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FERNANDO VALENZUELA : SU FAMILIA CONFESÓ LO QUE HIZO

Se llamaba Mike Brito, scout [música] de los Dodgers de Los Ángeles, buscando talento sin pulir en el norte de México. Ese día vio a Fernando lanzar. Vio la curva que quebraba en un ángulo imposible para un chico [música] de 14 años. vio el Screwball, un lanzamiento [música] que los pitchers profesionales tardaban años en aprender, que requería una [música] rotación del brazo hacia adentro que pocos cuerpos podían hacer de manera natural.

Fernando lo hacía de manera instintiva. Brito esperó al final del juego. ¿Quién te enseñó ese Screw Ball? Fernando lo miró sin entender bien la pregunta. Nadie, solo me sale así. Esa misma [música] noche, Mike Brito llamó a los Ángeles. Encontré algo en Sonora, un niño de Nabojoa. No habla inglés, no tiene entrenamiento formal, pero lanza como los dioses. Vengan a verlo.

Los Dodgers tardaron dos años más en firmarlo. Lo siguieron, lo observaron, lo evaluaron. En 1979, [música] cuando Fernando tenía 19 años, le extendieron un contrato. 120,000. Para una familia que había vivido de 75 [música] centavos al día, $10,000 era una fortuna incomprensible. Su madre, Hermenegilda, lloró cuando Fernando hizo sus maletas.

No eran lágrimas de alegría pura, eran lágrimas mezcladas de orgullo y de miedo. No sabía si iba a volver, dijo Fernando años después [música] en una entrevista. Pensé que si fracasaba en Estados [música] Unidos, mi familia no me lo iba a poder perdonar. Ni yo me lo iba a poder perdonar. La noche anterior su padre entró al cuarto donde Fernando [música] empacaba.

le puso la mano en el hombro y le dijo una sola cosa. Lanza [música] fuerte. Eso fue todo. Eso fue suficiente. Pero hay algo [música] que nadie te ha contado todavía sobre ese ritual que todo México vio millones [música] de veces. Antes de cada lanzamiento importante, Fernando miraba al cielo. Los fanáticos pensaban que rezaba.

Los periodistas decían que visualizaba el lanzamiento. Fernando cuando le preguntaban siempre respondía lo mismo. Estoy concentrándome. Era mentira. La verdad la reveló años después. [música] En una de esas raras conversaciones donde el muro bajaba un poco. Fernando miraba al cielo buscando a su padre. Abelino había muerto en 1979.

El mismo año que Fernando firmó con los Dodgers, Fernando procesó [música] esa muerte como la procesan la mayoría de las personas que no pueden [música] permitirse parar. No hubo velorio al que pudiera asistir a tiempo. No hubo semanas de duelo. Hubo una llamada de México, lágrimas en un cuarto de hotel en Los Ángeles y luego el entrenamiento de la mañana siguiente.

Le prometí que llegaría a Grandes Ligas, confesó Fernando. Cada vez que salía al montículo lo buscaba. miraba hacia arriba para decirle, “Aquí estoy. Te cumplí la promesa.” El hombre que [música] llenó el Dodger Stadium, más veces que ningún otro piter de su época, buscaba a su padre muerto cada vez que lanzaba.

Ese hombre cargaba un dolor que nadie en los estadios [música] podía ver. Pero eso no es lo más grave de esta historia. Lo más grave es lo que pasó después cuando ese hombre que había dado todo recibió algo que nunca esperaba a cambio. Pero antes necesitas ver la gloria, porque sin la gloria la traición no duele como tiene que doler.

Para entender lo que le hicieron a Fernando Valenzuela, [música] hay que entender lo que Fernando Valenzuela significó. No como estadística, como fenómeno. La Fernandoía no era béisbol, era algo que ningún analista deportivo había predicho, que ninguna organización había planeado, que brotó desde abajo, desde los barrios de Isel, desde las taquerías que cerraban temprano [música] los días que Fernando lanzaba, desde las radios en español que duplicaron su audiencia en seis semanas, por primera vez en la historia de los

Estados Unidos. Un mexicano era el atleta más famoso del país, no un estadounidense de origen mexicano que hablaba inglés perfectamente y había crecido en California. Un mexicano nacido en México, criado en un pueblo de Sonora sin electricidad permanente, que apenas podía sostener una conversación en inglés que nunca había ocultado de dónde venía.

Eso marcó una diferencia enorme. Las familias mexicanas que vivían en las sombras de los ángeles, que trabajaban sin papeles, que acachaban la cabeza cuando los miraba la policía, que enseñaban a sus hijos a no llamar demasiado la atención, de repente tenían un héroe que no se escondía. Un héroe que salía al Dodger Stadium frente a 50,000 personas y lanzaba como si el mundo entero le perteneciera, un héroe que era de ellos completamente.

Cuando Fernando lanzaba, mi papá cerraba la taquería a las 7 de la tarde, aunque todavía hubiera clientes, contó un fanático. Años después ponía el televisor en la barra y todos nos sentábamos. Los cocineros, los meseros, los clientes que se quedaban. Nadie protestaba. Mi papá lloraba cada vez que Fernando ganaba, [música] decía, “Eso es México.

Eso somos nosotros.” No era exageración, era la verdad más honesta que alguien podía decir en ese momento. Las radios en español transmitían los juegos. Jaime Harin, el narrador se volvió tan famoso como el piter mismo. Una generación entera de mexicanos en Estados Unidos encontró en ese béisbol en español [música] algo que nunca habían tenido antes.

Representación. Las tiendas del Dodger Stadium vendían camisetas con el número 34 más rápido de lo que podían reabastecer el inventario. Hollywood se rindió. Jack Nicholson iba a los juegos. Frank Sinatra pedía boletos. En junio de 1981, Fernando apareció en la portada de Sports Illustrated. La primera vez en la historia de esa publicación que un mexicano aparecía en ella.

Fernando ni siquiera sabía que era Sports Illustrated. Le mostraron la portada. Sonríó. Está bonita. Esa respuesta circuló por todos los medios en español de América Latina como símbolo de algo que todos entendían pero nadie sabía nombrar. La portada de la revista [música] deportiva más importante del mundo.

Y el hombre dijo, “Está bonita.” Y siguió con su vida. Pero hay algo que nadie en esos estadios llenos [música] podía ver. Fernando estaba completamente solo. Su familia estaba en México. Su madre no podía viajar fácilmente. Sus hermanos trabajaban en los campos. Fernando vivía en un apartamento pequeño en Los Ángeles, sin hablar inglés, sin nadie que lo guiara en una ciudad que era completamente extraña.

En el campo me sentía en casa, confesó Fernando. Adentro de las líneas sabía exactamente qué hacer. Afuera de las líneas estaba perdido todo el tiempo. Una vez fue al supermercado solo a comprar leche. No sabía cómo pedirla. Señaló a la cajera. Pagó lo que le cobraron sin saber si era correcto y salió caminando rápido.

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