Eran exactamente las 6:15 de la tarde cuando todo se partió en dos. El 2 de octubre de 1968, ] en una plaza rodeada de edificios de vivienda en el norte de la Ciudad de México, miles de estudiantes ] se habían reunido para lo que se suponía que sería una manifestación más, un mitín de protesta.
] Voces jóvenes que cantaban consignas, que alzaban el puño, que exigían lo que en teoría tenían derecho a exigir: ] diálogo, libertad, justicia. Había familias ] enteras en las gradas, madres con carritos de bebé, niños sentados sobre los hombros de sus padres, profesores universitarios, obreros, chicas de 20 años que habían ido con sus novios porque ese era el plan para esa tarde de otoño.
Había un fotógrafo de la agencia Associated Press que tenía hambre y ] estaba pensando en que después del meting iba a ir a cenar. Había un periodista ] de un periódico de provincia que estaba en la ciudad por otras razones y había ido a cubrir el evento casi por casualidad. Había una mujer de 35 ] años que había ido a buscar a su hijo estudiante porque llevaba dos días sin noticias de él y estaba preocupada.
Lo que vino después no ] tiene nombre limpio en ningún idioma. En cuestión de minutos, esa plaza, la plaza de las tres culturas ] en Tlatelolco, se convirtió en una trampa de precisión militar. El ejército la había rodeado sin que nadie lo viera llegar. Desde las ventanas de los edificios aledaños, francotiradores con guantes blancos en la mano izquierda abrieron fuego desde las alturas.
Las bengalas verdes iluminaron el cielo como una señal de ejecución. Y lo que siguió fue una masacre que el gobierno de México pasaría los siguientes 30 años intentando borrar de la historia con la misma frialdad metódica con que había sido planeada. La cifra oficial de muertos que el gobierno publicó esa noche fue 27.
] Y si eso ya te parece una mentira, espera a que te diga lo que los documentos desclasificados revelaron décadas después. Espera a que te cuente lo que pasó con los cadáveres en los hospitales ] militares. Espera a que te diga lo que las familias encontraron cuando fueron ] a buscar a sus hijos y se encontraron con silencio, con paredes, con funcionarios que les ] decían que no había ningún registro de su nombre en ningún hospital, en ninguna ] cárcel, en ningún lugar. El hombre detrás de todo
eso tenía 57 años en ese momento. Usaba lentes de pasta negra, hablaba despacio con una adicción perfecta de abogado y en cada aparición pública sonreía con la serenidad de alguien que está completamente seguro ] de que la historia le va a dar la razón. Se llamaba Gustavo Díaz Ordaz. era el presidente de México ] y lo que vas a escuchar hoy sobre él va a hacerte entender por qué algunos países no solo producen ] presidentes, sino también monstruos con traje y credencial oficial. Monstruos que ] comen
besan a sus hijos antes de dormirse, que leen derecho y filosofía, que se persignan en la iglesia. Monstruos funcionales, ] que son los más peligrosos de todos porque nunca parecen monstruos hasta ] que ya es demasiado tarde. Porque hoy no solo te voy a contar lo de Tlatelolco, eso ya lo sabes de manera superficial.
Hoy te voy a revelar cuatro cosas ] que la versión oficial lleva décadas ocultando con una meticulosidad que en sí misma constituye otro crimen. La primera, ¿quién dio exactamente la orden de matar ] esa noche? ¿Cómo se transmitió esa orden a través de las capas del aparato militar y policial ] mexicano? ¿Y qué dicen los propios documentos internos del gobierno? ] Los que estuvieron clasificados durante 30 años sobre el nivel de planificación previa que tuvo la ] Masacre.
Porque esto no fue una reacción improvisada de un general desbocado. Fue una operación con nombre en código, con unidades previamente asignadas, con tiradores en posición horas antes de que llegara el primer estudiante. ] Fue una trampa. La segunda, lo que Estados Unidos sabía ] antes de que cayera el primer disparo, porque la CIA y el Departamento de Estado de Washington tenían ] información sobre lo que iba a pasar en esa plaza.
Tenían nombres, tenían estructura de la operación, tenían informantes dentro del aparato de seguridad mexicano y tomaron una decisión muy específica ] sobre qué hacer con esa información. Una decisión que cuando la conozcas vas a tener que tomarte un momento para procesar.
La tercera, ] el número real de muertos. 97. No. 35. El horror verdadero que se escondió durante décadas. ] Los cadáveres que desaparecieron en hospitales militares sin dejar registro, los nombres ] que nunca llegaron a ninguna lista oficial, las familias que durante años fueron a buscar a sus hijos y se encontraron con un muro de silencio institucional que fue en sí mismo ] otra forma de violencia.
Y la cuarta, la que te voy a guardar para el final, porque es la más perturbadora de todas. Lo que el propio Díaz Sordaz dijo sobre Tlatelolco ] en 1975, 7 años después de la masacre. Una declaración que hizo con la misma frialdad clínica con que un cirujano describe una operación exitosa. Porque no fue un arrepentimiento, no fue una disculpa, ] no fue el gesto del hombre que carga con el peso de lo que hizo, fue algo mucho, mucho peor.
Y cuando lo escuches, ] vas a entender exactamente qué tipo de hombre llegó a la presidencia de México en ] 1964. Quédate porque si te vas antes del final, te pierdes la parte donde todo lo que creías saber sobre México, sobre el ] poder y sobre cómo se construye la impunidad desde adentro te explota en la cara.
Para entender a Gustavo Díaz Oordaz, ] tienes que ir a un lugar que muy poca gente fuera de Puebla conoce, un pueblo del estado de Puebla llamado San Andrés ] Chalchico Mula. Hoy ese lugar se llama Ciudad Cerdán. en honor a los hermanos Cerdán, ] los primeros mártires de la Revolución Mexicana, los que se atrincheraron en su casa el 18 de noviembre de 1910 ] y resistieron al Ejército Federal hasta que los masacraron.
Ese dato geográfico tiene una ironía que no es pequeña. Díaz Oordaz nació en el municipio que lleva el nombre de personas que murieron resistiendo al poder del estado ] y décadas después se convertiría en el hombre que usó ese mismo estado para matar a quienes ] se atrevían a resistir. En ese pueblo nació Gustavo Díaz Ordaz el 12 de marzo de 1911.
Era plena revolución mexicana. El país estaba ] en llamas. Madero acababa de derrocar a Porfirio Díaz. Las tropas ] zapatistas controlaban amplias zonas del sur. Villa sembraba el caos en el ] norte y en Puebla, que era un estado profundamente marcado por las tensiones entre el clero católico, la burguesía local y ] los sectores agraristas que querían la tierra que los ascendados tenían concentrada.
La violencia era el fondo sonoro cotidiano de una infancia. Su padre era Ramón Díaz Oordaz Pacheco, un funcionario de la administración pública local. No era un hombre de la élite, pero tampoco era un campesino sin tierra. Era algo que en el México de esa época marcaba una diferencia enorme. Era alguien que formaba parte del aparato del estado, aunque fuera en su nivel más bajo.
Eso le daba una cierta posición, una cierta protección y, sobre todo, una perspectiva muy específica del ] mundo, la del hombre que está dentro del sistema y que entiende desde adentro cómo funciona ] realmente. Su madre, Sabina Bolaños Cacho, venía de una familia establecida en la región. Era una mujer de las que el México conservador de esa época ] producía con una regularidad que hoy sorprende, profundamente religiosa, ] dedicada a la vida doméstica, con una visión del mundo que no cuestionaba el orden de las cosas, porque ese orden
tenía el ] respaldo de Dios y del gobierno, que en la mentalidad del México postrevolucionario no siempre se distinguían bien el uno del otro. Gustavo fue el segundo de varios hijos. creció en un hogar donde la disciplina era una virtud cardinal y donde la ] política, la administración pública y el servicio al Estado no eran vistos como algo corrupto o indigno, sino como una carrera respetable, quizás la más respetable, para un hombre inteligente ] que no tenía el capital para montar un negocio, pero que tenía la capacidad y
la disposición para subir por la escala gubernamental. ] Y había algo en ese entorno que moldearía a Días Sordaz de maneras profundas. Puebla es un estado que se piensa diferente al resto del país. Conservador de una manera que a veces linda con el ] fanatismo, católico de una manera que impregna la arquitectura, el comercio, la política, ] el lenguaje cotidiano, con una burguesía que mezcla orgullo colonial con ambición política de una manera muy específica.
Son hombres que saben hablar con elegancia, que conocen ] las formas, que nunca levantan la voz en público, que tienen la capacidad de sostener conversaciones absolutamente civilizadas, mientras ] por dentro han tomado decisiones que ninguna persona civilizada tomaría. Hombres que separan el mundo de las ideas del mundo de las acciones con una facilidad que a los que vienen de otros contextos ] les resulta casi sobrenatural.
Díaz se encajaba perfectamente en ese molde y la revolución que ardía a su alrededor mientras crecía no lo radicalizó ] en ninguna dirección. No lo convirtió en un agrarista que quería repartir la tierra. No lo convirtió en un anticlerical que quería barrer con la influencia de la Iglesia. ] Lo que hizo fue enseñarle la lección más fundamental que el México del siglo XX tenía para dar, que el poder no se tomaba por la fuerza, sino que se construía con paciencia, con lealtad, con la acumulación gradual de posiciones
dentro del aparato del Estado. Cuando tenía edad ] para estudiar seriamente, lo mandaron al Colegio del Estado de Puebla, la institución más importante de la entidad fundada en el siglo ] XIX y que hoy es la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. ] Ahí estudió derecho, se graduó y esa formación jurídica le dio algo que sería fundamental ] en toda su carrera posterior, la capacidad de construir argumentos que justifiquen cualquier ] cosa dentro de un marco de legalidad formal.
El abogado que fue Díaz Oordaz nunca desapareció debajo del político y del represor que se volvió. La letra de la ley, el lenguaje ] técnico del derecho, la capacidad de presentar como legítimo y procesalmente correcto, lo que en el fondo era una monstruosidad, fue una herramienta que usó ] toda su vida.
Había otra cosa en su formación que merece mencionarse. Sus contemporáneos del Colegio del Estado lo describían como un estudiante metódico ] y serio hasta el punto de la rigidez. No era el tipo de estudiante brillante que hacía preguntas incómodas en el aula o que provocaba debates que desafiaban a los profesores.
