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El Obispo Que Enterró a Su Amante Monja Bajo El Altar Mayor Para Que Nadie La Viera: Puebla, 1814

 

Puebla, en aquel año de 1814, era una ciudad hermosa y herida.

Las fachadas seguían brillando bajo el sol, las cúpulas parecían elevarse hacia un cielo limpio, los mercados olían a chile seco, pan, sudor y animales vivos. Pero debajo de esa belleza, la ciudad tenía miedo. Mucho miedo. La guerra no siempre entra con gritos. A veces entra como una pregunta en la mesa: “¿De qué lado está tu hijo?”. A veces como una carta que no llega. A veces como un silencio cuando pasa una patrulla.

En las casas ricas se rezaba por el rey y se escondían monedas en cofres. En los barrios pobres se rezaba por pan y se escondían muchachos para que no los reclutaran. Y en los conventos, donde se suponía que el mundo quedaba fuera, el mundo entraba igual. Entraba por las noticias. Por las limosnas que ya no alcanzaban. Por los soldados heridos que pedían agua. Por las mujeres que tocaban la puerta con niños en brazos y una historia rota en la boca.

Sor Beatriz de la Cruz había llegado al convento de Santa Clara doce años antes.

No se llamaba Beatriz entonces. Se llamaba Isabel de la Peña.

Era hija de un comerciante de telas que murió arruinado y de una madre que, según decían, había perdido la razón después de enterrar a dos hijos pequeños. Isabel creció entre rollos de paño, deudas y habitaciones donde siempre parecía faltar aire. Era de esas niñas que aprenden pronto a no pedir demasiado. A sonreír cuando tienen hambre. A doblar la ropa con cuidado porque es lo único que pueden ordenar en una casa donde todo se viene abajo.

Cuando entró al convento, muchos dijeron que era por vocación.

Otros, más sinceros, dijeron que era por pobreza.

Yo creo que las dos cosas pueden mezclarse. Hay personas que llegan a Dios por amor, otras por dolor, otras porque no queda otra puerta abierta. Y no por eso su fe vale menos. A veces la fe más real nace precisamente cuando la vida te ha quitado casi todas las salidas.

Sor Beatriz era callada, pero no débil.

Tenía manos finas, voz suave y una manera de mirar que incomodaba a quien estaba mintiendo. No discutía en público. No levantaba la voz. Pero cuando decía “eso no es justo”, lo decía con tanta calma que resultaba más difícil ignorarla.

En el convento cuidaba a las enfermas, copiaba cartas, preparaba ungüentos y leía en voz alta a las novicias que no sabían leer bien. La madre priora, doña Marcela de San José, la apreciaba, aunque a veces la llamaba imprudente.

—Hija, la verdad también necesita prudencia —le decía.

Sor Beatriz respondía:

—Sí, madre. Pero la prudencia no debe servir de vestido a la cobardía.

Esa frase circuló durante años entre las hermanas. Algunas la repetían con admiración. Otras con miedo.

El obispo Alonso de Villaseñor la conoció durante una visita al convento en plena cuaresma.

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