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El Corrido de Chito Cano: El Silencio Que Se Llevó A La Tumba

Alguien lo había desafiado. Y Chitocano no era hombre de faltar a un reto, ni con las rejas encima. Una noche, las celdas de Ciudad Victoria amanecieron con un espacio vacío. Chito ya no estaba. El corrido lo cantó sinvergüenza. De la cárcel de Victoria, donde estaba sentenciado, no más de pura chulada, se les peló Chito Cano para cumplir un compromiso a donde lo habían retado.

La prensa de Tamaulipas lo gritó a dos columnas. La judicial armó operativos. Dieron informes falsos para despistar. Chito llegó a Aguas Calientes, jugó su gallo con puros hombres valientes y ganó. Eso era Chitocano, el hombre que el norte admiró, que el norte cantó, pero la admiración y el peligro siempre caminan juntos.

Y alguien en algún lugar del norte ya estaba planeando su caída. Hay una pregunta que va a quedarse con usted todo este video. Los periódicos de Reyosa tenían un nombre. El corrido dijo que no se sabe. ¿Por qué? [carraspeo] Vamos despacio, que esto tiene más capas de las que el corrido dejó ver. En esos años de caminos y cargamentos, Chito tenía alguien a su lado.

Una noche, cerca de la frontera, las cosas salieron chuecas. Había gente esperando donde no debía haber nadie. Todos corrieron, todos menos uno. Gerardo González se paró junto a Chito sin que nadie se lo pidiera, sin decir nada. Los dos salían o ninguno. Salieron los dos. Unos días después, Chito llegó donde Gerardo con una pistola nueva en la mano. De las buenas.

Gerardo la miró sin entender. Agárrala. El que trabaja conmigo no anda con fierros viejos. Gerardo la tomó, la sopesó, no dijo nada. Pero desde ese día esa pistola no se separó de él nunca. Los corridos lo llamarían después. Aquel buen gatillero y fiel pistolero de Chitocano. Fiel. Esa palabra en ese mundo no se regala, se gana una sola vez y para siempre.

Pero mientras Gerardo andaba fiel en los caminos, alguien más andaba moviendo fichas en las sombras, alguien que sonreía en la misma cantina, que saludaba en la misma plaza, que conocía las rutas de Chito, mejor que nadie. Y ese alguien fue a Eagle Pass primero con información, con nombres, con horas y los rinches lo estaban esperando.

Eagle Pass, Texas, un cargamento de armas, rumbo a la Sierra de Guerrero, donde Lucio Cabañas esperaba. Chito sintió algo esa noche. El camino estaba demasiado quieto, sin el ruido normal de la frontera, sin los perros, sin nada. Ese silencio que solo conocen los que han cruzado muchas veces y que saben que cuando todo está muy quieto es porque alguien está esperando.

Ya era tarde. Los rinches salieron de la oscuridad. Sabían el camino exacto, sabían la hora, sabían qué traía. Eso no es casualidad, eso es información de adentro. Y la información tiene dueño, 5 años. Eso le costó la traición. Encerrado del lado americano, en idioma ajeno, lejos de Reyosa, lejos de los caminos que conocía de memoria.

5 años para pensar, para repasar caras, para recordar quién sabía qué, para saber con certeza quién había hablado. Usted ha vivido eso, la traición de alguien cercano, no de un enemigo, de alguien que conocía. Eso no se olvida en 5 años. Eso no se olvida en 50. Gerardo González no estaba encerrado, estaba afuera preguntando, buscando, juntando nombres.

Tres. Pablo, Aurelio, Medina, los guardó en silencio, pa, cuando Chito saliera. Y Dios sabe que Chito salió. Cruzó la puerta del penal y se paró. El sol de Tamaulipas, el polvo, el olor a tierra seca y mequite. Cinco años sin ese olor. Miró sus manos, las mismas de siempre, solo con 5co años más de cuenta. Respiró una vez.

Gerardo lo esperaba recargado en la troca, sin prisa, como si no hubieran pasado 5 años. Se vieron, se dieron la mano. Ninguno habló de Eagle Pass. Ninguno habló de los 5 años. Gerardo dijo una sola cosa. Ya tengo los nombres. Chito asintió. Subió a la troca. Los cadetes de Linares lo cantaron sin rodeos. Vayan cabando las tumbas de Pablo, Aurelio y Medina.

Tal vez a Lupe perdone por ser compadre de pila. Lo que pasó con esos tres hombres no quedó en ningún expediente. Lo que se hace no se cuenta. Pero había algo que Chito no sabía todavía, algo más grande. Mientras él estuvo 5 años adentro, alguien había seguido trabajando, moviendo otras fichas, buscando terminar lo que Eagle Pass no terminó.

Ese alguien tenía nombre, Chon García. fue a la judicial solo de día, con toda la calma del mundo. Y les dijo que matar a Chitocano no iba a hacer trabajo difícil, que noás había que salirle al camino. A poco no hay un Chon García en cada pueblo de los que van a misa el domingo y el lunes mueven el cuchillo por detrás. El corrido lo dejó escrito para siempre.

Se presentó John García a hablar con la judicial para que maten a Chito. Trabajo les ha de dar. No más sálganle al camino. Sombreros van a sobrar. Sombreros van a sobrar. Gerardo le avisó a Chito. Chito se quedó quieto, manos sobre las rodillas mirando al suelo. Luego levantó la vista. Y él sabe que yo sé. Sí.

Chito asintió una vez. Bien. Gerardo le dijo que cambiara los caminos, que anduviera con cuidado, que por lo menos se cuidara tantito. Chito lo escuchó y siguió igual. Porque un hombre que lleva la vida entera caminando derecho no tuerce para hacerle el favor. Al que le tiene miedo torcer el camino hubiera sido darles la razón.

Y eso sí que no. Y aquí volvemos a la pregunta, la que no se puede soltar. Los periódicos de Reyosa tenían un nombre. El corrido dijo que no se sabe. John García organizó la trampa. Eso lo dice el corrido con nombre propio. Pero los reporteros de Reinosa apuntaron a otro, el que estaba detrás de Chon García, el que puso el dinero, el que tenía el motivo real.

un contrabandista de Monterrey que operaba en el mismo territorio que Chito, que tenía razones para quererlo fuera del camino. Ese nombre apareció en el periódico y desapareció del corrido. ¿Por qué? Vamos llegando. Pero antes hay que ver lo que pasó el 25 de octubre del 71. Reyosa, Tamaulipas. Antes de que amaneciera bien, Cito caminaba.

No sabemos si iba solo, no sabemos si esa mañana sintió que algo no cuadraba. Lo que sí sabemos es que no los vio venir por la espalda, una bala que le entró por la espalda y le destrozó la columna. Sito cayó. La tierra de Reyosa estaba fría. Él lo sintió en la cara, pero no sintió las piernas. supo en ese momento.

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