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Fue secuestrada a los 17 años y, seis años después, Bukele la encontró.

 Le taparon la boca antes de que pudiera gritar. Lo levantaron del suelo como si no pesara nada. [música] Lo metieron en la camioneta en menos de 10 segundos. La puerta se cerró. El vehículo arrancó y Marcos desapareció. Nadie vio nada. O si lo vieron, nadie dijo nada. En El Salvador de esos años, ver algo y callarse era la única forma de sobrevivir.

 Sus padres reportaron su desaparición esa misma noche. Don Roberto llegó del trabajo a las 6, como siempre. Esperaba encontrar a Marcos haciendo la tarea o viendo televisión. En cambio, encontró a doña Elena caminando en círculos por la sala, el teléfono en la mano, marcando el mismo número una y otra vez. No contesta decía con voz temblorosa.

 Lleva horas sin contestar. Debió haber llegado a las 3:30. Don Roberto intentó mantener la calma. Quizás está con algún amigo. Quizás se le acabó la batería. Ya llamé a todos sus amigos. Nadie lo [música] ha visto desde la escuela. El pánico empezó a crecer. Llamaron a la escuela, pero ya estaba cerrada. Llamaron a los familiares, pero nadie sabía nada.

recorrieron el barrio en carro preguntando a todos los que encontraban. Nada. A las 9 de la noche, doña Elena estaba histérica. Algo le pasó, repetía, “Mi [música] niño. Algo le pasó a mi niño. Don Roberto la llevó a la estación de policía. El oficial de turno los recibió con expresión cansada. Desapariciones de jóvenes eran el pan de cada día en esos tiempos.

 ¿Cuánto tiempo lleva desaparecido? Desde las 4 de la tarde, más de 5 horas. ¿Tiene problemas en casa? ¿Pelearon recientemente? No, nunca. Marcos es un buen muchacho. Jamás se iría sin avisar. ¿Tiene amigos en pandillas? ¿Alguna conexión con maras? Ninguna. Se lo juro por Dios, mi hijo no tiene nada que ver con eso.

 El policía tomó nota con la misma expresión que ponía para todos los casos. Doña Elena lo vio y sintió que el alma se le caía a los pies. Van a buscarlo, ¿verdad? Van a encontrar a mi hijo. El policía suspiró. Vamos a hacer lo posible, señora. Pero les soy honesto, si las pandillas están involucradas, las posibilidades de encontrarlo vivo son muy bajas.

 Estas situaciones generalmente no terminan bien. Doña Elena se derrumbó en los brazos de su esposo. Don Roberto la sostuvo mientras sentía que su propio mundo se hacía pedazos. Los primeros días fueron de búsqueda desesperada. Don Roberto y doña Elena no durmieron, no comieron, no hicieron nada que no fuera a buscar a su hijo.

 Recorrieron todos los hospitales de San Salvador, mostrando la foto de Marcos a cada enfermera, cada doctor, cada paciente que quisiera mirar. ¿Han visto a este muchacho? Se llama Marcos. Tiene 17 años. Desapareció el jueves. Marcos, nadie lo había visto. Fueron a las morgues, tuvieron que mirar cadáveres uno tras otro, rogando que ninguno fuera su hijo.

 La experiencia los destrozó, pero al menos supieron que Marcos no estaba entre los muertos, o al menos no entre los muertos que habían sido encontrados. Pusieron carteles con la foto de Marcos en cada poste, cada tienda, cada esquina que pudieron. Desaparecido, decían en letras grandes. Recompensa por información. La recompensa era una mentira.

 No tenían dinero para ofrecer, pero pensaron que quizás alguien se apiadaría de ellos. Sofía, la novia de Marcos, lloraba todos los días. Iba a la casa de los Hernández y se sentaba con doña Elena, ambas abrazándose sin decir nada, compartiendo un dolor que no tenía palabras. Él me iba a llamar esa noche, repetía Sofía.

With Pandemic Raids, Bukele Government Faces Major Investigation in El Salvador

Teníamos planes para el fin de semana. Íbamos a ir al cine. Él no se iría sin decirme nada. Algo malo le pasó. Los amigos de Marcos también buscaron. Preguntaron en los lugares que él frecuentaba, en las canchas donde jugaba fútbol, en las tiendas donde compraba golosinas después de la escuela, pero nadie sabía nada o nadie quería decir nada. Marcos se había evaporado.

 Una semana después de la desaparición llegó la primera pista. El teléfono de la casa sonó a las 10 de la noche. Don Roberto contestó con manos temblorosas. La familia Hernández. Sí. ¿Quién habla? Tengo información sobre su hijo. La voz era ronca, distorsionada, claramente disfrazada. Pero va a acostarles. Don Roberto sintió que el corazón se le detenía.

 ¿Qué sabe? ¿Dónde está mi hijo? [música] ¿Está vivo? Las pandillas lo tienen. Lo agarraron por error, pensando que era hijo de alguien importante, [música] un empresario, un político, alguien con dinero de verdad. Cuando se dieron cuenta de que ustedes son solo clase media, ya era tarde para soltarlo. ¿Por qué era tarde? Porque él ya los vio, vio sus caras, sus casas, sus operaciones.

Saben que si lo sueltan va a hablar, así que tienen dos opciones. O ustedes pagan para que lo dejen ir o él desaparece para siempre. ¿Está [música] vivo? Repitió don Roberto, aferrándose a esa pregunta como a un salvavidas. Por ahora, pero si quieren que siga así, necesitan pagar, ¿cuánto? $50,000. Tienen una semana para juntarlos.

 Los voy a llamar de nuevo con instrucciones. La línea se cortó. Don Roberto se quedó paralizado con el teléfono en la mano. $50,000 era una fortuna, más dinero del que había visto junto en toda su vida. Doña Elena lo miraba desde el sofá con ojos que ya habían olvidado cómo dormir. ¿Qué dijeron? ¿Saben algo de Marcos? Don Roberto no sabía cómo decirle, pero tenía que hacerlo. Está vivo.

 Dijo finalmente. Pero nos piden dinero, mucho dinero. Don Roberto no tenía $50,000. Nadie que conociera tenía esa cantidad, pero eso no lo detuvo. Vendió el carro familiar, el único vehículo que tenían. Obtuvo $8,000. Vació la cuenta de ahorros que habían juntado durante 20 años. Eran solo $5,000, pero era todo lo que tenían para emergencias.

 Doña Elena vendió sus joyas, el anillo de matrimonio, los aretes que le regaló su madre, el collar de perlas que había sido de su abuela, otros $2,000. [música] Pidieron prestado a familiares, a amigos, a compañeros de trabajo, a cualquiera que tuviera algo que dar. [música] Algunos dieron con generosidad, otros con reticencia, otros simplemente negaron tener dinero.

 Fueron al banco a pedir un préstamo, [música] les negaron. No tenían suficiente garantía. Buscaron prestamistas informales, los coyotes del dinero que cobraban intereses exorbitantes. Consiguieron $10,000 más a cambio de una deuda que los perseguiría durante años. Después de una semana de humillaciones, de súplicas, de vender todo lo que podían vender, don Roberto juntó 32,000.

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