Era el tipo ] que estudiaba lo que había que estudiar, aprendía lo que había que aprender y entregaba los trabajos a tiempo. Una disciplina que en la juventud puede confundirse con virtud, pero que en el poder se transforma en algo más oscuro. ] la obediencia perfectamente internalizada que se vuelve su propio motor una vez que la autoridad a la que uno obedece es la propia. Y había ] algo más.
Gustavo Díaz Ordas no era un hombre agraciado físicamente según los ] estándares convencionales de su época. tenía una nariz prominente y unos rasgos faciales que sus adversarios ] y los caricaturistas describirían con una crueldad que hoy resulta difícil de encontrar en ningún contexto ] de análisis político serio.
propio día sordaz era profundamente consciente ] de eso y la conciencia de que el mundo te mira con una cierta distancia, de que hay algo en tu imagen exterior ] que genera en los demás una reacción de apartamiento o de condescendencia, eso marca a una persona de maneras que pueden ir en muchas ] direcciones.
Puede producir una inseguridad permanente que se disimula con agresividad. puede producir una determinación de demostrar ] que lo que no se tiene en imagen se tiene en capacidad. Puede producir ] en los casos más peligrosos la decisión de que si el mundo no te va a dar lo que mereces por tu cara, te lo vas a ganar por tu inteligencia, ] tu trabajo y cuando sea necesario por el miedo que puedas inspirar.
En Díaz Sordaz produjo ] las tres cosas. La suma de esas tres cosas fue un político de una eficiencia extraordinaria y una brutalidad cuidadosamente contenida que podía pasar inadvertida durante años. En 1937 se casó con Guadalupe Borja Osorio, una mujer de familia poblana. Con ella tendría tres hijos, Gustavo Hijo, Alfredo y Virginia.
La vida doméstica de Díaz Oordaz era la de un funcionario serio, sin excesos visibles, sin escándalos de alcoba que pudiesen mancharlo políticamente en un entorno donde la respetabilidad familiar era parte esencial del perfil ] del hombre de estado. En un país donde la hipocresía era un arte de gobierno, Díaz Oordaz cultivaba con cuidado la imagen del hombre de ] bien.
Buen padre, buen católico, buen servidor público, buen ] mexicano. una imagen que tardaría décadas en agrietarse, pero que cuando se agrietó lo hizo de una manera que no dejó nada entero. Lo que sigue ahora es el ascenso y si hay algo que define el ] ascenso de Gustavo Díaz Ordaz es su perfección formal.
Cada peldaño ] subido en el orden correcto, cada lealtad expresada en el momento preciso, cada muestra de confiabilidad entregada cuando el sistema más la necesitaba. Empezó su carrera en la administración pública de Puebla en los años 30. fue secretario ] del juzgado primero de lo penal, después juez del registro civil, ] después diputado local en el Congreso de Puebla.
Cada uno de esos cargos era un paso más dentro de una red de relaciones ] que en el México priista era la única forma real de ascender. Conocer a alguien que conoce a alguien que tiene acceso al presidente o al gobernador o al secretario de Estado ] que puede mover las piezas. El PRI, el Partido Revolucionario Institucional, ] era la arquitectura total de la vida política mexicana.
Desde su fundación en 1929 ] había ido absorbiendo, cooptando o aplastando todas las fuerzas políticas ] independientes del país hasta convertirse en algo para lo que no existe un nombre limpio en ] la teoría política. No era exactamente un partido de estado al estilo soviético porque tenía elecciones, aunque de resultado predecible.
No era exactamente una dictadura militar, porque los generales que habían hecho la revolución habían cedido ] el poder a los civiles. Era algo más específico y más sofisticado. una maquinaria ] de control político que usaba todos los instrumentos del Estado, los contratos, ] los subsidios, los empleos, los medios de comunicación, los sindicatos, los ejidos, los presidentes municipales, ] los gobernadores, los jueces, como piezas de un sistema que se autoperpetuaba y que castigaba con una eficiencia brutal cualquier intento de
funcionamiento independiente. En ese sistema, el ascenso dependía de una variable fundamental. la confianza del presidente. El presidente nombraba a los gobernadores, ] controlaba el reparto de candidaturas para el Congreso, decidía quién era secretario de Estado y quién se quedaba varado en un cargo menor, sin importancia ni presupuesto.
] Y la única manera de ganarte esa confianza era siendo el hombre que nunca fallaba cuando el jefe te daba una tarea complicada, el hombre que hacía lo que había que hacer sin ] preguntar demasiado, el hombre al que podías llamar a las 3 de la mañana y saber ] que iba a estar disponible y va a hacer lo que le pidas.
Díaz Oordaz empezó a ganarse esa reputación desde ] el Congreso Federal al que llegó como diputado por Puebla en 1946. ] Eso lo sacó del circuito provincial y lo puso en el tablero nacional. El Distrito Federal era otro mundo, ] más grande, más violento, más complicado, con actores que jugaban en ligas que en ] Puebla ni siquiera se imaginaban.
Pero Díaz Oordaz se adaptó con una velocidad que sorprendió a sus contemporáneos. Tenía una capacidad para leer las relaciones de poder dentro del PRI ] que sus colegas poblanos no tenían. Sabía cuándo hablar y cuándo callarse. Sabía ] a quién apoyar en los momentos en que el sistema interno del partido estaba negociando posiciones.
Sabía sobre ] todo cómo ser útil sin parecer ambicioso, que en el México priista era una distinción importante. La ambición visible era peligrosa porque generaba enemigos. La eficiencia discreta era la que producía ascenso. En 1952 llegó al Senado de la República. ] Como senador siguió consolidando esa reputación.
Legislador eficiente, sin escándalos, con la capacidad de hacer avanzar los temas que ] la presidencia quería hacer avanzar y de frenar en seco los que la presidencia quería frenar. Los que lo conocieron ] en el Senado hablan de un hombre de memoria extraordinaria, capaz de recordar detalles de expedientes ] que había visto semanas antes, de encontrar el artículo exacto de un reglamento que nadie más recordaba, ] de construir argumentos jurídicos sólidos para posiciones que eran, en el fondo, puramente políticas.
Esa capacidad de darle vestido jurídico ] a las decisiones políticas fue su especialidad y en el PRI era una habilidad enormemente valiosa. ] El partido necesitaba constantemente a personas que pudieran justificar lo que hacía dentro de un marco de legalidad ] formal, que presentaran la represión como mantenimiento del orden, la manipulación electoral como ] organización del proceso democrático, el control de la prensa como orientación ] de la opinión pública.
Díaz Oordaz era extraordinariamente bueno en eso. En 1958, ] el presidente electo Adolfo López Mateos tomó la decisión que cambiaría el destino de México. Le ofreció a Gustavo Díaz Ordaz la Secretaría de Gobernación y con ese nombramiento la historia del país cambió de dirección de maneras que en ese momento nadie podía imaginar completamente.
En México, gobernación no es simplemente el Ministerio del Interior en el sentido europeo del término. en muchos sentidos el corazón del poder real del Estado. Desde Gobernación se controlan los servicios de inteligencia doméstica, se supervisa la seguridad interna, se monitorean y cuando es necesario se infiltran las ] organizaciones sindicales, estudiantiles, campesinas, gremiales.
Se decide qué periódicos ] reciben publicidad gubernamental y cuáles no. Se determina qué líderes sociales son apoyados y cuáles ] son presionados, sometidos a vigilancia, fichados o simplemente persuadidos a través de métodos que nunca aparecen en ningún documento oficial de que las posiciones ] que defienden son equivocadas o peligrosas para su bienestar.
Ser secretario de Gobernación en México en los años 60 era, ] en la práctica, ser el cerebro de la maquinaria de control político más sofisticada de América Latina. El presidente era la cara pública del sistema. El secretario de Gobernación era quien lo hacía funcionar en la sombra y Díaz ] Ordaz fue extraordinariamente eficiente en ese papel.
Durante los 6 años que estuvo al frente de Gobernación de 1958 a 1964, desarrolló una red de inteligencia y ] control político que abarcaba prácticamente cada fibra de la vida pública mexicana. ] Bajo su supervisión, el gobierno manejó con mano dura el movimiento ferrocarrilero de 1958 y 1959, ] cuando los trabajadores del ferrocarril, encabezados por Demetrio Vallejo, se atrevieron a hacer algo que el sistema consideraba absolutamente inaceptable, ] organizarse de manera independiente fuera de los sindicatos oficiales del
PRI y declararse en huelga para exigir aumentos ] salariales y mejores condiciones. Recuerda el nombre de Demetrio Vallejo. Recuérdalo bien, ] porque lo que le pasó en 1959 es una ventana perfecta para entender ] cómo funcionaba el sistema que Díaz Sordaz no solo aprendió, sino que perfeccionó ] y llevó a su máxima expresión.
En 1968, Vallejo ] era un líder sindical que había surgido desde las bases del ferrocarril, sin conexiones con la cúpula ] priista, sin financiamiento gubernamental, sin los vínculos con el sistema que convertían a los líderes sindicales oficiales en extensiones del partido más que en representantes de los trabajadores.
Era, en pocas palabras, ] exactamente lo que el sistema decía que el sindicalismo debería ser. un dirigente ] que de verdad representaba los intereses de su base y precisamente por eso era una amenaza existencial para el modelo de control que el PR había ] construido. En marzo de 1959, el gobierno ] decretó que la huelga ferrocarrilera era ilegal, basándose en procedimientos que tenían una formalidad jurídica impecable, pero que en la práctica ] significaban que el Estado se reservaba el derecho de
decidir cuándo y ] cómo los trabajadores podían organizarse. Demetrio Vallejo fue arrestado ] bajo cargos de disolución social, un tipo penal que existía en el Código Penal Mexicano de esa época y que era en esencia ] un comodín jurídico que podía aplicarse a cualquier persona que el gobierno considerara una amenaza a la estabilidad del sistema.
Vallejo pasó 11 años en la cárcel, 11 años por liderar una huelga laboral, por intentar negociar condiciones de trabajo, por usar el derecho que en teoría la Constitución mexicana le reconocía como ciudadano y como trabajador. Díaz Oordaz supervisó esa operación desde Gobernación. ] No fue su única acción de ese tipo durante esos 6 años, pero fue la más emblemática y hay algo fundamental que entender sobre ella.
