada. Llegaba antes que nadie al teatro y se iba después que todos. Observaba todo, aprendía de cada cómico con el que compartía escenario. Estaba construyendo algo y aunque todavía no sabía qué. Y en ese teatro blanquita, a principios de los años 60, ocurrieron dos cosas que definieron su vida para siempre.

La primera conoció a un hombre, se llamaba Vladimir Lipkies Chazán, aunque en México todos lo conocían como Julián de Meriche. Era ruso, nacido en Grodno, Bielorrusia, actor, coreógrafo, director artístico. Le llevaba 30 años de edad. 30. Ella era una veintañera y él un hombre de más de 50. Se casaron en 1965. Tuvieron dos hijos, Iván, que se convertiría en director de cine, e Ivet, que adoptaría el nombre artístico de Goretti y se dedicaría a la escritura y la producción.

María Elena diría después de Julián, algo que muy pocas mujeres del espectáculo mexicano se han atrevido a decir públicamente sobre sus maridos. Mi marido valía oro o no voy a mentir y decir que era el hombre perfecto, pero era el amor de mi vida. Esas palabras son importantes, recuérdalas, porque todo lo que viene después solo se entiende si comprendes que esta mujer se casó por amor con un hombre que murió demasiado pronto y que después de él nunca volvió a tener una relación pública con nadie. Lo que tuvo en

privado es otra historia y a esa historia vamos a llegar. Julián de Meriche murió el 27 de julio de 1974. De un día para otro, María Elena Velasco se quedó sola. Tenía 33 años, dos hijos pequeños, una carrera en pleno ascenso y un vacío que nunca llenó públicamente. Porque después de Julián, María Elena no volvió a presentarse en público con ningún hombre.

No hubo segundo matrimonio, no hubo novio conocido o no hubo ninguna foto en las revistas del corazón con un nuevo galán. Nada para el público. María Elena Velasco era una viuda eterna que había dedicado su vida al trabajo y a sus hijos. Esa era la versión oficial y esa versión se mantuvo intacta durante más de 40 años.

Pero piensa un momento en lo que eso significaba. Una mujer de 33 años, guapa, exitosa, con dinero y fama, que de pronto deja de tener vida sentimental pública en el mundo del espectáculo mexicano, donde todo se sabe, donde los chismes corren más rápido que las noticias, donde cada artista tiene al menos tres o cuatro romances conocidos por la prensa.

María Elena Velasco no tuvo ninguno. ¿Cómo es posible? La respuesta más lógica es que sí tuvo relaciones, pero las mantuvo en un secreto absoluto. Y el secreto más grande de todos tenía nombre y apellido, Raúl Velasco. La relación entre ellos empezó en la televisión. Siempre en domingo fue la plataforma que la catapultó y detrás de cámaras la cercanía entre María Elena y Raúl era evidente para quienes trabajaban con ellos.

Las bromas en pantalla, las miradas, la química que el público veía cada domingo. Todo eso no era solo actuación. Según las versiones que han circulado durante décadas en el medio artístico, la relación trascendió lo profesional. Y aquí hay un dato que es fundamental para entender la época. Raúl Velasco estaba casado.

Su esposa era Hortensia Ruiz. Tenían tres hijos, Raúl, Claudia y Arturo. Un hombre casado, el hombre más poderoso de la televisión mexicana. Un hombre cuya imagen pública era la de un padre de familia serio, elegante, respetado o un romance extramarital con la comediante más popular de México. Habría sido un escándalo de proporciones nucleares.

Habría destruido la imagen de Raúl Velasco. Habría acabado con siempre en domingo. Habría hundido a Televisa en una crisis de reputación. Por eso se cayó. Por eso se mantuvo en secreto. Por eso, cuando nació una hija de esa relación, la solución fue la más cruel y la más práctica, desaparecerla. En la industria del espectáculo mexicano de los años 70, los hijos no deseados no eran un problema moral, eran un problema logístico y se resolvían con discreción.

Se entregaban a alguien de confianza, se cambiaban los papeles, se borraba la evidencia. No era un caso único, era un patrón u mecanismo del sistema que funcionaba con la misma eficiencia fría con la que funcionaban los contratos de exclusividad y los vetos presidenciales. El espectáculo mexicano tenía sus propias reglas y la primera regla era la imagen lo es todo.

Y hay que sacrificar a un hijo para proteger la imagen, se sacrifica al hijo. La segunda cosa que ocurrió en el teatro Blanquita fue más importante todavía. Un día, el productor Miguel Moraita fue a ver una función y se fijó en ella. Le ofreció su primer papel en cine, una aparición menor en la película Los derechos de los hijos, en 1963.

Después el director Juan Bustillo Oro le dio un pequeño papel de criada en México de mis recuerdos ese mismo año. Eran papeles diminutos, figuración. Nadie se fijaba en ella, pero ella se fijaba en todo. Y entonces llegó Fernando Cortés, un director puertorriqueño que trabajaba en el cine mexicano y que tenía buen ojo para el talento.

Cortés le dijo a María Elena que interpretara a una mujer indígena en una escena, una mujer que se llamaría Elena María. Y María Elena Velasco, la muchacha poblana que había empezado como vedet, que no era indígena, que no hablaba ninguna lengua originaria, que no tenía sangre mazagua, ni zapoteca ni mixteca, se puso una trenza, un rebozo, una falda de colores y se transformó en otra persona.

La primera vez que apareció en pantalla con ese atuendo fue en la película El bastardo, en 1968. Y a partir de ese momento, María Elena Velasco dejó de existir para el público. Nació la India María y durante los siguientes 30 años a nadie quiso saber quién era la mujer real que estaba detrás de esa máscara. Tonta, tonta, pero no tanto.

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