Posted in

Vicente Fox: El Presidente “Títere” y el ASQUEROSO Saqueo de su Esposa.

 Segundo, como el escándalo de las toallas de $400 y los arreglos de más de 5 millones de pesos, destrozó la imagen de austeridad de Fox. Tercero, ¿cómo vamos México? Presentado como caridad para los pobres, fue cuestionado por presunta triangulación de fondos. y por millones de pesos que debían servir al bienestar público.

 Y cuarto, cómo los hijos Briviesca fueron señalados en negocios con IPAP, viviendas, créditos estatales y contratos ligados a Oceanografía, una empresa que años después quedó marcada por un fraude de casi 600 millones de dólares. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes de entender como la promesa del cambio terminó convertida en una maldición de poder familiar, hay que regresar al principio.

 Cuando Vicente Fox todavía creía que unas botas vaqueras podían limpiar la suciedad de todo un país, todo comenzó lejos del balcón de la victoria, mucho antes de los gritos en el Zócalo, mucho antes de que México creyera que un hombre con botas podía derrotar a una maquinaria de 71 años. Comenzó el 2 de julio de 1942 en Ciudad de México, cuando nació Vicente Fox Quesada.

 Pero su mito no se fabricó en la capital, se fabricó en Guanajuato, en el rancho San Cristóbal, entre tierra seca, animales, trabajadores del campo y esa imagen que después vendería como si fuera una marca. El ranchero que entendía al pueblo porque decía haber visto la pobreza de este niño. Piensa en eso un momento. Fox no llegó a la política como un ideólogo, llegó como un vendedor.

Estudió administración de empresas en la Universidad Iberoamericana y luego entró a Coca-Cola, donde aprendió una lección brutal. No gana quien tiene la verdad, gana quien sabe empacarla. Subió, negoció. dirigió. Vendió refrescos en América Latina y entendió que un producto no necesita ser perfecto para conquistar un país, necesita una historia.

 Y él se convirtió en esa historia. Cuando entró al PAN ya no vendía botellas, vendía esperanza. En 1995 ganó la gubernatura de Guanajuato. Alto, ruidoso, directo, con cinturón ancho y lenguaje de rancho, parecía lo contrario de los políticos grises del PRI. Mientras otros hablaban con tecnicismos, él hablaba como si estuviera en una plaza.

 Mientras otros usaban trajes impecables, él aparecía con botas. México estaba cansado de los mismos apellidos, de las mismas sonrisas falsas, de los mismos pactos ocultos. Fox entendió ese cansancio y lo convirtió en campaña. El cambio debía continuar. En el año 2000, su imagen explotó como una promesa nacional. Ganó la presidencia con el 43% de los votos y rompió una cadena que parecía eterna.

Al asumir, su aprobación rondaba el 70%. Había gente que no veía a un presidente. Veía una reparación histórica, veía al hombre que iba a abrir ventanas en Los Pinos para que saliera el olor podrido del viejo régimen. Pero detrás de esa figura enorme había un vacío. Un vacío de método, de disciplina, de control fino.

 Fox sabía inspirar, sabía ganar aplausos, sabía posar para la foto exacta. Pero gobernar un país herido no era vender una campaña. Gobernar era entrar al pantano todos los días y no dejar que el pantano te tragara. Y ahí apareció Marta Saagun. Marta había nacido el 10 de abril de 1953 en Zamora, Michoacán. Venía de una familia acomodada.

 Su padre, Alberto Saagú de la Parra era médico y fundador de instituciones de salud. Ella fue maestra de inglés. Se casó en 1971 con Manuel Briviesca Godoy y tuvo tres hijos: Manuel, Jorge Alberto y Fernando. Después vendrían la separación en 1998 y el divorcio en el 2000. Pero antes de ser primera dama, Marta ya sabía moverse en política.

 Desde 1988 militaba en el PAN. Intentó ser alcaldesa de Celaya y perdió. Luego encontró una puerta más grande, Vicente Fox. Él la nombró vocera en Guanajuato. Ella le ordenó el discurso, le pulió la imagen, le administró silencios, frases, gestos. Donde Fox era impulso, Marth era cálculo.

 Donde él era espectáculo, ella era estructura. Y esa combinación parecía perfecta hasta que dejó de serlo. Porque poco a poco, según quienes reconstruyeron aquellos años, la mujer que debía ayudar al candidato empezó a ocupar el espacio del gobernante. Primero detrás del micrófono, después detrás de la agenda, después detrás de las decisiones.

 Pero antes de entender como esa dependencia terminó entrando por la puerta principal de Los Pinos, hay que mirar la boda que cambió el equilibrio del país. El 2 de julio de 2001, exactamente un año después de aquella noche en que México creyó que había derrotado al viejo régimen, Vicente Fox hizo algo que parecía privado, casi romántico, casi inocente.

 Se casó con Marta Saagú dentro de Los Pinos. Era su cumpleaños número 59. Era también el aniversario de su triunfo, una fecha elegida con precisión quirúrgica, como si el amor y el poder tuvieran que firmar el mismo documento. La ceremonia fue cerrada, pequeña, discreta, pocos invitados, pocas cámaras, pocas palabras. Pero no te equivoques.

Aquella boda no fue solo una boda, fue una toma simbólica del palacio. Marta dejó de ser la vocera, la consejera, la mujer que le ordenaba los discursos desde atrás. Desde ese momento se convirtió en la primera dama. Y según quienes investigaron aquellos años, también en una presencia que empezó a pesar demasiado dentro del gobierno.

 El cambio debía continuar. Eso le habían prometido al país. Pero dentro de Los Pinos el cambio empezaba a parecer otra cosa. Porque apenas la nueva familia presidencial entró por completo en la residencia, la imagen de austeridad se quebró con un escándalo absurdo y devastador. Toallas. Sí, toallas. Uno de los primeros grandes golpes morales contra el gobierno que había prometido limpiar México no vino de un contrato petrolero ni de una mansión secreta.

 Vino de los baños, de las recámaras, de los muebles, de las telas, de los objetos íntimos comprados con dinero público. Junio de 2001. La periodista Anabel Hernández desde Milenio revisa Compranet, el sistema que supuestamente iba a transparentar las compras del gobierno. Ironías de la historia. La herramienta creada para demostrar limpieza termina mostrando la mugre.

 Ahí aparecen los números, casi $440,000 para remodelar dos cabañas en Los Pinos. Un contrato con Humberto Artigas y asociados por 5,510,000es. Toallas bordadas a mano de $400 cada una, sábanas de hasta $1,500. Piensa en eso un momento. En un país donde millones de familias estiraban el salario para comprar tortillas, el gobierno del cambio aparecía pagando toallas que costaban más que el ingreso mensual de muchos trabajadores.

Read More