No fue solo una represión, fue un mensaje pedagógico, un mensaje dirigido a todos los sindicatos del ] país, a todos los líderes laborales, a todos los sectores organizados de la sociedad. Esto es lo que le pasa a quien intenta funcionar fuera del esquema que el PRI ] tiene diseñado para ustedes. No van a poder ganar, no porque tengan menos razón, sino porque nosotros controlamos la ley, ] los jueces, la policía y la prensa.

Eso que tú llamas sindicalismo independiente, ] nosotros lo llamamos disolución social y el que lo practique va a aprenderlo de la manera más cara. ] El sistema funcionó. El movimiento ferrocarrilero fue aplastado con una eficiencia que durante ] años fue utilizada como ejemplo interno dentro del PRI de cómo manejar la disidencia social con las ] mínimas complicaciones y las mínimas consecuencias políticas internacionales.
En 1959, ] la Guerra Fría hacía que Washington mirara con beneplácito cualquier gobierno latinoamericano, que aplastara movimientos laborales ] que pudieran tener alguna conexión real o imaginaria con el comunismo. Esa fue otra lección que Diaz aprendió en esos ] años, que el contexto internacional era un aliado, que mientras el fantasma de Cuba y el comunismo sobrevolara a América Latina, ] Washington estaba dispuesto a hacer la vista gorda ante cualquier represión que pudiera ] justificarse como
necesaria para mantener la estabilidad y evitar que un país más cayera en la órbita soviética. Para 1963, Díaz Oordaz era el hombre más poderoso de México después del presidente. Era el secretario de Gobernación más respetado y temido en décadas. Y cuando Adolfo López Mateos empezó el proceso de designar a su sucesor, porque en el sistema priista el presidente en turno era quien elegía al candidato en una ceremonia que los mexicanos llamaban con irónica precisión el dedazo, la elección era casi inevitable. En noviembre de
1963, López Mateos destapó a Gustavo ] Díaz Ordaz como candidato del PRI a la presidencia de la República. El proceso que siguió fue, como siempre en el ] México de esa época, una elección de resultado absolutamente predeterminado. El 5 de julio de 1964, Díaz Oordaz recibió el 88.8% ] de los votos. No porque el 88.
8% % de los mexicanos lo amara, sino porque así funcionaba el sistema. La maquinaria ] del partido movilizaba sus estructuras en todo el país. Los votos llegaban ] y el candidato de la oposición obtenía un porcentaje suficientemente pequeño como para ser irrelevante, pero suficientemente grande como para que la pantomima democrática mantuviera ] su credibilidad formal.
El 1 de diciembre de 1964, Gustavo Díaz Orda se convirtió en el VI6º presidente ] de México y en ese momento, el país que se preparaba para recibir sus primeros Juegos Olímpicos en 1968, el país que se presentaba ante el mundo como ] una democracia moderna y en crecimiento le había entregado las llaves al hombre más peligroso que jamás había ocupado esa silla. Piénsalo así.
Cuando López Mateos eligió a Díaz Oordaz como sucesor, lo que en realidad ] estaba diciéndole al país era que el modelo de gestión del poder que había funcionado, ] controlar, vigilar, infiltrar, reprimir cuando fuera necesario con precisión quirúrgica, no iba a cambiar. que México iba a seguir siendo la vitrina de estabilidad que fascinaba a los inversores extranjeros y a Washington, que en plena Guerra Fría ] necesitaba tener a su vecino del sur bien firme, bien quieto, bien democrático en el papel, pero
absolutamente predecible en la práctica. Y hay algo en ese momento que merece tu atención especial. Cuando Díaz Oordaz asumió la presidencia, el mundo estaba cambiando de maneras que el sistema priista no había anticipado y no sabía cómo ] procesar. En Europa, los jóvenes empezaban a organizarse en movimientos ] que cuestionaban no solo las políticas concretas de sus gobiernos, sino el orden completo de la ] sociedad.
En Estados Unidos, el Movimiento por los derechos civiles estaba redefiniendo qué significaba la ciudadanía. En Vietnam, la guerra que Washington presentaba como una defensa de la democracia estaba siendo cuestionada desde adentro de la propia sociedad ] norteamericana con una intensidad que los políticos de la generación anterior no ] habían visto antes.
Y en México, la generación más educada de la historia del país, ] estaba llegando a la universidad y encontrando que el país donde habían crecido, el que sus padres les habían descrito como un modelo de estabilidad ] y progreso en un continente caótico, tenía grietas profundas que el relato oficial no había podido ] tapar del todo.
sordas veía esas grietas, las veía mejor que nadie porque había pasado 6 años al frente del aparato de inteligencia que las monitoreaba y la respuesta que tenía preparada para cuando esas grietas empezaran ] a ensancharse no era la reforma, no era la apertura, era la misma que había funcionado ] con los ferrocarrileros en 1959 y que había funcionado antes con otros movimientos y con otras amenazas.
] Antes de llegar al 68, hay que hacer una parada en 1965 porque hay un episodio de ese año que dice mucho sobre cómo estaba ] pensando Díaz Oordaz la seguridad nacional y sobre lo que estaba construyendo en silencio durante los primeros dos años de su presidencia. El 23 de septiembre de 1965, un grupo de guerrilleros que habían sido radicalizados por la influencia de la revolución cubana intentó tomar por asalto el cuartel madera.
en la sierra de Chihuahua. Era un grupo pequeño ] liderado por el maestro rural Arturo Gamis García, que llevaba meses operando en la sierra con el respaldo de comunidades ] campesinas que habían perdido sus tierras en décadas de despojo silencioso. El asalto fue un fracaso militar. ] La mayoría de los atacantes murió en el enfrentamiento, incluyendo al propio Gamis.
Los sobrevivientes fueron perseguidos por el ejército a través de la sierra con una ferocidad que iba mucho más allá de la necesidad táctica. ] Lo que Díaz Sordaz hizo después de Madera no fue solo perseguir a los responsables del ataque, fue desplegar una operación ] de contrainsurgencia en toda la región que incluyó la detención de personas sin ninguna conexión directa con ] el grupo guerrillero, el desplazamiento de comunidades enteras que el ejército consideraba ] potencialmente simpatizantes y la creación de un
precedente muy claro. Cualquier forma de resistencia armada al Estado mexicano, por pequeña que fuera, por genuinas que fueran las causas que ] la motivaban, iba a ser respondida con una fuerza que fuera disuasoria, no solo para los que actuaban, ] sino para todo el que pudiera estar pensando en actuar.
Era una doctrina de contrainsurgencia copiada ] directamente de los manuales que la escuela de Fort Benning en Georgia, Estados Unidos, estaba distribuyendo entre los ejércitos latinoamericanos en esos años. una doctrina que decía, “El enemigo no es solo el combatiente armado. El enemigo es la red social, familiar, comunitaria, que hace posible que ese combatiente exista y opere.
Para exterminar la guerrilla hay que secar el agua en que nada. Hay que aterrorizar a la comunidad.” Díaz aplicó esa doctrina en Chihuahua en 1965 y la perfeccionó durante los tr años siguientes, de manera que el mundo no vería en pleno funcionamiento ] hasta la noche del 2 de octubre de 1968. Para entender completamente lo que estaba en juego esa noche, tienes que entender el México que Día Sordaz quería mostrar al mundo.
Desde mediados de los años 40, México había experimentado ] un crecimiento económico que sus gobernantes habían bautizado con el gran elilocuente nombre de milagro ] mexicano. La economía crecía entre el 6 y el 7% anual, de manera consistente durante ] más de dos décadas. La industria manufacturera se expandía a ritmos que eran la envidia de sus vecinos latinoamericanos.
Las ciudades se transformaban a una velocidad vertiginosa. El Distrito Federal, que en 1940 ] tenía menos de 2 millones de habitantes, ya superaba 7,0000es en 1968. ] Se construían autopistas que conectaban el país como nunca antes. Se abrían hospitales, universidades, aeropuertos. La clase media urbana crecía y consumía y mandaba a sus hijos a la universidad de una manera que una generación antes habría sido impensable para la mayoría de las familias mexicanas.
] era, si miraba solo las cifras macroeconómicas, un panorama que justificaba cierto orgullo nacional y el PRI se había encargado de que nadie olvidara ] a quién le debía ese progreso. Pero detrás del relato del milagro económico había otra historia ] que los discursos presidenciales nunca contaban.
La historia de la desigualdad que el crecimiento había ] dejado intacta o profundizado, la historia de los campesinos del sur, que seguían viviendo en condiciones de miseria que no habían mejorado sustancialmente ] desde los años 40, mientras en la capital se construían estadios olímpicos.
La historia de los obreros que construían las fábricas del milagro económico con salarios que no les alcanzaban para vivir en las mismas ciudades donde esas fábricas se levantaban. la historia de las comunidades indígenas en Oaxaca, en Chiapas, ] en Guerrero, que eran invisibles para el relato de la modernización hasta que ] alguien en esas comunidades decidía que ya había tenido suficiente.
Y había por encima de todo eso ] la historia de la libertad, la historia de lo que significaba vivir en un país donde el periódico ] que leías había sido censurado no por un decreto oficial, sino por la presión económica de un sistema ] que controlaba la publicidad gubernamental, donde el sindicato que supuestamente te representaba era en realidad una extensión del partido en el gobierno, donde las elecciones se ganaban antes de que empezara la campaña, donde la única forma de avanzar en la carrera era
profesional en ] muchos sectores, pasaba por tener la credencial correcta del partido correcto. Los estudiantes universitarios de 1968 ] eran los hijos del milagro económico. Eran la primera generación en la historia de México que llegó masivamente a la universidad y precisamente porque eran la generación más educada ] que el sistema había producido, entendían mejor que nadie la distancia entre el relato oficial y la ] realidad que los rodeaba.
habían leído a los que se les debía prohibir leer. Sabían lo que pasaba en Francia en mayo de ese mismo año, ] donde los estudiantes parisinos habían paralizado el país con una huelga general que llegó a cuestionar los fundamentos del poder político. Sabían lo que pasaba en Praga, donde el experimento de socialismo con rostro ] humano de Alexander Dupcheck estaba siendo aplastado por los tanques soviéticos.
