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Eva Perón: La Odiaron, la Amaron… y Robaron su Cuerpo

No one y esta no, pero Eva tiene algo que los demás no tienen. tiene una obsesión que no cabe en ese pueblo chico. Escucha radionovelas todas las tardes sentada en el piso cerca del receptor de radio, con los ojos cerrados y la imaginación volando lejos. Se aprende los diálogos de memoria, se para frente al espejo del baño y actúa escenas enteras cambiando la voz para cada personaje, poniendo caras, gesticulando, le dice a su madre con una seriedad impropia de su edad, mirándola directo a los ojos, que un día va a ser famosa, que un día nadie va a

poder humillarla. Y a los 15 años toma la decisión más audaz y más aterradora de su joven vida. Se va a Buenos Aires, sola, sin dinero, sin contactos, sin nadie que la espere del otro lado. Una adolescente con una valija de cartón, atada con un cordón, un vestido que le queda grande y un sueño que todo el mundo a su alrededor considera ridículo o peligroso.

Hay versiones que dicen que viajó acompañada por el cantante de tango Agustín Magaldi, que habría actuado en Junín y que la habría ayudado a llegar a la capital. Nunca se confirmó oficialmente esta versión, pero lo que sí es absolutamente seguro es que Eva llegó a Buenos Aires con las manos vacías y el corazón ardiendo de una ambición que iba a devorar todo lo que encontrara a su paso.

Nadie la esperaba y nadie estaba preparado para lo que iba a hacer. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Buenos Aires en 1935 es una ciudad que deslumbra y que devora. Es glamorosa. Sí. Tiene avenidas anchas bordeadas de edificios europeos, teatros iluminados con marquesinas brillantes, cafés donde los intelectuales discuten de política y literatura hasta la madrugada, mientras el humo del cigarrillo sube hacia techos altísimos.

Pero también es una ciudad despiadada, ferozmente despiadada con los que llegan sin apellido, sin dinero y sin protección. Y Eva no tiene ninguna de esas tres cosas. Los primeros años en Buenos Aires son los más duros de su vida y eso es decir mucho para alguien que creció en la pobreza. Vive en pensiones baratas del centro, habitaciones diminutas donde las paredes son tan delgadas que escuchas la tos del vecino y el frío del invierno porteño entra por las ventanas que no cierran bien.

Pasa hambre, hambre real, física, que te revuelve el estómago y te nubla la vista. Hay días enteros en que no come nada. Hay semanas en que sobrevive a base de mate amargo y pan duro que compra en las panaderías al final del día, cuando lo venden más barato porque ya está viejo. Toca puertas de productores de teatro que no se abren. Va a castings, donde directores cansados la miran 2 segundos y le dicen que no es bonita.

Sí, con esos ojos grandes de color avellana y esa boca expresiva que parece hecha para el drama. Pero Buenos Aires está llena de chicas bonitas que llegaron del interior con el mismo sueño desesperado y la misma valija de cartón. Eva es una más entre cientos, una cara más en la fila interminable de las que esperan su oportunidad. Pero Eva tiene algo que las otras no tienen, algo que no se enseña y que no se compra.

tiene una resistencia sobrehumana al rechazo. Un cuero tan grueso que las negativas rebotan sin dejar marca, donde otras lloran después de cinco rechazos y se rinden después de 10, Eva vuelve al undécimo y al duodécimo y al vigésimo y al triésimo. Cada puerta que se cierra en su cara la endurece un poco más. Cada no alimenta esa rabia silenciosa que lleva dentro desde el funeral de su padre.

No va a rendirse. Rendirse no es una opción, porque rendirse significaría que el mundo tenía razón desde el principio, que ella no era suficiente, que nació para ser nadie. Y eso, eso es algo que Eva Duarte no está dispuesta a aceptar ni muerta. Poco a poco, con una paciencia que es en realidad pura terquedad disfrazada, consigue papeles pequeños en obras de teatro, casi invisibles.

Una línea de diálogo aquí, una aparición de 3 segundos en una escena de fondo allá, papeles que nadie recuerda al día siguiente. Eva no es una gran actriz, nunca lo va a hacer y ella probablemente lo sabe en el fondo, pero tiene algo que no se aprende en ninguna escuela de actuación del mundo. Tiene presencia, tiene un magnetismo animal.

Cuando entra en una habitación, algo cambia en el aire. La gente levanta la cabeza y la mira. Hay algo en su forma de caminar, en la intensidad casi inquietante de su mirada, en la energía eléctrica que irradia todo su cuerpo, que hace absolutamente imposible ignorarla. Y entonces llega la radio y aquí, en este punto exacto, es donde la historia de Eva Duarte empieza a cambiar de dirección para siempre, porque la radio en la Argentina de los años 40 no es un medio menor ni un entretenimiento de fondo, es el medio de comunicación,

es lo que hoy serían la televisión, las redes sociales y el cine combinados en un solo aparato que está en cada sala de cada hogar del país. Cada familia se reúne alrededor del receptor por las tardes y Eva empieza a conseguir papeles en radionovelas. Su voz tiene algo especial, algo magnético, algo que transmite emoción pura, cruda, sin filtro, algo que te atrapa sin que sepas exactamente por qué.

La gente empieza a reconocer esa voz. obtiene un contrato estable con Radio Belgrano. Le dan un ciclo propio sobre la vida de mujeres famosas de la historia y Eva, sin saberlo, está haciendo algo mucho más importante que actuar. Está aprendiendo a comunicar. Está aprendiendo a conectar con millones de personas a través de un micrófono.

Está afinando un arma que muy pronto va a usar con una efectividad devastadora. Para 1943, Eva ya no es la chica hambrienta y desesperada de los primeros años. Tiene un departamento en un barrio decente. Tiene contratos que le dan estabilidad. Aparece en revistas. Su carrera, sin ser espectacular ni estelar, le da una vida que a la niña de los toldos le habría parecido un sueño.

Pero todavía le falta algo esencial. Todavía es una actriz más entre muchas. Todavía no ha encontrado lo que realmente vino a buscar a Buenos Aires. Todavía no sabe que está a punto de encontrarlo y entonces llega el momento que lo cambia absolutamente todo. El momento que parte la historia en un antes y un después.

El 22 de enero de 1944, un terremoto devastador sacude y destruye la ciudad de San Juan en el oeste argentino. Es una catástrofe de proporciones bíblicas. Más de 10,000 muertos, pueblos enteros borrados del mapa como si nunca hubieran existido. El país entero queda en shock. Se organiza un evento benéfico monumental en el estadio Luna Park de Buenos Aires para recaudar fondos para las víctimas.

Todo Buenos Aires está ahí. Artistas de primer nivel, militares de alto rango, políticos, empresarios, la crema de la sociedad porteña. Y en medio de esa multitud solidaria, en medio del ruido y las luces, dos personas se encuentran. Eva Duarte, actriz de radio de 24 años, delgada, intensa, con una mirada que podía perforar paredes.

Y el coronel Juan Domingo Perón, militar ambicioso de 48 años, corpulento, carismático, con una sonrisa amplia y un plan político que nadie termina de entender, pero que todo el mundo intuye peligroso. Lo que ocurre entre ellos esa noche ha sido contado de 100 formas diferentes y ninguna es completamente confiable. Hay quienes dicen que Eva se sentó deliberadamente a su lado con la precisión de una jugadora de ajedrez.

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