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Familia latina desapareció cruzando el desierto en 1987 — 27 años después hallaron su mochila

El viaje completo, según les habían prometido, tomaría un máximo de tres días caminando. Roberto había escogido Marzo específicamente porque las temperaturas del desierto eran más tolerables. Durante el día podían llegar a los 25 a 30 grassers, caluroso, pero soportable. Y por las noches bajaban a unos 10 ºC. No era el calor mortal del verano sonorense que podía rebasar los 45 gr.

La familia había preparado con esmero su equipaje. Cada persona aportaría una mochila con agua suficiente para tr días, alimentos no perecederos como tortillas de harina, frijoles enlatados y golosinas para los niños. Roberto llevaba además un pequeño botiquín de primeros auxilios y algo de dinero oculto en diferentes partes de su ropa.

Carmen había cosido pequeños compartimentos secretos en la ropa de cada miembro de la familia, donde guardaron documentos de identidad y fotografías familiares. También llevaba una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe que había sido de su abuela, envuelta cuidadosamente en un trozo de tela.

 Los últimos días en San Miguel fueron particularmente duros. Roberto cerró definitivamente su taller entregando las llaves al dueño del local. Carmen se despidió de sus amigas más íntimas, prometiendo escribir tan pronto llegaran a Estados Unidos. Los niños tuvieron que decir adiós a sus compañeros de escuela y a sus mascotas. Miguel, el mayor comprendía la gravedad de la situación familiar mejor que sus hermanos menores.

 Había sido un estudiante ejemplar y sabía que dejar México significaba abandonar sus anhelos de seguir estudiando al menos temporalmente. No obstante, también entendía que sin esta oportunidad su futuro en San Miguel sería tan limitado como el de su padre. Sofía, por su lado, había empacado a escondida su muñeca favorita en el fondo de su mochila a pesar de las instrucciones de llevar solo lo esencial.

 Diego, muy pequeño para entender del todo lo que ocurría, se entusiasmaba con la idea de un viaje de aventura, como le habían explicado sus padres. La noche previa a partir, la familia fue a una misa especial en la iglesia local. El padre González, quien había bautizado a los tres niños, les dio una bendición privada y les obsequió pequeñas estampas religiosas para el camino.

 Muchas familias de la comunidad habían pasado por situaciones similares y existía una comprensión tácita de que estos no eran abandonos, sino sacrificios indispensables para la supervivencia. Roberto había contactado al Coyote por medio de recomendaciones de otros migrantes exitosos. El hombre, conocido simplemente como el chino por sus ojos rasgados, tenía fama de ser confiable y conocer bien las rutas del desierto.

 El precio pactado era de 800 americanos por persona, una suma que representaba los ahorros de varios años para la familia Herrera. El punto de reunión estaba fijado para el 15 de marzo de 1987 en Altar, Sonora. La familia partiría de San Miguel en autobús la tarde previa, pasaría la noche en un pequeño hotel y al amanecer se uniría al grupo para empezar la travesía del desierto.

 Los vecinos de San Miguel los despidieron con una mezcla de tristeza y esperanza. Sabían que podrían pasar años, quizás décadas antes de volver a verlos, pero también comprendían que esta era la única oportunidad real que tenía la familia Herrera de forjar un futuro mejor para sus hijos. El 14 de marzo de 1987, a las 3:30 de la tarde, Roberto Carmen y sus tres hijos subieron a un autobús de segunda clase en la central de autobuses de San Miguel de Orcaitas con destino a altar.

 El conductor Ramiro Vázquez recordaría años después a la familia porque los niños parecían emocionados por el viaje mientras los padres permanecían en silencio con expresiones serias. El viaje de 85 km hasta altar duró aproximadamente 2 horas por las múltiples paradas en pequeños poblados. La familia se alojó esa noche en el hotel San Francisco, un establecimiento modesto de una sola planta que era frecuentado principalmente por personas en tránsito hacia la frontera.

 La dueña, doña Esperanza Ruiz, los registró bajo el nombre de Roberto Herrera y les dio la habitación número siete. Según el testimonio posterior de doña Esperanza, la familia cenó temprano en el pequeño restaurante del hotel. Ordenaron quesadillas y frijoles y los niños tomaron refrescos de naranja. Roberto preguntó específicamente sobre el clima previsto para los próximos días, mostrando particular interés en las temperaturas nocturnas y la posibilidad de lluvia.

 Esa noche, Roberto salió solo del hotel cerca de las 8 de la noche para verse con el chino en una cantina local llamada El Oasis. El coyote, cuyo nombre real era Aurelio Chen García, hijo de padre chino y madre mexicana, tenía 42 años y llevaba casi una década organizando cruces fronterizos. Su reputación se fundaba en no haber perdido nunca a un migrante bajo su cargo.

 El grupo que se juntó esa noche estaba formado por 16 personas en total, la familia Herrera, dos hombres jóvenes de Guanajuato, una pareja sin hijos de Michoacán, una mujer con su hijo adolescente de Nayarit y cuatro hombres que viajaban solos desde distintos estados del centro de México. El chino explicó con detalle la ruta que tomarían, mostrando incluso un mapa rudimentario dibujado en un trozo de cartón.

 El plan era relativamente directo. Partirían al amanecer desde las afueras de altar. caminarían hacia el noroeste durante unos 40 km a través del desierto, eludiendo las áreas de mayor vigilancia de la patrulla fronteriza estadounidense. El punto de destino era un pequeño pueblo llamado Lukville, Arizona, donde un contacto los esperaría para llevarlos hacia Phoenix.

 El chino recalcó varias reglas importantes. Mantenerse siempre juntos como grupo, no hacer ruido innecesario, llevar suficiente agua para 4 días, aunque el viaje debía durar solo tres, y acatar sus instrucciones sin cuestionamiento alguno. También alertó sobre los peligros del desierto: serpientes, coyotes, temperaturas extremas y la posibilidad de extraviarse si alguien se separaba del grupo.

 Cada familia pagó por adelantado la cantidad pactada. Roberto entregó 4000 americanos que representaban prácticamente todas sus posesiones convertidas en efectivo. El chino proveyó a cada persona una botella extra de agua y algunos paquetes de galletas saladas para complementar las provisiones que ya traían. El 15 de marzo amaneció despejado en altar con una temperatura de 12 grecore.

 A las 5:45 de la mañana el grupo se reunió en un terreno valdío a las afueras del pueblo, cerca de un viejo corral abandonado. El chino había llegado en una camioneta pickup deteriorada acompañado de un joven de aproximadamente 20 años, a quien presentó simplemente como el flaco, su asistente para este cruce.

 Los últimos testigos que vieron a la familia Herrera con vida fueron dos comerciantes locales, don Evaristo Moreno y su hijo Carlos, quienes vendían provisiones de último minuto a los migrantes. Recordaban claramente a los tres niños porque Diego, el más pequeño, lloraba porque tenía frío y quería volver al hotel.

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