] Sabían lo que pasaba en Berkley, en Chicago, en Berlín y sabían sobre todo lo que pasaba en sus propias calles. El movimiento estudiantil ] mexicano de 1968 no empezó en septiembre ni en octubre. Empezó con los primeros calores de julio y empezó de la manera más banal y más reveladora posible con una pelea de barrio.
El 22 de julio de 1968, ] estudiantes de vocacionales del Instituto Politécnico Nacional y estudiantes de preparatoria de la UNAM se pelearon en la calle ] en el centro de la Ciudad de México. Era el tipo de riña estudiantil que ocurría con cierta frecuencia entre escuelas rivales, ] sin mayor importancia histórica.
Pero la respuesta policial fue lo que cambió todo. Los granaderos, la policía de choque de la ciudad, llegaron a dispersar la pelea con un nivel de violencia ] que no guardaba ninguna proporción con lo que estaban respondiendo. Golpearon ] estudiantes con sus toletes con una brutalidad que dejó decenas de heridos.
Entraron por la fuerza a las instalaciones ] educativas para perseguir a los que intentaban escapar. detuvieron a chicos de 15 y 16 años que en muchos casos no ] tenían nada que ver con la pelea original. Esa desproporción fue el detonador. En los días siguientes, las protestas ] se multiplicaron.
El 26 de julio, en la conmemoración del ] aniversario del inicio de la revolución cubana, una fecha cargada de simbolismo para la izquierda estudiantil latinoamericana, ] se realizaron marchas simultáneas en la Ciudad de México que terminaron en enfrentamientos violentos con la policía. ] El aparato de seguridad del Estado respondió con la lógica que había aprendido y practicado.
Más golpes, más detenidos, más demostración de que el costo de protestar era real y personal. Pero esa lógica que había funcionado antes con sectores más pequeños o más aislados produjo el efecto contrario con la comunidad universitaria. La brutalidad policial no dispersó el movimiento, lo unificó. La UNAM y el IPN, que habitualmente se miraban con cierta rivalidad institucional alimentada durante décadas por el sistema, se unieron alrededor de un objetivo común.
El Consejo ] Nacional de Huelga, el CNH, nació en los días siguientes como una estructura de coordinación que reunía a representantes de decenas de escuelas y facultades de la ] capital. El pliego petitorio del CNH era, y esto merece subrayarse, extraordinariamente razonable. tenía seis puntos.
La libertad ] de los presos políticos, empezando por Demetrio Vallejo, que seguía en la cárcel 9 años después de su arresto, ] la derogación del delito de disolución social del Código Penal, la desaparición del cuerpo de granaderos, la destitución de los jefes policiales responsables de las agresiones, la indemnización a los estudiantes heridos y el inicio de un diálogo público entre ] el gobierno y el CNH, transmitido en vivo por radio y televisión. Seis puntos.
Ninguno de ellos pedía derrocar al gobierno. Ninguno pedía expropiar nada. Ninguno era incompatible con el funcionamiento de un estado que se llamara democrático con algo de seriedad. Pero para Gustavo Díaz ] Ordaaz, ese pliego petitorio era una declaración de guerra, no porque lo fuera objetivamente, sino porque cualquier demanda que cuestionara la autoridad del Estado que insistiera ] en el diálogo público cuando el sistema funcionaba precisamente sobre la base de que nada de lo que el gobierno
hacía necesitaba explicarse ] públicamente, era una amenaza al fundamento mismo del modelo de poder que el ] PRI había construido en 40 años. El verano de 1968 fue un periodo de tensión creciente que el gobierno fue escalando ] con una consistencia que, vista en retrospectiva, solo puede leerse como deliberada.
] En agosto y septiembre, en lugar de iniciar el diálogo que los estudiantes pedían, el gobierno endureció sus posiciones, incrementó la presencia policial y militar ] alrededor de las instalaciones universitarias y multiplicó las detenciones de líderes estudiantiles. ] El 15 de septiembre de 1968, en su cuarto informe de gobierno, La tradición de los presidentes mexicanos ] de rendir cuentas ante el Congreso, Díaz Orda pronunció un discurso que ] es uno de los documentos más reveladores de todo su
mandato. En ese discurso, sin nombrar ] directamente el movimiento estudiantil, habló de las amenazas a la estabilidad y a la paz social del país, con un tono que dejaba muy pocas ] dudas sobre lo que estaba pensando. Habló de manos extrañas que intentaban perturbar la marcha del país. habló de la obligación ] del Estado de proteger a los ciudadanos pacíficos, de los que usaban la libertad para amenazar la libertad de los demás, y lanzó lo que ] en el lenguaje diplomático de esa época sonaba como una
advertencia, ] pero que en realidad era un anuncio. El gobierno tenía un deber ineludible ] de restaurar el orden. Tres días después, el 18 de septiembre, el ejército ocupó la ciudad universitaria de la UNAM. Entraron miles de soldados a tomar el campus más emblemático de México, el espacio simbólico de la autonomía universitaria que la Constitución protegía.
El rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, lloró públicamente y leyó un discurso en que dijo que la autonomía universitaria había sido herida de muerte. Presentó su renuncia que luego retiró después de que estudiantes y profesores le pidieron que se quedara. ] La ocupación militar del campus universitario fue un golpe enorme, pero el movimiento no se rindió.
El CNH reorganizó sus estructuras, dispersó ] sus actividades y continuó convocando manifestaciones y mítines. El 2 de octubre era una de esas convocatorias, ] un miting en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco, que debía servir como demostración de que la represión no había extinguido al movimiento.
Lo que los organizadores del miting no sabían, lo que ] no podían saber que la decisión de acabar con el movimiento en ese punto preciso ya había sido tomada semanas antes. ] La plaza de las tres culturas tiene una geometría que cuando la conoces con lo que pasó ] esa tarde se vuelve imposible de mirar de manera inocente.
Es un espacio abierto rodeado en tres de sus lados por los edificios del conjunto habitacional de Tlatelolco ] y en el cuarto por la iglesia colonial y las ruinas prehispánicas. No hay muchas salidas. ] El edificio Chihuahua, desde cuyo balcón iban a hablar los oradores del CNH, da directamente a ] ese espacio abierto.
Si cierras las salidas y pones tiradores en las alturas de los edificios circundantes, ] la plaza se convierte en una trampa de libro. Y eso es exactamente lo que se hizo. El Batallón Olimpia ] era una unidad de élite que el gobierno había creado para garantizar la seguridad de los ] Juegos Olímpicos.
Sus miembros eran militares y policías con entrenamiento ] especial que operaban de civil para poder infiltrarse en grupos y situaciones sin generar alarma. Para la operación de Tlatelolco ] tenían un sistema de identificación mutua elemental y brutal, un guante blanco en la mano izquierda. Un detalle que en cualquier otra circunstancia parecería casi cómico, pero que esa tarde significaba la diferencia entre que te dispararan tus propios compañeros o no.
Horas antes de que comenzara el miting, miembros del batallón Olimpia habían entrado a la plaza mezclados con los vecinos y los primeros asistentes. Se habían distribuido estratégicamente entre la multitud. Otros, en posiciones en los pisos superiores de los edificios, estaban en ventanas y azoteas con armas.
El ejército regular, miles de soldados con tanquetas y jeeps militares, estaba apostado en las calles alrededor de la plaza, ] cortando todas las rutas de escape. Era una trampa. Una trampa preparada con días de anticipación, con ] conocimiento de la estructura del lugar, con una coordinación que no era posible sin órdenes directas del ] nivel más alto del mando militar y político.
A las 6:10 de la tarde, dos helicópteros militares sobrevolaron la plaza. Desde uno de ellos se lanzaron bengalas ] de luz verde. Era la señal. Lo que ocurrió en los siguientes 20 o 25 minutos es hasta hoy ] una de las páginas más oscuras de la historia contemporánea de Latinoamérica. Los primeros disparos sonaron desde las ventanas superiores de los edificios que rodeaban la plaza.
En la confusión inmediata, el ruido, las personas que empezaban a correr, los gritos, ] los flashes de las bengalas que iluminaban el cielo con ese color verde que para siempre quedó asociado al horror de esa noche. El ejército regular que rodeaba el perímetro ] creyó que le estaban disparando desde la plaza y abrió fuego.
También hubo un momento en que soldados del ejército regular y miembros del batallón Olimpia se disparaban ] entre sí, confundidos en la oscuridad y el caos. Los guantes blancos eran la única protección que los infiltrados ] tenían. Varios testimonios de sobrevivientes describen haber visto a hombres de civil que ] levantaban la mano izquierda en el aire mostrando el guante, gritando que eran del ejército para que no les dispararan ] sus propios compañeros.
Y mientras eso pasaba, la multitud de estudiantes, amas de casa, obreros, periodistas, ] niños, quedó atrapada en ese espacio sin salida, con disparos llegando de todas direcciones, sin poder distinguir de dónde ] venía ni a dónde correr. En uno de los departamentos del edificio Chihuahua, en el tercer piso, una mujer llamada Mercedes Olivera de Vázquez se tiró al suelo ] cuando escuchó los primeros disparos.
Tenía dos hijos pequeños con ella. los tapó con su cuerpo y los dos los cubrió con lo primero que ] encontró, que era una cobija delgada del sofá. Pasó así 3 horas, escuchando los disparos ] que iban y venían, escuchando los gritos del patio interior, escuchando los pasos de los soldados que ] iban apartamento por apartamento, golpeando puertas, ordenando a la gente que se identificara y saliera ] con las manos en alto.
Sus hijos no lloraron, ella no lloró. Había algo en el nivel ] de terror que era más allá del llanto. Su testimonio, recogido años después por Elena ] Poniatovska, es uno de los más precisos que existen sobre esas horas. El sonido era de todas partes. No sabías si tirarte hacia la ventana ] o al fondo del cuarto.
No había adentro. Seguro. En el balcón del edificio Chihuahua, ] los oradores del CNH, que estaban a punto de hablar cuando empezaron los disparos vivieron una experiencia diferente, ] pero igualmente aterradora. Luis González de Alba, uno de los líderes estudiantiles ] que estaba ahí, lo describió en su libro Los días y los años.
