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María Félix: La Promesa que Cumplió el Día que Murió

María Félix: La Promesa que Cumplió el Día que Murió

murió el día exacto en que cumplía 88 años. La encontraron en su cama, vestida con la elegancia con la que siempre se enfrentó al mundo, como si esperara una última visita. En la mesa de noche, la fotografía del único hombre al que entregó el alma y a quien vio morir entre sus brazos 49 años antes. Pero lo que nadie supo nunca es que aquella muerte, exactamente el día de su cumpleaños, no fue una casualidad.

 Esta es la historia que la mujer más imponente del cine mexicano nunca quiso que contaran completa. 8 de abril de 2002, Ciudad de México, pedregal de San Ángel. La mañana entra despacio por las ventanas de una casa donde el silencio pesa más que la luz. Adentro, en una recámara cuidada hasta el último detalle, una mujer descansa en su cama.

Tiene los ojos cerrados, las manos cruzadas, el cabello negro intacto, peinado como si fuera a salir a cenar. Es 8 de abril, el día en que ella nació, 88 años antes, en un pueblo perdido del estado de Sonora. Quienes la conocían desde hacía décadas dicen que ella eligió ese día, que sabía que durante los últimos meses había repetido, casi como un rezo, una frase extraña.

 Yo no me voy a morir cualquier día. Yo me voy en mi cumpleaños. Aquella mañana, el ama de llaves entra en la habitación con el desayuno y se detiene. Algo no está bien. La señora no se ha levantado. La señora siempre se levanta temprano. La señora es la mujer más disciplinada de México.

 Se acerca despacio, la toca, la piel está fría. Y entonces, en esa habitación que olía a tuberosas y a perfume francés, comienza la última escena de una vida que durante siete décadas mantuvo a un país entero suspendido entre el miedo y la fascinación. Porque María Félix no fue solamente una actriz, fue una declaración política.

 Fue la primera mujer mexicana que se atrevió a decirle al mundo entero, incluido Hollywood, la palabra que ninguna mujer de su época podía pronunciar. Esa palabra fue no a un contrato millonario en Estados Unidos, no a desnudarse para Diego Rivera, no a doblegar el carácter, no a ser la víctima silenciosa que la cultura latinoamericana esperaba de ella.

 Y sin embargo, aquella mañana de abril, mientras los noticieros de toda Hispanoamérica empezaban a anunciar la noticia, había una verdad escondida detrás de aquel cuerpo inmóvil, una verdad que ni sus biógrafos más cercanos se atrevieron a publicar mientras estuvo viva. Detrás de la mujer indomable había una mujer rota.

 Detrás de la diosa había una madre que había perdido a su hijo 6 años antes y que no se había recuperado nunca. Detrás de la leyenda había una niña de Sonora que un día en 1922 vio morir a su hermano favorito y nunca volvió a llorar en público. Esa niña se llamaba María de los Ángeles Félix Hüereña, y su historia empieza en un pueblo del que casi nadie ha oído hablar, escondido entre si polvorientas, donde nació la mujer que un día sería conocida en cuatro continentes con un solo nombre, la doña.

 Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. 8 de abril de 1914. Álamos, Estado de Sonora, México. Un pueblo colonial enclavado en el desierto del norte mexicano, rodeado de montañas, una casa con patio central, paredes blancas y un cielo enorme. Allí, en pleno fragor de la Revolución Mexicana, nace la cuarta hija del coronel Bernardo Félix Flores y de su esposa Josefina Hüereña.

 quería una más entre 16 hermanos, pero ya desde la cuna hay algo distinto en ella. Doña Josefina lo dice a las criadas el día del bautizo. Esta niña no es como las otras. La envuelven en un reboso de seda. La llaman María de los Ángeles. Y nadie sabe todavía que ese nombre, María, un día estará en boca de un país entero.

 El Padre es militar, hombre duro, guapo, autoritario, con sangre yqui en las venas. Cuando habla, las paredes tiemblan. Cuando se enoja, los hijos no se mueven. María lo adora. La madre es lo opuesto, suave. religiosa, profundamente católica, reza todas las mañanas frente a un altar lleno de velas. Tiene una belleza serena, casi melancólica.

 María hereda de ella los pómulos altos, los ojos enormes, la espalda derecha como una palmera al viento. Pero el verdadero amor de la infancia de María no son sus padres, es su hermano Pablo. Pablo Félix Hüereña, dos años mayor, pelo negro brillante, mirada profunda, sonrisa enorme, inseparable de María desde el día en que aprendieron a caminar.

 En las fotografías de familia que aún sobreviven, los dos siempre aparecen juntos. Él abrazándola, ella riendo como si fueran un solo cuerpo dividido en dos. Pablo es el confidente. Pablo es el que la defiende cuando los hermanos mayores se burlan de ella. Pablo es el que la levanta cuando se cae del caballo.

 Pablo es el que le promete que un día se irán juntos a vivir a la ciudad, que verán el mar, que conocerán el mundo entero. María tiene 8 años cuando todo se rompe. Una tarde Pablo cae enfermo, fiebre, sudores. El médico llega tarde en un pueblo del Sonora de 1922. Los antibióticos modernos no existen. La fiebre sube, sube, sube.

 Y una madrugada Pablo deja de respirar. María entra en la habitación, ve el cuerpo de su hermano, le toca la mano, está fría y entonces ocurre algo que su madre recordaría toda la vida. María no llora, ni un grito, ni una lágrima, nada. sale de la habitación, camina hasta el patio, se sienta bajo un naranjo y se queda mirando el cielo durante horas.

 Cuando los hermanos vienen a buscarla, ella simplemente dice, “Ya no quiero hablar de esto.” Y nunca más, en toda su vida hablaría de la muerte de Pablo. Aquel día, según los hermanos que sobrevivieron para contarlo, María cambió. Algo en ella se cerró por dentro. Una puerta se selló y nadie, ni los maridos, ni los amantes, ni los amigos íntimos, ni siquiera su propio hijo conseguiría abrirla del todo.

 Lo que ocurrió esa tarde nadie lo había previsto, pero las consecuencias durarían toda una vida. Algunos historiadores y biógrafos creen que aquella experiencia explica la coraza Félix, que el mundo conocería décadas después. esa fachada imposible de penetrar, esa mirada que parecía retar a quien se atreviera a sostenerla.

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