La madrugada del 21 de julio de 2023, en un ático del señorial barrio de Salamanca en Madrid, se apagó una de las luces más brillantes y, a la vez, más atormentadas de la crónica social española. Marta Chávarri, a sus 62 años, fallecía a causa de un infarto cerebral. El destino, en una coincidencia escalofriante, replicó el final de su madre, Matilde de Figueroa, quien había partido de este mundo exactamente 44 años antes por el mismo padecimiento. Con su muerte, se cerró el capítulo de una mujer que fue, sin lugar a dudas, la primera “it girl” de España, un icono que definió una década y cuya vida se lee hoy como una tragedia griega moderna: un ascenso fulgurante al olimpo mediático seguido de una caída precipitada, impulsada no solo por sus decisiones, sino por los intereses oscuros de los poderosos que la convirtieron en arma de guerra.
Marta nació en 1960 en el seno de una familia de linaje y cosmopolitismo. Hija de Tomás Chávarri del Rivero, destacado diplomático, y nieta del marqués de Santofloro, su infancia y adolescencia transcurrieron entre embajadas y el refinamiento de las altas esferas. Sin embargo, la tragedia la golpeó temprano. A los 19 años, perdió a su madre, un evento que dejó en ella una impronta indeleble: una fragilidad interior que aprendió a enmascarar tras una sonrisa radiante y una fortaleza exterior que la convirtió en el centro de todas las miradas.
Su entrada por la puerta grande a la fama ocurrió en 1982, tras casarse con Fernando Falcó, marqués de Cubas. Aquel enl
ace no fue solo una boda; fue un acontecimiento nacional. La revista ¡Hola! dedicó su portada a la pareja, logrando una de las ediciones más vendidas de su historia. Marta, con apenas 22 años, se convirtió de la noche a la mañana en la mujer más fotografiada de España. Su estilo, una mezcla de elegancia aristocrática y modernidad que recordaba a la princesa Diana de Gales, se convirtió en el objeto de deseo y copia de miles de mujeres. Llevaba vaqueros ajustados con blusas de organza, gafas de sol ovaladas como diademas y una melena rubia que, recogida en una coleta sencilla, dictaba la moda de todo un país.
Marta era la precursora de las influencers, mucho antes de que el término existiera y mucho antes de que las redes sociales democratizaran la fama. Era una “it girl” de carne y hueso, cuya sola presencia en una fiesta o restaurante bastaba para garantizar el éxito del evento. Sin embargo, bajo la superficie dorada, su matrimonio con un hombre veinte años mayor que ella comenzó a desgastarse. Ella era una joven que quería devorar la noche madrileña, él un aristócrata que buscaba tranquilidad. En este contexto de desconexión personal, apareció Alberto Cortina de Alcocer.
El encuentro con Cortina fue el punto de inflexión. Alberto no era un hombre cualquiera; junto a su primo, lideraba el temido tándem empresarial de “los Albertos”, figuras clave en el tablero bancario y constructor español de finales de los 80. Lo que comenzó como un romance clandestino se convirtió rápidamente en un caso que borró los límites entre la prensa del corazón y la prensa económica. La persecución fotográfica no era una mera obsesión por el chisme; era, en realidad, una operación orquestada.
En febrero de 1989, la publicación de unas fotos de Marta y Alberto en Viena fue la deflagración. La noticia forzó la dimisión de Cortina de sus cargos empresariales y sirvió como herramienta para desestabilizar la ambiciosa fusión del Banco Central con Banesto. Marta fue utilizada, sin saberlo, como una pieza de ajedrez en una guerra de gigantes. Pero el golpe más devastador estaba por llegar. Solo tres días después, la revista Interviú publicó fotografías de Marta sin ropa interior, tomadas sin su consentimiento en una discoteca. Aquella portada, con el título “Lo nunca visto de Marta Chávarri”, vendió dos millones de ejemplares y fue reproducida internacionalmente.
El impacto en la vida de Marta fue devastador. La “ninfa desbragada del socialfelipismo”, como la apodó el escritor Francisco Umbral, fue señalada, juzgada y humillada ante la opinión pública. La vulnerabilidad de su cuerpo había sido mercantilizada. Aunque ganó el juicio contra la revista —logrando la indemnización más alta por violación de intimidad en la historia de España hasta entonces—, el daño emocional era irreversible. Aquella portada la marcó a fuego y la sumió en una depresión profunda que la acompañaría durante décadas.