Los miembros del batallón Olimpia subieron al balcón, pusieron a los líderes estudiantiles contra la pared con las manos en la nuca y los encañonaron mientras el caos continuaba abajo. Lo que González de Alba describió de esos hombres, que en teoría eran policías y militares cumpliendo una orden de seguridad ] fue la calma.
No la adrenalina ni el nerviosismo del operativo improvisto, ] la calma metódica de quien está ejecutando exactamente lo que había planeado ejecutar. No había improvisación en sus caras”, escribió González de Alba. ] Sabían exactamente qué hacer. Esa frase debería grabarse en algún lugar de la historia de ] México.
No hubo improvisación. La masacre de Tlatelolco no fue una operación que se fue de las manos. Fue una operación que salió exactamente como estaba planeada. Y ahora viene la tercera revelación que te prometí. El número real de muertos. El gobierno mexicano dijo esa misma noche que habían muerto 27 ] personas.
- Los periodistas que lograron entrar a la plaza en las primeras horas después de los disparos, antes de que el ] ejército estableciera un perímetro completo de exclusión, vieron otra cosa. El periodista Félix Fuentes de la revista Siempre contó cuerpos 97. Los testimonios de las enfermeras y médicos ] que atendieron heridos en el Hospital Central Militar esa noche hablan de decenas de camillas que llegaban sin parar durante horas.
El embajador de Italia en México, ] que vivía en un departamento de los edificios de Tlatelolco y tenía vista directa aparte de la plaza, ] escribió en un cable diplomático a Roma que había contado al menos 100 cuerpos en el patio interior del Chihuahua, antes ] de que los soldados empezaran a retirarlos.
Un cable diplomático escrito en tiempo real por un testigo presencial ] sin ningún motivo para exagerar. La noche del 2 al 3 de octubre, en las primeras horas de la madrugada, camiones militares recogieron los cadáveres de la plaza. Los llevaron al campo militar número uno, que era y ] sigue siendo una base militar dentro de la Ciudad de México, a la que el público civil no tiene acceso.
Algunos de esos cuerpos fueron llevados a hospitales militares. ] Las necropsias, si se realizaron, no fueron comunicadas a los familiares ni a ninguna autoridad civil. Las familias que fueron a buscar a sus hijos desaparecidos esa noche y en los días siguientes encontraron con un sistema perfectamente organizado para el silencio.
Iban a los hospitales, no había ningún registro de su familiar. Iban a las prisiones, tampoco. Iban a las delegaciones de policía, nada. Iban a Gobernación a pedir información. Les decían que presentaran una denuncia formal y que esperaran. Esperaban, nada llegaba. El nombre de Ernesto ] Ríos Palomino, estudiante de segundo año de ingeniería civil en el IPN de 22 años, no aparece en ninguna ] lista oficial de muertos del gobierno mexicano del 2 de octubre de 1968.
Sus padres lo buscaron durante meses. ] Un compañero que sobrevivió y fue encarcelado y que los buscó cuando salió de la cárcel en 1970, les dijo que había visto a Ernesto caer en el patio del Chihuahua esa tarde, pero nunca hubo cuerpo, nunca hubo acta de defunción, ] nunca hubo ningún papel oficial que dijera que Ernesto Ríos Palomino había existido y había muerto esa noche.
¿Cuántos Ernestos hay? El investigador Sergio Aguayo, que ] ha dedicado décadas a trabajar con los documentos disponibles sobre 1968, ] estima que la cifra real de muertos fue significativamente mayor a los 27 ] oficiales. Los documentos de la Dirección Federal de Seguridad, el Servicio de Inteligencia Doméstico del Gobierno Mexicano, que fueron parcialmente desclasificados en los años 90 y en la primera década del siglo XXI, contienen referencias a números de bajas que son incompatibles
con la versión ] oficial. Informes internos del propio ejército redactados horas después de la ] operación que fueron encontrados entre los documentos desclasificados hablan de un número de elementos neutralizados muy superior ] al que el gobierno hizo público. La investigadora Kate Doyle del National Security Archive de Washington, que se especializó en los documentos desclasificados tanto ] mexicanos como estadounidenses sobre el 68, encontró correspondencia ] entre la embajada de México en
Washington y el Departamento de Estado en que funcionarios diplomáticos mexicanos ] daban cifras de entre 150 y 200 muertos en comunicaciones ] internas, mientras el gobierno publicaba 27 150. ] 200 o más y el gobierno dijo 27. Esa no es una inexactitud, ] no es un error de conteo, es una mentira deliberada, sistémica, sostenida durante ] décadas, que fue posible precisamente porque el Estado controlaba los hospitales ] donde habían llegado los cadáveres, las instalaciones
militares donde habían sido llevados, los registros médicos ilegales ] que habrían podido documentar lo que realmente pasó. Ese nivel de encubrimiento requería coordinación, requería que el secretario de salud supiera ] lo que estaba pasando y callara, que los directores de los hospitales militares supieran y callaran, que los jueces que debían abrir investigaciones de ] oficio ante muertes en esas circunstancias supieran y callaran, que los directores de los grandes periódicos supieran,
] al menos en parte, y callaran. El silencio de Tlatelolco no fue el silencio de nadie que no sabía, fue el silencio de todos los que sabían. y decidieron que tenían demasiado que perder diciendo la verdad. Y el hombre al que todos esos silencios protegían era Gustavo Díaz Ordaz. Ahora llegamos a la segunda revelación, ] lo que Estados Unidos sabía, la desclasificación de documentos de ] la CIA, el Departamento de Estado y la Embajada de Estados Unidos en México, que comenzó en 1997 ]
y se extendió en los años siguientes, produjo un conjunto de información que transforma completamente la narrativa ] sobre la participación o no participación de Washington en lo que pasó en México en ] 1968. Empecemos por lo que se sabía antes. En el verano de 1968, ] el gobierno de Lindon Johnson estaba obsesionado con la estabilidad de México. El contexto lo explica todo.
En 1968, Cuba llevaba casi una década siendo gobernada por Fidel ] Castro. Chegevara había sido capturado y asesinado en Bolivia en 1967, pero su ejemplo seguía inspirando ] movimientos guerrilleros en toda América Latina. En Colombia, las FARC y LN operaban desde la selva. En Venezuela, la guerrilla urbana de las FALN había llevado a cabo ataques contra instalaciones norteamericanas.
En Brasil, ] la dictadura militar que Washington había apoyado activamente en 1964 ] enfrentaba una resistencia cada vez más organizada. México era en ese mapa el aliado latinoamericano más ] importante de Estados Unidos. compartía la frontera más larga y activa del hemisferio.
Era la economía latinoamericana ] de mayor tamaño después de Brasil y tenía algo que Washington valoraba por encima de cualquier otra consideración, previsibilidad. El PRI era predecible. Sus ] presidentes hacían lo que Washington esperaba que hicieran. Apoyaban en los foros internacionales ] las posiciones que Washington quería que apoyaran.
Mantenían el orden interior con los métodos que Washington prefería no conocer en detalle. pero que valoraba en sus resultados. ] Lo que los documentos desclasificados muestran es que la embajada de Estados Unidos en México tenía un seguimiento muy ] cercano del movimiento estudiantil desde por lo menos agosto de 1968. Los cables diplomáticos de ese periodo describen la estructura interna del CNH, las tendencias políticas de sus distintas facciones, los nombres de sus líderes más radicales y más moderados, las posibilidades de que el movimiento
llegara a negociar con el gobierno o se radicalizara. Ese nivel de detalle no se obtiene leyendo los periódicos. Se obtiene de fuentes dentro del movimiento de informantes, de agentes. La CIA tenía una presencia significativa en la Ciudad de México en esos años, como en todas las capitales latinoamericanas ] de cierta importancia.
Y hay documentos de la agencia de esos meses que muestran un conocimiento de la situación interna mexicana ] que va mucho más allá de lo que cualquier observación diplomática convencional produciría. ¿Qué ] sabía exactamente Washington sobre lo que iba a pasar el 2 de octubre? Esa pregunta tiene una respuesta parcial y una respuesta completa.
La respuesta parcial basada en los documentos que están ] disponibles es que la embajada sabía que el gobierno de Díaz Sordaz estaba dispuesto a usar la fuerza para terminar con el movimiento estudiantil antes de los Juegos Olímpicos. Hay cables que discuten esa posibilidad con una ecuanimidad que resulta perturbadora. Se presentan los distintos escenarios posibles: ] negociación, dispersión forzada, represión masiva, como opciones equivalentes en su análisis de política exterior, sin ningún énfasis moral en las implicaciones de cada una. La
respuesta ] completa, lo que Washington sabía exactamente sobre la operación de Tlatelolco antes de que ocurriera, ] sigue siendo parcialmente oscura, porque hay documentos que están todavía clasificados ] o que fueron destruidos. antes de que llegara la solicitud de desclasificación. Pero lo que sí es absolutamente claro y que ] los documentos disponibles prueban sin lugar a duda, es lo que hizo Washington después de la ] masacre. Nada.
El embajador Fullton Freeman envió cables al Departamento de Estado ] en los días siguientes al 2 de octubre. En esos cables descritos por investigadores que han tenido acceso a ellos, Freeman reconoce que las cifras oficiales mexicanas de ] muertos son casi con certeza incompletas y que la versión del gobierno sobre lo que pasó ] tiene significativas discrepancias con los testimonios de testigos presenciales.
Y luego, ] en ese mismo tono de ecuanimidad burocrática que caracteriza la comunicación diplomática, recomienda que Washington no haga declaraciones públicas que pudieran complicar las relaciones bilaterales ] o afectar el clima político antes de los Juegos Olímpicos. No hacer declaraciones públicas, no condicionar ningún apoyo económico o político a México, a una investigación de lo ocurrido, no contactar a la Cruz Roja Internacional ni a ningún organismo de derechos ] humanos para que documentara lo que había pasado. Nada,
10 días después de la masacre, los Juegos Olímpicos de México abrieron exactamente según lo planeado. El presidente del Comité ] Olímpico Internacional, Ayery Brondage, no hizo ninguna declaración sobre Tlatelolco. Las televisiones que transmitían los juegos al mundo entero no dedicaron ningún espacio a lo que había ocurrido ] el 2 de octubre.
México se presentó ante el mundo como el anfitrión generoso y moderno de la fiesta más grande del deporte mundial. Y la sangre de la plaza seguía en el piso de la historia, ] esperando que alguien se atreviera a nombrarla. En México, la prensa mayoritaria cubrió la masacre con una docilidad que hoy resulta difícil de concebir.
El gobierno de Díaz Ordaaz controlaba la publicidad oficial que era la fuente principal ] de ingresos de la mayoría de los grandes diarios. Los editores y directores sabían exactamente ] qué pasaba cuando un periódico decidía publicar algo que el gobierno no quería que ] se publicara.
La publicidad desaparecía, el papel del Estado se volvía inaccesible, ] las licencias de operación se volvían de pronto frágiles. Era una censura sin decreto, sin oficinas de censura, sin funcionarios que llegaran a revisar las páginas ] antes de imprimir. Era una censura que funcionaba porque cada periodista y cada editor importante del país sabía exactamente cuál era el precio de decir la verdad completa en momentos ] en que el poder prefería silencio.
Pero hubo voces que no callaron y entre ellas ninguna ] tan importante como la de Elena Poniatovska. Elena Poniatovska era en 1968 ] una periodista de origen polaco-francés que llevaba ya más de una década trabajando en México ] y que se había convertido en una de las voces más respetadas del periodismo cultural y político del país.
Empezó a recoger testimonios sobre Tlatelolco desde las primeras semanas después de la masacre. ] Habló con supervivientes que habían sido liberados de la cárcel. Habló con familiares de desaparecidos. ] habló con periodistas extranjeros que habían estado en la plaza y cuyas notas no habían podido publicarse en México.
Habló con diplomáticos que habían ] visto algo desde sus ventanas. Habló con médicos que habían atendido heridos. ] Habló con sacerdotes de la iglesia del barrio que habían abierto sus puertas esa noche para dar refugio a los que huían. ] Durante 2 años recopiló esos testimonios y en 1971 los publicó bajo el título ] La noche de Tlatelolco.
No era un análisis político ni una investigación periodística convencional. Era ] una colección de testimonios en primera persona, fechados con nombres que construían una imagen coral y devastadora de lo que había ] ocurrido. La metodología era su escudo. Citar directamente a las personas que habían estado ahí hacía casi imposible que el gobierno descalificara el libro como un documento de propaganda, sin implicar que estaba llamando mentirosos a cientos de ciudadanos que habían dado su nombre y
su testimonio. La noche de Tlatelolco ] se convirtió en uno de los libros más leídos y más importantes de la historia literaria y política de México. Fue también uno de los libros más buscados fuera de los canales oficiales, porque aunque no fue formalmente prohibido, ] su prohibición habría generado más atención internacional de la que el gobierno podía manejar.
Su distribución fue sistemáticamente ] obstaculizada por mecanismos que los lectores mexicanos de esa generación conocen bien. Librerías que no lo tenían ] en stock, distribuidoras que retrasaban los pedidos sin explicación, bibliotecas universitarias que lo ponían en salas de acceso restringido. Díaz ya no era presidente cuando ese ] libro se publicó.
había entregado el poder, como marcan las leyes mexicanas, el plino de diciembre de 1970 a su sucesor designado Luis Echeverría Álvarez. Y aquí hay una dimensión de esta historia que raramente se menciona con la claridad que merece. Luis Echeverría, el hombre que sucedió a Díaz Ordaz en la presidencia y que se presentó durante años como un gobernante más abierto ] y democrático, había sido el secretario de Gobernación de Díaz Oordaz durante toda la presidencia, ] incluyendo 1968.
Era en ese cargo el supervisor directo del aparato de inteligencia doméstica que ] había monitoreado el movimiento estudiantil. era uno de los hombres con mayor acceso a la información sobre la planificación de la operación de Tlatelolco. En 1968, Echeverría era uno de los arquitectos más importantes del sistema que produjo la masacre.
Y en 1970 ] ese mismo sistema lo convirtió en presidente. Eso no es una ironía del destino, eso es la lógica perfecta de la impunidad ] sistémica. Echeverría llegó a la presidencia con un discurso de apertura democrática que ] incluía gestos hacia los intelectuales y sectores progresistas que habían sido hostiles al gobierno de Díaz Sordaz.
Liberó a algunos de los presos ] políticos del 68, incluyendo a varios líderes estudiantiles. Habló de reconciliación y de diálogo. Y en junio de 1971, bajo su presidencia ocurrió otra masacre estudiantil. El 10 de junio de 1971, ] que quedó en la historia como el jueves de Corpus, un grupo paramilitar conocido como Los Halcones atacó a estudiantes que marchaban en la Ciudad de México ] en apoyo a un movimiento universitario en Monterrey.
Los halones no ] eran un grupo espontáneo de matones, eran una fuerza paramilitar entrenada militarmente, financiada con fondos públicos, equipada con armas de fuego y palos y organizada bajo la coordinación directa de elementos del gobierno de la ciudad y del gobierno federal. Atacaron la marcha con una organización que no era compatible con ninguna otra explicación que no fuera la orden gubernamental.
] Murieron docenas de estudiantes. Echeverría dijo que no había dado ninguna orden, que los responsables ] serían investigados y castigados. Ninguno fue nunca castigado. ¿Tú qué crees? Echeverría no sabía lo que los halcones iban a hacer ese día. El presidente de México, el exsecretario de Gobernación, el hombre que había construido durante años una red de ] inteligencia que monitoreaba hasta las conversaciones privadas de los líderes estudiantiles, no sabía que un grupo paramilitar entrenado ] con
fondos públicos iba a atacar una marcha estudiantil en la capital del país. ] Nadie que conozca cómo funcionaba ese sistema puede creer eso, pero nadie fue juzgado y Echeverría terminó su mandato en 1976 y vivió durante décadas más como expresidente, ] con su pensión y sus privilegios intactos, hasta que la muerte lo alcanzó con más de 97 años.
Volvamos a Díaz Ordaz, porque lo que le pasó en los años que siguieron a su presidencia tiene una dimensión que pocas veces se cuenta con el detalle que merece. Díaz Ordaaz ] salió de Los Pinos en diciembre de 1970 y regresó a la vida privada ] con la tranquilidad de quien sabe que el sistema lo protege.
En México, los expresidentes del PRI no ] iban a la cárcel. Era una regla no escrita, pero absolutamente consistente ] en toda la historia del sistema. El presidente hace lo que tiene que hacer para mantener el orden ] y cuando su tiempo termina el sistema lo protege. Es parte del contrato.
Sin esa garantía, ningún presidente habría hecho ] las cosas que los presidentes del PRI hicieron. Los primeros años de su vida posterior a la presidencia fueron ] relativamente tranquilos. Vivía en la ciudad de México. Recibía el trato protocolar reservado a los expresidentes. Ocasionalmente daba alguna declaración pública, siempre ] calculada, siempre dentro de los márgenes que el sistema consideraba aceptables.
] Pero en 1975 ocurrió algo que rompió ese silencio cómodo de una manera que nadie ] esperaba. En una entrevista de televisión que se convirtió en uno de los documentos más inquietantes de la historia ] política mexicana reciente, Gustavo Díaz Ordaaz habló de Tlatelolco. No fue el primer comentario que hacía sobre el 68, pero fue el más directo ] y el más revelador.
Y lo que dijo no fue lo que nadie esperaba que dijera. Dijo que él asumía toda la responsabilidad moral y política de lo ocurrido el 2 de octubre de 1968. toda la responsabilidad. Cuando lo escuchas por primera vez, esa frase suena como una confesión tardía, como el reconocimiento de un hombre que finalmente no puede seguir cargando el peso de lo que hizo.
Y durante años, algunos periodistas y algunos analistas lo interpretaron así como el gesto de un hombre que en el ocaso de su vida reconocía que algo había salido mal. Pero cuando analizas la entrevista completa, cuando ves el tono con que lo dijo, el contexto que construyó alrededor de esa declaración, ] la frialdad con que la pronunció, ¿entiendes que no era un arrepentimiento, era exactamente lo contrario, era una declaración de orgullo.
Díaz Oordaz ] no asumía la responsabilidad de Tlatelolco de la manera en que un hombre asume la responsabilidad de algo que sabe que ] estuvo mal. la asumía de la manera en que un general victorioso asume la responsabilidad de una batalla ganada. La diferencia es enorme. Estaba diciendo, “Sí, fui yo.” Y lo hice conscientemente.
Y en las circunstancias de 1968 lo volvería a hacer. Y la segunda parte de lo que dijo esa noche fue todavía más perturbadora, porque después de asumir esa responsabilidad añadió que en las circunstancias de 1968 ] con la amenaza de desestabilización que representaba el movimiento estudiantil, cualquier presidente responsable habría tomado la misma decisión.
Cualquier presidente responsable. Toma un momento y quédate con esa frase, porque lo que Díaz Oordaz estaba diciendo no era solo que él creía haber actuado correctamente. ] Estaba diciendo que asesinar a estudiantes que pedían diálogo era la única opción disponible para un presidente responsable.
Que la masacre no fue un error de cálculo, ni un exceso ] operacional, ni una tragedia evitable. Fue la decisión correcta, la decisión que cualquier gobernante con ] responsabilidad habría tomado en su lugar. Eso es lo que dijo el hombre que fue presidente de México. ] Y esa frase pronunciada en 1975 con la misma calma con que podría haber comentado ] el tiempo que hacía afuera, es quizás el documento más revelador que existe sobre quién fue ] Gustavo Díaz Oordaz.
La entrevista fue publicada, fue comentada en algunos sectores de la prensa ] y luego el sistema hizo lo que sabe hacer con las verdades incómodas que no puede desmentir. Las dejó reposar hasta que el paso del tiempo las cubrió con el polvo de la cotidianeidad. En 1977, el ] presidente José López Portillo tomó una decisión que tuvo consecuencias que claramente no había calculado ] bien.
Nombró a Gustavo Díaz Oordaz, primer embajador de México en España. Era el primer embajador tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ] México y España después de la muerte de Franco. Ese nombramiento fue presentado como un gesto de ] deferencia hacia un expresidente distinguido.
Lo que López Portillo no calculó fue la intensidad de la reacción que generaría. La respuesta pública fue inmediata ] y mucho más intensa de lo que el gobierno esperaba. En México, una parte significativa ] de la opinión pública, estudiantes, intelectuales, periodistas, familiares de víctimas del 68, pero también ciudadanos comunes que no habían olvidado ni perdonado, reaccionó con una indignación que sorprendió incluso a los observadores más críticos del sistema.