La España de finales de los 80, en pleno apogeo del triunfalismo socialista y la época del “pelotazo”, fue el escenario donde Marta brilló y fue consumida. Era una sociedad donde la ética comenzaba a diluirse en el mercado, donde la acumulación de riqueza y el brillo mediático se convertían en los valores supremos. Marta fue la musa improvisada de la “Beautiful People” madrileña, una clase social que mezclaba aires de nuevos ricos con un capitalismo salvaje. Ella, con su belleza y linaje, era el símbolo perfecto de los ganadores de la transición. No obstante, esa misma posición la convirtió en la víctima ideal cuando las alianzas cambiaron y los intereses financieros necesitaron destruir a sus enemigos.
El costo personal fue altísimo. Tras su divorcio de Fernando Falcó, Marta tuvo que renunciar a la custodia de su hijo Álvaro, una pérdida que la dejó emocionalmente destrozada. Su matrimonio posterior con Cortina, tras una ceremonia clandestina, se transformó en un calvario mediático marcado por la desconfianza y la falta de libertad. La separación definitiva en 1995 no fue el final del calvario, sino el inicio de su reclusión voluntaria.
Los años siguientes fueron un proceso gradual de desaparición de la vida pública. El miedo a ser fotografiada llegó a extremos tan angustiantes que, en una ocasión, se escondió en el maletero de un coche para evitar el acoso de la prensa. Sufrió ingresos en clínicas de salud mental y, en 2013, un grave accidente doméstico que le dejó secuelas físicas y exacerbó su fobia social. Durante años, el mundo se olvidó de la mujer detrás del mito, mientras ella, en la intimidad de su ático, se refugiaba en el arte.
La pintura y el collage se convirtieron en su salvación. La mujer que durante años fue objeto de consumo mediático encontró en el lienzo un espacio donde no necesitaba ser juzgada, donde podía reconstruir una identidad fragmentada. Sus hermanas, Isabel y María, fueron su red de seguridad, el círculo íntimo que la protegió del ruido exterior.
En sus últimos años, la vida le permitió pequeñas dosis de redención. Ver a su hijo Álvaro casarse en el mismo templo donde ella lo había hecho décadas atrás, y la llegada de su nieta Filipa apenas semanas antes de su muerte, le otorgaron una paz que sus amigos cercanos describieron como transformadora. Tenía planes, tenía proyectos y, por primera vez en mucho tiempo, se sentía feliz y tranquila. “He dejado de preocuparme por cosas que no son importantes para mí”, declaró en una de sus últimas apariciones.
La historia de Marta Chávarri no es únicamente la historia de una mujer hermosa que vivió entre el lujo y el escándalo; es una crónica sobre el precio real de la fama en una sociedad que devora a sus iconos. Su vida nos enseña cómo la imagen de una persona puede ser manipulada, cómo la intimidad puede convertirse en un arma y cómo la vulnerabilidad es a menudo castigada en el tribunal público.
Hoy, mientras el recuerdo de Marta Chávarri se convierte en un mito, queda la silueta de esa mujer que, con su melena rubia y su jersey de cuello cisne, nos enseñó que la elegancia no era una cuestión de marcas, sino de presencia y autenticidad. Quizás, al final del camino, después de 62 años de luces cegadoras y sombras profundas, Marta logró entender que la vida no estaba en la portada de ¡Hola!, sino en el silencio de su estudio de pintura, en el abrazo de su familia y en la simple alegría de ver crecer a su nieta.
La tragedia de Marta Chávarri es un recordatorio agridulce. Nos dice que ninguna fama, por grande que sea, compensa la pérdida de la propia paz. Nos invita a reflexionar sobre cómo consumimos la vida de los demás, cómo nuestros juicios pueden destruir destinos y cómo, tras la fachada del éxito mediático, siempre late un ser humano buscando, simplemente, ser visto por lo que realmente es, más allá de la lente de un fotógrafo. Marta se fue, pero su historia —la historia de una superviviente que aprendió a vivir lejos de los focos— merece ser contada como una lección de humanidad, un eco de una España que ya no existe y el legado de una mujer que, aunque fue utilizada, nunca dejó de buscar su propia verdad.