Hubo manifestaciones, hubo cartas abiertas firmadas por intelectuales de renombre, hubo editoriales ] en publicaciones que normalmente eran muy cuidadosas con sus relaciones con el gobierno. El escándalo ] fue suficientemente grande como para hacer políticamente insostenible la continuidad de ] Díaz Oordaz en el cargo.
Antes de que hubiera ocupado la embajada durante un mes completo, presentó su renuncia. Era la primera y única vez en toda su vida pública ] que el sistema tenía que concederle algo a la presión popular en relación directa con ] él. Era otoño de 1977. Gustavo Díaz Ordaaz tenía 66 años. estaba enfermo y sabía que ya no había ningún cargo más, ningún papel más en el sistema que lo había hecho lo que fue.
Lo que siguió fue el final más rápido y solitario de ] los muchos finales que se pueden escribir para un hombre poderoso. Le diagnosticaron cáncer de colon, una enfermedad que con los tratamientos disponibles en esa época ] era frecuentemente una condena lenta y dolorosa. el cuerpo que había sido el instrumento de tanto poder, ] la voz que había pronunciado las órdenes, los ojos que habían leído los ] informes de inteligencia sobre los estudiantes que pedían diálogo.
Todo eso empezaba a fallar con la ] indiferencia sistemática de la biología, los médicos, las quimioterapias, la pérdida de peso, el cuerpo que ] se va achicando, el hombre que antes llenaba una habitación con su autoridad y que ahora necesita ayuda para moverse. Los visitantes que escasean ] porque en el México prias los poderosos no visitaban a los que ya no podían hacer nada por ellos.
] Los hombres que habían sido sus colaboradores más cercanos, los que habían construido el sistema de represión que hizo posible ] Tlatelolco, seguían con sus propias carreras en el sistema. Fernando Gutiérrez Barrios, que había dirigido la Dirección Federal de Seguridad ] durante el 68 y que era uno de los hombres que más sabía sobre lo que realmente había pasado esa noche, continuó siendo una ] figura de poder en el aparato de seguridad mexicano durante muchos años más.
Alfonso Corona del Rosal, que ] era el jefe del departamento del Distrito Federal en 1968, tuvo su propia carrera posterior. Ninguno de ellos fue nunca juzgado. Gustavo Díaz Ordaaz murió el 15 de julio de 1979 en la Ciudad de México. Tenía 68 años. Murió en una cama de hospital, no en una celda, no en el exilio, no con ningún juicio abierto en su contra.
murió con todos los derechos y protecciones que el sistema reservaba para sus expresidentes, con la pensión correspondiente, con la asistencia médica del Estado, con el tratamiento protocolar de un exjefe de Estado. Su funeral fue un acto oficial. Sus restos fueron velados con la solemnidad ] que el protocolo reserva para los gobernantes.
El gobierno envió representantes. Los periódicos ] publicaron obituarios que mencionaban sus logros con el énfasis en el milagro mexicano ] y en los Juegos Olímpicos de 1968, con menciones breves casi de pasada al conflicto estudiantil ] de ese año. Y ahí, en ese espacio entre lo que se dijo y lo que no se dijo, estaba el corazón de todo.
Pero el tiempo y la justicia imperfecta de los archivos iba a ir erosionando ese silencio poco a poco. En 1993, 25 años después de la masacre, la Procuraduría General de la República abrió una primera investigación formal ] sobre los hechos del 2 de octubre de 1968. no llegó a ningún lado. Era demasiado temprano.
El PRI seguía en el poder y el sistema aún tenía demasiado interés en que la investigación no llegara a resultados concretos. ] En 1998, bajo la presidencia de Ernesto Cedillo, el gobierno mexicano tomó una decisión que era tan ] tardía como significativa. Abrió los archivos. Por primera vez, investigadores independientes, ] periodistas y académicos pudieron acceder a documentos del aparato de seguridad ] del Estado mexicano que habían estado clasificados durante 30 años.
El National Security Archive de Washington también comenzó en esos años a obtener desclasificaciones de los documentos estadounidenses sobre México 1968. ] Lo que salió de esos archivos cambió la narrativa. Los informes internos de la Dirección Federal de Seguridad, fechados el 2 y el 3 de octubre de 1968, ] que ahora podían leerse, describían la operación de Tlatelolco con una minuciosidad operacional que probaba que no había sido ] un operativo de dispersión improvisado.
Había planes previos, había comunicaciones ] entre distintas unidades que demostraban coordinación previa, había referencias a instrucciones recibidas desde ] arriba en un lenguaje deliberadamente vago que, sin embargo, dejaba claro que las decisiones sobre cómo responder ] al miting de Tlatelolco habían sido tomadas antes de que empezara el miting.
El presidente que gobernaba cuando se abrieron esos archivos era Cedillo. El presidente que ganó las elecciones del año 2000 y rompió con 71 años ] de monopolio priista era Vicente Fox. Y Fox, que llegó al poder con una promesa de transición democrática que incluía el esclarecimiento ] de los crímenes del pasado, creó en 2001 la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, la ] Femos PP.
La FEMOS PP trabajó durante varios años con acceso a documentos ] hasta entonces inaccesibles. Su informe final presentado en 2006 fue un documento histórico. estableció de manera formal, ] basándose en el propio archivo del Estado, que los hechos del 2 de octubre de 1968 constituyeron una masacre planeada ] desde los más altos niveles del gobierno mexicano, que la decisión de usar la fuerza letal fue tomada con premeditación y que la responsabilidad alcanzaba directamente al presidente Gustavo ] Díaz Oordaz y al secretario de Gobernación, Luis
Echeverría Álvarez. Ese mismo año, un juez mexicano de nombre Jesús Guadalupe Luna ] emitió una orden de detención contra Luis Echeverría bajo cargos de genocidio. Genocidio, no abuso de autoridad, no homicidio por imprudencia, no exceso en el uso de la fuerza, ] genocidio. La orden fue apelada.
Los tribunales superiores terminaron desestimando los cargos en un proceso que para muchos juristas y activistas ] de derechos humanos fue una demostración de que el sistema judicial mexicano ] todavía no estaba listo para procesar la responsabilidad de sus antiguos gobernantes. ] Los argumentos técnicos usados para desestimar los cargos, principalmente la cuestión de la prescripción del delito, tenían una legalidad formal que muchos cuestionaron ] desde un punto de vista, tanto jurídico como moral. Echeverría, que para
entonces tenía más de 80 años, nunca pisó una celda. ] Murió en julio de 2023 con 97 años en la Ciudad de México. Díaz había muerto en 1979. ] La justicia nunca pudo tocarlo en vida. Y en México, la muerte es el último escudo que el sistema ofrece a sus servidores más leales. En 2001, ] antes de que la FEEMO SPP presentara su informe, el Congreso Mexicano había realizado audiencias ] en las que supervivientes y familiares de víctimas del 2 de octubre pudieron testificar por primera vez ante representantes de la
nación. Era un reconocimiento institucional tardío e insuficiente, pero era algo. Era la ] primera vez que el Estado mexicano, en la forma de su legislativo, escuchaba formalmente las voces ] de los que el Estado había ignorado durante 33 años. En una de esas audiencias, una mujer que no dio su nombre completo pidió que solo se identificara como madre de un estudiante desaparecido en octubre de 1968, se sentó frente a los micrófonos del Congreso y dijo que durante 33 años había guardado la fotografía de su hijo
en un cajón porque no podía mirarla sin desmoronarse, que durante 33 años no había podido confiar en ninguna persona con uniforme policial o militar, que durante 33 años había vivido con la certeza íntima, sin prueba, sin papel, sin hueso, ] de que su hijo había muerto en Tlatelolco esa tarde.
Cuando terminó su declaración, ] alguien en la sala comenzó a aplaudir y luego toda la sala. Y esa mujer, que ya tenía más de 70 años, se quedó sentada mirando al frente con la cara seria, sin llorar, porque supongo que ya había llorado todos los llora, y lo que quedaba era algo más pesado, más permanente.
La dignidad ] de haber dicho la verdad en voz alta por primera vez ante un auditorio que tenía la obligación de escucharla. Esa imagen es para mí más elocuente sobre lo que fue Tlatelolco que cualquier documento clasificado, que cualquier cable diplomático, que cualquier informe de inteligencia. Porque todos esos documentos hablan de operaciones, de unidades, de coordinaciones, ] de instrucciones.
Esa mujer hablaba de su hijo y al final eso es de lo que se trata todo esto, no de un conflicto entre el Estado y el movimiento estudiantil, no de una pugna entre sistemas políticos en plena guerra fría. de una madre ] que no pudo enterrar a su hijo porque el presidente de su país ordenó que lo mataran y luego ordenó que nadie hablara de ello.
Hay una última cosa que quiero que entiendas sobre Gustavo ] Díaz Ordaz, no sobre el político, no sobre el represor, sobre el hombre que fue. Hay personas que lo conocieron ] en el ámbito privado, asesores, colaboradores cercanos de los años de su presidencia, algunos ] periodistas que tuvieron acceso a él, que lo describen como un hombre de una inteligencia fría y ordenada ] que podía discutir filosofía, derecho, historia, literatura con ] genuina competencia, que era en la conversación privada de una amabilidad
que sorprendía ] a los que lo conocían solo por su imagen pública, que amaba a su familia con una ternura que no encajaba fácilmente con la imagen del hombre que ] había ordenado Tlatelolco, que era devoto en su fe, que rezaba, que tenía ] su vida interior. Y esa es la parte más perturbadora de toda esta historia, porque los monstruos de película son fáciles de entender, llevan el mal escrito en la cara, comen niños y ríen con carcajada malévola.
Son cómodos precisamente porque son irreales los hombres que son capaces de separar el amor privado de la violencia pública, que pueden acariciar a sus hijos con la misma mano que firma ] las órdenes de represión, que pueden hablar de la juventud como la herencia más preciosa ] de la República y simultáneamente planear su aplastamiento, que pueden sentarse en un sillón de terciopelo ] en Los Pinos el 2 de octubre de 1968 y recibir con calma los informes de lo que está pasando en Tlatelolco. Esos son
mucho más difíciles de entender ] y sin embargo son los que más frecuentemente llegan al poder en México, en toda América ] Latina, en todas partes donde el poder se ha construido sobre la capacidad de las instituciones para proteger a los que la ejercen ] de las consecuencias de sus actos.
Porque el sistema no produce monstruos de pantomima, produce hombres funcionales que han aprendido a separar, a compartimentar, ] a no dejar que la empatía por el individuo concreto, el estudiante de 22 años con cara de miedo ] contra la pared del Chihuahua, interfiera con la decisión sistémica de que ese individuo debe ser eliminado porque representa una categoría que amenaza el orden que el sistema ha construido ] para su propio beneficio.
capacidad de abstracción, de convertir personas en categorías, de ver ] amenaza a la estabilidad donde hay una chica de 20 años que fue a un meeting con su ] novio, es la tecnología fundamental de todas las atrocidades políticas. ] No solo en México, en todos los países donde el poder ha decidido alguna vez que mantener el control valía más que respetar la vida humana.
Y Gustavo Díaz Ordaz la dominaba con una maestría que, si no fuera tan devastadora ] en sus consecuencias, podría describirse casi como virtuosa. Hoy la plaza de las tres culturas tiene una ] placa, una placa de piedra sencilla instalada en las ruinas prehispánicas del costado de la plaza.
La placa dice, “El 2 de octubre de 1968, ] el ejército y la policía reprimieron violentamente una manifestación estudiantil ] aquí reunida. murieron muchas personas. Murieron muchas personas. Así, ] en ese lenguaje que todavía en el siglo XXI no se atreve a poner un número exacto, porque el número ] exacto todavía todavía no se conoce con certeza.
La República le reconoce a sus muertos la mínima, ] la más mínima dignidad de decir que existieron, que estuvieron ahí, que murieron sin nombre, sin cifra, sin responsable identificado ] en el texto de esa placa. Murieron muchas personas. Eso es lo que México le debe todavía a los estudiantes ] de Tlatelolco. No la venganza.
La venganza no le devuelve a nadie a ] sus muertos, sino la verdad completa. Los nombres, los números, los documentos que quedan todavía clasificados, las órdenes exactas que se dieron esa noche y la cadena de mando exacta que las ejecutó. El reconocimiento formal de que lo que pasó fue un crimen de estado premeditado, no un incidente, ni un conflicto, ni una tragedia sin responsables.
Ese reconocimiento completo nunca ha llegado. Y Gustavo Díaz Ordaaz yace desde 1979 en el Panteón de los Ilustres en Dolores Hidalgo, ] Guanajuato. El Panteón de los ilustres, el mismo espacio donde descansan personajes que dieron su ] vida por la libertad y por la construcción de un México mejor, enterrado entre ellos ] con la misma solemnidad, el mismo mármol, el mismo silencio cuidado del camposanto oficial.
El hombre que ordenó la masacre de Tlatelolco, ] el nombre de ese lugar y la compañía que le rodea en la muerte ] es la última ironía de una vida construida sobre la capacidad del sistema para reescribir la historia en su propio beneficio. Cada 2 de octubre desde 1969 ] en México se realiza una marcha que parte de la plaza de las tres culturas y llega al Zócalo de la Ciudad de México.
No siempre fue grande, no siempre fue cómoda. En los primeros años después del 68, marchar el 2 de octubre era un acto de valentía que podía tener consecuencias muy concretas ] en tu vida laboral y personal. Hubo décadas en que esa marcha reunía a unas pocas decenas de personas que se miraban entre sí con la solidaridad incómoda de los que saben que están haciendo algo que el poder preferiría que no hicieran.
Y sin embargo, ocurrió, ] año tras año, generación tras generación, las madres que habían perdido a sus hijos envejecieron y siguieron ] yendo. Sus hijos y sus nietos fueron con ellas. Los supervivientes del 68 cumplieron 50 años, 60, 70 y siguieron yendo. Los estudiantes universitarios ] que no habían nacido en 1968 fueron aprendiendo la historia de sus ] mayores y siguieron yendo.
El 2 de octubre, no se olvida, esa frase que empezó como una consigna de resistencia y que hoy es ] parte del vocabulario político mexicano, es el único monumento que los estudiantes de Tlatelolco recibieron ] a tiempo. No de piedra, no de metal, de voces que se negaron a callarse, aunque el sistema llevara décadas diciéndoles que callaran.
Díaz Ordaz creyó que el terror era suficiente. Creyó que la masacre de Tlatelolco ] sería suficientemente aterradora para convencer a una generación entera de que la ] resistencia era inútil, que el miedo haría lo que la represión sola no podía hacer ] indefinidamente. Tenía razón en el corto plazo. En México de los años 70 fue un país que procesó el 68 ] en voz muy baja, que creció económicamente mientras la política seguía siendo un asunto exclusivo del PRI, ] que construyó una clase media que consumía y
pagaba impuestos y no preguntaba demasiado. Pero el miedo que produce el terror de estado no cicatriza limpiamente como ] una herida bien curada. se queda adentro, en un lugar que no es el olvido ni el perdón, sino algo diferente, una acumulación de cuenta ] pendiente que el tiempo no borra, que pasa de generación en generación, no como trauma explícito, sino como una desconfianza profunda hacia el Estado, como una certeza íntima ] de que las instituciones no existen para protegerte, sino para
controlarte. Y cuando ese miedo acumulado encontró finalmente una salida en las elecciones del 2000, cuando México votó por primera vez mayoritariamente ] contra el PRI, lo hizo con la fuerza de 60 años de cuentes pendientes. El poder tiene un precio, siempre lo paga siempre.
El problema de México, el problema que la historia de Gustavo Díaz Ordaaz encarna con una precisión que duele es que durante demasiado tiempo ese precio lo pagaron los de abajo. Los estudiantes que cayeron en Tlatelolco ] pagaron ese precio con sus vidas. Las familias, que pasaron décadas sin saber dónde estaban los cuerpos de sus hijos, pagaron ese precio con su cordura, con ] su paz, con su derecho al duelo.
Las generaciones de mexicanos que crecieron en un país que no les enseñaba su propia historia completa, pagaron ese precio con su memoria, con su capacidad de entender cómo habían llegado a donde estaban. ] y Gustavo Díaz Oordaz, que dijo haber asumido toda la responsabilidad ] moral y política de esa noche. Murió en una cama limpia de hospital en 1979, rodeado de su familia, ] con suspensiones y privilegios de expresidente intactos, sin que ningún tribunal lo hubiera llamado nunca a responder.
Eso es lo ] más cruel de todo. No la masacre misma, aunque la masacre fue cruel. No la brutalidad operativa de esa noche en la plaza, sino la perfecta, ] la sistemática, la casi artística impunidad que siguió, que permitió que el hombre que ordenó los disparos muriera tranquilo, que permitió que sus cómplices tuvieran carreras largas y prósperas, ] que permitió que el sistema que lo produjo sobreviviera otras tres décadas en el poder.
La impunidad perfecta es también una forma de violencia, una violencia más lenta y más silenciosa que la del fusil, pero no menos destructiva para el tejido de una sociedad. Quiero que te quedes con ] dos imágenes antes de cerrar este video. La primera, La Plaza de las Tres Culturas, ] la tarde del 2 de octubre de 1968 con la luz naranja del otoño ] cayendo sobre los edificios grises del conjunto habitacional.
Miles de personas que van llegando para el miting. Hay risas, hay carteles pintados a mano con consignas, hay chicas con faldas largas y chicos con camisas de flores que eran la moda de ese año. Hay un bebé en un carrito que su madre empuja entre la gente. Hay un periodista que está pensando que después del miting va a tener hambre.
Hay detrás de las ventanas de los edificios que rodean la plaza hombres con armas que ya recibieron su orden y esos miles de personas que llegan no lo saben. Van llegando. El cielo sigue siendo naranja. Las risas siguen sonando. La segunda imagen. Un hombre solo en una habitación de hospital en la ciudad de México en julio de 1979.
68 años. El cuerpo que ya no responde. Afuera en las calles del Distrito Federal ] la vida sigue adentro. Ese hombre que una vez tuvo el poder de mover ejércitos, de silenciar periódicos, de hacer desaparecer personas y sus memorias. ] Ese hombre que 7 años antes había dicho con voz serena que cualquier presidente responsable ] habría hecho lo mismo, cierra los ojos por última vez.
Y el sistema que lo construyó, que lo usó, que lo protegió hasta el final, sigue en pie. Todavía si crees que la historia de los estudiantes de Tlatelolco merece ser recordada y conocida más allá de una línea en un libro de texto escolar, ] comparte este video, ponlo en manos de alguien que todavía no la conozca, porque la única justicia ] que todavía es posible para ellos, la única que no requiere que nadie vaya a la cárcel, ni que ningún tribunal ] dicte ninguna sentencia, es que su historia no se borre, que sus nombres no
queden cubiertos por el polvo del tiempo, que el poder siempre espera que lo cubra todo. Quiero leer en los comentarios tu ] respuesta a esta pregunta. ¿Crees que Gustavo Díaz Orda fue un monstruo personal o fue el producto inevitable de un sistema monstruoso? Porque esa diferencia importa, importa más de lo que parece.
Si fue un monstruo personal, la solución es identificar a los monstruos antes ] de que lleguen al poder y no dejarlos llegar. Si fue el producto inevitable del sistema, la solución es más profunda, más difícil, más lenta. Cambiar el sistema mismo ] para que no pueda producir ese tipo de hombres. Y esa es la pregunta que México lleva ] décadas intentando responder.
Y si este video llega a los números que espero, te voy a contar la historia de Luis Echeverría, ] el hombre que fue el secretario de Gobernación de Díaz Oordaz, que ordenó el 68 adentro del aparato, que llegó a la presidencia en 1970, prometiendo apertura y que en 1971 ordenó otra masacre ] estudiantil que vivió hasta los 97 años sin pasar un solo día en la cárcel y que en sus últimas entrevistas seguía repitiendo que El 68 había sido una operación de agentes extranjeros que buscaban desestabilizar al país. La historia de
Echeverría es, si cabe, más oscura ] que la de Díaz Ordaaz, porque al menos Díaz Sordaz tuvo la frialdad de decir la verdad una vez. Esa historia todavía ] no ha terminado.
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